martes, 15 de diciembre de 2009

''¿Y tú qué sabes?'': un viaje irregular.

¿Y tú qué sabes?


Una original fusión de conocimientos que detallan claramente los misterios de la física cuántica por un lado y de la bioquímica por el otro. Desde los espacios más inmensos, debates sobre la creación del universo a partir del núcleo, de un átomo, de una molécula, formando en una escala ampliada cada cuerpo y el espacio, en sí. Luego se va cerrando, va perimetrando el espacio para cedernos tan sólo la idea de que existe el hombre, y dentro de él hay un funcionamiento paralelo al del universo, con un poder de control particular: la singularidad absurdamente acomplejada por esta película de utilizar los sentimientos y la razón conjuntamente para generar cosas en nuestro organismo. Todo, aplicado con poca seriedad, para que la comunidad lo entienda. Si se hubiese reducido a fórmulas para explicar algo con lo que convivimos y que todos sabemos (que si estamos enojados, nuestra mente envía estímulos que nos permiten estarlo; que si pensamos en diferentes cosas, nuestro cuerpo responde a partir de sustancias químicas segregadas a partir de un mecanismo relacionado más con lo neurológico que con lo físico).
Ahora bien, frente a una paridad tan bien detallada, nos encontramos con el error del 95% de los documentales de ''culto'': los ligamentos están muy quebrados, o al menos, lo suficiente para aislar la idea de que el concepto de física cuántica está relacionada a la bioquímica por cosas mucho más profundas que la naturaleza. Principalmente el hombre, que en lugar de ser visto como quien liga ambas concepciones, sólo es visto como el portador del milagro de la bioquímica y el contenedor de todos los fenómenos microscópicos o ''de espacios más reducidos''.
Un grupo de científicos, filósofos, autores, docentes y sabios de nuestra época, se reúnen para debatir estos misterios del universo. Claro que lo hacen desde un costado claro, sencillo, pues hablar en el idioma intelectual produciría en efecto que la comunidad se sienta sola y carente de conocimiento. Y no quisiera sentirlo, aunque es bien consciente de que lo es. Casualmente, conocimiento y razón es lo que hace falta. ¿Para qué arruinarnos el día? ¿No dicen que para estudiar cosas complicadas, hay formas como ''inventar canciones'' o ''relacionar temas con palabras raras, claves, textos''? Bien, esta técnica de estudio o comprensión está aplicada precisamente en este documental. A partir de la ficción -algo completamente fallido- y de animaciones irritantes, uno puede (aparentemente) investigar los misterios de la mente, las reacciones humanas, los porqués, a la medida que se segregan nuevos componentes químicos, una y otra vez, durante una media hora en la que YA NOS QUEDÓ MÁS QUE CLARO QUE EL CORAZON TRABAJA CONJUNTAMENTE CON EL SISTEMA NERVIOSO, e innecesariamente debiera opacarse de mostrarnos más de lo mismo.
Con una mujer fotógrafa, divorciada, que de actuación evidentemente no sabe nada, el público va aprendiendo más y más. Su colisión con el niño basquetbolista, es una de las escenas que más en claro nos deja la situación del universo y el funcionamiento atómico. Cómo es posible convencernos rápidamente (manipularnos desde un conocimiento a un grupo de indígenas) de algo que a simple vista parecería imposible. Cómo los cuerpos no se tocan. Cómo es el desplazamiento de los electrones dentro de los diferentes cuerpos o fluídos y, sobre todas las cosas, cómo se puede manipular ésto a través de la mente.
Se me hizo muy difícil de creer lo que mostró este científico japonés, que apareció en el documental a modo de gráficos en una estación de subtes. A través de sentimientos, uno puede controlar al agua -una sustancia similar en todos los casos- variando su composición química y quebrando o reestructurando armónicamente la misma. No logró manipularme hasta tal punto, desafortunadamente. Sin embargo, dio -aparentemente- a entender que sí se puede, y aunque no lo creamos, que somos una raza superior.
El rincón de lo ficticio, por momentos roza lo patético. Ver actores dando lo peor de sí, como en un ensayo teatral (y el primero) es un caos, un espectáculo a oscuras de lo más bajo, una muestra más de la poca seriedad que resta en el mundo. Cuando las cosas podrían haberse hecho desde lo sincero, lo humano, lo real, se hicieron a partir de una obligación: la de llenar los espacios huecos para que la película no durase menos de una hora, y para ''de alguna forma'' enchufarnos aún más su teoría del poder de la mente y la intervención (constantemente eludida) del ser en el espacio (es aquí, donde la física cuántica se liga a la bioquímica, ligadura sin enfoque en ninguno de los 100 minutos de metraje que debe aprenderse, evidentemente, de la deducción).
Al Gore, como detallaré en una de las próximas actualizaciones, nos demostró que se puede -a través de gráficas, estadísticas y animaciones brutales- informar al público sobre una realidad preocupante. Esta gente, logró -a través de efectos especiales- invadir el documental de algo fácilmente extraíble de material bibliográfico, con el razonamiento lógico de unos visionarios de la humanidad: la población no usa libros, y por eso es ''¿Y tú qué sabes?'' una buena oportunidad para ahorrarse una búsqueda ''innecesaria'' (más) y seguir con la tendencia a la quietud, a la estática del intelecto.
Puntuación: 5/10 (Floja)