lunes, 4 de enero de 2010

Invictus: Eastwood sin goles en contra.

Invictus


Clint Eastwood regresa a la pantalla grande (tras su retiro actoral con la grandiosa Gran Torino) con ''Invictus'', una película sobre el ascenso a la presidencia de Nelson Mandela y su apoyo incondicional a la selección nacional sudafricana, una inspiradora prueba de amor al pais y un inspirador homenaje al cine y al deporte, como pocas, siendo otra de sus más extraordinarias películas. Está llena de similitudes con Milk, la película que el año pasado casi le hace ganar un Oscar a Van Sant, y que le hizo ganar el segundo Oscar a Sean Penn. La polémica no viene del lado de las orientaciones sexuales, pero sí del lado de la raza. Una lucha interminable entre blancos y negros, que Mandela pretende exterminar. La actuación protagónica en ambos casos está fantásticamente figurada por, en este caso específico, un estupendo Morgan Freeman, quien una vez más viene a trabajar con Eastwood, habiendo participado en las dos películas suyas que ganaron como mejor película y por las que el mismo Eastwood ganó por la dirección: Los Imperdonables (Unforgiven) y La niña del millón del dólares (Million Dollar Baby).
Al igual que Slumdog Millionaire, tiene escenas de altísima tensión; una de ellas es la del partido con Nueva Zelanda, que dura alrededor de 40 minutos y que a pesar de ser predecible, conserva el espíritu deportivo latente, la tensión de cualquier torneo, el veloz latido del corazón de miles y millones de fanáticos. No soy amante a los deportes, menos al rugby, pero sí que esta película tiene un poder que usa para regalarnos momentos entretenidos con la bola, pese a no entender absolutamente nada del deporte.
Más allá de ser una película deportiva y política, no constituyen ambas cuestiones el peso total. Hay una sensibilidad detrás, sincera, pura; una fe ciega que sirve de estímulo; hay esperanza, confianza, hay cientos y miles de palabras para definir todos los pequeños gestos que muestran no sólo la grandeza de un personaje público y político como Mandela, sino la del mismo Pienaar, quien humildemente intenta llevar junto al presidente de sudáfrica a su propio equipo a la gloria de un campeonato, contra todos los pronósticos.
No es fácil ser un personaje público y salir frente a sesenta millones de personas, más aún cuando en este tipo de conflictos sociales, cualquiera puede sacar de la nada un arma y disparar. Tampoco es fácil permanecer firme y saludar con una sonrisa a contrincantes. Dejarlo todo por la fe en un equipo que puede darle grandeza a la región, que puede contribuir a la unificación, al enfoque común.
Las películas que son tan gestuales, apoyadas por una musicalización emblemática e icónica como la que caracteriza a las películas de Eastwood, por un espacio tan perfectamente compuesto que rescata de cualquier partido de rugby, el espíritu necesario para transmitir emoción, tensión y credibilidad. Capta todos los sentidos de la perimetrada naturaleza de un deporte, limitado por el tiempo, el azar y la capacidad. Es la lupa que habla en grande, de grandes, de grandeza, de lo grandioso. Eastwood vuelve a emocionar con una sorprendente película inspiradora, constantemente apoyada por el contexto técnico y por la calidad reveladora de los actores. Un Morgan Freeman que juega con la pronunciación, un Matt Damon que no cesa de mostrar su rol de líder, estimulando y apoyando a su equipo, persiguiendo la gloria con el pueblo entero como testigo. Una pareja de actores oscarizable, por supuesto, ambos ubicados increíblemente en sus respectivos roles. Son encargados de llevar al público el mensaje, tan enorme como Gran Torino, encerrando el amor a la patria, al pueblo y a la paz.
Los personajes secundarios quedan de lado, desafortunadamente; desaprovechados más y más. Quizá a partir de estos cuerpos de segunda, yo esperaba la fuerza necesaria para rematar con un final tan genial como el que efectivamente tuvo esta película. Todo circulaba alrededor de dos, tan sólo dos, y pese a las fascinantes actuaciones, el resto quedó debajo. La familia quedó atrás, un tema que se pudo haber trabajado aún más, la condición sociopolítica tras el partido; diversas temáticas quedaron sueltas, y para culminar con tan brillante largometraje, pudieron apenas haberse elaborado en la parte final, o previo al partido final.
De cualquier modo, no tengo intenciones de golpearla; realmente acabé de verla y quedé maravillado por lo que vi. Una de esas películas para el recuerdo y, por qué no, a la emoción.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)