sábado, 31 de diciembre de 2016

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Bienvenidos a Una Locura de Película, un sitio de crítica cinematográfica en continua transformación. Creado a finales del 2008 por Rodrigo Moral, único administrador, procura tanto comentar algunos de los títulos más significativos de la actualidad como analizar algunos clásicos consagrados. Toda apreciación es subjetiva y el público está invitado a plasmar en los comentarios la suya. 
Además, es necesario aclarar que este sitio no difunde links de descarga ni está asociado a ningún servidor de descargas. 

Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente.

jueves, 29 de enero de 2015

St. Vincent.




St. Vincent.
Dir.: Theodore Melfi.
Año: 2014.


Una de las fórmulas que más han triunfado dentro del género cómico es la del viejo cascarrabias que debe soportar a alguien más joven, con hábitos y costumbres distintas a las suyas. Pero curiosamente, dos de los casos más emblemáticos del cine reciente, que aportan una comicidad considerable, pertenecen no obstante a otros géneros: el primero de ellos es Gran Torino, sobre la relación entre un veterano de la guerra de Corea y su vecino, de origen asiático, un joven ladronzuelo sin malas intenciones; el segundo es Up: una aventura de altura, película animada infantil/familiar de Pixar con cierta nostalgia y un estilo tan maduro que no parece propio de la comedia, aunque en algún punto lo sea. La convivencia va haciendo que se conozcan en profundidad uno al otro, que enfrenten las hostilidades del mundo exterior uniéndose y que, al final, se conviertan en amigos. Se trata de una fórmula que funciona, y más cuando las personalidades son tan opuestas: desde el ogro y el burro en Shrek hasta esa insólita y sobrevalorada comedia francesa Amigos intocables. La magia consiste en hacer a uno extremadamente huraño y al otro extremadamente insoportable. Con estos ingredientes, la comedia del viejo cascarrabias está servida. 

Hay películas mejores que otras pero, por alguna razón, el público las recibe con los brazos abiertos. Mucho más si está protagonizada por Bill Murray, uno de los rostros monumentales del séptimo arte. Un actor nacido y criado para darle vida a este tipo de personajes de pocas palabras, algunos gruñidos y múltiples gestos despreciativos acerca de lo que lo rodea. Pero St. Vincent tiene más que a Murray: tiene un elenco que funciona de verdad, y que, por tonta que parezca la expresión, funciona como elenco: algo sorprendente, pues normalmente un elenco funciona como suma de actuaciones. Está la actriz cómica Melissa McCarthy encarnando a una madre soltera y trabajadora que no puede hacerse cargo de su hijo y que, además, tiene una difícil relación con su ex-esposo; está la actriz dramática Naomi Watts, que a la inversa sorprende interpretando a una dama de la noche embarazada, de nacionalidad rusa, absolutamente desopilante. Y está ese milagroso intérprete, un completo desconocido destinado a las grandes ligas, un tal Jaeden Lieberher que logra ponerse a la par de una leyenda como Murray y, en un ácido tête-à-tête, amenazarle con robarle la función en cada escena.

El guión y la puesta en escena son muy sencillos y, en conjunto, no ofrecen demasiada sustancia para el análisis. Es de esas comedias ligeras, emotivas, con un toque de drama y actuaciones memorables. Tal vez un poco predecible, al menos en lo que respecta a su título y a cómo alcanza una importancia fundamental en la resolución de la trama, pero nada demasiado grave que arruine la experiencia. Después de todo, estas pequeñas y agradables feel-good-movies no aparecen todos los días, y cuando lo hacen, consiguen ganarse un lugar en el corazón de la audiencia. Si no, vean cómo esos clásicos viejos cascarrabias antes nombrados han quedado anclados en la memoria colectiva, referentes absolutos para directores jóvenes como Theodore Melfi, otra promesa para un género cada vez más devaluado. 

Puntuación: 6/10 (Buena)

sábado, 24 de enero de 2015

El francotirador.



Crítica.

El francotirador (American sniper).
Dir.: Clint Eastwood.
Año: 2014.


Clint Eastwood tiene 84 años de edad, un nombre, una carrera impresionante, varias estanterías repletas de estatuillas doradas y un buen puñado de títulos que quitan el aliento, como Bird, Río místico, Cartas desde Iwo Jima o Gran Torino. Uno de los maestros del cine estadounidense, con altibajos, naturalmente, pero que ha logrado ganarse un lugar en la memoria de todos. Dos de sus películas, Los imperdonables y Million dollar baby se llevaron el premio Oscar y se convirtieron en clásicos instantáneos. Eastwood decidió retirarse de la actuación tras la mejor interpretación de su carrera en Gran Torino, aunque al parecer se arrepintió y se puso bajo las órdenes de Robert Lorenz, habitual colaborador suyo, en un mediocre drama deportivo, Curvas de la vida. Luego del estreno de Invictus, otro drama deportivo que aprovechaba la oportunidad para hablar sobre Nelson Mandela, muchos críticos y parte de su público comenzaron a pensar que ya era hora del retiro. ¿Para qué más? El director ha probado suerte en casi todos los géneros cinematográficos posibles saliendo bien parado en todos y, a una cierta edad, el virtuosismo, la mirada precisa y otras virtudes pueden comenzar a desaparecer. 

Más allá de la vida, un drama sobrenatural con tsunami incluido que habla sobre las creencias en lo que hay del otro lado de la existencia humana, fue básicamente un desastre. J. Edgar, un biográfico político sobre J. Edgar Hoover, y que ponía un delicado énfasis en su homosexualidad, fue incluso peor. Las esperanzas de recuperar al gran maestro iban desvaneciéndose poco a poco. Tras casi tres años inactivo, reapareció en el 2014 con dos títulos a estrenarse. El primero de ellos, fuera de temporada, fue Jersey boys, una mezcla de biográfico, musical y cine de mafia traída de Broadway a la gran pantalla con una fuerza que se echaba de menos, sin lugar a dudas. Y sin ser una rotunda obra maestra, sirvió como prólogo de la reaparición definitiva del sucio Harry. En temporada de premios, con un estreno estratégico en los Estados Unidos, llegó El francotirador, una película bélica ambientada en la guerra con Iraq. Volvía Eastwood a ese género complicado y fascinante que tan bien comprendió, y que le ayudó a rodar, ocho años antes, ese enorme díptico conformado por La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima, que en conjunto podrían ser sin problemas su mejor trabajo en más de cuatro décadas. 

El mayor inconveniente del género bélico o político, como se ha dicho recientemente en este mismo sitio a propósito del estreno de Corazones de hierro, es que el tinte nacionalista o propagandista de muchas obras pueden opacar los logros artísticos. Ese es un problema grave. Más sabiendo que, cuando se habla de una guerra, es difícil no tomar una postura: anti-belicista o belicista, a favor o en contra de Oriente Medio, a favor o en contra de la fabricación de armas, etc, y mucho más difícil es filmar una película en Estados Unidos, sobre Estados Unidos, financiada por productoras de Estados Unidos, que no ofrezca un discurso a favor de los Estados Unidos. Lo más osado a lo que pueden aspirar las películas en esas condiciones son a una delicada ambigüedad, que le valió a Kathryn Bigelow con La noche más oscura una cómoda choza en el Olimpo del género. Y luego está Clint Eastwood, más allá del bien y del mal, habiendo recuperado las fuerzas y mostrándose eterno, recargado de energía y de buen pulso. Eastwood, el patriota, es uno de los cineastas que más ama a los Estados Unidos: esto excede cualquier rótulo ideológico, cualquier atracción por un partido político u otro, o cualquier simpatía (o antipatía) por la gestión que lleva adelante Obama actualmente, quien por supuesto eligió a Boyhood como su película favorita del 2014 (una obra cuya familia protagonista se declara patriota, clavando en el patio delantero de todas las casas un cartelito con la cara del actual presidente estadounidense antes de las elecciones) y no El francotirador, de Eastwood, una suerte de enemigo público. Pero el amor por la bandera está siempre, incluso en los posters. Y eso se nota. 

El francotirador narra los logros de Chris Kyle, el hombre más letal de los Estados Unidos, un texano que se sintió invadido tras los atentados del 11 de septiembre y que se sintió convocado. Con esa fuerza interior controlando sus movimientos, dejó a su mujer embarazada en casa, preocupada pero dispuesta a esperarlo, y se embarcó en una serie de misiones en Iraq, enfocadas en perseguir y matar a uno de sus líderes. Dos francotiradores enfrentados, un duelo, una venganza personal y todos los cuerpos, asesinos, héroes, mártires, que quedaron arrojados en el medio de la nada. La película tiene objetivos políticos claros y una valentía impresionante. Si hoy hablábamos de las ambigüedades, acá son pocas. No opera tanto la ambigüedad como, en definitiva, la posibilidad de que los espectadores la sientan y la vean de distintas formas. ¿Héroe o asesino? ¿Hombre o máquina? ¿Guerra absurda o necesaria? Eastwood grita todas las respuestas con una convicción feroz, con los pies sobre la tierra, a conciencia, sin temblores ni grandes agitaciones. Servida la controversia (¡y qué controversia!), El francotirador abre discusiones políticas en todos lados. Yo no creo en Clint Eastwood como un propagandista, sino como un hombre ocupado y preocupado, que dirige y opina. Es una obra muy personal y se nota. La adoración hacia Kyle es evidente hasta en sus créditos finales. Su creencia en la guerra como un mal necesario es notoria: los sangrientos combates en Oriente Medio no son buenos para nadie pero, si se trata de defender al pueblo, se defiende sin titubeos. Eso convierte a Kyle en un héroe bajo los ojos de Eastwood, bañados en lágrimas, respeto y admiración. 

En cuanto al trabajo estrictamente cinematográfico, El francotirador puede verse altamente perjudicada por el síndrome comparatista, algo que los críticos no podemos evitar, pero que intentamos a diario. Ya sea con aquella sombría obra de Cimino, que en Argentina se llamó exactamente igual, o con Cartas desde Iwo Jima, o con el cine de Bigelow (Vivir al límite es sobre un hombre que desactiva bombas en Oriente Medio, que ha batido un récord haciéndolo, y que ama la guerra por sobre todas las cosas; La noche más oscura describe el operativo que dio muerte a Bin Laden), desgraciadamente Eastwood pierde en todos estos frentes. Como cine bélico es bastante convencional, no tiene grandes momentos de tensión, se extiende en exceso, a veces se vuelve redundante. Técnicamente es avasallante. Por primera vez desaparece ese tono sentimental (al ritmo de un piano que marca el nombre de Eastwood a fuego como sobre ganado), es mucho más fría y violenta. Y está Bradley Cooper, esa estrella en ascenso que acá está simplemente sensacional: una personificación altamente creíble en casi todos los sentidos. Tiene cierta complejidad emocional, sobre todo en los rasgos de paranoia, de violencia repentina o en esos momentos en que está presente pero, a la vez, parece ausente: pero una complejidad leve, ya que su venganza y sus reacciones son más o menos comprensibles. 

Lo que deja El francotirador es una extraña sensación de que pudo ser una obra mucho mejor. Supone un regreso de Clint al panorama cinematográfico. La Academia de Hollywood recompensó sus esfuerzos con seis nominaciones al Oscar que incluyen una candidatura a la mejor película del año. No es poca cosa. Cuando un cineasta es capaz de dominar la técnica (eso nadie lo duda, a pesar de las falencias de la obra), de sorprender (la escena de la tormenta de arena) y de gritar (una opinión, un sentimiento guardado de furia e impotencia), películas así se agradecen. Porque se necesitan directores así, que se arriesguen a ofrecer un gran discurso, pero siempre recordando que ningún discurso vale nada si no forma parte de un proyecto más grande, como claramente lo es este retorno del enorme Clint Eastwood. 

Puntuación: 6/10 (Buena)

viernes, 23 de enero de 2015

Momentos de una vida.



Crítica.

Momentos de una vida (Boyhood).
Dir.: Richard Linklater.
Año: 2014.


El poder del cine es, hoy por hoy, prácticamente ilimitado. Permite que uno viaje a lo largo del espacio y del tiempo, se desplace en estos ejes en cuestión de uno o dos planos, se sumerja en la acción tanto mediante el magnetismo de una historia bien narrada como mediante la tecnología en tres dimensiones. Pero ante la pregunta '¿cómo se conserva la imagen del mundo?', la respuesta es bastante decepcionante: el espectador se lleva una sola impresión. Es que el rodaje de una película es cuestión de meses, a veces semanas, y el mundo no cambia demasiado, las personas mucho menos. A veces el maquillaje, los efectos especiales, hacen que el entorno se transforme, que esos hombres y mujeres envejezcan, pero uno puede ver debajo de las máscaras, de las extravagantes pelucas, a los mismos actores. Aunque una obra abarcara muchos años, el escenario real es el mismo: el equipo, esos héroes invisibles de la experiencia cinematográfica, esos hombres que día a día entregan su arte a una producción de la que muchas veces solo es recordado el director, son los que se encargan de complejizar las impresiones, de aportar dinamismo, de hacer que el paso del tiempo de la ficción atraviese la pantalla de manera tal que los espectadores verdaderamente lo crean. Pero es, desde luego, algo sumamente artificial. La magia del cine es un proceso creativo de grandes dimensiones, cuyas reglas uno conoce de antemano y acepta desde el momento en que paga por ver y dejarse llevar.

Sin embargo, Richard Linklater realizó dos grandes experimentos en su carrera que permitieron entender el tiempo de otra forma, sin artificios, con la pura verdad. Uno de ellos es el de la trilogía formada por Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes de la medianoche, que narraba la evolución del romance de una joven pareja a los veinte, a los treinta y a los cuarenta años. Estas películas se estrenaron en 1995, 2004 y 2013 respectivamente. Los nueve años pasaron para todos: para las generaciones que rieron y se emocionaron con aquella prometedora primera entrega, pero también para los personajes que retrataba y para los actores que se hallaban detrás, esforzándose por darle voz y movimiento a aquellas marionetas que creó el guionista a mediados de la década del noventa, y a las que siguió dando forma en las dos películas que siguieron con el aporte de los propios intérpretes en calidad de guionistas. Esto ofrecía la posibilidad de un paralelismo casi sin precedentes: así como el público envejecía, así lo hacían estos actores, que en una obra convencional hubieran permanecido eternamente jóvenes, estáticos, detenidos en el tiempo y en el espacio. 

El segundo de sus experimentos es el que interesa particularmente a propósito de este breve comentario, y es Momentos de una vida (Boyhood), su drama más reciente. Rodado durante casi cuarenta días distribuidos a lo largo de doce años (desde 2002 hasta 2013), sigue los cambios de un niño de seis años hasta el posible ocaso (imposible definirlo con entera certeza) de la adolescencia. Por su particular plan de rodaje, son los mismos actores que interpretan a lo personajes en las distintas etapas de su vida. Esta es una propuesta original, que encuentra su equivalente en las sagas cinematográficas que han sobrevivido más de una década, como Harry Potter, que toma a un puñado de personajes desde su tierna infancia hasta su prematura adultez, a un puñado de actores que se han hecho millonarios interpretándolos, y los hace interactuar a lo largo de varias películas. Pero las diferencias están a la vista: primero, porque es un mundo de fantasía (no se ve una verdadera evolución del mundo, como sí se ve en el físico de los intérpretes); segundo, porque son varios títulos (se asemeja más al caso de Antes del amanecer), y no uno solo como este. 

Desde su estreno en Berlín, Momentos de una vida cosechó un número de reconocimientos sumamente importantes, y hasta el día de hoy sigue recibiéndolos regularmente. Se trata de un experimento riesgoso, pues Linklater se arriesga a que la fatalidad destruya su película de un puñetazo salvaje. Con todo, el resultado se percibe positivamente: la naturalidad pretendida es finalmente un hecho, y está destinada a pasar a la historia como tal. El contexto cambia, uno lo siente en el aire, y no se necesitan referencias explícitas a las intervenciones de Estados Unidos en Irak o a las elecciones presidenciales que finalmente llevaron a Obama a convertirse en el primer presidente negro (aunque como en toda película políticamente correcta que aspira a ganar premios de la crítica/industria estadounidense,  estas referencias son imprescindibles). La evolución del entorno natural está más allá de lo explicable, es una sensación. Y ese es uno de los tantos puntos a favor que tiene este gran experimento cinematográfico, una máquina del tiempo que en tres horas ha convertido a la oruga en mariposa. Y así, en esas tres horas, han pasado doce años. Y en otras tres horas podrían pasar otros doce años, y así la vida pasa. 

Entonces llega el momento de pensar ese título, que es Boyhood (sería apropiado traducirlo como niñez), y no esa inesperadamente acertada traducción al español, Momentos de una vida, que nace indiscutiblemente de las impresiones que deja el filme. ¿Realmente habla Linklater de la niñez? Personalmente no estoy tan seguro. Hay algo que queda claro: su discurso busca trascender cualquier barrera, por lo que es probable que busque abarcar mucho más que la simple niñez. Y ciertamente Ellan Coltrane, ese infante devenido joven/adulto, es el protagonista. Pero no hay una indagación profunda en el proceso psíquico que implica la relación con los padres (imagen idealizada), los primeros indicios de la pubertad y la adolescencia. El libreto no dicta sentencia sobre la niñez y su verdadera importancia. Tampoco rescata momentos significativos de cualquier niño. Simplemente recoge imágenes, las ubica una detrás de la otra, y logra montar una cinta de casi tres horas en las que no ocurren cosas relevantes. Al menos nada relevante en el marco de una obra sobre la niñez. 

Pero es muy poco prudente decir que no ocurre demasiado, y es algo que muchos han dicho (me incluyo) luego de verla por primera vez. En realidad pasan muchas cosas: la vida, la cotidianeidad, las costumbres, el tiempo, las personas. Se trata de una niñez ordinaria, sin grandes sobresaltos fuera de una serie de mudanzas y de cuatro padrastros (esenciales para darle movimiento a una canoa estancada en el mar del tedio, bajo un cielo negruzco que sugiere posibles tormentas e insta a abandonar la sala de inmediato antes que sea demasiado tarde), o de un padrastro violento y alcohólico, sin dudas el momento más dramático (o sea, con mayor acción) de la película. Su problema es prometer una obra sobre la niñez y ofrecer finalmente una obra altamente pesimista sobre el paso del tiempo. Si el título hubiese sido más honesto, habría satisfecho aun mas al público, que por cierto ya está lo suficientemente satisfecho, tal como lo indican numerosos portales de la web. 

La preocupación de Linklater siempre fue el tiempo, y Boyhood es una enorme película sobre el paso del tiempo. La última escena de Patricia Arquette, unos cuatro o cinco minutos que asumen la responsabilidad (o la culpa) de que esta actriz haya recibido tantos galardones como mejor actriz, es la perfecta síntesis de todo lo antes dicho. Es preferible no hurgar en tales escenas porque analizar finales (o contarlos) puede resultar un poco desagradable. Pero es importante revisar lo que Arquette dice, vincular esas sentidas palabras con la experiencia cinematográfica que atraviesa el espectador, y apreciarlas a la luz del tiempo, el verdadero protagonista de la historia. Ni esa madre que se desvive por sus hijos, ni ese padre que intenta conquistarlos cada vez que los ve, ni esos padrastros desafiantes, ni esos dos niños protagonistas, cuyas ocurrencias son más o menos adorables, ninguno es protagonista. Porque el tiempo va más allá de los seres humanos, seres insignificantes perdidos en la inmensidad de la historia. Con todas sus imperfecciones, sus promesas incumplidas, su dilatado metraje, su final (probablemente escrito bajo los efectos de las mismas sustancias que le convidan al protagonista en la universidad), sus cuestionables alusiones políticas o esa dolorosa sensación de que nada ocurre, Linklater quería hacer una obra épica sobre el tiempo y lo consiguió. Eso es todo lo que hace falta saber.

Puntuación: 7/10 (Notable). 

jueves, 22 de enero de 2015

Whiplash: música y obsesión.




Crítica.

Whiplash.
Dir.: Damien Chazelle.
Año: 2014.



Uno de los grandes acontecimientos cinematográficos de esta temporada fue el estreno en los Estados Unidos y en numerosos países hispanohablantes a los que hoy se suma la Argentina de la película Whiplash: música y obsesión, escrita y dirigida por un joven y novato cineasta, Damien Chazelle. Desde su estreno en el Festival de Sundance a inicios del 2014, en el que conquistó tanto al jurado como al público (llevándose los dos premios más importantes otorgados), la obra no ha dejado de generar altas expectativas, de cosechar encantadoras reseñas y de ser comentada entre los pequeños círculos de cinéfilos que hoy pueden contentarse con su nominación al Oscar en la categoría de mejor película, o con cualquiera de las otras nominaciones que ha recibido. Es llamativo lo que ha generado porque, año tras año, son muy pocas las obras que concilian jurado, crítica y público. Probablemente Slumdog millionaire sea el ejemplo paradigmático de un drama triunfal y arrasador, el último que ha parido el cine internacional, con un pie en Bollywood y un pie en Hollywood. Dicho esto, cuando se estrena una obra de estas características, hay que estar atento y tratar de comprender a fondo por qué el público reacciona casi unánimemente. ¿A qué se debe su éxito? Y luego de ver Whiplash: música y obsesión, uno puede tomar el tintero y redactar numerosas teorías que se aproximen a una comprensión del fenómeno que, por lo general, peca de superficial. Porque las mejores teorías se hacen pedazos en la sala oscura, donde cualquier cosa puede ocurrir, hasta lo más improbable. Sin intentar hallar una respuesta unívoca al interrogante antes planteado, nunca está de más reflexionar acerca de las virtudes y los defectos de una obra que, a pesar de todos los pomposos adjetivos que ha recibido por parte de la crítica, no es perfecta. 

En primer lugar, está la casi violenta relación entre un maestro y un estudiante. En Whiplash... esta relación se teje en un entorno mucho más formal, como lo es un prestigioso conservatorio de música. Pero siendo honestos, ¿este vínculo no se ha visto millones de veces en el cine bélico? Muchos admiran los primeros cuarenta minutos de la obra de Stanley Kubrick titulada Nacido para matar, que narra en líneas generales cómo un sargento quiere formar un ejército lo suficientemente sólido como para no ser humillado en Vietnam. Una enorme mayoría de los que adoran esta gran obra defienden, sobre todo, ese gran prefacio de la guerra: o sea, cómo un sargento insulta, degrada física y psíquicamente a los reclutas hasta el cansancio, o hasta hacerlos estallar. Y no es para culparlos, porque realmente es lo más interesante de la película. Están los hombres que quieren la perfección a toda costa, y los jóvenes aprendices que, quizá, no estén preparados para la gloria ni para ese tipo de exigencia. Whiplash: música y obsesión es similar, y la originalidad que la crítica le atribuye consiste en convertir una guerra real en una guerra de egos, y transformar el entorno bélico en otro mucho menos sucio y más refinado.

Hay algo que se le ha destacado al filme, y es precisamente su libreto, que es una reformulación in extenso del cortometraje homónimo que aborda las mismas cuestiones pero de manera sintética. ¿Qué tiene de novedoso su libreto? Absolutamente nada, en verdad. Quizá la brillante idea de mezclar la guerra y el jazz. O de hacer que no solo el protagonista, Andrew Neyman, entre en tensión con su profesor, sino también con otros miembros del conjunto musical al que pertenece (o con su entorno más íntimo, como esa novia que entra y sale de escena sin sumar ni restar, amenazando convertir a Whiplash: música y obsesión en un drama excelente como Red social, cosa que finalmente no ocurre). En Cisne negro veíamos como una mujer estaba desesperada por la perfección, hasta sufrir un trastorno que le arrebata de plano sus facultades mentales. En ese sinuoso camino a la perfección ansiada, está dispuesta a todo, a besar al director de la adaptación de El lago de los cisnes, a sufrir y destrozarse las uñas de los pies, e incluso a volverse ese cisne negro, perverso y retorcido, en una extraña metamorfosis psicofísica de la que ya se ha hablado en su momento. Pero a lo que se quiere apuntar en estas líneas es que históricamente la guerra de egos en el mundo de la fama o el arte ha sido casi un subgénero del drama: desde All about Eve hasta Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, en la que Cecilia Roth, asistente de Marisa Paredes, aprovecha la desgracia de una actriz en escena para tomar su lugar, ya que conoce los parlamentos a la perfección. Cualquier similitud con la escena en que Neyman extravía las partituras del baterista principal, tras lo que lo suplanta ya que dice conocerlas de memoria, es pura coincidencia. Nada que agregar en este sentido. Casi todo el segundo acto de la película es convencional y previsible, cuando no hiperbólico.

También se le ha destacado el montaje, el acabado final, que es por cierto muy bueno. Logra una narración fluida con un estupendo manejo de los tiempos, una brillante combinación de sonido e imagen y una notable secuenciación. Extraño es que en la primera escena haya un grave error de continuidad sobre un objeto explícitamente referido por los personajes, como lo es la chaqueta del profesor, que olvida colgada. No se trata de cualquier objeto sin importancia, sino de uno muy importante, que explica el reingreso de Fletcher, el cínico profesor y director de orquesta, al sitio donde Newman practica con tanto esfuerzo. Y por supuesto, está el gran trabajo de dirección de Chazelle, que se esforzó al máximo en menos de veinte días de rodaje para sacarles el jugo a los dos actores protagonistas. Primero está J. K. Simmons, el hombre que busca la perfección de sus alumnos a costa de volverlos locos, depresivos o suicidas, cuyos métodos son tan cuestionables como, en última instancia, efectivos. Ese hombre que grita como cualquier actor de Hollywood podría hacerlo hoy en día, pero con una sensibilidad y una credibilidad que pocos tienen. Algunos dirán que Simmons da miedo, cosa que se deduce de las dos escenas en que los alumnos se ponen inmediatamente de pie cuando él entra al salón. Pero es un personaje respetable, intenso y bastante comprensible. Luego está Miles Teller, un joven que se ha hecho famoso por Divergente y que ha probado suerte en el mundo agrio del cine independiente, con algunos reconocimientos, pero muchos menos de los que en definitiva merece por esta película. El joven es el alma de Whiplash: música y obsesión, un carismático baterista que se desangra por esa perfección que todos quieren alcanzar, que interpreta lo que toca y que se entrega en pantalla. Un dúo impresionante que realza la labor de Chazelle como director de actores. Hay un respetable manejo de las cámaras, a pesar del abuso de primeros planos del platillo ensangrentado o de las orejas, el mentón, la espalda o el rostro de Andrew Neyman goteando sudor y lágrimas. Hace que uno exclame: "está bien, ya entendimos que la sangre, el sudor y las lágrimas son el costo de la perfección en la batería, es suficiente".

¿Entonces cómo explicar semejante fenómeno? Es algo extremadamente complejo. Pero como se ha dicho, se trata de cosas que se resuelven entre las butacas del cine. Es cierto que una película como Whiplash... es bastante fácil, en el sentido de que tiene todo lo que al público le apasiona (gritos, sangre, música). Uno podría escuchar durante tres horas a J. K. Simmons inventando nuevos insultos para sus alumnos, abofeteándolos y denigrándolos hasta el fondo, porque es ciertamente apasionante y Chazelle lo entiende a la perfección: de ahí que haya creado alguna de las formas más originales de insultar. Tiene una estructura in crescendo que le juega a favor y un acto final que parece salido de otra película. Ni un error de montaje, ni una sola nota en falso, ni un solo convencionalismo, ni una gota de sensiblería: es el monstruo ya desatado, imposible de manipular, absolutamente imprevisible, sorprendente plano tras plano, que deja una impresión deliciosa e irresistible. Cierto es que una película no es solo un buen final, pero igual de cierto es que un mal final puede destruir una buena película, y del mismo modo ocurre con un gran final. A puro ruido, adrenalínico y apabullante, es un final excelente para una película no tan excelente, pero a pesar de todo bastante accesible y respetable en más de un sentido (principalmente por el lugar que le otorga a la música en la obra), que consigue lo que pretende desde un principio: complacer.

Puntuación: 6/10 (Buena)

jueves, 15 de enero de 2015

Corazones de hierro.




Crítica.

Corazones de hierro (Fury).
Dir.: David Ayer.
Año: 2014.



Las películas americanas que tratan temas políticos suelen ser criticadas por la imagen que ofrecen de los Estados Unidos. Por eso siempre se dice que el cine bélico estadounidense es, ante todo, estadounidense. Y eso implica muchas cosas, fundamentalmente que su discurso está atado a la imagen de potencia mundial, de nación heroica, de ejército cuyos crímenes se justifican por la eterna farsa de la defensa propia. Esta crítica es habitual y, en muchos casos, injusta. Lo que debe criticárseles no es su nacionalismo: después de todo, una de las funciones del cine es enteramente política (recordemos la propaganda nazi por un momento). Lo que debe criticárseles, en realidad, es el nacionalismo solo cuando sirve como pantalla para ocultar otras cosas. Lo nacionalista debe ser solo una intención discursiva, pero la película tiene que funcionar por sí sola, independientemente de lo político.

Y Corazones de hierro es una de esas películas que recuerda al espectador por qué Estados Unidos está en el lugar privilegiado en el que está a nivel mundial. Ambientada en el final de la segunda guerra mundial, se aproxima con su cámara nerviosa al Fury, un tanque de guerra del que es responsable un grupo de soldados, que incluye a Brad Pitt en su papel de líder indiscutido con su peculiar tono de voz, a Shia LaBeouf como un creyente que cada tanto recita un versículo de la Biblia, y a Logan Lerman, un joven que no quiere estar allí, que mucho menos quiere apretar el gatillo y que, sin embargo, se convierte en algo similar a una máquina de matar. Todos ellos y algunos otros son las manos que manejan el Fury, con el que ejecutan nazis. 

Cualquier similitud con Bastardos sin gloria es pura coincidencia. Lo cierto es que el ejército alemán estaba muerto en vida y, en ese hilo de vitalidad, todavía daba algo de batalla. Corazones de hierro es eso: la lucha entre un triunfal ejército americano ya convertido en la primera potencia mundial y un derrotado ejército nazi que, acabado el Führer, no tiene demasiado que hacer. De cualquier modo, no todo es pan comido como puede parecer a primera vista: la película, luego de insistir en la miseria, la desesperación (la muerte, el horror y el suicidio) y luego de dejar en claro cuál es el puesto que le corresponde a cada personaje en la narración (el cobarde, el padre, el virtuoso, el violento), se embarca en una odisea impresionante de casi cuarenta minutos, donde el infortunio pone en jaque al Fury, varado en medio de la nada, averiado, mientras se oyen a lo lejos los rumores de un ejército alemán tan vencido como furioso. Quizá por ese maravilloso acto final, o quizá por comprender tan bien cómo funcionan las guerras (y cómo funciona el cine bélico), es que la brillante dirección de David Ayer, el trabajo en la fotografía y con el sonido, así como la performance arrolladora de un elenco admirable, se ponen al servicio de un guión con grietas que, al final de día, poco perjudican el trabajo final de Corazones de hierro, una notable película americana de guerra con todas las letras que no se deja eclipsar por su propio nacionalismo. 

Puntuación: 7/10 (Notable)

domingo, 11 de enero de 2015

Globos de Oro (Edición 2014).

Como todos los años, la entrega de los premios Globo de Oro (prestigiosos para algunos, intrascendentes para otros) es la primera lucha importante de las grandes películas del año antes de enfrentarse finalmente en los premios Oscar, aproximadamente seis semanas después. Esta noche, y como todos los años, la ceremonia de premiación a lo mejor del cine y la televisión será televisada por TNT. Y el administrador de Una Locura de Película, para no perder la costumbre, ofrece a continuación no solamente el listado completo de los nominados en la sección cine, sino que además predice los posibles ganadores de cada categoría y comenta cuáles son sus favoritos (cabe aclarar que Vicio propio, Cake, Wild, Gett, Leviathan y A most violent year no fueron estrenadas ni vistas y, por lo tanto, no serán contempladas en el apartado de los favoritos)

Los nominados son...

Mejor canción original.
Annie, "Opportunity"
Big eyes, "Big eyes".
Los juegos del hambre: Sinsajo, parte I (The hunger games: Mockingjay, part I), "Yellow flicker beat".
Noé (Noah), "Mercy is".
Selma, "Glory".

Predicción: "Big eyes" (Big eyes).
Favoritos: (1) "Mercy is" (Noé), (2) "Opportunity" (Annie).


Mejor banda sonora original.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Antonio Sánchez.
El código Enigma (The imitation game), Alexandre Desplat.
Interestelar (Interstellar), Hans Zimmer.
La teoría del todo (The theory of everything), Johann Johansson.
Perdida (Gone Girl), Trent Reznor, Atticus Ross.

Predicción: Birdman.
Favoritos: (1) El código Enigma, (2) Interestelar.


Mejor guión.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo (nieto).
Boyhood: momentos de una vida (Boyhood), Richard Linklater
El código Enigma (The imitation game), Graham Moore.
El gran hotel Budapest (The grand Budapest hotel), Wes Anderson. 
Perdida (Gone Girl), Gillian Flynn. 

Predicción: El gran hotel Budapest.
Favoritos: (1) El gran hotel Budapest, (2) Birdman.


Mejor dirección.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Alejandro González Iñárritu.
Boyhood: momentos de una vida (Boyhood), Richard Linklater.
El gran hotel Budapest (The grand Budapest hotel), Wes Anderson.
Perdida (Gone girl), David Fincher.
Selma, Ava DuVernay.

Predicción: Richard Linklater (Boyhood).
Favoritos: (1) Wes Anderson (El gran hotel Budapest), (2) Alejandro González Iñárritu (Birdman).


Mejor película animada.
Cómo entrenar a tu dragón 2 (How to train your dragon 2).
El libro de la vida (The book of life).
Grandes héroes (Big hero 6).
La gran aventura Lego (The Lego movie).
Los Boxtrolls (The Boxtrolls).

Predicción: La gran aventura Lego.
Favoritos: (1) La gran aventura Lego, (2) Grandes héroes.


Mejor película de habla no inglesa.
Estonia: Mandariinid.
Israel: Gett, the trial of Viviane Amsalem.
Polonia: Ida.
Rusia: Leviathan.
Suecia: Fuerza mayor (Force majeure).

Predicción: Ida.
Favoritos: (1) Fuerza mayor, (2) Mandariinid.


Mejor actriz secundaria.
A most violent year, Jessica Chastain.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Emma Stone.
Boyhood: momentos de una vida (Boyhood), Patricia Arquette.
El código Enigma (The imitation game), Keira Knightley.
En el bosque (Into the woods), Meryl Streep.

Predicción: Patricia Arquette (Boyhood).
Favoritos: (1) Patricia Arquette (Boyhood), (2) Meryl Streep (En el bosque).


Mejor actor secundario.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Edward Norton.
Boyhood: momentos de una vida (Boyhood), Ethan Hawke.
El juez (The judge), Robert Duvall.
Foxcatcher, Mark Ruffalo.
Whiplash: música y obsesión (Whiplash), J. K. Simmons.

Predicción: J. K. Simmons (Whiplash).
Favoritos: (1) Edward Norton (Birdman) o J. K. Simmons (Whiplash).


Mejor actriz en comedia o musical.
Annie, Quvenzhané Wallis.
Big eyes, Amy Adams.
En el bosque (Into the woods), Emily Blunt.
Polvo de estrellas (Maps to the stars), Julianne Moore.
Un viaje de diez metros (A hundred foot journey), Helen Mirren.

Predicción: Julianne Moore (Polvo de estrellas).
Favoritos: (1) Julianne Moore (Polvo de estrellas), (2) Amy Adams (Big eyes).


Mejor actor en comedia o musical.
Big eyes, Christoph Waltz.
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance), Michael Keaton.
El gran hotel Budapest (The grand Budapest hotel), Ralph Fiennes.
St. Vincent, Bill Murray.
Vicio propio (Inherent vice), Joaquín Phoenix. 

Predicción: Michael Keaton (Birdman).
Favoritos: (1) Michael Keaton (Birdman), (2) Ralph Fiennes (El gran hotel Budapest).


Mejor actriz en drama.
Cake, Jennifer Aniston.
La teoría del todo (The theory of everything), Felicity Jones.
Perdida (Gone girl), Rosamund Pike.
Siempre Alice (Still Alice), Julianne Moore.
Wild, Reese Witherspoon.

Predicción: Julianne Moore (Siempre Alice).
Favoritos: (1) Julianne Moore (Siempre Alice), (2) Rosamund Pike (Perdida).


Mejor actor en drama.
El código Enigma (The imitation game), Benedict Cumberbatch.
Foxcatcher (Steve Carell).
La teoría del todo (The theory of everything), Eddie Redmayne.
Primicia mortal (Nightcrawler), Jake Gyllenhaal.
Selma, David Oyelowo. 

Predicción: Eddie Redmayne (La teoría del todo).
Favoritos: (1) Steve Carell (Foxcatcher), (2) Benedict Cumberbatch (El código Enigma).


Mejor película (comedia/musical).
Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance).
El gran hotel Budapest (The grand Budapest hotel).
En el bosque (Into the woods).
St. Vincent.
Pride.

Predicción: Birdman.
Favoritos: (1) El gran hotel Budapest, (2) Birdman.


Mejor película (drama).
Boyhood: momentos de una vida (Boyhood).
El código Enigma (The imitation game).
Foxcatcher.
La teoría del todo (The theory of everything).
Selma.

Predicción: Boyhood.
Favoritos: (1) Foxcatcher, (2) El código Enigma.





viernes, 9 de enero de 2015

Foxcatcher.



Foxcatcher.
Dir.: Bennett Miller.
Año: 2014.



Crítica.

Bennett Miller comenzó a revolver las aguas de la industria cinematográfica cuando tenía menos de cuarenta años. Estrenó Capote, llenando de premios las estanterías de Philip Seymour Hoffman y consolidándose como una de las promesas del cine americano. Esta, su ópera prima, fue reconocida alrededor del mundo y dio algunos indicios de lo que sería su estilo propio, una voz que nadie podría silenciar. Poco más de un lustro más tarde, dio a Brad Pitt el rol protagónico de El juego de la fortuna, una obra no solo sobre béisbol sino también acerca del negocio que hay detrás. Si bien era contundente en todo lo que respecta al deporte, el foco estaba puesto en las estrategias fuera del campo de fuego, y mostraba a un inteligente Brad Pitt, acompañado por un igualmente inteligente Jonah Hill, sirviéndose de la estadística para dar forma a un dream team invencible (y no demasiado caro). Casi una década de comenzada su carrera en la ficción, el año pasado, llevó al Festival de Cannes su tercer y más reciente trabajo, Foxcatcher, que hoy nos ocupa. Ganadora del Premio a la Mejor Dirección, fue ignorada por la crítica americana en los meses que siguieron y, resurgiendo ahora en la temporada de premios con el amparo de la industria hollywoodense, se reafirma poco a poco como una de las favoritas al premio Oscar. 

Sin ahondar en esas cuestiones, que se reservarán para eventuales análisis sobre las entregas de premios más importantes de la temporada, sí es necesario al menos mencionarlas para mostrar que los reconocimientos a veces pueden ser justos. Primero, porque se destacó como un gigantesco director de actores, y en Foxcatcher tiene un trío protagónico sorprendente: Channing Tatum en una interpretación impresionante, Mark Ruffalo correcto (como es habitual), y Steve Carell, quien compone un John E. du Pont que quita el aliento, por momentos da miedo, genera un rechazo sostenido, y tiene un personaje de tan alta complejidad que se necesitaría una saga cinematográfica entera para abordar en profundidad todos los rasgos sobresalientes de su personalidad. El maquillaje es un personaje más de la película: la nariz y los dientes de du Pont, las manchas en la piel de sus manos, el torso avejentado, son sencillamente extraordinarios. Y no porque hagan que Carell se parezca al verdadero du Pont (de hecho, aunque en algunos momentos se parecen, son bastante diferentes), sino porque hace del actor alguien irreconocible, extraño y, a causa de ese semblante enigmático, genera en el espectador sospechas, dudas y cierto desprecio. Segundo, porque es capaz de mantener un ritmo pausado pero nunca aburrido. Logra captar el interés de la audiencia durante más de dos horas de duración, evita que los espectadores consulten la hora en sus relojes pulsera y sobre todo los mantiene expectantes, nerviosos, atónitos. Tercero, porque hay una atmósfera irrespirable, casi la misma que respiran los hermanos Schultz y el mismo John en relación a su madre: todo lo opresivo, lo condicionante (el hermano exitoso, la madre rica sobreprotectora que "no deja ser"), es a la vez lo que mantiene a John y a Mark enteros (la madre du Pont y Dave son indispensables para que John y Mark puedan funcionar en el deporte y en la vida). Y no son muchos los directores que transfieren el aire denso de la historia a una pantalla de cine. Esa tensión disimulada, contenida, seguramente genere efectos no deseados. La pregunta, al menos para quienes no conocen la historia real sobre el caso, es: ¿cómo se manifestará la inminente fractura de esta convivencia en la "maison du Pont"?

Esta gran obra habla de muchas cosas de una forma tan sutil y delicada que es admirable. Un complejo de Edipo no resuelto, el hermano predilecto, el hombre que usa a otros hombres absorbiendo sus medallas y trofeos y que manipula para reafirmarse como ser dominante (una hombría cuestionada hasta en el hecho de no haber tenido descendientes, algo imperdonable teniendo en cuenta la larga tradición dinástica de los du Pont), el luchador que se deja someter con facilidad, son algunas de las tantas cosas que muestra una película chocante, terriblemente incómoda, algo siniestra e imprevisible. Sorprende en casi todos los remates y perfora al espectador escena tras escena, no justifica a ninguno de los personajes y contempla sus acciones como motivo suficiente para condenarlos por lo que han hecho. Foxcatcher es una película diferente, atroz y destinada a dejar sabores amargos, a avergonzar (principalmente a una nación que, a finales de la década de 1980, estaba definiendo su supremacía a nivel mundial en la Guerra Fría y hasta hoy sigue intentando sostenerla), pero que Bennett Miller encara con una madurez impresionante. No solamente es su mejor película hasta la fecha, sino probablemente una de las mejores que se vayan a estrenar este año. Un lujo para no perderse. 

Puntuación: 9/10 (Excelente)