martes, 13 de julio de 2010

Tierra de sueños, de Jim Sheridan.

In America.


Hacer mención del nombre Jim Sheridan implica llegar al corazón del cine irlandés actual, lleno de emoción, angustia y redención. Su obra maestra ''En el nombre del Padre'' (1993) es la prueba más confiable de ello, ya que presenta estos tres estados y los explota de la manera más increíble. A esto se le suma una impecable interpretación de Daniel Day-Lewis, ganadora de todos los premios internacionales que no ha logrado el magnífico Tom Hanks de ''Filadelfia''. En ''Tierra de sueños'', una de sus últimas películas de orígen irlandés que ha llegado al circuito comercial, existen emociones aún más fuertes, como la soledad, la frustración, la pérdida, el dolor, la culpa, débiles en su desarrollo que pierden plano a plano su brillo, su convicción.
Samantha Morton, junto a Djimon Hounsou (el vínculo que los une es simplemente el de vecinos: sin embargo, la distancia que inicialmente los separa es la que luego más los unirá, la que irá cerrando la película con mayor solidez y haciéndola más convencional pero correcta) son los que llevan la película a sus espaldas. Ambos, con personalidades muy diferentes, irán combinándose para lograr una armonía pura, establecida además por el amor y la necesidad de dos niñas que toman al segundo como el alma joven que han perdido años atrás, proyectando en él esa sensación de necesitar alguien en quien confiar, alguien a quien querer.
Sin embargo, la vida de esta familia no es tan simple como una mudanza y una gran relación con un vecino algo fantasmagórico: son irlandeses que buscan atravesar la frontera entre Canadá / Estados Unidos y vivir el gran sueño americano. Esta puede ser una posibilidad para todos de plasmar sus cualidades y darse a conocer en el mundo de los sueños, aunque la película en sí sigue todos los obstáculos que hacen difícil lograr este objetivo. Desde un inicio en el que cuesta atravesar una barrera de oficiales hasta la imposibilidad de conseguir un trabajo, dinero (como cuestiones máximas) e incluso de subsistir frente al calor que emana un verano neoyorquino (como estadíos que por mínimos que sean hacen más complicada la vida de los Sullivan).
El padre de la familia es el más duro de todos. Carga con emociones que sólo él puede comprender y con una enorme frustración con la que intenta lidiar. Además, es la cabeza de una familia emocionalmente problemática e interactúa además con el espíritu de su hijo Mateo, quien ha muerto a causa de una enfermedad que parece culparlo. Las niñas son quienes representan la necesidad de expandir las fronteras de una familia que vive cerrada (física y espiritualmente) y que paralelamente miden el progreso de un embarazo en plena gestación, un cuarto niño que parece reemplazar la ausencia del tercero, mencionado difunto.
Este drama sobre superación individual y colectiva tiene un guión lo suficientemente inteligente como para abarcar diversas temáticas a través de pequeños ejemplos (como por ejemplo, medir la frustración de un actor con su incapacidad de mentirle a sus hijas) e interpretaciones fascinantes que logran conmover en un final para el aplauso y las lágrimas. Además, gestos pequeños como una mano sobre un vidrio intentando alcanzar una enorme gama de colores y brillos en tiendas comerciales, y apuntando con una cámara todo lo que parece sólo ser visto en las películas, que en conjunto constituyen toda la humanidad característica de la historia. La concreta y correcta actuación de ambas niñas acaban por purificar todo el ritmo estricto y sucio de la vida americana que no acaba por compatibilizar con ellos.
Lo curioso, es que esta familia obstinada capaz de dejarlo todo (como en el juego de las siete pelotas en el hoyo) por algo tan pequeño pero tan significativo (sea para el padre, el orgullo; para las niñas, la felicidad; para la madre, el esfuerzo por mantener la armonía) logra superarse, pero en una tierra que no es suya. El cuento de hadas no es en el hogar, en la tierra que da a luz, sino en otro espacio mucho más lejano que parece ser la cuna del bien a la que se contrasta con un estilo de vida peligroso, dañino, de la manera más forzosa posible para que no sea un producto tan americano, para quedar bien. Por otra parte, hay cierta discontinuidad con el inicio y el final, el tema de los deseos -que no queda del todo bien expreso- y el exceso de magia parece inundar de felicidad una historia que no la requiere, que está dispuesta sólo para conformar y emocionar, para aclarar el panorama lo suficiente y en el rebote, lograr robar unas cuantas lágrimas al público. Es un drama imperfecto, demasiado empalagoso pero bastante inteligente. Es irlandés. ¿Se entiende?
Puntuación: 6/10 (Buena)