miércoles, 17 de febrero de 2010

Todos están bien. Nosotros también.

Everybody's fine


Para amantes de un decaído y veterano Robert DeNiro, esta es una buena posibilidad para reencontrarse con un actor inválido que, por su edad, no pierde su simpatía. Sin hacer de anciano simpático y sin hacer de anciano renegado, no hay más cosas que DeNiro pueda hacer a estas alturas. Algo es claro, clarísimo: puede hacer de anciano. Y es genial saberlo, nos ahorraríamos las decepciones que nos produjeron películas como ''Las dos caras de la ley'', la prometedora ola de suspenso y acción que reuniría a Al Pacino y al inválido dos veces ganador del Oscar. Para nuestra información, por ser una adaptación de un ''clásico'' de Giuseppe Tornatore (no es tan clásico pero es popular y buena), no está nada mal. Adaptar algo mediano puede tener como resultado, algo de mediano en decadencia. Y, contra todo pronóstico, la versión norteamericana no es ningún insulto hacia Italia, sino una carta de disculpa al mundo por robar las buenas ideas y hacerlas (frecuentemente) bolsa.
Kirk Jones se encarga de dirigir esta osada y agridulce comedia dramática familiar. Un proyecto complicado por trabajar con actores de buena calidad, como Melissa Leo, Sam Rockwell y Robert DeNiro, pero a su vez no tan complicado, pues Jones ya ha incursionado en el cine familiar, sin tanto drama y hasta con polvillo mágico en medio. ''Nanny McPhee: la nana mágica'', esa reiterativa tontería que se justifica con la magia (vaya imaginación), es del mismo sujeto. Hábil y notoria mejoría para un hombre que, seguramente por resignación o por la tragedia de un inadmisible encantamiento, ni se esforzó por perfeccionar nada del irremediable caos al que titularon con el nombre de quien salvaría mágicamente las vidas de ocho niños, uno de ellos de alrededo de 50 años. Buena lógica.
Un hombre viudo tiene más de sesenta años, es abuelo, y vive con una idea de cómo son realmente sus hijos, quienes ya han crecido y han construido sus vidas lejos suyo. Solían frecuentemente reunirse en familia cuando estaba viva la madre de los cuatro hermanos, pero nunca hubo una estrecha ligadura entre el padre y sus cuatro creaciones. Casualmente, el hombre decide ligarse a ellos en el momento más difícil e inoportuno para todos. En el momento en que uno de ellos está en peligro. Y para no generar tristeza en un hombre con problemas cardíacos, el resto de los hermanos decide mentirle. Ninguno de los cuatro puede acudir a la mesa navideña que con tanto entusiasmo ha preparado su padre. Como iniciativa, decide visitar a cada uno de sus hijos, quienes no están demasiado contentos con su visita, quienes ven cómo la presión lentamente va redoblándose, al punto de tornarse insoportable. Y sí, ya cuando la película comienza a tener peso en nuestra tolerancia, alcanza su punto más alto en una escena a miles de pies de altura. Ya ahí dejamos de hallarnos frente a algo común y corriente. Vemos alma, corazón y vida en una historia que por vacía que parezca inicialmente, toma forma. Todo gracias a un actor que sabe lo que hace, y que sin hacer maravillas, conmueve y llega. Eso es lo interesante de la obra. Que tanto él como sus hijos (no todos) logran buena química, haciendo de la típica película sensiblera de reencuentros, algo especial y único. Una experiencia mucho más táctil y profunda, con una de las más inexplicables y originales escenas del año (él, comiendo con sus cuatro hijos pequeños en la mesa donde cada uno propone su verdad).
Hay una inteligente ambigüedad dada por el énfasis que la película hace en dos envolturas. Una de ellas: la del hombre viejo. La otra: la del hombre de familia. El retrato se hace confuso: ¿Familiar o solitario? ¿Optimista o pesimista? ¿Eficaz o ineficaz? Nunca vemos al hombre de familia como alguien viejo, reconocemos su vejez en su soledad, prueba de que -en evidencia- la familia es la responsable de aportarle la juventud y la vida que tanto aprecia. Sin su esposa, aún tiene razones para vivir. Pero las cosas no son como parecen. Toda la vida que sus hijos le plantean para no herirle, siendo además una enorme prueba de amor, es un engaño por temor al hombre viejo que acaba de avejentarlo aún más. Todo parece ser una metáfora del estado de ánimo del hombre de familia, en cercanía o no de la misma. Ya el título, parece decirnos que todo está bien, cuando todos están bien. Y muchas veces, las cosas no están bien.
No todos los hijos consiguen con sus padres una química equivalente. De hecho, la madre (a quien no vemos) es quien les otorga a sus hijos (sin siquiera estar viva) confianza y esperanza, de que todo estará bien. Las que con amor, ellos se encargan de cerrar un círculo maduro y serio, dándoselas a su padre, quien por su soledad y su depresión, las necesita más que nunca. Poco a poco, la inquietud por no saber qué está sucediendo en realidad, la presión de no querer arruinar las cosas y el miedo a que una palabra pueda provocar en un hombre enfermo el último suspiro de su vida, va recreando una atmósfera precisa, con color y sentido. Todo, el conjunto, la historia, la interpretación (que sin felicitar de pie a nadie, no ha estado nada mal) obra para bien en un año donde los retratos de familia se hacen desde el corazón. Puede equivocarse, pero siempre tendrá como respaldo, el dulce sabor del recuerdo, de la recurrente melancolía del espectador, de las memorias de quien desafortunadamente tiene deseos de escaparse de la verdad de lo que física o espiritualmente lo rodea.
Lejos de todo pronóstico, una simpatiquísima película sobre y para familias, de duración precisa, de naturaleza sencilla y de gran corazón. Sobre todas las cosas, nada es falso y todo se impone con el debido respeto, con una humilde grandeza que la destaca entre montones de ejemplos semejantes.
Puntuación: 6/10 (Buena)

Juego de gemelas: trampa viciosa.

The parent trap


Para desgracia de muchos lectores, esta película no me ha gustado nada. Nancy Meyers, una mujer cuyo éxito es por momentos obvio y por momentos indescifrable, adaptó y dirigió una farsa que han seguido millones. Sin, claro, un buen ojo a toda la falta de relleno que tiene esta enorme masa. Protagonizada por Lindsay Lohan, una mujer que ha crecido (de niña santa a lesbiana alcohólica y frecuentemente presa) y que en ese entonces, era una adorable niña; también por Dennis Quaid y Natasha Richardson, dos difuntos en diferentes dimensiones. Quaid aún permanece en el planeta, y peor, haciendo películas. Al elenco se adhieren Elaine Hendrix y Simon Kunz, la pareja de actores que por lejos, se roban todas las escenas.
Aún así, sin un buen guión nadie puede hacer milagros. Más aún, cuando de cuestiones obvias se trata. Dos mujeres idénticas, pueden apenas verse para sentir afinidad por la otra. De hecho, es muy costoso intentar averiguar por qué, pese a la cara de susto/emoción/sorpresa/horror (o lo que fuera), ninguna de las dos se dio cuenta hasta investigar la decimocuarta o decimoquinta cuestión en común. Una fotografía que unida, obviamente, iba a significar algo. Predestinada a todo, esta película es una completa e increíble falsedad de la que me gustaría comentar.
La historia muestra cómo dos niñas, criadas de modo diferente, se conocen en un campamento de ocho semanas, y descubren que son hermanas gemelas. Así, traman un delicioso plan. Intercambiarse los roles (y hacer unos disparates tremendos para que sea creíble) e ir cada una, a Londres o Nueva York, dependiendo de dónde no habían estado. Así, cuando la película nos robó cerca de 40 minutos, vemos cómo una pasa de pelearse a muerte, a aprender de la otra. Y sí, el intercambio se da. El problema de la película, es que el padre de ellas está teniendo un affaire con una publicista mucho más joven y bella que su ex esposa. Las niñas, quieren evitarlo (todo esto sucede ni bien vuelven del campamento... no se crean que el guión les da un respiro. Sería... algo lógico, y este cine no se maneja así) y fuerzan a su padre a la ruptura. El plan: volver a reunirlos en el hotel donde esta pareja planea casarse. Y ahí ya nos venía robando poco más de una hora. La satisfacción: una escena espectacular en el hotel, donde todos los personajes se van cruzando sin saberlo. Y poco más tarde, sigue con la innecesaria extensión de un nuevo campamento para cerrar una película obvia, con aún más obviedad. Con la que merece una comedia familiar de disney. Sin la gracia necesaria para soltar una carcajada.
Lo que sucede con ''Juego de gemelas'', es que es un divertimento poco divertido. Una película que uno vería haciendo zapping, y que probablemente vería más de cincuenta veces. Las necesarias para entenderla o, en su defecto, para seguir adorándola. Son más de dos horas de puro absurdo, con situaciones extremas, actores caricaturezcos y una cara que nos provee de un delirante engaño. Debemos acompañar a todos los intérpretes, en la aventura de ver dos personas iguales, (y/o) creerlo. Así, es cuando nos damos cuenta que aunque quisiésemos, las gemelas son exactamente iguales y no existe la habilidad en Lohan (que jamás en la vida ha hecho algo bien, que recuerde, al menos) de reconocer cada perfil, ya que Hallie y Annie son (o eran) muy diferentes.
Las escenas que apenas nos llenan de luz, son las que realizan Kunz y Hendrix, el mayordomo de los James y la prometida de Parker (Dennis Quaid). Digamos que, entre el empleado sensible y demasiado maricón (necesitaron arrebatar su apariencia con un débil sentido de la atracción con la sirvienta de los Parker) y la rubia sensual y zorra, llenan la pantalla de color. Las escenas son generatrices, con ellos en escena nada se detiene. La película comienza a ganar dinamismo con dos personajes que sostienen, digamos, todas las desesperantes salidas de la historia, que entre más añade, peor cae en su propia trampa. El dicho popular nos indica que cuanto más justifiquemos una mentira, más difícil nos es sostenerla. Traducido a este lenguaje: la creación de una mentira con forma de pulpo, ligada a demasiados pretextos, obra en su propia contra. La mentira es previsiblemente mentira, no hay necesidad de cavar demasiado para hallar las fallas. Todo lo que vemos, nos lleva a un error, a una situación pobre, exagerada o errónea. Por ser superficial y proveerse a sí misma de una grandeza implosiva, en lugar de estudiar la psicología formal de los personajes, hace lo que quiere. Meyers demuestra no tener ni la más pálida idea de lo que dirige, o peor, adapta. Dudo que el error lo haya cometido Erick Kästner, pues en tantas páginas, es muy difícil que no se acentúe el o los pensamientos de las gemelas. Aún así, como obstinada, no baja los brazos. Quien no reconoce su error, por terquedad, orgullo o inexperiencia, puede perder brillo. Puede llevarle flores a ''El descanso'', lo único fuerte que hizo, sobre ''Alguien tiene que ceder''.
Como toda película de Meyers, demasiadas contradicciones en una explosión de falsedad que ''conmueve'' y manipula en masa. Sus escenas con exceso de situaciones en espacios reducidos, pierden cada vez más de ritmo, aunque en ''Juego de gemelas'' alcanzan una cumbre, lejos de la presión de la comedia y disparando sin miedo hacia el costado más dinámicamente poderoso. Inteligente (en su momento). Krasinski, su prometida y sus padres en un hotel, tuvieron una escena igual de inteligente pero con falta de virtuosismo (''Enamorándome de mi ex''). Eso es lo que temo en la carrera de Meyers. Que siga dejando rastros de lo que alguna vez fue un éxito... por pequeño e intrascendente que fuese.
Para los débiles que se arrastran por promesas, abstenerse. Esta película no es recomendable para salud de nadie, mucho menos, para quien sea propietario de ALGO de sentido común.
Puntuación: 3/10 (Mala)