sábado, 31 de diciembre de 2016

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Bienvenidos a Una Locura de Película, un sitio de crítica cinematográfica en continua transformación. Creado a finales del 2008 por Rodrigo Moral, único administrador, procura tanto comentar algunos de los títulos más significativos de la actualidad como analizar algunos clásicos consagrados. Toda apreciación es subjetiva y el público está invitado a plasmar en los comentarios la suya. 
Además, es necesario aclarar que este sitio no difunde links de descarga ni está asociado a ningún servidor de descargas. 

Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente.

miércoles, 30 de marzo de 2016

El tesoro.



Crítica.
El tesoro (Comoara, 2015)
Dir.: Corneliu Porumboiu.



Uno de los episodios más traumáticos de la Guerra Fría tuvo lugar en territorio rumano. La República Socialista Rumana apenas pudo resistir tras la caída del Muro de Berlín hacia el final del año 1989. El cierre del capítulo no podría haber sido más intenso: la ejecución del dictador Nicolae Ceausescu y de su esposa se convirtió en una de las postales más recordadas de la derrota del comunismo antes de la disolución de la URSS y la reformulación del mapa político en Europa del Este durante la década del noventa. Los países de la región, sumidos en una profunda crisis que afectó no solo la economía y la política interna sino también el espíritu de pueblo, debieron acomodarse a las exigencias de una transición ideológica abrupta. Rumania, por su parte, fue levantándose poco a poco, dejando atrás una etapa oscura de su historia, pero siempre recurriendo a ella para hallar respuesta a las preguntas de una sociedad inquieta e incómoda.

La Nueva Ola de cine rumano reclama, como movimiento estético, reforzar el diálogo con el pasado traumático. Con poco más de una década, esta propuesta cinematográfica constituye uno de los grandes acontecimientos del séptimo arte y una de las experiencias más impresionantes del corriente siglo. La convergencia de una multiplicidad de voces nuevas y jóvenes (ninguno supera los cincuenta años) que desde el cine refieren ese pasado, o refieren un presente que sólo adquiere plena significación a la luz de ese pasado, dio origen a un fenómeno cultural cuya expansión mundial parecería no tener freno. El rasgo más curioso es cómo estos realizadores jóvenes abordan un pasado que, por ejemplo, en el caso del fin de la dictadura rumana, coincidió con sus años de adolescencia. A pesar de eso, todos muestran gran madurez y mesura, sin abandonar en ningún momento la mirada crítica sobre los efectos que tuvieron algunos sucesos de la historia reciente sobre las sociedades actuales.

Los festivales de cine europeos han recibido cálidamente a estos realizadores, como el ganador de la Palma de Oro Cristian Mungiu, el reciente ganador del Oso de Plata Radu Jude, el ganador del Oso de Oro Calin Peter Netzer, dos grandes artistas como Cristi Puiu y Catalin Mitulescu, y una de las grandes promesas del cine europeo, Corneliu Porumboiu. Este último se hizo conocido por su ópera prima, Bucarest 12:08 (2006), y desde entonces dirigió algunos largometrajes, entre los que se encuentra El tesoro, su más reciente obra. Entre la aventura y la comedia naïve (al menos en su superficie), esta película relata la búsqueda de un tesoro que emprenden dos vecinos que atraviesan dificultades económicas. Lo que parece ser una delirante empresa privada acaba tornándose de interés público, ya que las leyes establecen que todo aquello que se encuentre enterrado debe ser reportado inmediatamente a la policía, pudiendo ser considerado patrimonio nacional (por lo que, a sus propietarios, sólo les correspondería el 30% del valor total de lo que encuentren, sea lo que sea).

A veces una premisa que parece absurda puede conducir a punzantes reflexiones sobre el estado de las cosas y, cuando esto ocurre, el cine se hace más grande. Ese giro hacia el terreno de la ley, totalmente atravesado por la memoria (es decir, por la voluntad de recordar y de archivar aquello del pasado que no debe quedar enterrado ni en los jardines ni en el inconsciente colectivo), va más allá de la ridiculización de una burocracia onmipresente, incluso más allá del fetichismo de la conservación de objetos de valor: adjudica a la herencia cultural una importancia histórica para la redefinición de ese espíritu de pueblo. En definitiva, El tesoro no habla tanto de la búsqueda ni del hallazgo, sino del redescubrimiento de una nación olvidada, de un imaginario perdido. Hay una constante evocación de las viejas revoluciones, de las generaciones ancestrales, y de un legado que se legitima en esa genealogía compartida: legado cuyo rédito económico será puesto en discusión.

Esta es una dialéctica entre el pasado y el presente del pueblo, inspirada por la astucia de un realizador que no se conforma con las convenciones del género de aventuras (la ansiedad incontenible de los emprendedores, los extravagantes instrumentos de búsqueda, incluso la personalidad del hombre dedicado a la detección de metales, un sujeto que se mueve pendularmente entre un profesionalismo extremo y una firme convicción en su esperpéntico modus operandi), y que avanza hacia algo mucho más profundo, una tragicomedia sobre el pasado, el presente y el futuro de un país. Pero también ofrece una retórica jactanciosa respecto de esa literatura convencional (mejor dicho, convencionalizada) sobre búsquedas de tesoros, de una construcción mítica de cierto imaginario cultural que el testimonio y el arte han ayudado a formar. Sin ahondar en detalles reveladores de la trama, el ingenio del epílogo muestra que lo que se impone, en última instancia, es el relato arquetípico. Todo lo que queda en las orillas de lo convencional resulta ser poca cosa: sólo el hallazgo del oro garantiza el éxito de la empresa.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)


domingo, 28 de febrero de 2016

88ª entrega de los Premios Oscar: predicciones y favoritos.

Una nueva ceremonia de los Oscar, esta vez mucho más impredecible que otros años (al menos en las principales categorías) y con un nivel inferior. Sin un título que resuma toda la magia del séptimo arte, la Academia se ha limitado a proponer un listado de ocho títulos de los que saldrá la película del año. A continuación, el listado completo de nominados en todas las categorías.

Aclaraciones: 
- En azul aparece señalada la predicción.
- El orden en el que aparecen los nominados corresponde a mis preferencias; es decir, cómo los ordenaría de mayor a menor, de modo que el primero de la lista es la opción favorita.
- Star Wars: the force awakens es la única película que no pude ver (de modo que aparecerá última en todas las categorías en las que está nominada)


Mejor película.
El renacido (The revenant).
Mad Max: furia en el camino (Mad Mad: fury road).
La habitación (Room)
Misión rescate (The Martian)
En primera plana (Spotlight)
Puente de espías (Bridge of spies)
Brooklyn.
La gran apuesta (The big short)


Mejor director.
George Miller - Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
Alejandro G. Iñárritu - El renacido (The revenant)
Thomas McCarthy - En primera plana (Spotlight)
Adam McKay - La gran apuesta (The big short)
Lenny Abrahamson - La habitación (Room)


Mejor actor protagónico.
Michael Fassbender - Steve Jobs.
Leonardo DiCaprio - El renacido (The revenant)
Eddie Redmayne - La chica danesa (The Danish girl)
Matt Damon - Misión rescate (The Martian)
Bryan Cranston - Trumbo.


Mejor actriz protagónica.
Cate Blanchett - Carol.
Charlotte Rampling - 45 años (45 years)
Brie Larson - La habitación (Room)
Jennifer Lawrence - Joy.
Saoirse Ronan - Brooklyn.


Mejor actor secundario.
Mark Rylance - Puente de espías (Bridge of spies)
Christian Bale - La gran apuesta (The big short)
Tom Hardy - El renacido (The revenant)
Sylvester Stallone - Creed.
Mark Ruffalo - En primera plana (Spotlight)


Mejor actriz secundaria.
Jennifer Jason Leigh - Los ocho más odiados (The hateful eight)
Rooney Mara - Carol.
Alicia Vikander - La chica danesa (The Danish girl)
Kate Winslet - Steve Jobs.
Rachel McAdams - En primera plana (Spotlight)


Mejor guión original.
Intensamente (Inside out)
Straight outta Compton.
En primera plana (Spotlight)
Ex machina.
Puente de espías (Bridge of spies)


Mejor guión adaptado.
Misión rescate (The Martian)
Brooklyn.
La habitación (Room)
La gran apuesta (The big short)
Carol.


Mejor película de habla no inglesa.
El abrazo de la serpiente [Colombia]
El hijo de Saúl [Hungría]
Theeb [Jordania]
Mustang [Francia]
Krigen / A war [Dinamarca]


Mejor película animada.
Anomalisa.
Intensamente (Inside out)
When Marnie was there.
Shaun el cordero, la película (Shaun the sheep movie)
O menino e o mundo. 


Mejor diseño de producción.
La chica danesa (The Danish girl)
Misión rescate (The Martian)
Puente de espías (Bridge of spies)
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
El renacido (The revenant)


Mejor fotografía.
El renacido (The revenant)
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
Sicario.
Los ocho más odiados (The hateful eight)
Carol.


Mejor edición.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
Spotlight.
El renacido (The revenant)
La gran apuesta (The big short)
Star wars: el despertar de la fuerza (Star wars: the force awakens)


Mejor diseño de vestuario.
Cenicienta (Cinderella)
La chica danesa (The Danish girl)
Carol.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
El renacido (The revenant)


Mejor maquillaje y peluquería.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
El renacido (The revenant)
El abuelo que saltó por la ventana y se largó (Hundraaringen som klev ut genom fönstret och försvann)


Mejores efectos visuales.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
El renacido (The revenant)
Misión rescate (The Martian)
Ex machina.
Star wars: el despertar de la fuerza (Star wars: the force awakens)


Mejor edición de sonido.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
Sicario.
El renacido (The revenant)
Misión rescate (The Martian)
Star wars: el despertar de la fuerza (Star wars: the force awakens)


Mejor sonido.
Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road)
El renacido (The revenant)
Puente de espías (Bridge of spies)
Misión rescate (The Martian)
Star wars: el despertar de la fuerza (Star wars: the force awakens)


Mejor canción.
"Simple song #3" - La juventud (La giovinezza)
"Writing's on the wall" - Spectre.
"Earned it" - 50 sombras de Grey (50 shades of Grey)
"Til it happens to you" - The hunting ground.
"Manta Ray" - Racing extinction.


Mejor banda sonora.
Carol.
Los ocho más odiados (The hateful eight)
Sicario.
Puente de espías (Bridge of spies)
Star wars: el despertar de la fuerza (Star wars: the force awakens)


Mejor documental.
Predicción: Amy.

Mejor cortometraje animado.
Predicción: The world of tomorrow.

Mejor cortometraje documental.
Predicción: Last day of freedom.

Mejor cortometraje de ficción.
Predicción: Ave María. 



Si estas predicciones se cumplieran, los premios quedarían así:
- Mad Max: furia en el camino se convertiría en la película con más premios de la noche (seis en total), pero en categorías menores.
- El renacido se llevaría cuatro reconocimientos, incluyendo el premio al mejor director para Iñárritu, el segundo consecutivo. Se partirían nuevamente las categorías película/dirección.
- En primera plana sería la gran ganadora de la noche con solamente dos premios: mejor película y mejor guión original. Esto es algo que no sucede desde hace mucho tiempo, pero ya sabemos que a la Academia le encanta sorprender. 

¿Cuáles son tus predicciones? 




La gran apuesta.



Crítica.
La gran apuesta (The big short, 2015)
Dir.: Adam McKay.




Parecía imposible que los caminos del novelista nipón Haruki Murakami y del realizador estadounidense Adam McKay se fueran a cruzar hasta que este último lo hizo posible. En su película más reciente, La gran apuesta, que logró entrar en la categoría principal de los Premios Oscar y convertirse en una de las favoritas para alzarse con el galardón, cita una frase extraída de la exitosa novela 1Q84: “Todos, en lo más hondo de sus corazones, están esperando el fin del mundo”. ¿Qué nos quiere decir con esto el novelista japonés o, mejor dicho, qué uso pretende darle este cineasta, tan famoso por sus comedias chabacanas? ¿Qué connotación puede llegar a tener tan apocalíptica sentencia en el marco de una tragicomedia sobre personas raras que detectaron anomalías en el sector inmobiliario, que intuyeron su inminente colapso y que decidieron apostar no solo en contra sino también en grande?

Desde que la crisis económica del 2008 tuvo lugar, comenzaron a estrenarse producciones alusivas a raudales. El impacto social y moral de la crisis fue insoslayable y acabó filtrándose incluso en aquellas películas que, en un principio, parecían tener poco o nada que ver con el tema. Para llevar estas historias a la gran pantalla, los cineastas recurrieron a un sinfín de estrategias. Los europeos, por ejemplo, eligieron una mirada más intimista, sacando amplia ventaja con una apuesta segura: describir sin tanto alboroto las consecuencias de la desocupación en la unidad familiar. Eso explica que la crítica cinematográfica use la palabra “valentía” para hablar de la nueva película de Adam McKay, una comedia dramática que apela a recursos didácticos e interactivos (al menos en tanto rompe la cuarta pared, dirigiéndose al público) y cuyo objetivo, al parecer, es masticar toda esa terminología tan elevada, críptica, y volverla accesible para que el común de la gente pueda entenderla y no sea estafada por aquellos que sí la manejan.

Una finalidad tan noble como la del director-guionista hace que ver La gran apuesta sea una cita obligada para cualquiera ya que, si bien lo económico no interesa a mucha gente, nadie puede decir que lo económico no le afecte. Pero hay que hacer una primera distinción: existen películas que son sencillas de entender, existen otras películas que son más complicadas, y finalmente un tercer grupo de películas naturalmente complicadas que emplean variados recursos para ser explicativas y no dejar dudas. La crítica insiste en ubicar a La gran apuesta en este último grupo, por ser una obra densa, agotadora, con segmentos incrustados en los que algunos famosos de dudosa reputación (como Margot Robbie dándose un baño de espuma o Selena Gómez jugando Blackjack) desarrollan, con pizcas de humor, algún tecnicismo que no queda claro. Los guionistas se conceden una posición privilegiada como los encargados de impartir conocimiento a una audiencia ignorante, a la que se refieren literalmente como imbécil. La gran broma de la película es esta: las economías son duras, los hombres que saben de finanzas son tiburones y harán lo que sea para destruir al otro, pero afortunadamente Adam McKay viene a alfabetizar a una población estúpida para que nunca más vuelva a ser burlada.

Es probable que haya algo de soberbia en esta postura, pero el espectador siempre tiene que recordar que La gran apuesta es una comedia cuyo humor es en el fondo bastante más idiota de lo que aparenta, y que el director hizo casi todas las películas malas que protagonizó Will Ferrell en su vida. Eso puede ayudar a superar la ofensa y hacer que uno piense que el cineasta, en lugar de hacer una “película difícil” y saturarla con elementos y rostros famosos que funcionan como glosario, debería replantearse su propia incapacidad para ser naturalmente comprensible y accesible sin la necesidad de tantos artificios. Desde luego, la decisión es del artista: cada uno tiene derecho a usar los recursos que se le antojen. Pero si el cineasta juzga la ignorancia de la audiencia, esta puede juzgar su incompetencia. Y ambos tendrán, en cierta medida, razón: los espectadores saben poco de economía, pero aun con Margot Robbie o Anthony Bourdain, gran parte de las personas que van a ver La gran apuesta sigue sin entender absolutamente nada.

Muchas de las quejas que ha presentado la gente luego de la proyección de la película tiene que ver con la velocidad de su montaje. Un notable trabajo de Hawk Corwin a cargo de la edición que, a pesar de algún que otro error de continuidad muy evidente (como esa especie de “Jenga” que se arma solo), logra darle dinamismo a un material muy pesado. Tal vez demasiado dinamismo. Es probable que la película vaya demasiado rápido y que el espectador se quede en el camino, pero lo que más irrita es que no se lleguen a distinguir las imágenes (y no me refiero a las que hablan de economía, sino a ese collage de fotografías que no tienen nada que ver con nada, como las de Bush, South Park y las marchas del orgullo gay). Está claro que Adam McKay quería representar, con La gran apuesta, el ritmo veloz e imparable de la economía mundial. Que tiene un ritmo vertiginoso es un lugar común que todo ser humano conoce, pero aun cuando su película consigue representarlo con éxito, habría que preguntarse si ese exceso de movimiento realmente vale la pena cuando se emplea a costa de la mitad de los espectadores.

A pesar de las críticas a un didactismo infructuoso, a una soberbia imposible de disimular y a un montaje exageradamente acelerado, hay dos verdades que no hay que pasar por alto. Primero, que la película realmente es valiente, más allá de sus numerosas y ya comentadas falencias, pues animarse a hacer comedias sobre finanzas (un sintagma que es contradictorio en esencia) es digno de reconocimiento. Y segundo, que la película presenta cosas que son muy interesantes. No me refiero solamente a la construcción de estos jugosos personajes, que nunca son arquetípicos, ni son héroes, y que se vuelven más atractivos cuanto más sinceros son (extraordinario personaje el de Michael Burry, al que da vida un Christian Bale con una interpretación de primera categoría que merece aplausos), sino también a la manera de plantear más preguntas que respuestas sobre la crisis, y de representar a la economía como una estructura cerrada y deshumanizada. Probablemente Brad Pitt, productor del filme y protagonista, desentone dándose a sí mismo el rol de ser humano bueno y compasivo que ya se había asignado en Doce años de esclavitud (S. McQueen, 2013): la escena del casino en Las Vegas, en la que interrumpe el obsceno festejo de sus dos compañeros para recordarles que apostar contra la economía implica que miles de personas quedarán en la calle y reducidas a la pobreza, es clave. Y sí, también es posible que esta dosis de humanidad hiciera falta para invadir los corazones del pueblo americano (y de tantos otros pueblos afectados por la crisis económica), pero hace ruido dentro de una totalidad que no muestra (ni tiene por qué) ninguna preocupación por lo que le sucede a la gente.

Dicho todo esto, ¿cuál es el lugar de la cita de Haruki Murakami en la película? Uno de los personajes principales dice una de las frases más inteligentes de todo el libreto, en la que expresa que las personas nunca ponen todas sus fichas en lo que no quieren que ocurra, de modo que uno, si decide apostar contra la economía, está poniendo poco en juego, pero abriendo la posibilidad de ganar en grande (si es que la economía finalmente colapsa como lo hizo). Si hay un punto en el que la película es verdaderamente precisa, es este: los especuladores financieros están esperando que el mundo arda sólo porque les conviene. Ahí se entrecruza la poética de Murakami y un buen recordatorio del cinismo de los seres humanos, y es ahí donde el director muestra que puede ser igual de cínico, ácido y original sin valerse de un humor tonto y para tontos. Esta película está lejos de ser desdeñable y demuestra que para hacer una gran apuesta a veces no basta con ser un visionario: también es imprescindible una gran inteligencia y mucha suerte. Es posible que Adam McKay sea un visionario del séptimo arte y que su obra funcione: ha tenido una acogida notable y tiene unos cuantos defensores. Queda en uno juzgar su inteligencia y esperar que la suerte esté de su lado.


Puntuación: 4/10 (Regular)

jueves, 25 de febrero de 2016

Brooklyn.



Crítica.
Brooklyn (2015)
Dir.: John Crowley.



Desde los tiempos de la conquista, el territorio americano ha sido considerado tierra de oportunidades. Es una idea que aún persiste en el imaginario colectivo del Viejo Continente y que el séptimo arte ha interpretado con mucho tino durante su larga historia. En la actualidad, el viaje a la tierra de los sueños aun constituye un tópico muy recurrente dentro del cine, pero no hay que perder de vista que el foco ha ido desplazándose hacia el norte. Si películas como El abrazo de la serpiente (C. Guerra, 2015) nos muestran la fascinación por los misterios del Amazonas, por los dones de la naturaleza y por la botánica en los albores del siglo XX, otras películas ambientadas en el siglo XX de la posguerra hacen notar cómo el interés se ha desplazado de la naturaleza a la ciudad, de lo tradicional a lo moderno y del sur al norte. Los horrores de la guerra han convertido al confort urbano en un ideal, mientras que la estabilidad laboral (y ya no la calidad del empleo) se convierte en un privilegio para los inmigrantes europeos en América. O mejor dicho, en Norteamérica.

No sería demasiado productivo hacer mención de todas las películas recientes que han narrado estas odiseas transatlánticas en busca de una vida mejor, porque son muchas. Sí vale la pena hacer una breve alusión a las mejores. Una de ellas es el musical A través del universo (J. Taymor, 2007), que con música de The Beatles y ambientada en la década del sesenta, muestra a un joven que viaja a los Estados Unidos para conocer a su padre y en donde además se enamora de una bella muchacha. La otra es Bailarina en la oscuridad (L. von Trier, 2000), un durísimo drama sobre una inmigrante checa que trabaja a doble turno en una fábrica en Estados Unidos. Aunque de todas, la más llamativa es Tierra de sueños, conocida también como En América (J. Sheridan, 2002), que se sitúa como antecedente inmediato de la obra que hoy nos convoca. Son dos producciones irlandesas con muchos puntos en común y personajes que comparten el sueño del progreso. Algo que, aparentemente, solo puede conseguirse del otro lado del océano.

En Brooklyn, un drama romántico situado en la década de 1950, una veinteañera llamada Eilis, que vive junto a su madre y a su hermana y que lleva una vida anodina, tiene la posibilidad de viajar sola a los Estados Unidos: le han conseguido un empleo, una universidad y una pensión. Pero al llegar, sólo siente tristeza y un vacío imposible de llenar, un sentimiento de nostalgia que la abruma. El desarrollo de este sentimiento es el punto fuerte de esta nueva película de John Crowley: hablar de la nostalgia no como un simple estado de ánimo, sino como una enfermedad. El idioma inglés tiene una gran ventaja: cuenta con la palabra perfecta para definirla. Ellos le llaman “homesickness” y le dan una especificidad que nuestro término “nostalgia” no tiene, remitiendo con ese término a la melancolía que genera estar lejos de casa. Como toda enfermedad, tiene sus síntomas, lleva su tiempo, tiene cura y en algún momento, como dice uno de los personajes, se va y pasa a ocupar el cuerpo de otra persona. Brooklyn puede definirse como un drama sobre las distintas fases de la nostalgia en la vida de una joven en tierras extrañas cuyas promesas no la satisfacen.

Luego está la porción de romance, indispensable para reforzar las emociones. El rostro de Saoirse Ronan, quien en Expiación (J. Wright, 2007) interpretó a una de las niñas más diabólicas de la historia del cine, acá resulta perfecto para transmitirlas, con una mirada que encandila, una gran dulzura, aunque el personaje en ningún momento se prive de mostrar su carácter fuerte. En su estadía americana conoce a un inmigrante italiano de baja estatura de quien se enamora rápidamente. Pero un llamado inesperado la obligará a retornar a Irlanda por un tiempo y, al volver, comienza a entablar una relación con otro muchacho que la desea sentimentalmente. En este punto Brooklyn decae, se vuelve mucho más convencional, llevando ese “drama sobre la nostalgia” al “drama de la mujer dividida en dos”, con dos hombres a ambos lados del océano, e incurriendo en un melodrama tibio con una solución algo forzada. A pesar de eso, el material de Colm Tóibin (autor del libro del que ha sido adaptada la película) tiene cosas interesantes, ya que no es el exclusivamente el amor lo que divide al personaje de Eilis, sino también el dolor y, sobre todo, la comodidad tentadora en una Irlanda que va dibujándose ante sus ojos con trazos diferentes a los que tenía antes de partir. Ya no es un sitio gris y aburrido como solía serlo, ahora es un amplio abanico de oportunidades. Eilis, entonces, debe elegir en consecuencia.

Brooklyn es una película pequeña, sencilla, inofensiva, destinada a pasar desapercibida por las salas oscuras del cine. Es una verdadera lástima, porque la simpleza no siempre es un defecto. Al contrario, y no hay que confundirse, esta obra cuenta con un libreto jugoso que reflexiona sobre las costumbres de la época, que habla con honestidad acerca de la nostalgia y que sirve como un retrato fiel a la esencia de un viaje iniciático. Pertenece a un estilo de películas que han dejado de hacerse hace mucho tiempo y que, aun cuando ofrecen un placer incomparable, pueden resultar anacrónicas. Es un viaje hacia la época dorada de Hollywood, hacia los grandes melodramas de mitad del siglo, que hallará un buen grupo de seguidores en aquellos que añoran un cine atravesado por las emociones y no por la política. La elegancia de la puesta en escena, su buen gusto y la química entre sus protagonistas dignifican una obra interesante.


Puntuación: 6/10 (Buena)

sábado, 13 de febrero de 2016

En primera plana.




Crítica.
En primera plana (Spotlight, 2015)
Dir.: Thomas McCarthy.



Tanto la filosofía como el periodismo están motivados por la búsqueda de la verdad, a la que se le atribuye un lugar de enorme privilegio precisamente por las dificultades que presenta esa búsqueda, además de la decepción que genera en muchos casos no hallarla, o hallar algo con apariencia de verdad que engaña a la vista. El ser periodista muchas veces entra en tensión con las propias convicciones ideológicas, ya que la verdad no siempre es lo que se espera, poniendo en jaque las creencias más profundas del hombre que se oculta detrás del periodista, o de la conciencia que se oculta detrás de la firma. El profesional intenta entonces desgajarse del elemento humano, de los prejuicios, de los intereses personales e institucionales, porque solo de esta manera es posible recorrer el camino de la verdad de una manera fiable, sin zonas oscuras, tropiezos o atajos tramposos.

Este año hubo dos películas que encararon la cuestión del oficio periodístico. Una de ellas pasó injustamente sin pena ni gloria por algunas carteleras de cine, y fue titulada True story (R. Goold, 2015). Era una especie de biopic sobre Michael Finkel, del New York Times, que investigó el caso de un asesino con quien tuvo varias entrevistas en la cárcel. Con el antecedente más resonante de Capote (B. Miller, 2005) e Infame (D. McGrath, 2006), ambas sobre la fase previa a la publicación del libro A sangre fría, True story no se vio beneficiada por la crítica de cine a pesar de ser una propuesta bastante interesante sobre el caso. Mucho menos aun tras el paso por el Festival de Toronto y el Festival de Venecia de En primera plana, la segunda de estas dos películas, que sigue la investigación liderada hace poco más de una década por el equipo Spotlight, del Boston Globe. Un seguimiento muy detallado de algunos casos de pederastia cometidos por sacerdotes en Massachusetts (más precisamente en Boston) durante largos años, cuyo análisis detallado fue destapando un inesperado número de casos similares.

Ante todo, hay que entender que En primera plana no es una película sobre pedofilia, título que en parte sí puede conferírsele a la que sea, quizá, la única obra maestra que podrá verse este año: la chilena El club (P. Larraín, 2015). Sí es verdad que toma el abuso sistemático de niños por parte de sacerdotes como tema de fondo, algo ciertamente delicado y tratado con el suficiente tacto como para no herir sensibilidades. En el centro de la escena se ponen en juego otras cosas: la fricción entre un compromiso profesional y un compromiso personal, la ética periodística, la prolijidad, la ejemplaridad y veracidad de la investigación. El cliché de que la totalidad excede la suma de sus partes no se aplica al grupo Spotlight, dado que cada integrante tiene funciones propias, un espacio definido, obligaciones que cumplir, y el trabajo final (una serie de artículos reconocidos con el Premio Pulitzer en el 2003) va a resultar de la sumatoria del desempeño individual de cada uno (de hecho, el montaje de la película a cargo de Tom McArdle subraya constantemente la distribución de funciones entre los integrantes del equipo).

El fuerte de En primera plana como producción cinematográfica está en el trabajo de investigación que hace Thomas McCarthy, director y guionista, sobre el trabajo de investigación que años antes había hecho el grupo Spotlight. Se trata de un libreto notable que pone su atención en la descripción pormenorizada de las distintas fases de la investigación, de los roles asignados y cuya principal virtud es el manejo estratégico de la información, que se va encastrando como un rompecabezas y va revelando no pocos misterios acerca de los abusos, y también de los acuerdos subrepticios entre grupos de poder, incluyendo algún que otro bufete de abogados. El espectador va enterándose gradualmente de lo que ocurre, y paralelamente el número inicial de casos va ampliándose: la red se extiende y uno trata de tomar plena conciencia de la magnitud de lo ocurrido.

En primera plana es periodismo de investigación puro y duro, frío y calculador, que sin lugar a dudas hubiera funcionado mucho mejor como documental. El hecho de que McCarthy se limite a la descripción y a la reproducción fiel del caso, cosa digna de elogios en sí misma, convierte a la película en una ficción pobre, con aires de telefilme. Hay un serio problema de formato en una obra que, hay que decirlo, tiene mucha sustancia. Como producto cinematográfico, no obstante, puede parecer poca cosa y quedar debiendo algo más. Película demasiado solemne para una temática tan crítica como la pedofilia, excesivamente estructurada, con un rigor que es su gran virtud pero también su peor condena. Inteligente pero aséptica, apunta a la mente y nunca al corazón, y no produce indignación ni entusiasmo, tan solo un enorme respeto hacia una investigación notable. Que no es poca cosa.


Puntuación: 6/10 (Buena)  

viernes, 5 de febrero de 2016

El renacido.



Crítica.
El renacido (The revenant, 2015)
Dir.: Alejandro G. Iñárritu.



“Todos somos salvajes” (On est tous des sauvages) es una aserción valiente y distintiva dentro del cine sobre la conquista y que, del mismo modo que Lars von Trier lo hacía con el “Werwolf” de Europa (1991), agudiza la mirada sobre la crueldad humana. Las circunstancias son las mismas tanto en la película de von Trier como en El renacido, la más reciente producción del realizador mexicano Alejandro G. Iñárritu: en el marco de un conflicto étnico, el terror se expande y la sociedad busca depurarse. La distancia entre el antisemitismo del Werwolf y el genocidio de las comunidades nativas en el continente americano es mínima y apenas perceptible. No es casual que los cadáveres que cuelgan en ambas producciones sostengan un cartel cuyas leyendas exhiben una de las cualidades más extraordinarias del ser humano: el arte de devorar al prójimo.

El discurso progresista de nuestros días ha hecho estragos en la representación del genocidio contra las poblaciones amerindias, llevándolo en muchos casos al más nocivo de los reduccionismos: un maniqueísmo que se empeña en dividir a los hombres entre buenos y malos. El renacido evita caer en la tentación y realiza una operación fundamental que sirve como punto de partida: igualar a los mortales (franceses, americanos blancos, americanos nativos) y rebajarlos al infierno de la crueldad. Abordar el conflicto intercultural con un tratamiento parejo (ya sea para defender lo propio o para tomar lo ajeno, todos somos caníbales por naturaleza) permite superarlo sin dificultad, dejar atrás el enfrentamiento entre blancos y nativos para centrarse en la tragedia particular de Hugh Glass, un expedicionario dedicado a la caza de animales y al comercio de pieles que fue traicionado por algunos de sus compañeros y enterrado vivo tras el brutal ataque de una osa que lo dejó gravemente herido. Una traición que, a la manera del Conde de Montecristo, solo puede resolverse con una venganza.

La gran protagonista de El renacido es la naturaleza, voraz e imprevisible, tan atractiva en la superficie y tan peligrosa cuando se la observa con mayor detenimiento. Es una belleza cautivante pero quimérica, la versión más perfecta del sueño americano que un prófugo como Glass podía concederse y el manantial más prometedor para un ambicioso Fitzgerald, antagonista y traidor. Luego está la decepción: la mansedumbre del pueblo nativo es una anécdota mal contada o un chiste de mal gusto, y la fraternidad de los hombres blancos es mucho más frágil de lo que cualquier misántropo pudo imaginar alguna vez. El primer acto introduce a la naturaleza vertiginosamente, con acción trepidante y momentos que rozan el gore, para desencadenar en un tramo intermedio donde reina la contemplación. Para ello, nadie mejor que Emmanuel Lubezki, director de fotografía, captando con luz natural esos escenarios paradisíacos manchados por la inmundicia de los hombres. Una naturaleza desnuda, desprovista de Dios, que hiere y que sana, que da y que quita, y que es capaz de transformar a los hombres que son capaces de verla y oírla en su máximo esplendor, no solo en su belleza, sino también en el dolor que puede infligir su magnificencia.

Alejandro G. Iñárritu logra transformar el libreto más sencillo con el que ha trabajado durante su carrera en un agobiante ejercicio de estilo, de a ratos violento y difícil de soportar, pero siempre consciente de las enormes posibilidades de la representación. Definitivamente es una de las obras más redondas desde el punto de vista técnico y las condiciones en que fue rodada no hacen más que asignarle un valor extra a la arriesgada labor del realizador. El renacido apela directo a las entrañas del espectador, al sentimiento. Es por eso que su apatía resulta tan llamativa: hay una tragedia terrible en esa paternidad que se desgrana, pero la belleza de la naturaleza abruma, es la que transmite emoción y sobre la que recae el interés del drama. El acto final puede llegar a resultar más intrigante por el “cómo se cuenta” y no tanto por el “qué sucede”: el perfeccionismo arrasa con todo y, para fortuna de la audiencia, el clímax final tiene una ejecución impecable. Si esperaba un final épico a la altura de todo lo demás, El renacido no haría sino colmar sus expectativas y aun más. Un punto de intersección curioso entre dos grandes maestros de la dirección, el escenario blanco y rojo en el que Alejandro G. Iñárritu y Quentin Tarantino estrechan manos, en una remembranza alucinante de la pelea final en La casa de las hojas azules.


“Todos somos salvajes” es una verdad irrevocable hasta que la naturaleza ejerce su influencia sobre los hombres, permitiéndose alterar su esencia. O, al menos, eso deja ver el personaje de Hugh Glass, para quien “la venganza está en las manos de Dios, no en sus manos” (ese Dios que estuvo ausente durante la masacre, pero que está en algún lugar). El personaje pasa de ser un renacido a un redentor, que en cierta medida libera al traidor dejando su pecado en manos de la justicia suprema. Ahí es donde el “Todos somos salvajes” empieza a tambalearse, porque brota la piedad en el lugar menos esperado. Algunos podrán pensar que es inverosímil, pero si se detienen a pensar en cómo ha circulado la noticia del feroz ataque sufrido por el verdadero expedicionario hace dos siglos, quizá concluyan en que esto no necesariamente haya sido así. Es muy posible que todos seamos salvajes después de todo y que en su momento no hubiera sitio para la piedad. Pero también es posible lo contrario. Hugh Glass es quien mantiene viva la anécdota y es la causa de que la conozcamos de esta manera: ofrece una versión o interpretación de la realidad. Y El renacido es una interpretación de esa interpretación. Eso la hace fascinante: la evidente mediación de Hugh Glass en la pervivencia de la historia, y la también evidente mediación de Alejandro G. Iñárritu, uno de los pocos artesanos extranjeros que ha adoptado Hollywood sin arrebatarle su enorme personalidad como realizador.

Puntuación: 7/10 (Notable)