lunes, 31 de diciembre de 2018

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Bienvenidos a Una Locura de Película, un sitio de crítica cinematográfica en continua transformación. Creado a finales del 2008 por Rodrigo Moral, único administrador, procura tanto comentar algunos de los títulos más significativos de la actualidad como analizar algunos clásicos consagrados. Toda apreciación es subjetiva y el público está invitado a plasmar en los comentarios la suya. 
Además, es necesario aclarar que este sitio no difunde links de descarga ni está asociado a ningún servidor de descargas. 

Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente.

domingo, 26 de febrero de 2017

89ª entrega de los Premios Oscar - Segunda Parte (Favoritos)

Las preferidas del blog

Este año, la oferta de nominadas en la categoría reina asciende a nueve títulos. El sistema de votación permite un número cualquiera entre cinco y diez, aunque siempre suelen ser ocho o nueve las propuestas. De la selección no puede decirse demasiado. En principio, que es muy pobre en comparación con otras ediciones y, sobre todo, bastante floja dentro de un año cinematográfico que fue, hay que decirlo, muy bueno. Es, también, una selección cómoda y algo conservadora. La ausencia de títulos controversiales como Silencio, Jackie, Animales nocturnos, Christine o Elle ya advierte que un cine desafiante y difícil (para hacer y para ver) no tiene cabida en la premiación. Tal es así, que sólo Jackie cuenta con más de una candidatura (y casi por obligación: ignorar el trabajo superlativo de Portman o su diseño de vestuario habría sido una locura). Del resto, todas han conseguido una mención, excepto Christine, que brilla por su ausencia. A continuación, Una Locura de Película realiza un breve recorrido por los principales rubros, las producciones más destacadas, los artistas que deberían ganar esta noche y aquellos que nada tienen que hacer en el Kodak Theatre. Los listados siguen un orden preferencial. 



MEJOR PELÍCULA.

Los perfiles de las nominadas se repiten año tras año: títulos inspiradores que bregan por la aceptación y la igualdad, dramas bélicos rebosantes de patriotismo y sin un ápice de autocrítica, alguna que otra odisea lacrimógena sin escrúpulos, entre otros. El nivel es desparejo en estos nueve trabajos: mientras una mayoría se mantiene en un nivel promedio, hay algunos que se ubican bastante por debajo de la media. Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan, posiblemente sea la película americana del año. Es una obra de pequeñas proporciones, del estilo que, en la década del 80, habría tenido mayor reconocimiento. Un drama contenido, trágico, duro, filmado con admirable naturalismo, sin artificios, de manera precisa. La diferencia con el resto de las contendientes es demasiado amplia. Moonlight y La Llegada son trabajos estupendos, con puntos cuestionables, pero que dignifican la selección. Sin nada que perder es un thriller tragicómico a reivindicar, y que no podría haberse estrenado en mejor momento. En cuanto al título del año (porque lo es, le pese a quien le pese), La La Land, es un buen musical, ambicioso, y que, sin ser la obra maestra que sugieren sus catorce nominaciones (y que habrán de sugerir, muy probablemente, las diez o más estatuillas que se llevará en las próximas horas), es bastante disfrutable.

  1. Manchester junto al mar.
    Dir.: Kenneth Lonergan.
  2. Moonlight.
    Dir.: Barry Jenkins.
  3. La llegada.
    Dir.: Denis Villeneuve.
  4. Sin nada que perder.
    Dir.: David McKenzie.
  5. La La Land.
    Dir.: Damien Chazelle
  6. Talentos ocultos.
    Dir.: Theodore Melfi.
  7. Hasta el último hombre
    Dir.: Mel Gibson.
  8. Fences.
    Dir.: Denzel Washington.
  9. Un camino a casa.
    Dir.: Garth Davis.


MEJOR DIRECCIÓN.

El nivel de realización este año está por los cielos. Hay que decirlo. Cualquiera de los cinco trabajos merecen el premio. Mel Gibson regresa a la gran pantalla para quedarse y hace gala de un virtuosismo que pocos tienen. Barry Jenkins, una enorme promesa, convierte la típica propuesta de personajes marginales que la pasan mal (por su color de piel, su orientación sexual, sus adicciones... o por todo eso junto) en algo más elevado, cargado de lirismo. Quizá demasiado lirismo, pero funciona. Denis Villeneuve, por su parte, se ha convertido en uno de los directores extranjeros más respetados y rentables de la industria. Y merecido lo tiene. Su intervención en La Llegada es clave. Pero el duelo está entre Kenneth Lonergan y Damien Chazelle. Sus películas son prácticamente opuestas. Una es una tragedia grisácea de bajo vuelo que deja un buen sabor de boca; la otra, un rimbombante musical de alto vuelo que deja un regusto amargo. Ambos lo hacen muy bien. Pero hay dos factores que inclinan la balanza de Una Locura de Película hacia el director de Manchester junto al mar: primero, que es difícil lucirse detrás de las cámaras con un drama independiente como este y, sin embargo, lo logra; segundo, un plano durísimo del lugar al que se muda Casey Affleck después de un episodio central en su vida. La sutileza lo es todo en Manchester junto al mar, y el control de Lonergan sobre todos y cada uno de los elementos que componen el filme es incuestionable.

  1. Kenneth Lonergan – Manchester junto al mar.
  2. Damien Chazelle – La La Land.
  3. Denis Villeneuve – La llegada.
  4. Barry Jenkins – Moonlight.
  5. Mel Gibson – Hasta el último hombre.




MEJOR ACTOR.

Faltaron nombres ilustres en el quinteto, pero la elección de la Academia es bastante acertada. Viggo Mortensen compone a un sujeto entrañable, pero eso no es demasiado difícil (sobre todo con un libreto de las características de Capitán Fantástico). Andrew Garfield explora al menos dos caras (la de tonto enamorado y la de tipo bonachón que salva vidas en el campo de batalla), todo un logro para un intérprete de poca monta. Ryan Gosling mantiene el mismo rostro de siempre, pero su carisma es innegable y se roba unas cuantas sonrisas, además de exhibir un nivel de preparación para el personaje por encima del de su compañera de reparto. Casey Affleck realiza una interpretación soberbia, contenida, meticulosamente elaborada, prolija y sutil. La Academia adora los papeles explosivos (además de los retrasados mentales, los homosexuales, los negros y los personajes de biopics), de modo que al pequeño Affleck puede jugarle en contra esa predilección por los personajes que llaman la atención. Denzel Washington es uno de estos: no para de hablar, grita, maltrata, somete, es violento y despreciable, pero hay algo que genera empatía. Es difícil saber qué es. Son dos actuaciones majestuosas y cuesta decidirse por una.

  1. Casey Affleck – Manchester junto al mar.
  2. Denzel Washington – Fences.
  3. Ryan Gosling – La La Land.
  4. Andrew Garfield – Hasta el último hombre.
  5. Viggo Mortensen – Capitán Fantástico.


MEJOR ACTRIZ.

La selección fue decepcionante. No era el año ideal para que Meryl Streep alcanzara la vigésima nominación al Oscar (aunque tarde o temprano lo iba a lograr). Tampoco era el año de Emma Stone aunque, dado que protagoniza la película del año, no hace demasiado ruido su presencia. Eso sí: no hay que olvidar que los nombres que figuran en el listado dejaron afuera a Amy Adams, a Taraji P. Henson, a Sonia Braga, a Rebecca Hall. Y la lista sigue. Pero hay tres nombres que están por justicia. Uno de ellos es el de Isabelle Huppert, una leyenda del cine universal (porque decir europeo sería recortar demasiado), sin miedo a nada, en una comedia negra controvertida y compleja. El rostro rejuvenecido de Huppert y su espalda de gigante se cargan el peso de las ambigüedades y convierten a Elle en una obra maestra de la provocación. Pero, de nuevo, la Academia no suele inclinarse hacia personajes que manejen tan bien la sutileza. Para dar un ejemplo: Emma Stone tiene, en La La Land, una escena ridícula en la que baila como una loca, al costado de una piscina, y hace morisquetas ante la cámara. Es posible que la joven intérprete lo gane. Aunque la única que tiene derecho a derrotar a la francesa es Natalie Portman, quien encarna a la ex primera Dama de los Estados Unidos, viuda de Kennedy. Es cierto que uno siempre ve a la actriz de origen israelí “haciendo de...”, pero eso tampoco tiene nada de malo. Es una buena estrategia para comprender todo lo que se pone en juego en un biográfico de estas características, el trabajo (que, sí, puede parecer forzoso) con la voz y con los gestos. En el medio queda Ruth Negga, en un rol notable que, dentro de una obra un poco mejor, habría tenido mayor relevancia en la temporada de premios.

  1. Isabelle Huppert – Elle
  2. Natalie Portman – Jackie
  3. Ruth Negga – Loving
  4. Emma Stone – La La Land
  5. Meryl Streep – Florence Foster Jenkins




MEJOR ACTOR SECUNDARIO.

Quizá deba declararse desierto y ya. No es que los cinco lo hagan mal, pero una estatuilla le quedará grande a cualquiera. Lucas Hedges hace algo muy bonito, pero uno no deja de pensar que podría haberlo hecho cualquiera. Dev Patel trata de asimilar la pronunciación australiana y ofrece una buena actuación, aunque no demasiado destacable (gran parte de la población mundial cree que el niño hace una mejor actuación que él, y tal vez nunca haya actuado antes, ni vuelva a actuar en el resto de su vida). Jeff Bridges tiene los mejores diálogos de Sin nada que perder, pero... ¿cuántas veces se lo ha visto ya con el rostro duro y la voz ronca de cowboy texano? Uno pierde la cuenta, y es normal que eso ocurra. Mahershala Ali aparece sólo quince minutos, pero si lo que importa es la calidad, y no tanto la cantidad (pregúntenle a Judi Dench, que ganó un Oscar por una sola escena), entonces podrá decirse que lo hace bastante bien. A primera vista, parece una actuación sencilla. Pero en verdad, es difícil caer tan bien siendo un personaje que se le revela, al protagonista, tan negativo. Esa ambigüedad (el muchacho generoso que es, a la vez, un narcotraficante) amerita un trabajo sumamente cuidado, y sí, Ali lo logra. En cuanto a Michael Shannon, decir que es un maestro es quedarse corto, y tal vez deberían dárselo, aunque sólo sea por respeto. El último bastión de los animales nocturnos tiene rasgos psicopáticos, y Shannon se permite jugar un poco con todo eso. Pero al igual que Bridges, ¿cuántas veces ha hecho lo mismo ya?

  1. Mahershala Ali – Moonlight.
  2. Michael Shannon – Animales nocturnos.
  3. Jeff Bridges – Sin nada que perder.
  4. Dev Patel – Un camino a casa.
  5. Lucas Hedges – Manchester junto al mar.


MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA.

Esta categoría se resuelve fácil. Viola Davis repite posturas (se sabe que es la actriz viva que mejor llora en Hollywood) y lo vuelve a hacer extraordinariamente bien. No hay razones para que no se lleve la estatuilla. Sus cuatro competidoras no hacen nada memorable. Michelle Williams tiene una escena fantástica en la que llora sin lágrimas y habla como si fuera a quedarse ahogada y a ponerse verde. Nicole Kidman se calza una peluca de payaso y finge que prefiere adoptar niños pobres, enfermos y abandonados antes que tener los propios. Octavia Spencer recicla su “hmm.. hmm”, inmortalizado en Historias cruzadas, y abre bien los ojos para volver a hacer lo que hace siempre. Y Naomie Harris interpreta a Mo'Nique, en Precious, pero sin vello en las axilas, y sin que le salga tan bien. Nada que agregar.

  1. Viola Davis – Fences.
  2. Naomie Harris – Moonlight.
  3. Michelle Williams – Manchester junto al mar.
  4. Nicole Kidman – Un camino a casa.
  5. Octavia Spencer – Talentos ocultos.


MEJOR GUIÓN ORIGINAL

El guión que Efthimis Filippou y Giorgos Lanthimos hicieron para Langosta es tan excéntrico y alocado que merece figurar en una categoría especial dedicada a libretistas con desequlibrios mentales y/o autores griegos. Hace que el libreto que un joven Chazelle escribiera, años atrás, para La La Land, parezca un garabato hecho por un bebé. Sin ofender. Después de todo, es mejor que el que escribió para Whiplash, tiene más aristas, pero no deja de ser demasiado simple en comparación con otros trabajos, como Sin nada que perder o Manchester junto al mar. Los diálogos, en un caso, y la construcción de personajes, en el otro, son puntos fuertes en estos trabajos. Finalmente, está 20th century women, que no ha sido vista ni estrenada hasta la fecha y que, por lo tanto, no será tenida en cuenta para el orden preferencial. 

  1. Langosta.
  2. Manchester junto al mar.
  3. Sin nada que perder.
  4. La La Land.
  5. 20th century women.


MEJOR GUIÓN ADAPTADO.

Si la categoría de realizadores estaba por los cielos, la de adaptadores está por los suelos. Fences posee un texto original magistral, pero la línea entre la adaptación, la transcripción y la fotocopia es demasiado delgada para que figure en el quinteto. El libreto de Un camino a casa es bochornoso, disperso, inverosímil y manipulador. Cuesta creer que cualquiera de estas dos películas haya dejado afuera a la adaptación que Tom Ford hace de Tres noches, la novela de Austin Wright. En cuanto a los otros tres trabajos, señalar que Talentos ocultos toma decisiones ingeniosas, Moonlight trata de hacer malabares con un segundo acto mil veces visto, y La Llegada no puede esquivar un solo tópico.

  1. Talentos ocultos.
  2. Moonlight.
  3. La llegada.
  4. Lion.
  5. Fences.




Preferencias en las categorías restantes.

MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN: Ave, César.
MEJOR DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: La La Land.
MEJOR MONTAJE: La La Land.
MEJOR DISEÑO DE VESTUARIO: Jackie.
MEJOR MAQUILLAJE Y PELUQUERÍA: Star Trek.
MEJORES EFECTOS VISUALES: Kubo y las cuerdas mágicas.
MEJOR CANCIÓN ORIGINAL: "City of Stars" – La La Land.
MEJOR BANDA SONORA ORIGINAL: Jackie.
MEJOR MEZCLA DE SONIDO: Hasta el último hombre.
MEJOR MONTAJE DE SONIDO: Hasta el último hombre.
MEJOR PELÍCULA ANIMADA: Zootopia.
MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA: Toni Erdmann.



Recuento.
Manchester junto al mar (3) [Mejor película, mejor dirección, mejor actor]
La La Land (3) [Mejor dirección de fotografía, mejor montaje, mejor canción]
Jackie (2) [Mejor diseño de vestuario, mejor banda sonora original]
Hasta el último hombre (2) [Mejor montaje de sonido, mejor mezcla de sonido]
Ave, César, Star Trek, Kubo y las cuerdas mágicas, Zootopia, Toni Erdmann, Elle, Talentos ocultos, Moonlight, Fences, Langosta (1)


sábado, 25 de febrero de 2017

89ª entrega de los Premios Oscar - Primera Parte (Predicciones)

La importancia del record.

La entrega de los premios Oscar constituye una cita obligada para los cinéfilos. En muchos casos, contra su voluntad. Nadie se atrevería a cuestionar su importancia para la cultura popular y su incidencia en el mercado. Tal es así, que no son pocos los ejemplos de producciones fuertemente denostadas por el público tras una muestra generalizada de apoyo por parte de la industria. Las catorce candidaturas que ostenta La La Land, de Damien Chazelle (el título del año, le pese a quien le pese), han recrudecido las discusiones. Este enfrentamiento faccioso entre fanáticos y haters redujo la zona gris a la mínima superficie posible, como si fuera insultante, frente a un proyecto artístico de tal envergadura, expresarse con indiferencia o tibieza. No cabe duda de que la intensidad del amor y del odio por esta cinta debe bastante a la postura de la Academia, que está luchando con todas sus fuerzas para poder contar con el titular “La La Land iguala a Titanic” el lunes próximo. Es que, con todos sus defectos, Chazelle rodó la obra que tiene hablando a todo el mundo, y tampoco hay que quitarle mérito a eso. Lo que no quita, por otra parte, que un número tan alto y tan borgiano como el catorce resulte escandaloso y exagerado.

Cuando se anunciaron las candidaturas, muchos se ruborizaron al ver cómo Emma Stone formaba parte de un quinteto que no contaba con Amy Adams, Sonia Braga, Taraji P. Henson, Rebecca Hall ni con un buen puñado de otros nombres de grandes intérpretes femeninas. También se rieron, de manera involuntaria, cuando reconocieron su diseño de vestuario, que poco tiene de sobresaliente (más allá de las estadísticas, completamente desfavorables para diseños contemporáneos). La candidatura a montaje sonoro hizo que muchos se preguntaran si se trataba de una broma (no lo era). Tampoco fue chiste la nominación de Chazelle como libretista. La Academia se pronunció con seriedad al respecto, y no escatimó en mimos hacia una producción que homenajea a la industria (es decir, los homenajea a todos ellos, los votantes) y se retuerce en un pasado en el que crecieron muchos de los votantes más longevos.

Es posible que varios de estos académicos octogenarios (que los hay, y son muchos) marcaran con una cruz todo lo que dijera La La Land, porque la película, hay que decirlo, es una golosina para nostálgicos, y difícilmente dejara en ellos una mala impresión. También es posible que aquellos que marcaron la opción de montaje sonoro no tuvieran ni la más remota idea de qué significa o cuál es la diferencia con el rubro que reconoce a la mejor mezcla de sonido. Uno puede imaginar, también, que el humo del café empañó los lentes de unos cuantos, e hicieron garabatos en la papeleta. No importa. La Academia consiguió el primer titular: “La La Land empata las catorce candidaturas de Titanic”. También empató las de La malvada, pero eso no le importa a nadie más que a los cinéfilos, y ese público es siempre incondicional. Además, el perfil de ambas es similar, salvando las distancias. Sobre todo, porque tanto Cameron como Chazelle narran una historia de amor haciendo uso (y abuso) de la técnica. Y el resultado es, en los dos casos, memorable.

En pocas horas se conocerán los ganadores en las veinticuatro categorías. La La Land figura en trece de ellas (y, en el rubro de las mejores canciones originales, cuenta con dos propuestas, con lo que completaría las catorce tan buscadas), y existe una gran posibilidad de que arrase. Su triunfo es un hecho, pero la duda pasa por otro lado: si su cosecha será inferior, igual o superior a la decena de estatuillas. Diez son los premios que se llevó Amor sin barreras, otro musical, hace medio siglo. Pero ese no sería un gran titular, porque más de la mitad de los espectadores que vieron La La Land no saben qué es eso. Con nueve, tal vez, se perdería en un largo listado de ganadoras que, con el tiempo, fueron reivindicadas por algunos y criticadas por otros. Con once, empataría a Titanic, a Ben-Hur y a El retorno del rey, y los organizadores quedarían satisfechos con el resultado. No deja de reflejar un amor enfermizo por la película, como el de un muchacho que persigue por la calle a su enamorada. Con doce, revelaría el grado de locura (y de narcisismo) de la industria, pero la Academia bien conoce los límites del ridículo y sabe perfectamente cómo especular con ellos.

La La Land será la gran ganadora. El hecho de no molestar a nadie es su gran virtud y, en una gala que estará repleta de tensiones (discursos cruzados, iraníes maltratados y muchas caras largas), eso merece su recompensa. La pregunta es: ¿su victoria será moderada o arrasará con todo? ¿Logrará el glorioso titular? Acá, las predicciones de Una Locura de Película en todas las categorías correspondientes a largometrajes.


MEJOR PELÍCULA: La La Land.

MEJOR DIRECCIÓN: Damien Chazelle – La La Land.

MEJOR ACTOR: Casey Affleck – Manchester junto al mar / Manchester by the sea.

MEJOR ACTRIZ: Emma Stone – La La Land.

MEJOR ACTOR SECUNDARIO: Mahershala Ali – Moonlight.

MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA: Viola Davis – Fences.

MEJOR PELÍCULA ANIMADA: Zootopia.

MEJOR PELÍCULA EXTRANJERA: Toni Erdmann.

MEJOR DOCUMENTAL: Life, animated.

MEJOR GUIÓN ORIGINAL: La La Land.

MEJOR GUIÓN ADAPTADO: Moonlight.

MEJOR DISEÑO DE PRODUCCIÓN: La La Land.

MEJOR DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: La La Land.

MEJOR MONTAJE: La La Land.

MEJOR DISEÑO DE VESTUARIO: La La Land.

MEJOR CANCIÓN ORIGINAL: "City of stars" – La La Land.

MEJOR BANDA SONORA ORIGINAL: La La Land.

MEJOR MEZCLA DE SONIDO: La La Land.

MEJOR MONTAJE DE SONIDO: Hasta el último hombre / Hacksaw ridge.

MEJOR MAQUILLAJE Y PELUQUERÍA: Escuadrón suicida / Suicide squad.

MEJORES EFECTOS VISUALES: El libro de la selva / The jungle book.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Resumen del año cinematográfico (2016)

Las nuevas formas de comunicar (y comunicarse) han relegado al mundillo blogger a un segundo plano. A pesar de la merma en el número de visitantes y, mea culpa, en el número de entradas, Una Locura de Película aspira, al menos, a preservar algunas de sus costumbres. Entre ellas, el resumen del año cinematográfico, un recuento de los mejores títulos vistos en los últimos doce meses, que incluye además otros estrenados previamente pero no vistos hasta entonces. Un nuevo año se aproxima y hacer balances es inevitable. Queda mucho cine por ver pero, tomando como base casi dos centenares de largometrajes producidos a lo largo y ancho del mundo, una cosa parece cierta: la calidad en este 2016 ha sido la más alta del último lustro. Son tantas y tan buenas películas que resulta penoso no poder incluirlas siquiera en la tradicional sección de las menciones especiales. Para no dejar de recomendarlas, van a continuación algunas: Joy (David O. Russell), Cemetery of splendour (Apichatpong Weerasethakul), The nice guys (Shane Black), Théo et Hugo dans le même bateau (Olivier Ducastel & Jacques Martineau), Elle (Paul Verhoeven), Swiss Army Man (Daniel Scheinert, Dan Kwan), L'avenir (Mia Hansen-Love) y The alchemist cookbook (Joel Potrykus)

El cine latinoamericano puede presumir de contar con varias presencias en el listado oficial. En el caso particular del cine argentino, que no ha llegado a colarse en las menciones, dos títulos destacan sobre el resto: la comedia negra premiada en el Festival de Venecia, El ciudadano ilustre (Mariano Cohn & Gastón Duprat), y la estupenda ópera prima proyectada en el Festival de Cannes, La larga noche de Francisco Sanctis (Andrea Testa & Francisco Márquez). Ambas encaran dos formas radicalmente distintas de hacer cine pero, al mismo tiempo, coinciden en su objetivo de remover conciencias. Dos trabajos que ponen la vara muy alta y que hacen de la industria nacional una máquina exportadora y sumamente competente. Mucha menos suerte han tenido las tres triunfadoras de los festivales europeos más importantes: no aparecen en el listado Fuocoammare (Gianfranco Rosi), I, Daniel Blake (Ken Loach) ni The woman who left (Lav Díaz). Sin embargo, esta última no ha sido vista hasta la fecha, por lo que podría llegar a formar parte de la próxima selección, en 2017.

Sin más rodeos, a continuación, un puñado de obras notables ordenadas alfabéticamente y, seguido a esto, el habitual Top 10 del año.


MENCIONES ESPECIALES.
(Ordenadas alfabéticamente según título original)


45 years / 45 años (Andrew Haigh, UK, 2015)
Conmovedor retrato de una crisis matrimonial en la tercera edad. Habla del paso del tiempo, la fragilidad de las relaciones (incluso las más consolidadas) y la vertiginosa sensación de perderlo todo. Un recital de sutilezas. Debe su impacto a la voz inigualable de Tom Courtenay y al efecto embriagador de la mirada abatida de Charlotte Rampling. 


Ah-ga-ssi / La doncella (Park Chan-wook, KOR, 2016)
Delicatessen sadomasoquista. Obra narrativamente enrevesada construida sobre una retórica del engaño. Está llamada a ser una de las películas que han rendido un más grandioso tributo al cuerpo de la mujer en los últimos años. Park logra un erotismo desesperado y sumamente verosímil sin ser tan explícito. Sus intérpretes son pura dinamita.


Arrival / La llegada (Denis Villeneuve, EUA, 2016)
Ciencia ficción de ideas, como le dicen ahora. De a ratos contemplativa, de a ratos enérgica; apunta a lo emocional pero, al mismo tiempo, no deja de lado los hechos científicos. Habla del lenguaje, de la capacidad de enseñar y aprender, del contacto con 'lo otro' y de cómo puede favorecer un conocimiento integral del tiempo, del mundo...


Busanhaeng / Estación zombie (Yeon Sang-ho, KOR, 2016)
La obra de zombies más estimulante en mucho tiempo. Puro ritmo a bordo de un tren donde todo puede ocurrir. El cine surcoreano ha alcanzado, este año, un nivel de calidad muy alto, y Yeon sabe jugar con el género como pocos. Además de una cinta electrizante sobre muertos vivos, es un brillante estudio de hombres al borde de la desesperación. 


Chevalier (Athina Rachel Tsangari, GRE, 2015)
Una muestra más de la originalidad de los griegos a la hora de hacer cine. Una comedia negra sobre seis hombres que se divierten con un juego en el que deben juzgarse unos a los otros en todo lo que son y lo que hacen. Valoraciones, estrategias, alianzas y traiciones, todo es posible en el marco de un divertimento que otorgará al 'mejor en general' el premio mayor: el anillo de caballero. 


Desde allá (Lorenzo Vigas, VEN, 2015)
Realismo urbano y dos intérpretes de primera categoría en un drama de pocas palabras, muchos silencios y una tensión que no da el más mínimo lugar al goce (ni de la audiencia, ni de los personajes). Afectos de alquiler, manipulación y un realizador debutante que sabe distanciarse y hacer uso de la sugerencia constante para habilitar un sinfín de interpretaciones posibles.  


Eisenstein in Guanajuato (Peter Greenaway, HOL, 2015)
La excéntrica vida (o algo que se le parezca) de Eisenstein, el prestigioso director soviético, durante su estadía en México. Comedia satírica en una suerte de Amadeus del séptimo arte. Hiperbólica representación del deseo sexual y de las libertades de un personaje histórico (y sumamente representativo de la cultura) que, probablemente, no supiera lo que era la verdadera libertad hasta llegar a Centroamérica.   


El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, COL, 2015)
Dos viajes, un misterio oculto en el corazón de una comunidad nativa. Dos expediciones al Amazonas cuyo objetivo era el hallazgo de una planta a la que se le atribuían poderes mágicas. Dos viajes o, tal vez, dos versiones de un mismo viaje en las que puede verse la destrucción que ha dejado, a su paso, el tiempo, la evolución de la civilización y el deterioro de la naturaleza a causa de la explotación a la que la ha sometido el hombre. O dos viajes entre tantos otros desconocidos, de búsquedas infructuosas, de conocimientos que no alcanzaron la trascendencia y que se evaporaron en el tironeo entre dos culturas que, al colisionar, se negaron a adaptarse la una a la otra, por intolerancia, miedo, o por la mera supremacía intelectual. Extenuante, agotadora, compleja e impresionante. Canto hacia lo otro, lo 'no testimoniado', lo que quedó en el camino. 


Joshy (Jeff Baena, EUA, 2016)
La revelación de Sundance. Una pequeña gran comedia dramática sobre la pérdida y la posibilidad de salir adelante con la ayuda de los más allegados. Una reunión entre amigos en una casa de fin de semana, fiestas, juegos, alcohol, lo que se dice y lo que se calla. Un reencuentro que nunca va a ser igual después de la tragedia, pero que mantiene viva la esperanza de salir a flote. Una película preciosa. 


L'hermine (Christian Vincent, FRA, 2015)
No es la típica comedia de ogros humanizados. Christian Vincent compone una cuidadosa crítica del sistema judicial del país galo en la actualidad, un sistema en el que todo es puesta en escena, performance, y en el que las impresiones muchas veces acaban imponiéndose a la razón crítica. Registro tragicómico para relatar el vínculo entre un juez huraño y una joven doctora, miembro del jurado. Exquisita.  


Midnight special (Jeff Nichols, EUA, 2016)
Otra producción notable de ciencia ficción. Un elenco brillante y una historia sencilla, sin grandes efectos ni demasiado presupuesto, deudora del Spielberg de la década del ochenta. Jeff Nichols se niega a hacérnosla fácil, y ofrece un trepidante thriller en clave de enigma, que nos arrastra durante gran parte de su metraje preguntándonos qué estamos viendo. Hasta ese milagroso plano final, Midnight special es magia pura. 


Mot naturen (Ole Giaever, NOR, 2014)
Películas con personajes desesperados que deciden hacer un viaje al interior de la naturaleza para autodescubrirse ha habido muchas, pero ninguna como esta. El filo de los monólogos en off estructuran un drama introspectivo simple pero eficaz, que habilita lecturas llamativas vinculadas a la necesidad sexual, al deseo y a la culpa. A veces, menos es más. 


Shan he gu ren / Lejos de ella (Jia Zhang-ke, CHI, 2015)
Pasado, presente y futuro. Tres momentos, tres lugares, y una historia que se abre en muchas. Un triángulo amoroso, una toma de decisiones forzosa y apresurada, y el destino de varios en juego. Melodrama inolvidable con una Zhao Tao inmejorable. Un tono repleto de sensibilidad que, sin ser demasiado sutil, agita emocionalmente al espectador. Otro de los platos fuertes del año pasado, injustamente infravalorado.


The hateful eight / Los ocho más odiados (Quentin Tarantino, EUA, 2015)
Otra deliciosa historia de venganzas firmada por Quentin Tarantino. Segundo western al hilo que reúne a ocho personas en una cabaña, en medio de la nieve y de la nada. Todo es diálogo y atmósfera, manejo de tensiones, crescendos, raccontos, y la textura tarantinesca, que no escatima en hemoglobina. Grandes personajes para el recuerdo en una cinta de casi tres horas cuyo ritmo apenas decae.  


The witch / La bruja (Robert Eggers, UK, 2015)
La mejor película de terror en muchos años. Tal es así, que su ausencia en el Top 10 debería ser prueba suficiente de la calidad que ha habido en estos últimos meses. Ópera prima avasallante, un cruce entre Shyamalan, von Trier y Haneke que acaba resolviéndose con la emergencia de una voz nueva, la de Robert Eggers, en una producción ambientada en el siglo XVII. Envolvente y sugestiva, sin sobresaltos, pero de una atmósfera escalofriante. 




TOP 10.



10. Nocturnal animals / Animales nocturnos.
Dir.: Tom Ford [Estados Unidos, 2016]

Un thriller oscuro sobre venganzas que habla de las condiciones de producción y recepción literarias. Lectores burgueses que usan la literatura para escapar de una realidad que no los satisface, escritores bohemios que usan la literatura para vengarse de quienes no creían en ellos. Dos tramas cruzadas que se responden una a la otra y que entretejen el verdadero sentido de una obra críptica como Nocturnal animals. Desde su extraordinario opening, uno no puede apartar la mirada. Es parte del contrato: beber cine y literatura para saciar una sed profunda, aun cuando sintamos rechazo hacia lo que vemos o leemos. Juego de espejos que nos involucra, nos hace partícipes y no nos deja indiferentes. 




9. Comoara / El tesoro.
Dir.: Corneliu Porumboiu [Rumania, 2015]

Porumboiu es uno de los grandes exponentes del nuevo cine rumano y El tesoro, nueva incursión en el terreno humorístico (hasta cierto punto), lo ratifica. Uno de los libretos más redondos e inteligentes provenientes de ese país. Y de cualquier otro. Lo que comienza siendo una alocada búsqueda del tesoro se convierte rápidamente en una feroz crítica al repertorio de leyes, al estancamiento del país y, finalmente, una brillante reflexión del modo en que la literatura y la cultura popular se imponen en la comprensión de ciertos episodios. La búsqueda del tesoro sólo es exitosa si se encuentra oro. Si resuelve viejos enigmas sobre el pasado de la nación, quizá no sea tan productiva después de todo. 




8. Steve Jobs.
Dir.: Danny Boyle [Estados Unidos, 2015]

La obra que merecía el gran Steve Jobs. Un drama en tres tiempos que maneja los tiempos y las estructuras del teatro y sigue los backstages de cada una de las tres presentaciones públicas de algún producto de su creación. Diálogos a la velocidad del rayo y personajes que orbitan alrededor de la apasionada figura de Jobs, delineando su carácter. No se trata de un biográfico convencional ni sencillo, esquiva todos los lugares comunes y se pone siempre al servicio de su estrella, sin juzgarlo, dejando que la acción fluya y que todo hable por sí solo. 




7. Goksung / El extraño.
Dir.: Na Hong-jin [Corea del Sur, 2016]

Tercera presencia del país asiático en el recuento. No debería sorprender, mucho menos a aquellos que ya conocen la capacidad que tienen los coreanos para explorar los terrenos de la violencia y el gore. Esta película se mueve a través de varios géneros y registros, que van de la comedia negra al terror psicológico, pasando por muchos otros intermedios. El resultado: dos horas y media que no dan respiro. Lo que, a priori, parece ser un simple policial, se abre paso en el universo de lo sobrenatural y se vuelve implacable. Tiene, al menos, tres escenas que podrían figurar entre las mejores que se han filmado en la década. Hay sangre. Mucha. Y momentos que impresionan e incomodan. Pero hay un trasfondo discursivo que compensa todo ese rechazo que ciertas imágenes puedan generar: la xenofobia, la paranoia, la fe y las determinaciones en momentos límite. Habla de lo monstruosos que podemos llegar a ser cuando estamos por perderlo todo. Quizá los extraños no sean los otros, sino nosotros mismos. 




6. The neon demon.
Dir.: Nicolas Winding Refn [Francia, 2016]

Una de las producciones más tristemente denostadas por la crítica especializada en el año. Si eso sirve para que se vuelva más visible, entonces bienvenido sea. Reseñada y analizada in extenso en este mismo sitio, se trata no solamente de una de las producciones más sobrecogedoras desde el punto de vista artístico, sino también de una de las más controversiales y desagradables desde lo que se retrata: el modo en que el mundo del modelaje (y otros tantos mundos que exprimen el cuerpo de unas jóvenes soñadoras y lo capitalizan para su propio beneficio) abusa de la ingenuidad de las advenedizas. Hay otras dimensiones de vital importancia, revisadas en la crítica, y una complejidad simbólica que demuestra que nada es azaroso ni arbitrario en el cine de Refn, uno de los más interesantes en la actualidad. 




5. Anomalisa.
Dir.: Duke Johnson & Charlie Kaufman [Estados Unidos, 2015]

Un milagro del crowdfunding. Animación para adultos que usa un curioso recurso para desarrollar una de las patologías de las sociedades contemporáneas: la sensación de monotonía que el mundo y los demás le producen. El personaje principal padece este trastorno y absolutamente todo le suena igual hasta que conoce a alguien diferente, por quien es capaz de dejarlo todo. Kaufman, guionista de algunas de las mejores películas de las últimas dos décadas, apuesta al minimalismo y entrega una obra desoladora y triste, casi desesperanzada. Retrato humano fascinante, melancólico y pesadillesco.




4. Toni Erdmann.
Dir.: Maren Ade [Alemania, 2016]

El tercer largometraje de la realizadora alemana Maren Ade también tiene algo de milagroso, pero no por el crowdfunding, sino por el hecho de haber engendrado una comedia alemana (sí, parece un oxímoron) de más de dos horas y media, absolutamente irresistible, inteligente e increíblemente divertida. Además, sus aspiraciones son de lo más nobles: hacer feliz al espectador, hacerle pasar un grato momento. De eso habla y eso hace. El personaje de Toni Erdmann, interpretado por Peter Simonischek, ya se ha vuelto un clásico. Al igual que la película, ya que, al día de hoy, ofende que el jurado del Festival de Cannes no le haya dado ningún premio. Claramente no los necesita. Las carcajadas del público son una recompensa más que suficiente. Es desopilante. 




3. Julieta.
Dir.: Pedro Almodóvar [España, 2016]

Melodrama en seco. Presenta todos los componentes del cine del manchego pero adopta un tono distinto, sin exageraciones, sin notas falsas, absolutamente comprometido con sus personajes y con la apasionante historia que cuenta. El grado de complejidad con el que se maneja desde el libreto prácticamente no tiene precedentes en su filmografía. Culebrones hubo siempre, incluso en sus mejores trabajos, pero en Julieta añade símbolos y correspondencias que, en última instancia, nos hablan de todo lo que estamos dispuestos a hacer para no estar solos. Filiaciones conflictuadas, aliento almodovariano y la experiencia de toda una vida dedicada al séptimo arte la vuelven no sólo uno de los títulos del año, sino uno de los puntos álgidos de una trayectoria intachable. 




2. Sangue del mio sangue / Sangre de mi sangre.
Dir.: Marco Bellocchio [Italia, 2015]

Dos instantáneas de Italia: la de antes y la de hoy. Dos caras de una misma moneda, con marcas que la atraviesan y que se hacen visibles en ambos lados. Marco Bellocchio no necesita demostrar que es uno de los mejores realizadores europeos vivos, pero nunca está de más que nos bendiga con obras de este calibre. Realiza una profunda reflexión sobre el paso inexorable del tiempo, el devenir del hombre, las bruscas transiciones y el lugar de la fe, al tiempo que indaga en todo aquello que queda en el medio, las zonas grises e inexploradas entre el Paraíso y el Infierno, la espiritualidad y la materialidad, la vida y la muerte, el pecado y la expiación. La constelación simbólica opera mediante correspondencias entre las dos partes e introduce, a modo de epílogo, una tercera variante que fractura la linealidad y bucea en ese cenagoso intermedio, procurando cerrar una historia que, en realidad, no se cierra nunca. El binomio luz/oscuridad estructura el espacio y recrea una paradoja del enclaustramiento. Película audaz, con escenas milagrosas, violentos contrastes, un verdadero viaje hacia un pasado que aun pervive en aquellos monumentos que algunos han olvidado y que otros todavía habitan. 




1. El club.
Dir.: Pablo Larraín [Chile, 2015]

El nuevo cine que se produce en América Latina está demostrando que puede dar batalla, y uno de los principales culpables es Pablo Larraín, joven director chileno, responsable de la obra maestra que lidera este ranking. Se trata de El club, obra necesaria, crítica, siniestra, crudelísima y sobrecogedora, capaz de asfixiar, enervar y volverse insoportable. Es comprensible que a la audiencia pueda resultarle demasiado dura, sobre todo teniendo en cuenta que recuerda constantemente que todo lo que se cuenta es real, existe por fuera de la pantalla. Es chocante, pero no hay que dejar de verla. Es compleja en muchos aspectos, sumamente ingeniosa y endemoniadamente irónica. El atrevimiento que supone adoptar el humor negro para referir episodios como los que ocultan los personajes del film deja en claro por qué a Larraín se lo respeta tanto: porque no tiene miedo a caer mal y porque confía en su capacidad para hacer un cine personal que tenga algún tipo de valor más allá de lo estético. Superlativa.   

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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Policía, adjetivo.



Crítica.
Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, 2009).
Dir.: Corneliu Porumboiu.



El vaciamiento del género policial ya no es un proyecto signado por el fatal devenir de una posmodernidad avasallante, debajo de cuyas estelas helicoidales habría de adquirir nuevos sentidos. Es, en todo caso, la posmodernidad misma, la inscripción desacralizada de una relativización radical, que no es otra que la de nuestra actividad crítica, puesta en abismo como espiral de impresiones que se retroalimentan y se carcomen violentamente. El género ya no existe. Sólo perdura la huella de lo que ha sido, el residuo que la crítica recicla en su constante reconstrucción de categorías sin razón de ser. El policial es un holograma fragmentario: los haces de luz impactan sobre objetos dispuestos en el espacio, proyectando imágenes sobre cada superficie que no se reconstruyen por yuxtaposición, a la manera del puzzle, sino que se resisten al encastre caprichoso de una voluntad de otro tiempo, de un tiempo pretérito, y que hoy día ya se ha hartado de los conceptos monolíticos, celebrando los destinos de la mutilación estética, de la irremediable aniquilación de toda pulsión taxonómica.

La declaración de guerra, ni tan funesta ni tan belicosa, proviene del Este. La profusa materia crítica de una nación devastada como Rumania, tan nombrada en este blog por las peculiaridades del fenómeno cinematográfico que se ha dado en llamar, quizá con algo de humor, la “Nueva Ola de Cine Rumano”, ha enriquecido una manera de hacer films que sólo tiene su correlato en el país helénico. La figura del oleaje ha servido para bautizar no pocas coincidencias espaciotemporales que, en lo más hondo de sus proyectos creadores, poco tenían de “ola”, o de “nuevos”. El mote se impuso por la aberrante repetición que, vox populi, consolidó algún que otro movimiento francófono en los sesenta. En aquel entonces, había motivos políticos para defender ese encabezado combativo. Las nuevas libertades (autogestionadas) de una generación joven y enérgica de realizadores venía a confrontar con el conservadurismo de la época, con la lucha de clases, con la censura y con una pronunciada pacatería que ataba la noción de “buen gusto” a los hábitos de una pujante burguesía.

El fusilamiento público que puso punto final a la dictadura de Ceausescu también coronó el Adviento del agitado año '89 y toda una década de fuertes determinaciones políticas e ideológicas que pulverizaron las esperanzas del comunismo. Lo que importa no es tanto el hecho, aciago en todo sentido posible, sino sus consecuencias. El empobrecimiento y la crisis moral fueron dos enormes obstáculos que debió sortear este país para encaminarse a su tan deseada recuperación. No obstante, años después de la caída del muro en Berlín, e incluso de la efectiva disolusión de la URSS poco más tarde, la nación quedó rezagada en comparación con otras del Viejo Continente. Bucarest se convirtió en el epicentro de un estilo de vida arcaizante, que devino estrepitosamente obsoleto. La pregunta que suscita tan crítico estado de cosas es: ¿cómo sacar provecho de una situación desfavorable como esta? El cine rumano ensayaba una respuesta posible a través de las pocas voces jóvenes que se iniciaban en la labor, y que convergieron en inusitada unisonancia. Bastó tan sólo una manifestación estética para que otras fueran gestándose en lo sucesivo. Uno siempre puede volver al tópico de la piedra que dibuja círculos concéntricos en la superficie acuífera, regenerándose, confundiéndose, haciéndose olas capaces de humedecer un poco más las orillas.

El cine de Corneliu Porumboiu poco tuvo de inaugural en este fenómeno sociológico y cinematográfico, pero indudablemente fue significativo. Resulta imposible precisar sus contribuciones a la Nueva Ola, pero ciertamente ha hecho bastante por no enmarcarla en los vastos latifundios de la tragedia existencial, marcada a fuego por el aura cenicienta que rodea a los seres errantes que cargan sobre sus hombros el peso de un protagonismo que los excede. No hay lugar para ripios ni margen para un lirismo vacuo y presuntuoso, sólo se cultiva en su cine una expresión verbal prosaica, hecha de retazos de vida que se interpretan a través de un humor presuntamente ingenuo, bajo el cual se oculta, a menudo, la manía subrepticia de la corrosión y la irreverencia. Desde luego, no faltan motivos para creer en que la falta de organicidad puede denotar algún tipo de inconsistencia discursiva, pero es la naturaleza ambivalente de los rizos estrambóticos de su estructura los que acaban sugiriendo lo contrario: que la retórica malsana, aun cuando se ofrezca dispersa, mira siempre en una misma dirección, un punto de fuga que es expresión incisiva, cuestionamiento permanente al interior de las propias instituciones modernas.

Un espectador poco avezado puede demorarse demasiado tiempo en hallar explosiones humorísticas que reproduzcan, como un eco, las tantas que presenta la ópera prima de Porumboiu, Bucarest 12:08 (2006). Ocurre que las explosiones, en general, brillan por su ausencia en una producción como Policía, adjetivo (2009). En cuanto al humor, se cuela en el discurrir narrativo como una gotera, incómoda, constante, persistente, originada por la fisura de lo que, se suponía, fuera raso e impecable. Es una filtración incansable que impone ritmos propios, articulándose con los ya parsimoniosos ritmos de un policial anómalo. La solemnidad de este último pretende suprimir o, mínimamente, disimular cualquier vestigio de humor mordaz. Es un duelo armado entre dos modos de pensar (y encarar) el discurso cinematográfico, en un caso desde las premisas que consagraron a un género varias décadas atrás, y en otro caso desde la actitud desenfadada y cínica, que jamás pierde su matriz crítica. Como en un matrimonio contemporáneo, en el que quienes firman el pacto se someten a una relación simbiótica (ya desprovista de la entrega absoluta propia de un romanticismo añejo), el humor y el policial estrechan manos tras complejas negociaciones que, en última instancia, perjudican a ambos, pero benefician enormemente a la película. Los dos conceptos se resemantizan a partir de la falta de predisposición a un ensamble pacífico y de mutuo acuerdo, y se supeditan a los avatares del dinamismo ficcional, que los exprime hasta vaciarlos de contenido. Tal es así, que sólo pueden explicarse tomándose en consideración el hondo vínculo que sostienen.

Si cabe pensar en el vaciamiento del género policial como una forma de plantarse ante cierta sensibilidad posmoderna que rescata ese espacio en blanco y lo convierte en un escenario de potenciales transmutaciones de significado, del mismo modo puede afirmarse que una de las grandes bazas de la Nueva Ola del Cine Rumano radica, ni más ni menos, en su facultad para asimilar la esencia del vacío actual. Al séptimo arte no siempre le ha sido fácil embeberse en movimientos estéticos que, por lo general, han sido alumbrados más allá de las fronteras de su territorio (el surrealismo, por ejemplo). Todo parece indicar que el cine funciona autárquicamente, sin conexiones con artes linderas (cada vez se defiende más la adaptación libre de textos literarios) y prescindiendo de todo aquello que trame formas de pensamiento coetáneas. No asume su incompetencia y escoge evadir la urgencia sin culpa alguna. Que hayan existido grandes películas capaces de interpretar un sentimiento contemporáneo y capaces, además, de servir de mediadoras entre la maquinaria cinematográfica y el público espectador, no implica necesariamente que eso haya constituido una tendencia. Todo lo contrario. Es posible que la Nouvelle Vague sea el paradigma de esta mediación, rara vez vista en las décadas siguientes. Eso explicaría que nadie ose poner en discusión su relevancia sociológica y política (más que cinematográfica) y que nadie cuestione su denominación: es una ola porque presenta magnitudes suficientes para llegar a las costas que la vuelven visible y en cuya humedad se pueden contemplar los rastros imperecederos que deja a su paso.

Desmontar un género tan consolidado como el policial resulta arduo, sobre todo cuando han dejado un gusto tan amargo los infructuosos intentos del cine americano por hacerlo, exceptuando el caso de Paul Thomas Anderson, cuya brillante trasposición a la gran pantalla de la novela de Thomas Pynchon, Vicio propio (2014), es todo un logro en sí mismo. La estrategia de Porumboiu es simple en términos teóricos, pero en la práctica puede traer aparejadas varias dificultades. Sí, su obra en particular, y la Nueva Ola de Cine Rumano en un plano más general, van directo al corazón del asunto con una actitud confrontativa, buscando desarticular desde lo más profundo el sistema de piezas encastradas que habitualmente hace a la narración convencional. Un movimiento solo alcanza para poner en jaque al género, para ridiculizarlo, para retorcerlo: la ausencia del delito. Al margen de las graves consecuencias que esta ínfima operación produce, no está de más señalar la forma en que el humor sale reforzado de lo que, a priori, se servía a la audiencia como el drama íntimo de un policía, de vida anodina y modestas aspiraciones. La comicidad está en el absurdo de toda la situación: un obediente policía estudiando un caso en el que no cree, amparado por leyes que no son más que el reflejo del atraso del país, y lo que ocurre cuando decide faltar al deber para desviarse, siguiendo sus más enraizadas creencias en el progreso de la sociedad rumana.

La apelación a la solemnidad narrativa para referirse a una situación evidentemente absurda es, probablemente, el recurso humorístico más sobresaliente. Corumboiu va desentrañando, con el pulso de los grandes clásicos del género (desde la literatura al séptimo arte, pasando por otros soportes culturales de difusión masiva), el dilema moral del protagonista, Cristi. La investigación gira alrededor de un grupo de jóvenes que consumen sustancias ilegales en la vía pública. Esto ya ha sido legalizado en todo el continente europeo, pero Rumania no lo ve con buenos ojos, persigue (con cierto disimulo) a los muchachos que consumen en grupos, investiga a fondo a quienes ofrecen drogas a los demás, que automáticamente pasan a ser sospechados por tráfico. El protagonista considera que dichos estatutos no hacen más que estancar al país en el pasado, y apuesta a un futuro en el que estas leyes ya no tengan efecto. Esta exhibición de confianza desmedida en el progreso es uno de los rasgos de su innegable ingenuidad como funcionario del Estado, puesto que los ideales que defiende distan bastante de su concreción. El dilema que lo atraviesa tiene que ver con el modo en que su accionar puede forzar el reclutamiento inmediato de un joven consumidor de hachís que comparte con sus amigos en espacios públicos. Él teme volverse responsable de una detención injusta, que siente un precedente en su historial, que lo mantenga tras las rejas de alguna institución durante un largo tiempo, cosa que no ocurriría en países más progresistas, como República Checa u Holanda. Una sentencia que carece totalmente de sentido, porque Cristi espera que las leyes cambien, tarde o temprano. Cuando la culpa y las convicciones propias entran en juego, ¿cuál es la Justicia que se sigue?

El chiste de la modernización es, simultáneamente, la eventual tragedia de un menor de edad y el objeto de una persecución policial con todas las instancias propias del género (y todas las instancias de este tipo de causas en la vida misma). Cristi está siempre detrás o a un costado, indagando desde las sombras, en piloto automático, enajenado, haciendo algo en lo que no cree, pero llevando adelante la tarea que le corresponde. El problema está en las desviaciones que motiva la totalmente improductiva comparación con el resto de países de Europa occidental. Cristi piensa en esos términos, tontamente esperanzado, sin estar “verdaderamente ahí”. Las prácticas situadas son imprescindibles para garantizar un ejercicio eficiente; caso contrario, se corre el riesgo de juzgar con otras varas que no alcancen a dar cuenta de las realidades adyacentes. Ese es el cuerpo de la reprimenda, el desajuste entre un “deber hacer” que deriva de las bases incuestionables del propio oficio (la Ley, muy a pesar de lo absurda, primitiva y conservadora que pueda ser) y un “querer hacer”, que no es otra cosa que un capricho fundamentado ideológicamente y que está contenido en la subjetividad misma. La dicotomía entre las funciones sustantivas y adjetivales mira en esta dirección. Habría dos formas de conducta a la hora de desempeñar esta labor. La primera es adjetival, ornamental, se basa en la obediencia absoluta (aun cuando su sentido sea contrario al de sus propias creencias) y en su prescindencia; es decir, los superiores pueden disponer de él, sustituyéndolo por otros individuos que sean más eficientes y que estén preparados para realizar el mismo tipo de trabajo. La segunda es sustantiva, se basa en una suerte de “legislación moral” puramente subjetiva, ceñida a los principios que rigen la razón individual. En este caso, ofrece un margen para defender argumentativamente las ideas propias, irguiéndose como amenaza de un sistema que debe defenderse ante los ataques permanentes. Estos ataques no apuntan solamente a modificar aspectos superfluos, sino además (y con mayor frecuencia), a reemplazar los axiomas que estructuran al sistema por otros más apropiados o, en este caso, más aggiornados. Este dilema no se limita al caso particular de Cristi, un personaje de ficción que representa un colectivo de funcionarios públicos. Tampoco se limita al tema del consumo de drogas; tal es así, que la obra discute poco y nada este aspecto puntual. Su extensión es mucho más abarcativa: discute los postulados jurídicos que constituyen un aspecto nuclear de la organización política del Estado y propone, en el fondo, nuevos ángulos para encarar la problemática del atraso de las instituciones en pos de una rápida modernización que posibilite un resurgimiento entre las demás naciones de Europa oriental, que se han recuperado tan rápidamente tras la finalización de la Guerra Fría que le han dado sombra durante más de una década.

Dicho con otras palabras, la obra echa luz sobre un estado de cosas. En ningún momento se cae en el vicio reduccionista, ni se piensa en la Ley como un mero repertorio de enunciados, sino más bien como una construcción enteramente funcional al Estado. El cuerpo policial ocupa, según la incómoda y mordaz lectura que realiza Corneliu Porumboiu, el foco de un espectáculo de marionetas desprovistas de toda reflexión crítica (el requisito fundamental para conservar el puesto asignado) puestas al servicio de algo mucho más grande, de una Justicia humana que ha quedado atascada en el tiempo y que ya no tiene motivos que fundamenten su existencia. No hay una dinámica que oriente el ejercicio de la ley que pueda defenderse desde cierto pragmatismo. Hay algo de inercia en ese transcurrir, una especie de pinball humano que depende de rebotes y azares. El sistema acalla las voces que puedan alterar el curso de estos movimientos. El hombre aparece como un sujeto pensante y poseedor de cierta perspicacia, demasiado ordinario para pasar por intelectual, pero impulsado por la fuerza de sus convicciones. Esta puesta en jaque del sistema tiene su correspondencia, también, en la guerra que este libra contra los hombres que faltan a sus órdenes (la rápida desvinculación del cuerpo de policía como consecuencia primera), ya que su pervivencia sólo puede quedar garantizada si sus funcionarios no elevan ningún tipo de reclamo que remueva sus principios rectores.

Es un colosal sistema organizado en función de dos ejes: estratificación y calificación para el desempeño de una tarea determinada (entendida, cabe recordarlo, como servicio público). En muchas oportunidades puede distinguirse una tensión que surge de la conflictiva relación entre pares o entre superiores y subordinados. Porumboiu se detiene en la esencia de estos vínculos: el nerviosismo al hablar se contrasta con una actitud más prepotente y desatada. Cristi es un personaje que se mueve de acuerdo a la conveniencia, habla de tal o cual manera con las demás personas: con su jefe, con su compañero de oficina, con su pareja, incluso con uno de los jóvenes involucrados en la causa. Lo importante es cómo convertir ese amplio espectro de socialización en un insumo para el ejercicio de la ley. La crítica al verticalismo de la institución proyecta una mirada sumamente incisiva sobre las funciones que se llevan a cabo. El policía es útil en tanto es obediente, pero el hecho de moverse dentro de una zona de acción tan limitada reduce el margen para cualquier tipo de queja o reclamo. Se integra a un sistema de estratificación jerárquica deshumanizado e inamovible. Los rangos son indicadores muy relevantes a la hora de definir la calificación para desarrollar determinada actividad. La distribución de recursos humanos por área es siempre económica y se maneja por compartimentos claramente delimitados. Está en uno mismo dar pruebas suficientes de su aptitud para cumplir con las obligaciones; de lo contrario, si se comprueba que no se está calificado para una tarea, uno puede ser castigado con una degradación de su cargo o, lo que es más grave, con un despido inmediato.

La captación de ese escenario performativo en que la palabra se convierte en herramienta de poder es uno de los cuadros de situación más controvertidos de una obra atenta casi compulsivamente al lenguaje. Ciertamente hay un logro notable en el ritmo, como ya se ha mencionado con anterioridad, en el lenguaje cinematográfico, en los extensos planos secuencia que capturan el hastío de una tarea sin sentido y que especulan siempre con el vaciamiento del policial (se abandona el curso vertiginoso de las series televisivas, en las que el montaje apresura la resolución de tan inextricables enigmas, sintetizados en cincuenta minutos reloj). No obstante, hay asimismo otra dimensión sumamente importante que, del mismo modo, contribuye con el vaciamiento del policial y con la faceta humorística: la metalingüística. El realizador, que firma asimismo el libreto, tiene sus reservas a la hora de usar en exceso el “lenguaje hablado”. Esto ha quedado demostrado, sobre todo, en sus tres últimos trabajos (Policía, adjetivo, 2009; Cae la noche en Bucarest, 2013; El tesoro, 2015). El “lenguaje cinematográfico”, que vendría a formar parte de otra esfera (aunque puede discutirse el carácter imbricado de ambas), prefiere que las imágenes hablen por sí solas. En este caso, hay un equilibrio entre ambas formas discursivas, pues hay un espacio amplio para la contemplación pero, al mismo tiempo, también los diálogos, cuantitativamente escasos, adquieren una enorme densidad y una gran velocidad en la enunciación (materia hablada por segundo). En muchos casos, estas conversaciones son disputas en torno a la lengua, a ciertos modismos o expresiones que responden (o no) a los preceptos de la Academia Rumana de Letras, a las maneras de redactar un informe, a las significaciones de algunas canciones populares y, en último término, al Diccionario de dicha institución como instancia legítima de la enunciación lingüística.


Más allá del trabajo de orfebrería que el guionista realiza con los diálogos, o la meticulosa construcción de dos escenarios apartados (el protocolo puesto en juego en el ámbito laboral; los rituales íntimos y domésticos en el ámbito familiar, que alternan en el seguimiento de la vida del personaje protagónico generando cierta recursividad), el secreto de la grandeza de esta obra se halla en la estrecha ligazón entre la ley y la lengua. El momento cúlmine de la película, en el que se resuelve el dilema ético y moral de Cristi (a su pesar, tal vez), deja entrever el carácter estático de ambas en el contexto de un estancamiento a gran escala. Se sentencia al país a la perpetuidad de sus costumbres arcaizantes, a la inmutabilidad de su configuración social, cultural y política, al círculo vicioso que traza la retroalimentación entre una y otra: la fe ciega en la etimología como aval de la corrección política, la búsqueda de los fundamentos de la ley en el Diccionario de la Academia Rumana de Letras. Ahí se desliza la última risa, fruto de la última operación crítica que realiza Porumboiu, que termina por causar la estrepitosa desaparición del policial y genera un brote de humor cínico incontrolable. Como toda gran broma, no puede estar desprovista de un buen remate: la conclusión agrava los síntomas de una patología cultural y deja en evidencia que la conducta humana es preceptiva. Corneliu Porumboiu no necesita ser demasiado explícito para expresar su desesperanza respecto del futuro del país, sobre todo teniendo en cuenta el comportamiento semejante de la ley y la lengua en su presunta propensión evolutiva.