martes, 26 de enero de 2010

Un profeta: Jacques Audiard regresa.

Un prophète


Audiard nos tiene acostumbrados a las obras maestras. Por tal motivo, no hay por qué ponerse nerviosos ante un disgusto típicamente previsible, aquel que emerge involuntariamente en la mente del espectador cuando sabe que se enfrentará a una película carcelaria. Lo que deben saber, es que ''Un profeta'' no es una película carcelaria. Supera todos los límites y alcanza el valor del cine clasicista, que por haber muerto hace 30 años suele tener regresiones a la vida. Pero pequeñas, y muy poco frecuentes.
El cineasta francés detuvo nuestros corazones con ''El latido de mi corazón'', una película que aparte de mostrar la realidad del mundo que tanto le caracteriza, añade a la emoción el arte de un pianista que busca el escape inmediato, una salida entre todo el humo. Ya con ''Mira a los hombres caer'', nos demostraba hace 15 años que la fe en un debutante no es una ilusión. Al contrario, es el estímulo para sostener no una suerte, sino el talento.
Junto a Klapisch es mi director francés favorito. Curiosamente, ambos trabajaron con Romain Duris (uno de mis actores favoritos) y fueron sus mejores directores. Pero hay un sinfín de cosas detrás del brillo que le pueden sacar a un actor, o incluso a una trama. Jacques Audiard es a su vez el guionista de la película. La fuente de su creación no es ningún engaño. Es inteligencia pura. Es visión. No es imaginación: es sentido común.
La película gira en torno a un árabe que debe cumplir una condena de seis años en una prisión ubicada en Francia. Por buena conducta, toda condena puede ser reducida, y más aún cuando este hombre tiene algo especial. Algo que lo caracteriza. Quien piense en la palabra profeta, puede pensar -y correctamente- en el hombre con la capacidad de ver el porvenir. Pero hay toda una historia detrás de esta película, que es la que Audiard nos muestra a través de gestos independientes, unos de otros. Hay incontables referencias religiosas que ligan a la historia con el significado teológico de la palabra. Yendo a la religión islámica, la cual practicaba el protagonista de esta historia. Una de las cosas que caracteriza al Islam y que la une directamente al cristianismo, es el factor común (Jesús de Nazaret), tomado por el Islam como un profeta. Ahora bien, todas las etapas que pasa el personaje dentro de la cárcel. Aquellas subrayadas con un enorme y aparentemente exagerado subtítulo en medio de la pantalla, son los íconos que muestran al hombre como una suerte de Cristo, razón por la cual el personaje es muy joven, y aún no ha cumplido los 33 años. Incluso, esos 40 días y 40 noches de aislamiento en la celda de castigo, ese número tan usado por la religión (tan representativo), nos recuerda al aislamiento de Cristo, su predicación durante ese tiempo.
Por momentos, la cárcel parece ser un mundo de espacios reducidos. Un microcosmos donde hay diferentes culturas, diferentes ideologías, sociedades, y sobre todas las cosas, una limitación tan cruel como la de la vida misma. Evidentemente, contemplar este espacio como una sucesión de hechos maliciosos y a su vez, como cumbre de diferentes internas contra la ley, parece ser una ironía exquisita. El poder no puede controlar al pueblo. Y eso se ve.
Con poca frecuencia vemos una película que no nos delate nada de la vida del personaje. Siempre todos los convencionales guiones se toman la molestia. Sólo sabemos su nombre, no podemos confiar, ni querer, ni odiar al personaje. No sabemos qué hará, qué pensará. Nos dejamos llevar por el 'yo colectivo', para predecir (sin su capacidad) lo que su mente le hará hacer. Afortunadamente, todo el argumento tiene la solidez del drama social francés. No deja grietas, e incluso parece ser demasiado preciso. Demasiado puntual, descriptivo, terriblemente exacto.
Dentro de la cárcel, el personaje va interactuando con otros. Son personas que manejan el contrabando, el tráfico y los trueques desde dentro, y usan al hombre para trabajar a cambio de dinero. El personaje se va metiendo en líos, contra personas que lo quieren ver muerto por haber hecho cosas contra otras y a favor de otras. Trabaja directamente para la mafia corsa, y con ella descubre que puede tener desde dentro lo que quiere, a excepción de la libertad. En más de una oportunidad, predecir cosas le ayudan a salvarse de situaciones peligrosas. Y así, poco a poco, uno puede ver en el personaje una gran transformación. Física, espiritual. Diferentes sentimientos, acciones, reacciones, que lo van marcando como persona, y en este caso, como personaje.
Audiard regresa tras el éxito ''El latido...'', con su más grande película, indudablemente una obra maestra. Tratada sin tantos rodeos, con altísima claridad, sin el régimen convencionalista y con una presión hipnótica que esta extraordinaria película ejerce sobre nosotros. Por más que impongamos nuestra resistencia, ante una fuerza que parece ser demasiado para nosotros, es imposible no enamorarse de un largometraje tan increíble como este. Francia vuelve a hacer alarde, un año más, con una película que supera absolutamente todo pronóstico. El blanco y el negro son claves en esta especie de vaivén sangriento, fuerte, pero sobresaliente. Una mágica experiencia de violencia gráfica moderada y una violencia verbal en pensado exceso, donde la atmósfera habla por sí sola. Y acá, desde el primer minuto hasta el último, la oscuridad, los gritos, el miedo y la misma nieve; los pasos y las miradas, perseguidas por las ya reconocibles melodías de Alexandre Desplat, parecen añadir lo suficiente para generar, no sólo con el personaje, una contradicción reflexiva y analítica del cine cursivo. Esas películas que hablan de procesos, de antes y después. Y no es sorpresivo, ver a ''Un profeta'' como un proceso en el que nosotros mismos, como espectadores y personas, podemos pensar en un antes y un después.
Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)

1 comentario:

daniel dijo...

Recien te leo esta reseña, y más deacuerdo no puedo estar. Magnifica!! Una obra maestra irresistible.