martes, 4 de mayo de 2010

Detrás de todo hay niños, sugiere el señor.

Tras un gran período de ausencia en este sitio, decido ''reiniciar'' como pueda con una película que, hace alrededor de 4 días, volví a ver por cuarta vez.
De esta experiencia logré extraer no sólo un extraordinario espectáculo, sino algunas cuestiones que me demostraron cuán fuertes son las posturas que pueden llegar a tener otros espectadores, ajenas a la mía.
Esta película es un monstruo vicioso, dirigida por Michael Haneke (Caché, Le pianiste) que merece ser vista por el pueblo entero, aunque principalmente por la juventud.
Ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2009 y de otros tantos premios (como el Globo de Oro a la mejor película de habla no inglesa), esta injusta perdedora de los últimos Oscar le ha dado un lugar no-tan-injusto a la argentina ''El Secreto de sus Ojos'', que pese a no estar a su altura, tiene la fuerza suficiente para que el premio no la aplaste.

Póster de ''La Cinta Blanca''

Ya habiendo hecho una crítica de la película (y, admito, que no me callé en cuanto a mis opiniones en su momento), propongo una breve opinión sobre la misma. Aunque palabras son pocas, esta película es, en definitiva, una historia de la que todo el mundo debe ser testigo.


¿Por qué...?

DAS WEISSE BAND - Eine deutsche kindergeschichte.
La cinta blanca.

A cualquier argentino debe producirle cierta tensión asumir que el triunfo de ''El Secreto de sus Ojos'' en los últimos Oscars, por apasionante que haya sido, tiene motivos ajenos al voto por calidad, al juicio competitivamente sano. Como espectador, no dudo de la excelente calidad que ha demostrado Juan José Campanella en su más reciente largometraje (director, además, de enormes películas nacionales como ''El hijo de la novia'', ''Luna de Avellaneda'' y de producciones norteamericanas, como ''El niño que gritó puta'' y capítulos de famosísimas series como ''Dr. House'' y ''La ley y el orden''). Sin embargo, aunque nuestra selección como país haya sido la más acertada, sólo basta con ver una vez algunas de las películas que han desfilado como ''los enormes paredones que, de alguna forma, han tenido la chance de ennegrecer el destino de 'El secreto...' en determinadas entregas''. Algunas de ellas, para hacer mención, son la holandesa ''Invierno en Tiempos de Guerra'', la francesa ''Un profeta'' (dirigida por Jacques Audiard, uno de los directores que mejor manejan la introspección e intimidad de las escenas más intensas, como ha probado en ''De latir mi corazón se ha parado'') y la alemana (o austríaca) ''La Cinta blanca'', dirigida por Michael Haneke (uno de los directores más trascendentes de los últimos tiempos, de películas como ''Juegos Sádicos'', ''La profesora de Piano'' y principalmente ''Caché'', que en conjunto forman un estilo usualmente difícil de digerir pero muy inteligente).
Tampoco quito que la holandesa y la francesa tengan calidad de sobra. Pero hay algo especial, misterioso e incontrolable, que gira alrededor de la narración de Haneke y hace de esta película no sólo la mejor de este año, sino además una de las mejores de la década (pudiéndola ubicar a la altura de ''El pianista'' de Polanski, ''Requiem por un sueño'' de Aronofsky, ''Babel'' de Iñarritu, ''Gran Torino'' de Eastwood y, la que supera sin lugar a dudas a todas las mencionadas, ''La vida de los otros'', de Florian Henckel von Donnersmarck).
Una de las cuestiones que convierte a la protagonista de esta nota en única, es que (por increíble que sea) va extendiéndose en nuestra mente y de algún modo va atrapándonos cada vez más a la medida que insistimos con ella y nos damos el lujo de volver a verla. No es casualidad que me haya arrastrado cuatro veces a contemplarla, y el placer fue totalmente progresivo. Pero se requiere de demasiada inteligencia para, en base a un hecho tan plasmado en el cine (o en el arte, si se quiere) como la Primera Guerra Mundial, poder representar la originalidad y jugar con ella, moldearla y convertirla en una joya de enorme valor, para el cine y para la sociedad misma.
Para quienes ignoran su argumento, seré breve en mi explicación, pues es ya un crimen mencionar un nombre sagrado como el que lleva esta historia y es algo mucho más perverso querer hablar de su historia, pues por enorme que parezca nuestro vocabulario, no hay palabras en este mundo para definir tal increíble acierto y descubrimiento. Me limitaré a hacerlo desde lo objetivo, aunque al final de la nota, esta pequeña y humilde frase suene completamente polémica para cualquier lector. Un viejo profesor, que ha vivido en una comunidad al norte de Alemania en los años previos a la guerra, narra desde su perspectiva los hechos que recuerda haber vivido (o que le han contado) en aquel lugar. Son misteriosos, atroces, salvajes y curiosamente consecutivos, pero todos atentan contra la aparente armonía de la pequeña sociedad. De este modo, a partir del repaso de cada uno de estos hechos, pueden elaborarse incontables conclusiones acerca de lo que ha podido ser la máxima causa de la Primera Guerra Mundial: el odio, la furia, la venganza.

Intentando controlar las llamas en la propiedad del Barón.

Vemos, entonces, como niños, mujeres y adultos son expuestos al riesgo en una sociedad iracunda, misógina, degenerada y despiadada. Como cada uno de estos personajes en juego (para mencionar, un Pastor que impone orden en nombre de Dios; un Barón y su esposa que intentan defenderse de ciertos ataques; un maestro que en medio del caos busca la paz y el amor; un doctor, que por cuestiones claves debe permanecer fuera del lugar un largo tiempo y los hijos de éstos -o de algunos de éstos, lo cual puede justificar el proceso narrativo y el énfasis de una postura firme e implacable como la del docente-), van intentando atravesar la negrura con la que se decoran los vastos campos, la tenebrosidad de una tierra más infértil de lo que parece, la niebla que se asienta sobre cada una de las aldeas advirtiendo que la guerra es totalmente predecible (o peor, dejando bien en claro que la misma será incontrolable), todo en conjunto con una fotografía en blanco y negro que marca mejor este tipo de contrastes, y donde las escenas de maldad están iluminadas, donde la oscuridad parece encerrar la bondad y la sagrada niñez (los niños que sollozan por la noche, a oscuras, y abren puertas que los llevan a ver cosas que no deben); así, es donde La Cinta Blanca (una metodología que usa el pastor para recordar a dos niños revoltosos la pureza y la inocencia) se convierte en un campo donde nada es lo que parece: donde hay santos, hay perros; donde hay calma, perturbación; donde hay paz, guerra. Y toda la película está de cabeza: gira alrededor de un eje malicioso y le da pinceladas blancuzcas. Toda una sutileza.

La destrucción de la cosecha anual.

Este drama, puede considerarse ''una precuela de cualquier película bélica, o que aborde temáticas bélicas'', como la extraordinaria ''Noche de Paz'' (que hace unos cuantos años ha pasado de largo), un fenómeno de múltiples interpretaciones entre las cuales se halla la que, presumo, ha querido instaurar el austríaco. No digo que lo que pienso sea cierto, o que lo que cualquier otro vaya a decir también lo sea, o no, aunque estoy seguro de que la diversidad de enfoques es la principal justificación de tal extraña historia: de algún modo, que una película logre sobre nosotros una hipnosis tan acentuada en un mundo donde lo intelectual está en extinción, merece elogios plenos y una visión atenta y sensible.
Que muchos la consideren un retrato sobre la educación, sobre adultos marcados que intentan enseñar las mejores rutinas de escape a sus hijos (la política, la religión o el trabajo) y que así se muestre una cinta blanca como símbolo de la bondad mínima que aún resta (y aclaro, que coincido principalmente con ésta); que otros, se inclinen más a pensar en la historia como imagen viva de una realidad hecha testimonial y que en ella, pueda ejecutarse cualquier tipo de acción y reacción; que otros, la vean como un estudio de la sociedad en un lugar y tiempo determinado (insistimos, Alemania, 1913) y que finalmente unos pocos la tomen como un entretenimiento (o por qué no, un aburrimiento) de dos horas que simplemente quiere aparentar clasicismo con el blanco y negro y no hace nada extraordinario.
Sin ser seguidor del cine Haneke (aunque haya visto, sí, muchas de sus películas), puedo creer que se trata de una narración crítica que pasa directamente por el término EDUCACIÓN, pero que además critica cualquier NARRACIÓN. Separándose el autor del narrador, uno critica al otro (de algún modo) y no lo tilda de mentiroso, sino de subjetivo (no por eso niega que sea real). Paralelamente, hace un fantástico estudio de causas, de la acción y reacción que figurativamente ha constituido un gesto de justicia: la ''V'' de la Venganza en la película de McTeigue, y que acá se vuelve carne: desde una primera ocasión donde el porqué es desconocido (vamos a suponer la acción de cualquier piedra del mundo sobre una masa acuífera completamente estática) hasta las perturbaciones que llegan a las costas y que dependiendo de la fuerza que ejerce (del poder, o de la maldad) pueden producir inundaciones. Sabemos que detrás de la primer víctima hay una familia, un pueblo que necesita de ella; que de la segunda hay almas en pena buscando vengarse; que de la tercera, hay un pueblo entero perjudicado por la actitud feroz de los vengadores que pueden seguir la cadena con eslabones mucho más amplios... y de este modo, inevitablemente, el pueblo se conduce a una guerra que ha aniquilado a enormes cantidades de personas en un contexto mucho más grande. Las diferencias de clases, para mencionar un caso esquemáticamente amplio y el odio de una familia (para suponer otro caso íntimo que puede generar complicaciones en el ''afuera'', como ''Sólo un sueño'' de Mendes), llevan al caos global, a grandes repercusiones que se han convertido en, nada más y nada menos, algo devastador, sangriento, oscuro y muy difícil de ''explicar''.

Respeto hacia el Padre. El perdón de una plaga de niños.

Unas líneas antes, he hecho mención del personaje del profesor como un hombre con razones de sobra para tomar una postura. Si habla cincuenta años después, cuando (seguramente, y a juzgar por su edad en aquel entonces) ya todos han muerto, es porque no ha logrado las condiciones justas para incriminar al responsable que sea en la sucedida oleada de crímenes, sin salir perjudicado. El docente es miembro de un sistema educativo con mucho menos poder que la religión (de aquí extraemos ''un pastor que muestra a unos niños el camino de preparación para la confirmación, tiene muchísimo más poder que un docente de cualquier otra área'', sin escaparnos de la ubicación espacial y temporal) y se encuentra en desventaja a la hora de dar testimonio contra ''gente sagrada'' (por falta de pruebas o por cobardía), y calla; nada indica que su versión sea mentira, o no (en la historia no hay certezas, ni siquiera podemos asumir que toda la película, aunque no determine culpables, lo sea), pero tiene sus sospechas, que permiten que el título original de la película (Das Weisse Band: Eine Deutsche Kindergeschichte - ''La cinta blanca: historia de niños alemanes'') se refiera directamente a SU PROPIA VISIÓN de los delitos acontecidos en la comunidad.

Los niños de aquí para allá haciendo ''caridad''.

Si un padre tiene tres hijos y en la esquina ha ocurrido un asesinato, en los cinco minutos en los que éstos han estado afuera, jugando en la esquina, no se han hallado a los responsables, y los muchachos comienzan a desarrollar actitudes fuera de lo común... entonces este padre PUEDE (de hecho, hay enormes probabilidades de que lo haga) dudar de ellos, y cuestionarlos hasta que confiesen. En la época, esta relación de paternidad también existe y no tiene grandes diferencias. Pero junto a la ira y al terror, a la injusticia y al odio, existe el orgullo, y ningún padre permitiría JAMÁS que otra persona vaya a culparlo (o a culpar a sus hijos), por lo que se define que quien juzga, seguramente no sabe lo que se siente por no tener hijos y lo hace sin medir lo que el otro pueda llegar a pensar.
La postura de cualquier otro personaje (ponemos a ''La cinta blanca'' bajo la voz del barón, del pastor o del doctor), ¿Habría culpado a, puntualmente, quienes ''culpa'' el profesor? Y las versiones pueden ser millones, y muy variadas. Desde la ignorancia de ciertos episodios hasta el orgullo como impedimento de que una verdad se revele.
Puntualmente Haneke usa como recurso a su historia para CRITICAR al narrador en general, en su afán de ser objetivo -aunque como en cualquier ser humano, este intento se convierte ligeramente en subjetividad pura-, a través de una mirada personal, propia (que puede emitirse o no, para elaborar hipótesis o, de modo prematuro, conclusiones presuntamente exactas). Considero válido aclarar que la historia no parece ser manipulada por las intenciones de llevar a cabo esta crítica, ni convertirse en una excusa: por el contrario, las opciones que restan pueden hablar de una inteligencia superior capaz de combinar ambas cuestiones, o de una grata coincidencia.
Cabe destacar, y dejando de lado nuestras múltiples miradas a las intenciones del director, que el panorama social e histórico que plantea la película carga con un serio realismo, con una desesperanza que pocas películas han expuesto en este tipo de argumentos (nuevamente menciono al Polanski de ''El pianista'', historia de supervivencia durante la Segunda Guerra Mundial) y que sirve (como referente al sistema educativo) para explicar determinadas cuestiones que abarcan, aunque no lo parezca, más de una temática integrada a la vida social. No sirve sólo desde la historia (pues la historia no es un invento loco, sino una idea probablemente cierta como elemento incluido en los límites que se manejan), sino también desde lo narrativo (el estudio de las voces y las posturas, el hipotético enfrentamiento entre la voz del autor y del narrador, de quien aparentemente se hace responsable el mismo Michael Haneke) y, además, desde lo psicológico (el maltrato que uno puede ver entre las paredes de las casas, y cito el caso del doctor, su amante y su hija; el sufrimiento de un niño que aparentemente sabe demasiado y calla) y lo religioso (el exceso de fe, posible causa de las tendencias depresivas y suicidas del mismo joven que evidentemente algo CONOCE). Una observación que considero válida, para compartir: el niño ''suicida'' (que debe permanecer atado a su cama) pone a prueba a Dios, para ver si lo quiere o no dentro del mundo. La persona encargada de su educación es un pastor que, obviamente, vive de y para la fe. ¿No puede interpretarse como un ejemplo de este efecto dominó, que la educación de un adulto marcado lo lleve a una vida posiblemente oscura? ¿No puede entenderse LA FALTA de educación, de conocimiento, de verdad, para dar inicio al caos global?
Finalmente, un elemento clave, luminoso, esperanzador en la drástica historia. La piedad y el amor, como rutas de salvación individual y colectiva. El profesor vive una relación sumergido en aguas negras. Los niños lloran a la vida, a la falta de amor y piden perdón, o dan segundas oportunidades (como el niño al pájaro herido). Para una mecánica armamentista, ¿Qué mejor cosa que una dosis de humanismo para justificar que hoy permanecemos vivos?

Se abre el telón a los tiempos de guerra.

No es necesario añadir que, aprovechando su proyección en las salas de cine del país, Argentina debe verla. De este modo, quizá comprenda no sólo de qué se trata el cine, sino también por qué unos cuantos argentinos hemos dicho que ésta película era la mejor del año.

Saludos !