sábado, 31 de diciembre de 2016

Cabecera del blog.

Bienvenidos a Una Locura de Película, un sitio de crítica cinematográfica en continua transformación. Creado a finales del 2008 por Rodrigo Moral, único administrador, procura tanto comentar algunos de los títulos más significativos de la actualidad como analizar algunos clásicos consagrados. Toda apreciación es subjetiva y el público está invitado a plasmar en los comentarios la suya. 
Además, es necesario aclarar que este sitio no difunde links de descarga ni está asociado a ningún servidor de descargas. 

Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente.

viernes, 5 de febrero de 2016

El renacido.



Crítica.
El renacido (The revenant, 2015)
Dir.: Alejandro G. Iñárritu.



“Todos somos salvajes” (On est tous des sauvages) es una aserción valiente y distintiva dentro del cine sobre la conquista y que, del mismo modo que Lars von Trier lo hacía con el “Werwolf” de Europa (1991), agudiza la mirada sobre la crueldad humana. Las circunstancias son las mismas tanto en la película de von Trier como en El renacido, la más reciente producción del realizador mexicano Alejandro G. Iñárritu: en el marco de un conflicto étnico, el terror se expande y la sociedad busca depurarse. La distancia entre el antisemitismo del Werwolf y el genocidio de las comunidades nativas en el continente americano es mínima y apenas perceptible. No es casual que los cadáveres que cuelgan en ambas producciones sostengan un cartel cuyas leyendas exhiben una de las cualidades más extraordinarias del ser humano: el arte de devorar al prójimo.

El discurso progresista de nuestros días ha hecho estragos en la representación del genocidio contra las poblaciones amerindias, llevándolo en muchos casos al más nocivo de los reduccionismos: un maniqueísmo que se empeña en dividir a los hombres entre buenos y malos. El renacido evita caer en la tentación y realiza una operación fundamental que sirve como punto de partida: igualar a los mortales (franceses, americanos blancos, americanos nativos) y rebajarlos al infierno de la crueldad. Abordar el conflicto intercultural con un tratamiento parejo (ya sea para defender lo propio o para tomar lo ajeno, todos somos caníbales por naturaleza) permite superarlo sin dificultad, dejar atrás el enfrentamiento entre blancos y nativos para centrarse en la tragedia particular de Hugh Glass, un expedicionario dedicado a la caza de animales y al comercio de pieles que fue traicionado por algunos de sus compañeros y enterrado vivo tras el brutal ataque de una osa que lo dejó gravemente herido. Una traición que, a la manera del Conde de Montecristo, solo puede resolverse con una venganza.

La gran protagonista de El renacido es la naturaleza, voraz e imprevisible, tan atractiva en la superficie y tan peligrosa cuando se la observa con mayor detenimiento. Es una belleza cautivante pero quimérica, la versión más perfecta del sueño americano que un prófugo como Glass podía concederse y el manantial más prometedor para un ambicioso Fitzgerald, antagonista y traidor. Luego está la decepción: la mansedumbre del pueblo nativo es una anécdota mal contada o un chiste de mal gusto, y la fraternidad de los hombres blancos es mucho más frágil de lo que cualquier misántropo pudo imaginar alguna vez. El primer acto introduce a la naturaleza vertiginosamente, con acción trepidante y momentos que rozan el gore, para desencadenar en un tramo intermedio donde reina la contemplación. Para ello, nadie mejor que Emmanuel Lubezki, director de fotografía, captando con luz natural esos escenarios paradisíacos manchados por la inmundicia de los hombres. Una naturaleza desnuda, desprovista de Dios, que hiere y que sana, que da y que quita, y que es capaz de transformar a los hombres que son capaces de verla y oírla en su máximo esplendor, no solo en su belleza, sino también en el dolor que puede infligir su magnificencia.

Alejandro G. Iñárritu logra transformar el libreto más sencillo con el que ha trabajado durante su carrera en un agobiante ejercicio de estilo, de a ratos violento y difícil de soportar, pero siempre consciente de las enormes posibilidades de la representación. Definitivamente es una de las obras más redondas desde el punto de vista técnico y las condiciones en que fue rodada no hacen más que asignarle un valor extra a la arriesgada labor del realizador. El renacido apela directo a las entrañas del espectador, al sentimiento. Es por eso que su apatía resulta tan llamativa: hay una tragedia terrible en esa paternidad que se desgrana, pero la belleza de la naturaleza abruma, es la que transmite emoción y sobre la que recae el interés del drama. El acto final puede llegar a resultar más intrigante por el “cómo se cuenta” y no tanto por el “qué sucede”: el perfeccionismo arrasa con todo y, para fortuna de la audiencia, el clímax final tiene una ejecución impecable. Si esperaba un final épico a la altura de todo lo demás, El renacido no haría sino colmar sus expectativas y aun más. Un punto de intersección curioso entre dos grandes maestros de la dirección, el escenario blanco y rojo en el que Alejandro G. Iñárritu y Quentin Tarantino estrechan manos, en una remembranza alucinante de la pelea final en La casa de las hojas azules.


“Todos somos salvajes” es una verdad irrevocable hasta que la naturaleza ejerce su influencia sobre los hombres, permitiéndose alterar su esencia. O, al menos, eso deja ver el personaje de Hugh Glass, para quien “la venganza está en las manos de Dios, no en sus manos” (ese Dios que estuvo ausente durante la masacre, pero que está en algún lugar). El personaje pasa de ser un renacido a un redentor, que en cierta medida libera al traidor dejando su pecado en manos de la justicia suprema. Ahí es donde el “Todos somos salvajes” empieza a tambalearse, porque brota la piedad en el lugar menos esperado. Algunos podrán pensar que es inverosímil, pero si se detienen a pensar en cómo ha circulado la noticia del feroz ataque sufrido por el verdadero expedicionario hace dos siglos, quizá concluyan en que esto no necesariamente haya sido así. Es muy posible que todos seamos salvajes después de todo y que en su momento no hubiera sitio para la piedad. Pero también es posible lo contrario. Hugh Glass es quien mantiene viva la anécdota y es la causa de que la conozcamos de esta manera: ofrece una versión o interpretación de la realidad. Y El renacido es una interpretación de esa interpretación. Eso la hace fascinante: la evidente mediación de Hugh Glass en la pervivencia de la historia, y la también evidente mediación de Alejandro G. Iñárritu, uno de los pocos artesanos extranjeros que ha adoptado Hollywood sin arrebatarle su enorme personalidad como realizador.

Puntuación: 7/10 (Notable)  

jueves, 31 de diciembre de 2015

Resumen cinematográfico (2015)

Otro año que se acaba, otro listado de sus mejores películas... 

Como es habitual para estas fechas, Una Locura de Película celebra el ocaso del año cinematográfico proponiendo un listado totalmente subjetivo con algunas de las producciones más significativas vistas a lo largo de los últimos doce meses. 
Se trata mayormente de películas con fecha de estreno 2014/2015. No obstante, han sido tenidas en cuenta algunas películas que llegaron con un poco de demora, como la israelí Big bad wolves (Aharon Keshales & Navot Papushado, 2013), que estuvo muy cerca de entrar en el ranking.

Hay que hablar con honestidad: el 2015 no fue un año muy interesante. Hubo propuestas muy poco originales, demasiado convencionales, sin osadía ni estilo propio. Por fortuna, hay excepciones notables, y son precisamente estas excepciones las que este listado busca resaltar. En el camino se han quedado trabajos muy llamativos, como la comedia queer Tangerine (Sean Baker, 2015), la adaptación shakespeareana (porque hay buenas adaptaciones de Shakespeare más allá de Kenneth Branagh) de Macbeth (Justin Kurzel, 2015), y la nueva joya del gran maestro italiano contemporáneo, La giovinezza (Paolo Sorrentino, 2015), que alguna vez fue #1 con La grande bellezza (2013).

Como siempre, el listado se divide en dos partes. La primera de ellas reúne las "menciones especiales", esos títulos que no llegaron a quedar entre los diez principales, pero que no pueden faltar de ningún modo en un conteo de lo mejor del año. La segunda es el "top 10" en orden preferencial. 


Menciones especiales.


Mad Max: furia en el camino (Mad Max: fury road). Dir.: George Miller [AUSTRALIA, 2015]
Una película de esas que tenían absolutamente todo para perder y que salió victoriosa. La reivindicación de la mujer, de la mano de Imperator Furiosa, actualizó un clásico de la década del 70. Es una simpática y a ratos profunda reflexión sobre la administración de los recursos públicos, pero también una trepidante película de acción que no da respiro. 

Truman. Dir.: Cesc Gay [ESPAÑA, 2015]
No es la primera vez que alguien intenta tomar el drama de un hombre que sufre una enfermedad terminal y condimentarlo con humor. Pero es la primera vez que alguien lo hace tan bien. Cesc Gay prueba una vez más ser un as con los diálogos, porque conoce a los seres humanos y entiende su lenguaje íntimo, costumbrista, banal. 

The assassin (刺客聶隱娘). Dir.: Hou Hsiao-Hsien [TAIWÁN, 2015]
Galardonada con el Prix de la mise en scène (para su director) en el pasado Festival de Cannes, se trata de un festín visual que toma el wuxia moderno (que tan bien domina Zhang Yimou) y lo lleva al extremo de la simpleza: es una historia sobre el amor, el deber y la piedad. Pero en esa simpleza está su magia. Es una película preciosa. 

El renacido (The revenant). Dir.: Alejandro G. Iñárritu [ESTADOS UNIDOS, 2015]
El realizador mexicano demuestra estar en el Olimpo de los cineastas actuales con su más reciente trabajo, una magistral puesta en escena de la lucha del hombre contra la naturaleza salvaje. Es cruda, explícita, de a ratos apática, pero siempre apabullante. Leonardo DiCaprio se deshace ante la cámara. Sólo por eso vale la pena verla. 

Stratos (Το Μικρό Ψάρι). Dir.: Yannis Economides [GRECIA, 2014]
Una de las mejores producciones griegas post-crisis económica de los últimos tiempos. Se centra en un hombre gris que tiene una deuda que pagar y dos trabajos (uno de ellos como asesino a sueldo). Es un títere de un sistema decadente que oprime y degrada. Película visceral que insiste en la cuestión de la ética (como Mundo injusto), pero más pesimista.

Saint Laurent. Dir.: Bertrand Bonello [FRANCIA, 2014]
Bonello confecciona una guía de dos horas y media que enseña a los cineastas a hacer una película biográfica sin que resulte aburrida, chata y/o desprovista de vida. Está bien: Yves Saint Laurent era un personaje luminoso, pero Bonello, y el actor (un milagroso Gaspard Ulliel) llevan esa luminosidad al extremo y crean algo brillante, extravagante, divertido y fresco.

Sicario. Dir.: Denis Villeneuve [ESTADOS UNIDOS, 2015]
Una película que regresa a Traffic y al muy golpeado cine de narcos. En términos de libreto no hay mucha diferencia. Son héroes americanos metiéndose en el agujero negro que es "el resto de América". Dos cosas hacen de Sicario algo destacable: la seguridad de Villeneuve como director y la construcción del personaje de Benicio del Toro (bueno, también su excelente actuación). 

Mommy. Dir.: Xavier Dolan [CANADÁ, 2014]
El joven prodigio canadiense vuelve a formar parte del listado anual (esta vez no en el top 10) con una de sus películas más maduras, más conmovedoras, y en la que nuevamente despliega todo su talento como artista. Muchos colores, trucos de cámara, estética de videoclip, música pop y mucho sentimiento. Eso y más es Mommy, su más reciente obra.

A hard day (끝까지 간다). Dir.: Kim Seong-hun [COREA DEL SUR, 2014]
Comedia negra presentada en Sitges 2014, con la violencia característica del mejor cine surcoreano, y con el humor ácido de los grandes maestros del género. Si la escena del ataúd de Muerte en el funeral (Frank Oz, 2007) era desopilante, la escena del velatorio le da mil vueltas. Con la mencionada Big bad wolves componen un díptico más que hilarante.

La patota (Paulina). Dir.: Santiago Mitre [ARGENTINA, 2015]
El cine nacional puede enorgullecerse de tener a un profesional como Santiago Mitre, quien desde El estudiante (2010) no para de sorprender. La patota es una remake de la película homónima dirigida por Daniel Tinayre en 1960, pero esta versión tiene un trabajo de fotografía impecable y tiene a Dolores Fonzi, que es dinamita pura. Y sí, es superior. 




Top 10.

10. El código Enigma (The imitation game). Dir.: Morten Tyldum [INGLATERRA, 2014]

Un biográfico inglés frío y calculador, pero muy eficiente. Logra plasmar la historia de Alan Turing, sobre todo cuanto concierne a su sexualidad (tan secreta como la máquina que creó para descifrar mensajes transmitidos por radio por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial), de una manera sobria y prolija. Lo mejor es cómo Graham Moore, guionista, maneja todo ese tecnicismo y lo vuelve sustancia cinematográfica. Posiblemente Spielberg, emperador de la sustancia cinematográfica, lo tenga en cuenta para sus próximos trabajos. 



9. Birdman (Birdman or the unexpected virtue of ignorance). Dir.: Alejandro G. Iñárritu [ESTADOS UNIDOS, 2014]

Nuevamente Iñárritu en la lista, esta vez por su anteúltimo largometraje, ganador del Oscar en su más reciente edición. Se trata de un falso plano secuencia en el que un grupo de personajes vinculados al mundo del teatro pretenden montar una adaptación de una obra de Raymond Carver. Sin embargo, las guerras de egos y ciertas tendencias esquizofrénicas del protagonista, un actor que intenta dejar atrás su pasado como superhéroe lanzándose al incierto futuro como actor dramático, complican el curso de las cosas. Un trabajo sumamente irónico con Armando Bo (nieto) y Nicolás Giacobone como dos de los cuatro guionistas. Argentina presente.



8. Orígenes (I Origins). Dir.: Mike Cahill [ÈSTADOS UNIDOS, 2014]

Una de las propuestas más arriesgadas de la ciencia ficción en los últimos años. Del mismo modo que lo hacía Coherence (James Ward Byrkit, 2013), se trata de una puesta en escena sencilla que aborda una trama compleja pero lo suficientemente sólida como para convencer al espectador, ya que le permite reflexionar sobre ciertas creencias que trascienden la experiencia sensible. En este caso, los ojos funcionan como disparador para preguntarse si la reencarnación es posible. En el medio, una historia de amor inolvidable que conmueve casi tanto como el tramo final. Imprescindible para fans del género. 



7. The lobster. Dir.: Giorgos Lanthimos [GRECIA, 2015]

Cuando se rumoreaba que el cineasta griego Giorgos Lanthimos, responsable de Colmillo (2009) y Alpes (2012), rodaría en inglés con un elenco de actores de renombre (Colin Farrell, Rachel Weisz), muchos temían que le ocurriera lo mismo que a Florian Henckel von Donnersmarck cuando se vendió (o se regaló) a Hollywood. Por fortuna, llegó The lobster, una de las comedias más divertidas de las últimas épocas, con un argumento tan intrincado y tan inteligente, que es recomendable verla sin saber demasiado para dejarse sorprender. Lanthimos usa sus recursos habituales (retorcer el lenguaje, introducir sketches humorísticos exageradamente bizarros, disertar sobre la animalización de la conducta humana) para construir una oscura sátira que habla de las idioteces que hace el hombre cuando se enamora. Imperdible.



6. Intensamente (Inside out). Dir.: Pete Docter & Ronaldo del Carmen [ESTADOS UNIDOS, 2015]

Y siguiendo la línea de obras complejas y guiones inteligentes, está la última animación del estudio Pixar. Intensamente habla de las emociones de los seres humanos, y de las emociones de esas emociones. Usando la estructura habitual del cine infantil de aventuras (personajes perdidos que deben regresar a casa), el guionista se permite hacer un análisis minucioso de la conducta adolescente, ese momento de transición a lo nuevo, de crisis, de abruptas transformaciones. En el fondo, es un tratado de psicología. Pero los colores, las risas, el llanto y los trabajos con las voces hacen que los niños lo disfruten en lugar de sentir que están viendo un documental en Discovery Channel. Ahí radica su maestría.  



5. Vicio propio (Inherent vice). Dir.: Paul Thomas Anderson [ESTADOS UNIDOS, 2014]

Nadie hubiera creído que fuera posible adaptar a Thomas Pynchon hasta que llegó Paul Thomas Anderson, el Maestro, y lo hizo de maravillas. Para muchos fue excesivamente fiel a su prosa, para otros se desvió pecaminosamente. Pero si se analiza a la obra en sí misma, y no como un producto derivado, hay material realmente valioso ahí. No sólo una reconstrucción de un mundo y una época, sino un delicioso policial negro con tintes alucinógenos y sumamente divertidos. En este listado abunda lo desopilante, y la permanente de Joaquín Phoenix, así como una galería interminable de secundarios que incluye a Josh Brolin ordenando comida china (en chino), no pueden quedarse afuera. Todo es insólito y genial, incluyendo algo que Paul Thomas Anderson siempre hace bien: los finales. El último diálogo entre Phoenix y Brolin es digno de elogios. 



4. Dheepan. Dir.: Jacques Audiard [FRANCIA, 2015]

Si uno es capaz de diferenciar una película oportuna de una película oportunista, podrá disfrutar de Dheepan sin problemas. Palma de Oro en el Festival de Cannes 2015, drama polémico sobre la situación de los refugiados que emigran a Europa en busca de una vida mejor. Tres desconocidos (dos adultos y una niña) escapan de una guerra sangrienta a Francia y se apropian de la identidad de una familia fallecida seis meses atrás. Al llegar, deben no solo aprender el idioma y las costumbres, sino también aprender a ser esa familia. Esta farsa va volviéndose progresivamente más real, en un relato que (como casi siempre en el cine de Audiard) combina amor y humor. Pero la violencia acecha, y a veces es necesario responder con más violencia para erradicarla del todo. Sí, es una película necesaria, dura, impactante, violenta, con momentos típicos del cineasta (a la altura del "les yeux / les oreilles" de Un prophète (2009), por nombrar uno), y con una brutal escena que lo confirma como el mejor director capaz de rodar un tiroteo desde dentro de un automóvil. O también podríamos decir que lo confirma como el mejor director de la actualidad. No sería ninguna mentira. 



3. Leviatán (Левиафан). Dir.: Andrey Zvyagintsev [RUSIA, 2014]

Las películas de Zvyagintsev no son menos desoladoras que las de Audiard. Al contrario, no suele haber demasiado lugar para el humor y, si lo hay, no es un humor que sirva para distender, sino más bien para tensionar aun más el ambiente. La película recupera muchos de los temas que planteó en su anterior película, Izgnanie (2007), pero con una fuerte dosis de crítica al gobierno ruso (aunque su director defienda que en realidad es una "crítica universal" a los gobiernos autoritarios, algo poco creíble considerando que algunos personajes practican tiro tomando como objetivos algunos cuadros de presidentes rusos/soviéticos). Sea como sea, la querella inmobiliaria entre una familia que resiste y un alcalde gordo y borracho que quiere aplastar todo es terrible de todas las formas posibles. Sobre todo cuando las instituciones son ciegas, sordas y mudas, y nada queda excepto la dignidad de la resistencia. Cine crítico que denuncia, pero que no deja de ser cine artístico que endulza la vista y el oído. Es una película maravillosa. 



2. The tribe (Плем'я). Dir.: Miroslav Slaboshpitsky [UCRANIA, 2014]

¿Es posible prescindir del lenguaje para realizar una película? Con una larga tradición de cine mudo a principios del siglo XX es difícil decir que no. Pero aun las películas mudas necesitaban, a veces, de intertítulos explicativos que introdujeran a la audiencia en la acción, en el contexto, etc. Slaboshpitsky rueda una película que prescinde del lenguaje: todos sus personajes son sordomudos (de hecho, los actores que los interpretan lo son) y no hay un solo subtítulo ni una sola palabra, solo lenguaje de señas. Experiencias cinematográficas de este tipo logran que uno reconozca el valor de la imagen, o cómo esa imagen (la vida o el pictograma) es el lenguaje (que tiene matices, sí, pero que puede ser comprendido e interpretado). En ese mutismo se desenvuelve una historia de pandillas estudiantiles, tráfico de drogas y prostitución. El horror mudo, imperceptible, pero que aun así está en el mundo, acecha y puede irrumpir sorpresivamente. Es un drama fascinante, pero es asimismo un experimento fascinante, de esas obras que quedan marcadas a fuego.



1. Foxcatcher. Dir.: Bennett Miller [ESTADOS UNIDOS, 2014]

Proyectada en cines la primera semana del corriente año, no hubo ningún otro estreno a su altura. Nada que igualara la complejidad psicológica de sus personajes o de las relaciones que establecen unos a otros, que no son solamente vínculos familiares sino vínculos de dominación. Ahora, ¿qué ocurre cuando esta dominación es la única que mantiene enteros a los seres humanos? La dependencia puede ser peligrosa, puede desencadenar comportamientos indeseados. Tal fue el caso que narra con admirable maestría Bennett Miller: el extraño vínculo entre un ornitólogo, filatelista y filántropo, aficionado a la lucha, y un campeón olímpico de lucha que se prepara para ganar una nueva medalla de oro en los JJ.OO de Seúl, 1988. Es una historia real que involucró a la familia más rica de los Estados Unidos, la Dinastía Du Pont, que amasó una fortuna gracias a la fabricación de armas para la guerra, y a dos hermanos deportistas, Mark y Dave Schultz. Con un ritmo pausado, una fotografía inquietante y unas actuaciones de primer nivel, Foxcatcher puede jactarse de crear una atmósfera especial, siniestra, envolvente, generando la sensación de que "algo va a ocurrir". Es devastadora e inolvidable, y por todo lo antes mencionado encabeza el listado del año.  

   


sábado, 26 de septiembre de 2015

El clan





Crítica.
El clan (2015)
Dir.: Pablo Trapero.




El reciente estreno de El clan, la última obra del director argentino Pablo Trapero, ha confirmado muchas de las sospechas que circulaban, siempre bajo la forma sutil del murmullo, entre muchos críticos de cine: su sello característico ha dejado de existir. Muy atrás quedaron sus producciones más memorables, entre las cuales destaca Leonera, su última gran película. Las colaboraciones con Ricardo Darín en Carancho y Elefante blanco no hicieron más que dar indicios de un cambio que terminaría de efectuarse con El clan, la reconstrucción del caso Puccio, una familia de San Isidro (provincia de Buenos Aires, Argentina) dedicada a los secuestros extorsivos durante la década de 1980. En este nuevo cine de Trapero, las referencias políticas explícitas ocupan un lugar privilegiado, que no parece ser mero contexto histórico sino más bien una denuncia. Y sobre todo, la estética habitual de su cine se entrega a la armonía del espacio, a la pulcritud y al buen gusto. A pesar de todo lo monstruoso que ocurre en aquella casa, todo está calculado, todo dispuesto en su lugar, y genera un efecto paradójico en el espectador: uno se siente cómodo con lo que ve y con lo que oye (una banda sonora repleta de hits norteamericanos de la época y de las décadas anteriores), pero en la postrera reflexión aparece la incomodidad, la sensación de que la prolijidad de Arquímedes Puccio, el patriarca, y de que el cuadro perfecto que pinta la “familia modelo”, aspirante a un ascenso considerable en la escala social que le permita gozar de las mismas ventajas que la clase alta, hacen que la situación sea mucho más horrorosa.

Uno puede preguntarse si este giro es estratégico (que busca generar ese efecto antes mencionado) o si es, por el contrario, un intento de reconciliarse con un público que no siempre ha reconocido sus mejores películas. La respuesta quedará a criterio de cada espectador. Lo cierto es que sorprende, y en algún punto siembra un inesperado optimismo: quizá el director logre algo inédito en su respetable filmografía, que es unificar el buen cine con la buena recepción, el objetivo de cualquier cineasta. Y en ese sentido, una película como El clan, sin ser sobresaliente pero dando un salto de calidad respecto a las dos películas de Darín, es un primer intento más que decente: no solo por la lograda reconstrucción histórica de uno de los tantos casos avergonzantes que ha atravesado el país en sus años oscuros de dictadura y durante el gobierno radical, sino también por el éxito que ha cosechado en las salas de todo el país y del extranjero (en el Festival de Venecia recibió el León de Plata a la mejor dirección, un premio de un valor altísimo). La tendencia revisionista que la sociedad argentina de estos años tiene sobre el Proceso de Reorganización Nacional (PRN, 1976-1983) explica el fenómeno en que se ha convertido El clan en los cines nacionales, y que se articula con la miniserie televisiva Historia de un clan para realizar en conjunto un estudio pormenorizado no exclusivamente de los crímenes cometidos sino en particular de los móviles que podrían justificar lo injustificable.      

Para la sociedad de entonces, e incluso para la actual, lo más llamativo de su modus operandi era que asesinaran a las víctimas incluso luego de cobrada la recompensa solicitada telefónicamente a los familiares. Aparece en la audiencia cierto ideal de justicia totalmente atroz que se conformaría con ver al secuestrado vivo, porque su vida ha sido comprada. Es decir, por momentos da la impresión de que el acto más abominable para el espectador es el robo y no el secuestro. El pago de una suma convenida, si acaba con la recuperación del individuo que ha sido secuestrado, convierte al secuestro en general en un “acto afortunado”, al punto de que, en muchos casos, las familias se abstienen de llevar adelante un proceso judicial por temor a algún tipo de represalias. El intercambio económico, absolutamente institucionalizado, naturaliza y minimiza el delito de la privación ilegítima de la libertad. Trapero comprende la importancia de la transacción y la refiere con astucia. El patriarca, Arquímedes, realiza los llamados extorsivos en teléfonos públicos ubicados a la vista de todos. Se remarca la impunidad del acto, enfocando la cámara al teléfono y resaltando cómo los transeúntes caminan por al lado suyo sin inmutarse mientras él está pidiendo el “rescate”. Durante los años de coacción policial y terrorismo de estado, y aun en los agitados años de la transición democrática, la sociedad era ciega, sorda y muda. El individualismo radicalizado y el temor a la desaparición, la tortura o la muerte, contribuyeron a internalizar el secuestro como práctica usual en la comunidad, de la que era preferible estar alejado lo más posible.  

Pablo Trapero logra realizar una representación inteligente de un pedazo de historia reciente, a pesar de algunas fallas que aun siendo mínimas se hacen notar (cierto vocabulario empleado anacrónicamente, el uso abusivo y exasperante de flashforwards, y sobre todo una escena sumamente problemática, como la que transcurre en Tribunales en el tramo final, que se deja llevar por el sensacionalismo y traiciona el tono verosímil que venía sosteniéndose de manera apropiada). El director se sirve de un gran elenco que incluye al actor cómico Guillermo Francella, mostrando su faceta seria como lo hiciera ya en la película ganadora del Oscar El secreto de sus ojos. Una sobria caracterización que le permite imponerse en muchas escenas, sobre todo en las de mayor intensidad dramática. Cada tanto lo eclipsa el joven Juan Pedro Lanzani, que debuta en la gran pantalla convirtiéndose inmediatamente en una promesa del cine nacional. El actor interpreta a Alejandro Puccio, uno de los hijos, que participa activamente en los secuestros y que en muchos momentos va a cuestionar la empresa de su padre. Una actuación mucho más contenida y con varias escenas de lucimiento. Cuando comparten pantalla, hacen que El clan tenga mucho a su favor. Por ellos y por la relevancia de un caso todavía misterioso pero que merece ser conocido, la película funciona. El beneplácito de la crítica internacional y el público es un privilegio que no pocos directores pueden darse. Y que sea Pablo Trapero quien goce de este privilegio, un gran director a pesar de algunos traspiés, es razón para contentarse. Después de todo, es una buena película.

Puntuación: 6/10 (Buena) 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sr. Nadie.



Crítica.
Sr. Nadie (Mr. Nobody, 2009)
Dir.: Jaco Van Dormael.


No quedan ya sombras de lo que fue. Si el séptimo arte alguna vez se consolidó como institución (cultural, más que artística), sin dudas fue el cine posmoderno el encargado de burlar su fragilidad intrínseca para arrasar de manera definitiva con ella. Pervivió, sí, la huella del chiste, y la reproducción llegó a hacer del cine posmoderno un mercado de pulgas. Una de las atracciones de dicho mercado fue la ciencia ficción de ideas, bautizada así por un puñado de críticos profesionales que detectaron una serie reciente de producciones en las que el futurismo, los nuevos dispositivos, la tecnología, no eran elementos arbitrarios sino más bien necesarios para que el resto de la obra funcionara correctamente. O podría decirse de una manera un tanto menos elegante: se trata de esa serie de películas de ciencia ficción que, a pesar del sonido y la furia, significan algo. Algunos críticos se empeñan en incluir en esa serie a una de las últimas películas del cineasta belga Jaco Van Dormael, Mr. Nobody, que se extendió entre cinéfilos con resultados bastante positivos. Lo que implicaría partir de la creencia, en mi opinión equívoca de raíz, en que el belga maneja ideas; o dicho de esa forma menos elegante: la creencia en que Mr. Nobody signifique algo.

¿Es posible crear algo sobre la nada? El director y guionista apuesta a una respuesta positiva y construye una maraña de vidas posibles, de recuerdos improbables, de dimensiones que se (con)funden, de imágenes borrosas y sentimientos más o menos intensos. El protagonista es Nemo Nobody, el último mortal sobre un planeta cuyos avances en el territorio de la medicina durante la segunda mitad del siglo XXI han permitido a la población alcanzar el beneficio (o el martirio) de la inmortalidad. Este hombre longevo, cuyo nombre presenta un juego de palabras no particularmente inteligente pero sí en cierto modo interesante (podría traducirse “Nadie Nadie”: el primer término desde el latín, y el segundo término del inglés), es sometido al aun más viejo tratamiento de la hipnosis para que, en los días previos a su inminente deceso, su memoria fluya. Sin embargo, las aguas de ese río comienzan a desbordarse, los recuerdos, las huellas mnémicas, los deseos frustrados y las viejas culpas se despliegan en poco más de dos horas de metraje. La hipnosis fuerza un vómito incontenible, la fusión biliar entre lo que fue y lo que no pudo ser: todo es mezcla, desaparece cualquier forma de definición, mientras ese montaje huidizo y juguetón se mueve pendularmente entre las vidas posibles.

Dejando al margen el chistoso guiño a la canción “Mr. Sandman” de The Chordettes, o ese desafortunado homenaje a Charles Foster Kane que se ve sobre todo en la expectativa (transmitida a la comunidad entera a la manera de un reality televisivo, como el Truman Show de Peter Weir) por las últimas palabras del último mortal sobre la tierra, Mr. Nobody es extremadamente hermética y para nada referencial. Su compleja estructura impone sus propias reglas de juego, obligando al espectador a adaptarse a ella, algo que ni debería darse por imposición, ni debería ser unidireccional. El cine puede proponer estructuras originales pero bajo ningún punto de vista puede forzarlas, ni mucho menos imponerlas. La adaptación debe darse de manera natural y tiene que ser recíproca: no sólo el espectador se acomoda a partir de los esquemas propuestos por el séptimo arte, sino que además estos esquemas deben pensarse en función de la audiencia. Basta solo un puñado de razones para que la audaz propuesta de Jaco Van Dormael tenga sentido. No obstante, uno puede cuestionarla desde su dimensión más elemental, que es la de los objetivos: ¿cuál es la finalidad de narrar las vidas posibles de un don nadie?

Es ahí donde surgen las discusiones, que cada tanto la crítica de cine agradece. ¿No es acaso superflua una obra tan centrada en lo estético, pero que en los esquemas argumentales incurre en un relativismo extremo cuya baza es un conjunto de realidades hipotéticas que apenas pueden sostenerse? En mi opinión es aun menos que superflua: es inútil, como pretender construir pirámides en los aires o muñecos de nieve en pleno verano tropical. Uno no puede condenar una obra por ser abstracta, pero de seguro puede condenarla por resultar abstracta cuando se empeña tan notablemente en ser significativa. ¿Ciencia ficción de ideas? Expediciones al Planeta Rojo pueden ser un motivo más que suficiente para hablar de ciencia ficción, pero el resto del sintagma queda desprovisto de toda explicación. La película es eso, es un holograma, una ilusión de pórticos bellos y lujosos, de ojos azules, de jardines verdosos, de amores adolescentes y vanos arrepentimientos, pero que al más mínimo manotazo se deforman y disuelven, hasta que la mano permanece quieta y la imagen intenta proyectarse sobre ella, con su macabra intención (la de todo director de cine) de dejar su marca. Pero la mano no puede quedar ahí todo el tiempo, porque es inútil buscar lo sólido en una farsa evanescente, ni buscar el significado de lo abstracto. No hay objeto en demostrar, a través de la obra de Jaco Van Dormael, si la metafísica es nihilista o si el nihilismo es metafísico, porque en ella todo, aun lo irreconciliable, va de la mano: la razón y el sentimiento, la vehemencia y la calma, la realidad y el sueño, el pasado y el futuro, el tiempo y el espacio. Todo es uno, y la unidad lo es todo, pero no es nada. No hay límite ni definición. No hay concepto.

Puntuación: 3/10 (Mala)

jueves, 30 de julio de 2015

Hungry hearts.




Crítica.
Hungry hearts (2014)
Dir.: Saverio Costanzo.



A una década de rodar su fabulosa ópera prima Domicilio privado (Private, 2004), el cineasta italiano Saverio Costanzo arriba al Festival de Venecia con su cuarto largometraje, una tragicomedia con pinceladas de thriller psicológico que no se refiere al hambre como carencia en el plano espiritual, como sí lo hacen prácticamente todas las películas que hablan del tema, sino al hambre en el sentido técnico; es decir, digestivo: en un hambre que impide el crecimiento natural de los bebés o que impacta negativamente en los adultos, produciendo en ellos alteraciones neurobiológicas. Insiste en tomar el domicilio como unidad de acción y se centra en unos pocos personajes que intervienen en el conflicto, sobre todo un ingeniero y una embajadora que se conocen en el lugar más inesperado, dando origen a una especie de cuento de hadas con giros escatológicos (extraordinaria escena inicial en el baño público de un restaurante oriental), que luego se convierten en padres, y cuya relación poco a poco irá desgastándose a causa de una querella nutricional. A ellos dan vida Adam Driver y Alba Rohrwacher, quienes recogieron en el Festival sus sendos reconocimientos a la mejor interpretación del año. Con estas dos Copas Volpi en su haber, Hungry hearts se ha convertido en uno de los títulos más esperados en los círculos cinéfilos, una de las sorpresas en Venecia, con una trama irresistible y con la promesa de ver a esta gran actriz actuando tan bien como lo hace normalmente. Promesa cumplida con creces, para no perder la costumbre.

Ella es una madre sobreprotectora, está obsesionada con mantener a su bebé aislado en una especie de burbuja sin influencia del mundo exterior (la urbe neoyorquina, que vive como extranjera), como en Colmillo (Κυνόδοντας, 2009) de Giorgos Lanthimos, pero sin pensar tanto en la influencia psicosocial como en la influencia del entorno físico, con sus toxinas, sus malos hábitos y sus deplorables condiciones sanitarias. Tal es así que se rehúsa a salir de la casa con la criatura, sugiriendo que ese blindaje lo mantendrá limpio, y apoyando sus ideas radicales en la autodidaxia, de lo que se desprende un escepticismo respecto de las ciencias médicas. Además, es una firme defensora del veganismo, que impone en consecuencia al recién nacido. En contraste con su inflexibilidad, él es un simpático vegetariano, un ser racional, una cosa que piensa, que cree en la medicina y considera exagerado el encierro forzoso del bebé. Nota que los brotes febriles comienzan a hacerse más frecuentes y duraderos, y a espaldas de su esposa opta por llevarlo al médico. El pediatra le informa que, a sus siete meses de vida, el bebé está considerablemente por debajo de los niveles normales del desarrollo, su crecimiento está estancado. Él pronto descubrirá que la causa del conflicto está en las inusuales prácticas purificadoras que su esposa realiza incluso a escondidas, suministrándole un aceite que acelera el ritmo intestinal. Pero no todo es tan fácil como parece: ambos rechazan las posturas del otro y se enfrentan duramente. Él está dispuesto a que el niño ingiera proteínas a través de alimentos derivados de la carne. Ella sigue aferrada a sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Costanzo adapta una novela de Marco Franzoso acentuando lo insólito y lo descabellado de esta querella, que convierte al matrimonio feliz en una relación basada en la desconfianza, en el desprecio, en el maltrato y en la violencia que genera la desesperación de ver cómo, en el medio de todo esto, está el niño en riesgo. El director/guionista juzga a sus personajes desde los comienzos de Hungry hearts. Es un juicio contundente, que se enfoca en la irracionalidad de la madre, una mujer psicótica, cada vez más ensimismada, rechazando el contacto con otros seres, y acorralada de vez en cuando por un extraño sueño recurrente, un juicio que se sostiene sobre la insanía de una mujer desprotegida, que no recibe el tratamiento psiquiátrico que corresponde porque ella misma se niega a ser tratada. Su esposo, en cambio, es visto como el ser de luz, un hombre que a pesar de ser vegetariano, y a pesar de estar en un inicio en desacuerdo con el consumo de carnes, comprende que cuando la salud de su hijo está en riesgo hay que saber ceder, dar uno o dos pasos al costado y hacer lo correcto. Todo muy esquemático, en las aristas de un maniqueísmo destructivo. Por suerte hay mucho más que un juicio: hay un gran planteo del autor de la novela y que Costanzo remarca como adaptador: desde el título, que está aludiendo a un hambre verdadero (a la falta de una buena alimentación como el gen causante de drásticas consecuencias en el desarrollo) hasta su incisiva mirada sobre las prácticas domésticas y el modo en que las convicciones de los padres muchas veces constriñen las libertades de los niños. Para decirlo de un modo un tanto más elegante, es cierto que los padres tienen la Patria potestas, pero se corre el riesgo de que el derecho legitime por esta vía, tal como se ve en Hungry hearts, un infanticidio. Sin ir a los extremos, puede verse la alimentación (consumo de carnes, tendencias al ovolactovegetarianismo o cualquier otra práctica alimenticia corriente) como uno de los tantos mecanismos en que los padres imponen un modo de vida a sus hijos: lo mismo ocurre con la religión (padres católicos que bautizan a sus hijos sin que estos tengan la plena conciencia de lo que hacen), con la política (niños criados en familias liberales, comunistas, etc.), incluso con el fútbol (desde chico, es normal que los padres compren camisetas de determinado equipo de fútbol). Y el uso del verbo imponer no es gratuito, sobre todo si se analiza estadísticamente en qué proporción estas prácticas se mantienen durante el resto de la vida y cuántas se abandonan. Nadie está en contra de que los padres ejerzan una influencia sobre sus hijos, pero sí que comprendan que ese hijo tiene derecho a conocer todo cuanto le rodea y a elegir en función de su experiencia vital.

El director ofrece una obra polémica, un tanto irregular, con muchos momentos únicos y originales, otros no tanto pero muy bien resueltos. Hay cosas verdaderamente incomprensibles (el manejo de la cámara en la segunda mitad de la película, con intentos de planos picados que deforman las proporciones del cuerpo humano) y otras que pretenden ser controversiales pero que pueden entenderse si el espectador es capaz de pensar como la madre: por ejemplo, su conducta inflexible, que muchos juzgarán como despiadada sin notar que no hay un ápice de maldad en sus acciones, solo la firme convicción, errónea a priori, de que está defendiendo la salud de su entorno familiar. Sin emitir ningún tipo de impresión sobre la resolución del conflicto, está claro que Hungry hearts aspira a ser discutida y desmenuzada cuidadosamente. Servida la controversia, solo queda admirar la astucia con la que Saverio Costanzo plantea el dilema y argumentar en consecuencia. Una película novedosa, incómoda, con tantos errores como aciertos, pero que encaja perfectamente con las inquietudes sociales de nuestros días, con las tendencias progresistas y los debates políticos en torno a las libertades individuales.  


Puntuación: 6/10 (Buena)

jueves, 16 de julio de 2015

Fehér isten.




Crítica.
Fehér isten (2014)
Dir.: Kornél Mundruczó.



Las odiseas de los animales que se pierden en los laberínticos núcleos urbanos no son para nada novedosas dentro de la historia reciente del séptimo arte. De hecho, el género familiar, por demás cuestionado, ha usado este tópico para numerosas producciones. La idea es más o menos simple: animales domésticos que por alguna extraña razón se pierden en la ciudad luchan por sobrevivir en un mundo hostil mientras sus familiares van paseando por la ciudad, pegando afiches en los postes y preguntando en algún centro comercial si han visto a una mascota de ciertas características. A veces ni siquiera son mascotas, pero sí animales que son adoptados como tales: roedores, por ejemplo, con la simpatía del ratoncito protagonista de Stuart Little (1999) que enseguida se gana el corazón de la audiencia. Estas eran algunas de las ideas que me vinieron a la cabeza mientras miraba Fehér isten, la nueva película del húngaro Kornél Mundruczó, galardonada en la sección Un certain regard del Festival de Cannes en la edición del 2014. La primera mitad de la película ayuda bastante a alimentar estas ideas: perros que temen al cruzar la calle, personajes villanescos (muchos de ellos sacados del género picaresco, como el vagabundo o la encargada del centro canino) y vertiginosas persecuciones en las que los empleados de una perrera tratan de cazar a los perros y recluirlos. Todo con la elasticidad del género familiar, a veces infantil (con antecedentes en el cine animado, inclusive), y girando alrededor de la humanidad de una niña que quiere conservar a su mascota contra la voluntad de un padre tiránico y extremadamente poco amable. Por supuesto, no habría trama si el perro no fuera arrojado a la calle por este adorable padre divorciado, a pesar de los gritos y las lágrimas de una niña pre-adolescente, trompetista, la hija que cualquier padre quisiera tener excepto él. El perro mestizo, Hagen, deberá atravesar numerosos obstáculos, algunos muy peligrosos, para volver a reencontrarse con su dueña.

El montaje de Fehér isten va haciendo explícita la bifurcación de la trama: por un lado, la historia de la niña sacrificada que se empapa bajo la lluvia, que corre por los oscuros callejones gritando el nombre de su mascota y que se rebela contra la insensibilidad de esta sociedad centroeuropea grisácea y desalmada; por el otro, la historia del perro que escapa y es capturado, una y otra vez, por macabros hombres que lo usan para beneficio económico propio. Así se descubre una especie de red de tráfico de perros mestizos que son entrenados violentamente para participar en riñas clandestinas y mortales. Por supuesto, acá Mundruczó se separa del cine familiar y reafirma lo que ya se sospechaba desde ese inicio en el matadero: que su película en realidad va a tomar rumbos diferentes. Puede decirse en realidad que hay dos elementos que divorcian su cine del género familiar. Por un lado, que estos perros no hablan, oponiéndose a los parlanchines animales del cine infantil, que habitualmente se comunican entre ellos en inglés, pero de ningún modo intercambian diálogo con sus dueños. Esto acentúa el realismo de Fehér isten pues, a pesar de tener algunas escenas que puedan ser consideradas exageradas, narra sucesos que son absolutamente posibles y, en algún punto, actuales. Por otro lado, hay un nivel de crueldad altísimo, que excluye desde las primeras escenas al sector más sensible de la audiencia, principalmente mujeres y niños. La violencia ejercida por la humanidad sobre los animales es crudelísima, explícita y muy poco placentera. Alguno podría decir “si dejamos al margen lo cruel que puede llegar a ser Fehér isten, tranquilamente podría tratarse de una película familiar”, pero no tendría demasiado sentido dejar eso al margen, ya que no hay mucho más metraje más allá (o más acá) de lo cruel, lo siniestro, lo sangriento. Y el director, además guionista e intérprete, sabe perfectamente en qué parte del estómago del espectador debe patear para generar el efecto deseado. Los ojos tristes de perros moribundos, la sangre brotando del pescuezo y sus ladridos ahogados por el dolor hacen el resto. ¿Golpes bajos? A raudales. Todo en esta película es provocación, pero hay indudablemente una firme conciencia de ello.

Dicho esto, hay dos cosas que quedan claras. En primer lugar, que Fehér isten es la síntesis perfecta de lo monstruoso y lo humano (que usualmente son la misma cosa), demostrando que la cursilería y la inusitada violencia canina (tanto la ejercida sobre ellos como la que ellos pueden ejercer sobre su entorno) pueden aparecer simultáneamente. De hecho, a pesar de todo, en el fondo es una película enormemente sentimental, e incluso puede llegar a resultar particularmente conmovedora. En segundo lugar, que a pesar de cualquier reproche que pueda hacérsele en términos de provocación, o de los efectos producidos sobre el espectador, es innegable su calidad como producto artístico, con una ejecución perfecta, un ritmo que rara vez decae, y con un montón de escenas que dejan sin aliento. Fehér isten es una experiencia intensa, dolorosa, pero en ningún momento deja de ser impresionante. Mundruczó se supera a sí mismo y entrega una obra perfectamente dirigida, distinta, bastante complicada de procesar y de analizar: es difícil apelar a una objetividad pura cuando se trata de una película empeñada en tocar la fibra sensible de su audiencia, e incluso de su crítica (cosa que evidentemente funcionó en Cannes, pese a estar bastante lejos de ser, a mi juicio, la mejor película del certamen). Hay mucho de desgarro emocional y la obra se mueve en esos términos, en la irracionalidad animal (humana y canina) y en la construcción bipartita, tanto de un infierno terrenal despiadado como de un paraíso celestial para animales en el que no hay enemistades ni hostilidades, solo un descanso eterno y pacífico. Por supuesto, la audacia de Mundruczó en la ejecución no supone, por desgracia, una audacia discursiva: al final del día, el hombre es el animal más peligroso, y no hay grandes descubrimientos con eso. El resto es pura fórmula: el fragmento de la ópera Tannhäuser (1845), que habla del amor, acallando los gritos y apaciguando las aguas. Sí, es absolutamente pretenciosa y cuestionable, débil en lo discursivo, difusa en términos genéricos, pero logra más que cualquier otra película: dejar atónito al espectador. Tan sólo por ello vale la pena la experiencia, con la advertencia, absolutamente necesaria, de que no es una película para cualquiera. 


Puntuación: 6/10 (Buena)