miércoles, 28 de julio de 2010

Toy Story: el orígen.

La primer entrega de Toy Story es una comedia de animación principalmente para chicos sobre un joven muchacho llamado Andy, de 6 años, y su relación con un conjunto de juguetes con los que juega a diario. Un guión interesante que supone ser la base de este planteo sobre la vida de lo viejo frente a la inminente llegada de lo nuevo. Todo, en un contexto infantil, sano y muy divertido. A continuación, crítica de la primer parte de la saga que hoy es popular en todo el mundo.

Toy Story.


Dadas las circunstancias (un estreno de éxito inagotable como el de ''Toy Story 3'' seguido de una avalancha de gente desesperada), creo conveniente hacer una especie de introducción al mundo de los juguetes del que hoy Disney y Pixar están sacando muchos dólares. Quizá del cerdo habrían sacado mucho menos, pero en conjunto, fue todo el paquete el que les regaló desde el año 1995 una popularidad enorme. La primer entrega, se presentaba como una película de animación infantil (me costaría clasificarla como una de esas tantas animadas que podría disfrutar cualquier adulto, ya que no fue ni más ni menos que una película pura y exclusivamente para chicos; en mi opinión, al menos) con un argumento de aventuras repleto de humor predispuesta a divertir durante una breve hora y cuarto a cualquier costo. Es sobre, entre otras cosas, cómo el mundo de los juguetes tiene muchísimo peso en el desarrollo intelectual del mundo humano, cómo lo nuevo parece ganarle a lo viejo cuando de intereses superficiales se trata (no cuando el corazón se pone en la mesada) y cómo pueden manejarse las situaciones para que el humor no suene repetitivo ni agotador.
Por fortuna, colocaríamos a Toy Story (dentro de la saga) como la más cómica de todas, y siendo la más breve, la más precisa de todas. No tiene la necesidad de recurrir a interminables encadenamientos de problemas y todo parece reducirse a espacios más pequeños, donde la acción también puede ocurrir (un suelo de madera constituye gran parte de la diversión en las dos primeras entregas; la tercera recurre a enormes espacios, un nuevo hogar, un basurero y demás). Sus estrategias narrativas y la peculiaridad de los personajes permiten sacarle bastante jugo a un guión que pese a no sobresalir, tiene muy buenas perspectivas que consiguen agradar al público pequeño, sin tener un inmenso interés en otro público que las puede desechar a los pocos segundos de inicio. Es que, pese a todo, la sencillez hace a la fuerza que impone esta primer entrega, abriendo un enorme camino de posibilidades que quince años más tarde habrán sido utilizadas por miles y millones de autores.
Más de uno consideraría a esta película como la más pequeña de todas. Es, por mucho, la más grande: tiene una base muy sólida, que son unos diálogos estupendos, capaces de dirigir la película por sí solos y adaptarnos a ella, a su estilo diferente (es única en cuando a su historia) y descabellado, pero por lejos, aceptable.
Esta marcará también la tendencia del resto de las películas sobre estos amigables muñecos. Son historias en las que uno o más personajes pierden el rumbo, y su propietario pierde protagonismo. Son éstos, los que al irse el joven dueño despiertan como por arte de magia y tienen vida propia, pueden caminar, inspeccionar, divertirse y vuelven rápidamente a sus posiciones para no generar sospechas. Nada sucederá, ya que el niño jamás les reclamará su cambio de lugar, y puede considerarse a sí mismo responsable involuntario.
La rivalidad entre el comisario Woody, un muñeco que el muchacho Andy (de 6 años) conserva desde pequeño y Buzz Lightyear, un muñeco que llegará el día de su cumpleaños a cambiarles la vida a todos, nos recuerda a un viejo clásico del cineasta ruso Sergei M. Eisenstein (Lo viejo y lo nuevo, 1929), que exhibe las diferencias entre lo tradicional y lo moderno en los inicios del siglo XX en un pueblo ruso. Cómo la llegada de algo tecnológico, innovador, puede cambiar el panorama en todos los sentidos. Y cómo el pensamiento de un niño, inmaduro y evidentemente solitario, puede inclinarse más por algo superficial como un láser dejando de lado un vaquero y su humilde sombrero. Quizá éste sea el punto de vista mejor dispuesto por un argumento básico pero al fin y al cabo inteligente. El pensamiento del joven es cotidiano, clásico y precoz; sólo basta que el corazón le guíe a uno, le diga qué hacer realmente.
A diferencia de muchos de los fanáticos de esta saga, considero a esta apertura una de las mejores que se recuerden dentro del cine animado (o que recuerde este narrador, a quien no suelen gustarles este estilo de películas), por su capacidad de conmover con pequeños gestos que quizá ni siquiera ellos mismos hayan pensado. A esto se le añadirá, por supuesto (es Pixar, recuerdo) un mensaje repleto de ternura que al menos en este caso no se hace tan pegajoso como en otros, como es el de la amistad, la adaptación, pero que a la larga significa la reconciliación entre dos modos de vida (o de inercia, para quien quiera), dos tendencias que han constituido nuestro azar, nuestras guerras y presiones, nuestras victorias y derrotas, nuestra propia historia.
Calificación: 6/10 (Buena)

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