sábado, 31 de diciembre de 2016

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Bienvenidos a Una Locura de Película, un sitio de crítica cinematográfica en continua transformación. Creado a finales del 2008 por Rodrigo Moral, único administrador, procura tanto comentar algunos de los títulos más significativos de la actualidad como analizar algunos clásicos consagrados. Toda apreciación es subjetiva y el público está invitado a plasmar en los comentarios la suya. 
Además, es necesario aclarar que este sitio no difunde links de descarga ni está asociado a ningún servidor de descargas. 

Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente.

jueves, 30 de julio de 2015

Hungry hearts.




Crítica.
Hungry hearts (2014)
Dir.: Saverio Costanzo.



A una década de rodar su fabulosa ópera prima Domicilio privado (Private, 2004), el cineasta italiano Saverio Costanzo arriba al Festival de Venecia con su cuarto largometraje, una tragicomedia con pinceladas de thriller psicológico que no se refiere al hambre como carencia en el plano espiritual, como sí lo hacen prácticamente todas las películas que hablan del tema, sino al hambre en el sentido técnico; es decir, digestivo: en un hambre que impide el crecimiento natural de los bebés o que impacta negativamente en los adultos, produciendo en ellos alteraciones neurobiológicas. Insiste en tomar el domicilio como unidad de acción y se centra en unos pocos personajes que intervienen en el conflicto, sobre todo un ingeniero y una embajadora que se conocen en el lugar más inesperado, dando origen a una especie de cuento de hadas con giros escatológicos (extraordinaria escena inicial en el baño público de un restaurante oriental), que luego se convierten en padres, y cuya relación poco a poco irá desgastándose a causa de una querella nutricional. A ellos dan vida Adam Driver y Alba Rohrwacher, quienes recogieron en el Festival sus sendos reconocimientos a la mejor interpretación del año. Con estas dos Copas Volpi en su haber, Hungry hearts se ha convertido en uno de los títulos más esperados en los círculos cinéfilos, una de las sorpresas en Venecia, con una trama irresistible y con la promesa de ver a esta gran actriz actuando tan bien como lo hace normalmente. Promesa cumplida con creces, para no perder la costumbre.

Ella es una madre sobreprotectora, está obsesionada con mantener a su bebé aislado en una especie de burbuja sin influencia del mundo exterior (la urbe neoyorquina, que vive como extranjera), como en Colmillo (Κυνόδοντας, 2009) de Giorgos Lanthimos, pero sin pensar tanto en la influencia psicosocial como en la influencia del entorno físico, con sus toxinas, sus malos hábitos y sus deplorables condiciones sanitarias. Tal es así que se rehúsa a salir de la casa con la criatura, sugiriendo que ese blindaje lo mantendrá limpio, y apoyando sus ideas radicales en la autodidaxia, de lo que se desprende un escepticismo respecto de las ciencias médicas. Además, es una firme defensora del veganismo, que impone en consecuencia al recién nacido. En contraste con su inflexibilidad, él es un simpático vegetariano, un ser racional, una cosa que piensa, que cree en la medicina y considera exagerado el encierro forzoso del bebé. Nota que los brotes febriles comienzan a hacerse más frecuentes y duraderos, y a espaldas de su esposa opta por llevarlo al médico. El pediatra le informa que, a sus siete meses de vida, el bebé está considerablemente por debajo de los niveles normales del desarrollo, su crecimiento está estancado. Él pronto descubrirá que la causa del conflicto está en las inusuales prácticas purificadoras que su esposa realiza incluso a escondidas, suministrándole un aceite que acelera el ritmo intestinal. Pero no todo es tan fácil como parece: ambos rechazan las posturas del otro y se enfrentan duramente. Él está dispuesto a que el niño ingiera proteínas a través de alimentos derivados de la carne. Ella sigue aferrada a sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Costanzo adapta una novela de Marco Franzoso acentuando lo insólito y lo descabellado de esta querella, que convierte al matrimonio feliz en una relación basada en la desconfianza, en el desprecio, en el maltrato y en la violencia que genera la desesperación de ver cómo, en el medio de todo esto, está el niño en riesgo. El director/guionista juzga a sus personajes desde los comienzos de Hungry hearts. Es un juicio contundente, que se enfoca en la irracionalidad de la madre, una mujer psicótica, cada vez más ensimismada, rechazando el contacto con otros seres, y acorralada de vez en cuando por un extraño sueño recurrente, un juicio que se sostiene sobre la insanía de una mujer desprotegida, que no recibe el tratamiento psiquiátrico que corresponde porque ella misma se niega a ser tratada. Su esposo, en cambio, es visto como el ser de luz, un hombre que a pesar de ser vegetariano, y a pesar de estar en un inicio en desacuerdo con el consumo de carnes, comprende que cuando la salud de su hijo está en riesgo hay que saber ceder, dar uno o dos pasos al costado y hacer lo correcto. Todo muy esquemático, en las aristas de un maniqueísmo destructivo. Por suerte hay mucho más que un juicio: hay un gran planteo del autor de la novela y que Costanzo remarca como adaptador: desde el título, que está aludiendo a un hambre verdadero (a la falta de una buena alimentación como el gen causante de drásticas consecuencias en el desarrollo) hasta su incisiva mirada sobre las prácticas domésticas y el modo en que las convicciones de los padres muchas veces constriñen las libertades de los niños. Para decirlo de un modo un tanto más elegante, es cierto que los padres tienen la Patria potestas, pero se corre el riesgo de que el derecho legitime por esta vía, tal como se ve en Hungry hearts, un infanticidio. Sin ir a los extremos, puede verse la alimentación (consumo de carnes, tendencias al ovolactovegetarianismo o cualquier otra práctica alimenticia corriente) como uno de los tantos mecanismos en que los padres imponen un modo de vida a sus hijos: lo mismo ocurre con la religión (padres católicos que bautizan a sus hijos sin que estos tengan la plena conciencia de lo que hacen), con la política (niños criados en familias liberales, comunistas, etc.), incluso con el fútbol (desde chico, es normal que los padres compren camisetas de determinado equipo de fútbol). Y el uso del verbo imponer no es gratuito, sobre todo si se analiza estadísticamente en qué proporción estas prácticas se mantienen durante el resto de la vida y cuántas se abandonan. Nadie está en contra de que los padres ejerzan una influencia sobre sus hijos, pero sí que comprendan que ese hijo tiene derecho a conocer todo cuanto le rodea y a elegir en función de su experiencia vital.

El director ofrece una obra polémica, un tanto irregular, con muchos momentos únicos y originales, otros no tanto pero muy bien resueltos. Hay cosas verdaderamente incomprensibles (el manejo de la cámara en la segunda mitad de la película, con intentos de planos picados que deforman las proporciones del cuerpo humano) y otras que pretenden ser controversiales pero que pueden entenderse si el espectador es capaz de pensar como la madre: por ejemplo, su conducta inflexible, que muchos juzgarán como despiadada sin notar que no hay un ápice de maldad en sus acciones, solo la firme convicción, errónea a priori, de que está defendiendo la salud de su entorno familiar. Sin emitir ningún tipo de impresión sobre la resolución del conflicto, está claro que Hungry hearts aspira a ser discutida y desmenuzada cuidadosamente. Servida la controversia, solo queda admirar la astucia con la que Saverio Costanzo plantea el dilema y argumentar en consecuencia. Una película novedosa, incómoda, con tantos errores como aciertos, pero que encaja perfectamente con las inquietudes sociales de nuestros días, con las tendencias progresistas y los debates políticos en torno a las libertades individuales.  


Puntuación: 6/10 (Buena)

jueves, 16 de julio de 2015

Fehér isten.




Crítica.
Fehér isten (2014)
Dir.: Kornél Mundruczó.



Las odiseas de los animales que se pierden en los laberínticos núcleos urbanos no son para nada novedosas dentro de la historia reciente del séptimo arte. De hecho, el género familiar, por demás cuestionado, ha usado este tópico para numerosas producciones. La idea es más o menos simple: animales domésticos que por alguna extraña razón se pierden en la ciudad luchan por sobrevivir en un mundo hostil mientras sus familiares van paseando por la ciudad, pegando afiches en los postes y preguntando en algún centro comercial si han visto a una mascota de ciertas características. A veces ni siquiera son mascotas, pero sí animales que son adoptados como tales: roedores, por ejemplo, con la simpatía del ratoncito protagonista de Stuart Little (1999) que enseguida se gana el corazón de la audiencia. Estas eran algunas de las ideas que me vinieron a la cabeza mientras miraba Fehér isten, la nueva película del húngaro Kornél Mundruczó, galardonada en la sección Un certain regard del Festival de Cannes en la edición del 2014. La primera mitad de la película ayuda bastante a alimentar estas ideas: perros que temen al cruzar la calle, personajes villanescos (muchos de ellos sacados del género picaresco, como el vagabundo o la encargada del centro canino) y vertiginosas persecuciones en las que los empleados de una perrera tratan de cazar a los perros y recluirlos. Todo con la elasticidad del género familiar, a veces infantil (con antecedentes en el cine animado, inclusive), y girando alrededor de la humanidad de una niña que quiere conservar a su mascota contra la voluntad de un padre tiránico y extremadamente poco amable. Por supuesto, no habría trama si el perro no fuera arrojado a la calle por este adorable padre divorciado, a pesar de los gritos y las lágrimas de una niña pre-adolescente, trompetista, la hija que cualquier padre quisiera tener excepto él. El perro mestizo, Hagen, deberá atravesar numerosos obstáculos, algunos muy peligrosos, para volver a reencontrarse con su dueña.

El montaje de Fehér isten va haciendo explícita la bifurcación de la trama: por un lado, la historia de la niña sacrificada que se empapa bajo la lluvia, que corre por los oscuros callejones gritando el nombre de su mascota y que se rebela contra la insensibilidad de esta sociedad centroeuropea grisácea y desalmada; por el otro, la historia del perro que escapa y es capturado, una y otra vez, por macabros hombres que lo usan para beneficio económico propio. Así se descubre una especie de red de tráfico de perros mestizos que son entrenados violentamente para participar en riñas clandestinas y mortales. Por supuesto, acá Mundruczó se separa del cine familiar y reafirma lo que ya se sospechaba desde ese inicio en el matadero: que su película en realidad va a tomar rumbos diferentes. Puede decirse en realidad que hay dos elementos que divorcian su cine del género familiar. Por un lado, que estos perros no hablan, oponiéndose a los parlanchines animales del cine infantil, que habitualmente se comunican entre ellos en inglés, pero de ningún modo intercambian diálogo con sus dueños. Esto acentúa el realismo de Fehér isten pues, a pesar de tener algunas escenas que puedan ser consideradas exageradas, narra sucesos que son absolutamente posibles y, en algún punto, actuales. Por otro lado, hay un nivel de crueldad altísimo, que excluye desde las primeras escenas al sector más sensible de la audiencia, principalmente mujeres y niños. La violencia ejercida por la humanidad sobre los animales es crudelísima, explícita y muy poco placentera. Alguno podría decir “si dejamos al margen lo cruel que puede llegar a ser Fehér isten, tranquilamente podría tratarse de una película familiar”, pero no tendría demasiado sentido dejar eso al margen, ya que no hay mucho más metraje más allá (o más acá) de lo cruel, lo siniestro, lo sangriento. Y el director, además guionista e intérprete, sabe perfectamente en qué parte del estómago del espectador debe patear para generar el efecto deseado. Los ojos tristes de perros moribundos, la sangre brotando del pescuezo y sus ladridos ahogados por el dolor hacen el resto. ¿Golpes bajos? A raudales. Todo en esta película es provocación, pero hay indudablemente una firme conciencia de ello.

Dicho esto, hay dos cosas que quedan claras. En primer lugar, que Fehér isten es la síntesis perfecta de lo monstruoso y lo humano (que usualmente son la misma cosa), demostrando que la cursilería y la inusitada violencia canina (tanto la ejercida sobre ellos como la que ellos pueden ejercer sobre su entorno) pueden aparecer simultáneamente. De hecho, a pesar de todo, en el fondo es una película enormemente sentimental, e incluso puede llegar a resultar particularmente conmovedora. En segundo lugar, que a pesar de cualquier reproche que pueda hacérsele en términos de provocación, o de los efectos producidos sobre el espectador, es innegable su calidad como producto artístico, con una ejecución perfecta, un ritmo que rara vez decae, y con un montón de escenas que dejan sin aliento. Fehér isten es una experiencia intensa, dolorosa, pero en ningún momento deja de ser impresionante. Mundruczó se supera a sí mismo y entrega una obra perfectamente dirigida, distinta, bastante complicada de procesar y de analizar: es difícil apelar a una objetividad pura cuando se trata de una película empeñada en tocar la fibra sensible de su audiencia, e incluso de su crítica (cosa que evidentemente funcionó en Cannes, pese a estar bastante lejos de ser, a mi juicio, la mejor película del certamen). Hay mucho de desgarro emocional y la obra se mueve en esos términos, en la irracionalidad animal (humana y canina) y en la construcción bipartita, tanto de un infierno terrenal despiadado como de un paraíso celestial para animales en el que no hay enemistades ni hostilidades, solo un descanso eterno y pacífico. Por supuesto, la audacia de Mundruczó en la ejecución no supone, por desgracia, una audacia discursiva: al final del día, el hombre es el animal más peligroso, y no hay grandes descubrimientos con eso. El resto es pura fórmula: el fragmento de la ópera Tannhäuser (1845), que habla del amor, acallando los gritos y apaciguando las aguas. Sí, es absolutamente pretenciosa y cuestionable, débil en lo discursivo, difusa en términos genéricos, pero logra más que cualquier otra película: dejar atónito al espectador. Tan sólo por ello vale la pena la experiencia, con la advertencia, absolutamente necesaria, de que no es una película para cualquiera. 


Puntuación: 6/10 (Buena)

viernes, 3 de julio de 2015

Stratos.



Crítica.
Stratos (Το μικρό ψάρι, 2014)
Dir.: Yannis Economides. 




Cuando uno se propone estudiar la crisis económica reciente, que devastó los mercados europeos hace cosa de cinco años, no puede dejar de atender a sus consecuencias morales. La coraza que protegía el espíritu colectivo del pueblo griego fue descascarándose como resultado inevitable de la crisis, que generó incertidumbre y desesperanza, que obligó a reformularse aquellos axiomas, que eran redondos hasta que un día dejaron de serlo. Pero no es la economía el área donde se perciben mayormente los síntomas del deterioro, sino en la inversión (y a veces en la perversión) de los valores. Quizá por eso Stratos sea una película oportuna: porque se inscribe en un proceso de transición mucho más amplio y complejo, pero permite entenderlo en una dimensión clave como la moral, que es la dimensión que los estadistas pasan normalmente por alto.

El chiste con el título también es bastante explicativo. El personaje protagónico no es un asesino de élite, ni mucho menos ocupa una posición de jerarquía en el universo del crimen. No es lo que llamaríamos un pez gordo sino, contrariamente, uno de los pequeños (el título se traduce literalmente como “el pez pequeño” y puede interpretarse desde la oposición con los peces gordos de la nueva sociedad griega), de esos que podrían ser ejecutados en la vía pública sin que nadie se dé cuenta. La delgadez extrema imprime al personaje una sensación de imperceptibilidad, de escasa importancia. Y el mismo curso de los acontecimientos hace el resto: Stratos claramente es un don nadie, se mueve entre una panadería nocturna en la que gana un salario miserable y una cacería diurna que le permite matar gente y cobrar por ello, pero no para guardarse el dinero, sino para saldar una especie de deuda con un colega que ha quedado preso; saldo que, por otra parte, se invertirá en preparar la fuga de la prisión. El protagonista es eso, un hombre de servicios, un subordinado que obedece todo tipo de exigencia deontológica. Y es el deber el que lo guiará a tomar una serie de decisiones que lo pondrán en riesgo. O tal vez no. Después de todo, ¿qué riesgos puede correr una persona que brilla por su ausencia?

Por supuesto, a veces Giannis Oikonomides (o Yannis Economides, según la transliteración), director de la cinta, cruza la delgada línea que divide el cine moral y el cine moralista. Eso está claro en su relación con una familia vecina, que también ha contraído una cuantiosa deuda y que al parecer solo puede  saldarse a través de los servicios sexuales de la madre de familia (y, como se sugiere, a través de los servicios de una preadolescente). En este punto Stratos debe elegir entre una vana existencia o una determinación que lo convierta, o bien en hombre moralmente distinguido, o bien en hombre muerto. En cualquier caso, se trata de un hombre que todavía puede tomar decisiones, y que hace uso de su libertad en términos kantianos, orientada al devoir faire

Stratos ofrece una mirada inquietante y molesta sobre el estado de la sociedad griega en nuestros días. El director renuncia a la sutileza y se entrega a una reflexión tan ácida como incómoda, en la que la furia lo abarca todo. Una crítica furiosa al sistema de valores y a la condición humana, filmada desde lo bajo, desde lo desagradable (personajes con rasgos anti-estéticos, otros con defectos físicos), con un uso extremadamente vulgar del lenguaje y una fotografía cenicienta que advierte de entrada la falta de color y alegría en una radiografía de la miseria. Por supuesto, Stratos no sería lo que es si no fuera por su comodín: me refiero al juego entre el día y la noche, lo moral y lo amoral: en este universo “ficcional pero no tan ficcional”, los crímenes, la prostitución y la corrupción de menores tiene lugar en plena luz del día, mostrando la naturalización de lo bajo como estrategia para sobrevivir al naufragio económico; el trabajo digno, como la panadería, aparece planteado por la noche, y es constantemente menospreciado por sus personajes. ¿Para qué perder tiempo trabajando ahí, rodeado de brutos y ganando poco si se puede hacer mucho más dinero vendiendo el cuerpo? Y es ahí, en el establecimiento de una relación estrecha entre la economía y la moral, donde Stratos cobra vida, se re-semantiza y se convierte en otro de los grandes exponentes del nuevo cine griego: mordaz, despiadado, cínico y necesario.


Puntuación: 7/10 (Notable)

sábado, 27 de junio de 2015

Intensamente.




Crítica.
Intensamente (Inside out, 2015).
Dir.: Pete Docter, Ronaldo del Carmen.




El estreno de Intensamente (Inside out, 2015) en carteleras locales viene a comprobar lo que muchos sostenemos desde ya hace algún tiempo: el lugar de privilegio que ocupa la animación dentro de la producción cinematográfica global. La realidad, por cruel que parezca, ya nos ha demostrado que el cine en acción real (por supuesto, en términos generales: hay honrosas excepciones) ha decaído abruptamente en el período 2005-2015. Por otro lado, gracias a los invaluables aportes de Pixar y Ghibli, puede percibirse sin dificultades una tendencia cada vez más acentuada: que algunos trabajos singulares, tanto sea de la animación para adultos como del cine familiar/infantil, se cuelan siempre entre los favoritos de la crítica especializada. Es innegable que esto es producto de la circunstancia, del encuentro entre la ampliación del género de animación gracias a los procesos de tecnificación y la cerrazón sufrida por una live-action mucho más limitada. No hay una explicación clara de esto último, pero sí puede especularse con que, en términos de la producción cinematográfica cruda (y no de la post-producción, mucho menos de la distribución), la acción real es menos económica. La computadora, como expresión metonímica de toda la ingeniería creada en las últimas dos décadas, ha venido a "virtualizar" los universos pretenciosos de los grandes derrochadores de Hollywood, a hacer el trabajo sucio que antaño resultara no solo exhaustivo para los directores y actores sino también, en muchos casos, una inversión infructuosa para los productores.

El mayor problema que enfrenta la animación tiene que ver con las dificultades a la hora de definir un público al que dirigirse y, sobre todo, encontrar el tono adecuado para complacerlo. Marjane Satrapi lo supo con claridad, y su Persépolis (2007) fue pensada/adaptada a conciencia, con una madurez que fue plasmada con éxito en la gran pantalla. No hay que dejarse engañar: la animación y la inmadurez no siempre son grandes compañeras. Muchos trabajos notables de animación para adultos han sido producidos esta última década, de manera que sería poco prudente seguir sosteniendo que cualquier manifestación en acción no real es una idiotez absoluta. Es simplemente una forma alternativa de (re)presentación cinematográfica, una selección que obedece a factores estéticos, ideológicos e incluso económicos, y que poco tiene que ver con la calidad del producto definitivo. Si no, busquen a algún padre que haya concurrido al cine con su hijo a ver Ratatouille (2007) y pregúntenle si no sintió una emoción profunda durante los diez minutos finales. O a algún familiar que haya visto Up (2009), si no ha llorado de la angustia con la historia del huraño Carl y su esposa. Y ninguna de estas obras son animaciones para adultos en sentido estricto; por el contrario, están claramente dirigidas a los más chicos de la familia. La clave está en pensar que los niños no van solos a la sala, y que los padres tienen tanto derecho a disfrutar como sus hijos. En esa dirección, tal vez Pixar y Ghibli sean líderes porque complacen a ambos públicos por igual. Y cuanto mayor sea el equilibrio, la obra se vuelve más eficaz (lo que no significa, de ninguna manera, que se vuelva buena: insisto, hay animaciones para adultos con un nivel de excelencia que no necesita de la complacencia forzada hacia los infantes).

Sin más preámbulo, y entrando de lleno en el último producto Pixar, solo quedaría aclarar que Intensamente sigue la estela que dejó otra maravilla reciente, La gran aventura Lego (The Lego movie, 2014) pues combina, con un talento imposible de equiparar, la originalidad, la inteligencia, la emoción, la frescura y la gracia. Las referencias insólitas y casi izquierdistas que aparecen en Lego funcionan de igual manera en una película infantil, del mismo modo que las referencias constantes a la psicología logran articularse con el color, el humor e incluso el costado más amargo (incluso melancólico) de Intensamente. Y con esto debe quedar clara una cosa: nadie debe pretender una lección sobre lo onírico, ni sobre la dinámica del inconsciente, del mismo modo que nadie pretendía (al menos eso espero) que Chris Pratt leyera el Manifiesto Comunista en La gran aventura Lego. Simplemente se trata de tomar algunos hechos de la psicología, que son accesibles para cualquier ser humano que sea capaz de observar la conducta de quienes forman parte de su entorno, y con eso construir un esqueleto lo suficientemente sólido que permita sostener un argumento, en este caso, con una doble cara: por un lado, el drama de la niña cuya entrada a la pre-adolescencia coincide con una mudanza que cambia su vida para mal, que amarga progresivamente su existencia (pensemos que la palabra mudanza y mutación tienen la misma raíz léxica); por el otro, lo que ocurre en su cabeza, controlada por cinco criaturitas que representan cinco estados de ánimo y que por un "problema administrativo" sufren el extravío de dos de ellos: la alegría y la tristeza. Quedan el asco, el miedo y la ira, tres rasgos que se suelen asociar popularmente a la antipatía del adolescente tipo. Por supuesto, esto es mucho más complejo y enrevesado, pero de ningún modo ininteligible, puesto que el mismo montaje de la película va haciendo que las relaciones entre lo externo (el comportamiento) y lo interno (aquello que motiva dicho comportamiento) se tornen fáciles de asimilar.

Su éxito en el estreno en el Festival de Cannes, con el que Intensamente conquistó a la crítica internacional y al público en general, ya era síntoma de un retorno a los trabajos más aclamados de Pixar: Ratatouille, Wall-E (2008), la mencionada Up, y la trilogía Toy Story (1995, 1999 y 2010). Todos tienen en común el perfecto equilibrio entre un mensaje de gran madurez (desde la reflexión meteorológica hasta la crítica de la crítica) y una aventura lo suficientemente dinámica como para funcionar durante más de noventa minutos. Los adultos no dudarán en calificar a Intensamente como una gran película, por varios motivos: en primer término, porque lo es; en segundo, porque se puede notar que está dirigida en parte a ellos (muy acertada la decisión de algunos complejos cinematográficos que la estrenaron con versiones en idioma original y subtituladas); en tercer y último lugar, porque toca la fibra emocional de esos padres que tienen problemas para comunicarse con sus hijos. Ahora bien, mi pregunta, dicho todo esto, es: ¿cómo la recibirán los más pequeños?


Nadie duda de los esfuerzos de Pixar por no excluirlos del espectáculo: hay canciones, una explosión de colores indescriptible y un escenario estéticamente atractivo. Pero cualquier niño que no ha entrado a la adolescencia, que no ha adquirido conciencia de los sueños, ni de los estados de ánimo, ni el pensamiento abstracto, se puede sentir un extranjero en lo que aparentemente es su ámbito de especialidad: la animación. No necesariamente tiene que ser así: habrá quien logre dejarse llevar por el espíritu jovial de una producción bellísima como esta, atenta a los detalles, capaz de construir personajes memorables, de repetir motivos pero sin llegar al hartazgo (en la mayoría de los casos, al menos). Quizá sea demasiado madura para ser efectiva, y le resulte problemático conectar con todos los públicos que accedan a la sala oscura. Eso es posible, y amerita un detenimiento mayor. En última instancia, la eficacia y el valor son dos cosas absolutamente distintas. Lo primero puede ser discutido largamente; lo segundo, en cambio, parece ser bastante más evidente. Guste o no, Pixar ha logrado dar un salto enorme en lo cualitativo, tal vez el más grande desde esos cuarenta minutos de mutismo iniciales de Wall-E, que amenazaban con dinamitar las concepciones tradicionales que un niño podía tener sobre el cine infantil. Y con sus excesos y artificios no deja de ser un ejercicio cinematográfico sorprendente: la técnica al servicio de las ideas, y estas al servicio de la audiencia. Cuando la emoción se vuelve abrumadora y además colectiva, o cuando los espectadores de la sala han sido hechizados por esa magia que Pixar no ha perdido casi nunca, ni siquiera en muchos de sus trabajos más cuestionados, lo que queda es un sentimiento de admiración. Pete Docter, director de Up, toma de ella una estructura similar: dedica una parte introductoria a la historia de sus personajes principales, llena de emotividad y humanidad, y dedica el resto a la aventura del “regreso a casa”, que en Intensamente sería el regreso de las emociones (la alegría y la tristeza) al lugar donde pertenecen. Claramente funciona. Docter no solo dirige la primera gran película del año: probablemente se convierta en una de las mejores. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

sábado, 4 de abril de 2015

Leviathan.




Crítica.

Título: Leviathan (Левиафан)
Dir.: Andrei Zvyagintsev.
Año: 2014.



Los amaneceres en las películas son la transición a una nueva fase en la vida de las criaturas cinematográficas, una renovación del espíritu tanto individual como colectivo. Eso lo saben muy bien los directores de fotografía, que captan la belleza inigualable del cielo durante la salida del sol en los momentos precisos. Así lo entendió recientemente Hoyte van Hoytema, cuyo trabajo en la fotografía de la obra maestra de Spike Jonze Ella no quedó exento de este tópico: el plano final es la garantía del renacer, del "pasar a otro tema", ese espacio en blanco que hay entre palabra y palabra o entre tecnología y tecnología; es, en síntesis, lo nuevo, el porvenir. Dicho uso del amanecer ya ha sido oportunamente analizado en la crítica del filme de Spike Jonze, y su mención aquí sirve tan solo a modo de ejemplo. Introducida esta cuestión, no puede dejar de remarcarse el sobresaliente trabajo de Mikhail Krichman, director de fotografía de Leviathan, producción rusa estrenada esta semana en cines argentinos. La obra comienza con unas bellas postales del norte ruso durante el amanecer, con un fragmento del preludio del Akhnaten de Philip Glass musicalizando las imágenes. No hay acción y el único movimiento perceptible es el de las aguas del mar de Barents apenas agitándose. El resto es soledad, aislamiento, silencio y ruina, elementos habitualmente presentes en las películas de Andrei Zvyagintsev, director del filme. Se trata de un inicio magistral que sumerge de lleno a la audiencia en la desolación del lugar, con la promesa de que ese amanecer suponga un cambio radical en la vida de sus protagonistas. 

El cine de este gran director ruso, para muchos heredero de Tarkovski, para otros simplemente un admirador de Tarkovski pero con estilo propio y enormes capacidades, es complejo en varios niveles. Zvyagintsev está atento al lenguaje fotográfico, que traduce los sentimientos de los personajes. Sus largos planos hablan por sí solos, como en Izgnanie/The banishment, uno de sus títulos más redondos y más logrados en términos artísticos. Normalmente deja que ese lenguaje tenga mucho más peso que los diálogos entre personajes, bastante escasos. Eso ha hecho que el mercado occidental (o para ser más justos con el término, el mercado americano) no haya recibido debidamente el cine del director. Sus otras dos películas, El regreso y Elena han pasado por algunas salas sin pena ni gloria, cosa bastante lamentable sobre todo en el primer caso, el de su ópera prima, que es por lejos su mejor película y una de las obras maestras fundamentales del siglo XXI. Pero Leviathan, con sus conflictos universales, su temática política, su costado jurídico y su descripción de la desintegración familiar, sumados al incansable diálogo entre sus miembros y a los destellos de humor corrosivo y mordaz, ha logrado una aceptación notoria en los Estados Unidos, país en el que obtuvo, entre otros reconocimientos, el prestigioso Globo de Oro que anualmente otorga la asociación de prensa extranjera. 

Pero la complejidad de su cine no atraviesa exclusivamente aspectos de estilo sino, además, rasgos psicológicos en la configuración de los personajes, que viven en silencio, sufren en silencio y estallan en silencio. Hay una gran oscuridad en las interacciones familiares, una ausencia casi total del afecto. Predominan los núcleos familiares que, por causas tanto internas como externas, entran en tensiones insostenibles que desembocan en lugares no deseados. En Leviathan confluyen factores de ambas clases. La causa interna es el vínculo poco afectuoso (o muy agresivo) entre el niño y la actual pareja de su padre, que se debe naturalmente a las dificultades de adaptación del nuevo esquema familiar, que ya no incluye a la figura de la madre sino a otra mujer. La causa externa es precisamente la que da nombre al filme: la presencia intimidante del alcalde que hostiga a la familia para apropiarse de su terreno, demoler la casa y edificar allí. El patriarca, Kolya, inicia un proceso judicial contra la autoridad máxima de su pueblo. Invita a un abogado amigo de Moscú a quedarse un tiempo y ayudarlo con el proceso, aunque desde un comienzo uno intuye que verdaderamente no hay mucho que hacer. El alcalde es un hombre bajo y gordo, bastante vulgar, siempre ebrio (de poder o de alcohol: en algún punto ambas adicciones son igual de peligrosas), con estupendas relaciones con la iglesia y demás organismos de poder; no es ni más ni menos que un corrupto, o dicho de otra manera, el representante de la ciudadanía. 

La crítica a la iglesia y a la política hizo que el Ministerio de Cultura Ruso, que financió parcialmente y sin titubeos la obra del cineasta actual más importante del país, se arrepintiera luego de haberlo hecho: más de un dirigente político se enfureció tras ver Leviathan, película que no consideran que refleje la realidad de la gestión de Vladimir Putin. El resultado: fue estrenada en cines selectos y con escenas censuradas, pero amada por un gran sector de la población que supo valorar la osadía de mostrar la cruda realidad sociopolítica. Zvyagintsev aclaró que no pretendía hablar de la política de un país sino de la corrupción universal. La escena en que un grupo de hombres beben vodka y disparan a un montón de retratos de antiguos líderes soviéticos (uno de ellos incluso pregunta si no hay un retrato de algún líder ruso contemporáneo) es defendida por el cineasta bajo el pretexto de ser una escena humorística para que los casi ciento cincuenta minutos de duración no sean tan duros. Y en esto tiene razón: si hay algo que le sobra a Leviathan es dureza y crudeza. Pero va mucho más allá de la reflexión política (que sigue la línea del Leviatán de Hobbes y usa la misma metáfora del Leviatán bíblico para aludir a una criatura, el Estado, que lo devora todo), y se centra en cómo este paradójico proceso judicial, este laberinto sin salida, activa el irreversible resquebrajamiento de la unidad familiar, o lo poco que quedaba de ella. En este punto, quien haya visto Izgnanie, notará similitudes elementales. Con todo, no deja de ser una mirada singular acerca de cómo los agentes externos tienen la fuerza suficiente para arrasar con los seres vulnerables, más aun cuando a estos últimos no los gobiernan ni la unión ni la concordia. 

Sobre todo lo controversial que puede ser el más reciente filme de un magnífico cineasta como Andrei Zvyagintsev, la experiencia que supone verlo es devastadora en el mejor de los sentidos. Porque en esos paisajes solitarios y en esos recintos donde se enriquecen los más sucios burócratas está la clave para generar en el espectador muchos sentimientos, desde la satisfacción que producen los pequeños triunfos hasta la impotencia que genera la lucha desigual entre un líder político y un indefenso civil. Un extraordinario trabajo de dirección, un libreto notable y un elenco más que efectivo son algunos de los tantos atractivos que convierten a Leviathan en uno de los títulos imprescindibles del año. Tal vez los amaneceres de Mikhail Kirchman no sean como el resto de los amaneceres, faros de esperanza alumbrando los rincones más sombríos de la naturaleza humana; del mismo modo el cine de Zvyagintsev no se parece a nada, ni siquiera al cine de Tarkovski, al que por supuesto guiña sin disimulo. Dicho todo esto, de principio a fin y por muchos motivos, una película inigualable e imprescindible. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

lunes, 30 de marzo de 2015

Attila Marcel.




Crítica.

Attila Marcel.
Dir.: Sylvain Chomet.
Año: 2013.


Sylvain Chomet es uno de esos representantes del séptimo arte que se toman su tiempo para rodar y, cuando lo hacen, inundan el cine de una magia pocas veces vista. Este gran director lleva dirigiendo casi dos décadas, pero cuenta con tan solo tres largometrajes. Los dos primeros trabajos son sin dificultad dos de las mejores películas animadas de la historia del cine: Las trillizas de Belleville y El ilusionista. El tercero es Attila Marcel, con el que se desplaza a la acción real, pero preservando intactos tanto sus excesos habituales como su indiscutible frescura como contador de historias. Además, insiste en seguir explorando los conflictos intergeneracionales, un motivo que viene repitiéndose desde su ópera prima, en la que una abuela intenta descubrir cuál es la pasión de su nieto. Attila Marcel promete un desarrollo similar, fundamentalmente centrado en la relación entre un joven músico y sus tías; no obstante, estas mujeres no pretenden descubrir la pasión del sobrino, sino más bien imponerle la suya: el piano. Su título es la primera de las tantas referencias artísticas, puesto que toma el nombre de una de las canciones que el mismo Chomet compuso para la banda sonora de Las trillizas de Belleville. Las razones de la elección son misteriosas, pero constituyen el primer síntoma de un libreto repleto de detalles deliberadamente dispuestos para ampliar las lecturas sobre la obra. 

La trama es relativamente sencilla: se centra en la cansina rutina diaria de un joven soltero de treinta y tantos, abandonado al mutismo y a la insoportable convivencia con dos tías que dictan cursos de danza y lo usan como musicalizador. El muchacho, al igual que su familia entera, tiene un talento natural para la música y para el piano, instrumento que toca anualmente en concursos de la juventud. Sin embargo, comprende que no es su pasión, y que está viviendo la vida de alguien más: guiado desde pequeño a convertirse en otro individuo por su entorno familiar, ha terminado delante de un desafinado piano de cola. Sus tías ganaron la pugna por el niño prodigio, mientras que este padece la infelicidad de una vida de alquiler (hay un oportuno número musical, "Ni l'un ni l'autre", de una belleza salvaje). Todo cambia cuando conoce a Madame Proust, una suerte de hippie decadente, de ambientalista desatada, de desequilibrada mental o de psicoanalista budista que le ofrece un servicio muy particular, que bien podría llamarse "servicio proustiano". Es una terapia que mezcla la hipnosis con el fenómeno de la memoria involuntaria, que quedó inmortalizado en alguno de los tomos de la extensa novela de Marcel Proust En busca del tiempo perdido. Este mecanismo busca rastrear recuerdos ocultos en el inconsciente y se activa con tres elementos: la música, el té de hierbas y una madeleine. Este último objeto, de tradición simbólica en la literatura, luego se desplazó a otras artes y, alterando su forma, ablandó en la gran pantalla del cine el alma de Anton Ego, crítico culinario de Ratatouille, víctima del efecto Proust que araña involuntariamente las rústicas paredes de su infranqueable memoria. El uso de la madeleine y el nombre del personaje, Mme. Proust, forman un par ordenado demasiado icónico como para ser simplemente una casualidad. 

Pero hay vida más allá de los flashbacks proustianos y de las referencias artísticas. También es mucho más que pura estética, ya que el uso de colores vivos, que amenaza con emparentarlo a las peores producciones de Jean-Pierre Jeunet (básicamente las que no hizo con Marc Caro), tiene propósitos mucho más nobles que la mera decoración, como puede verse en el uso de colores opuestos (azul/naranja) en la vestimenta del protagonista y sus tías para marcar un contraste. Todo esto está, y puede llegar a desviar la vista, pero hay mucho más. Sustancia emocional a raudales, grandes interpretaciones del cuarteto protagónico (el joven, la vecina y las tías), que son algo nuevo en la carrera de un director que siempre ha extraído de los actores sus voces y nunca sus gestos, sus movimientos, sus transformaciones (principalmente esa gran revelación del cine francés, Guillaume Gouix, con poca trayectoria en la actuación y la dirección, pero con una enorme fuerza que lo convierte en una promesa del cine francófono, tal como lo demostró en el notable drama de temática gay Hors les murs). También está la historia de fondo, que se mueve entre la comedia y el drama con mucha delicadeza, sin dejar que una eclipse a la otra. Este movimiento pendular la hace sorprendente y mucho más emocionante hacia el acto final, que gana en intensidad. Esa mezcla de patetismo, ridículo y fantasía se vuelve sobre el espectador haciéndolo vibrar emocionalmente, y sembrando en él algunos momentos inolvidables, números musicales insólitos, ocurrencias desopilantes, personajes brillantemente diseñados (atención a la tríada del sordo-mudo-ciego); recuerdos que, en definitiva, tardarán mucho tiempo en ser enterrados bajo la conciencia o la lucidez, como las grandes piezas artísticas que de vez en cuando el cine regala a su audiencia. Y si el tiempo o el deterioro los sepultaran, siempre quedarán las madeleines. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)