domingo, 17 de octubre de 2010

Une affaire d'amour, de Stéphane Brizé.

Mademoiselle Chambon, o "Une Affaire d'amour" (como llegó a la Argentina) narra la historia de un hombre, albañil casado y con un hijo, que descubre la posibilidad de darse a sí mismo una segunda oportunidad al conocer a la profesora de su hijo, una mujer sustituta que nunca puede asentarse. Las diferencias socioculturales los distancian, pero los sentimientos hacen que la distancia nunca signifique demasiado para ellos. Así, esta relación avanza, gracias a los gestos, las miradas, los pequeños actos. Sin demasiado diálogo, un satisfactorio drama romántico francés con una exquisita música de fondo. Recomendable.

Mademoiselle Chambon.


Trailer subtitulado al español.





Crítica.

Una película que consigue que un objeto tome tanto protagonismo como un actor, cualquiera que éste sea, merece la atención. Nadie nos garantiza su perfección, pero sí la novedad. Una historia de amor tan fría que atraviesa la pantalla desde lo auditivo, como ver una pantalla oscura y oír a lo lejos una agradable sinfonía. Técnicamente. "Une affaire d'amour" es un romance típico de amantes furtivos bajo la vigilia de un esposo o esposa engañada (se me ocurre una palabra chocante pero muy usada en el lenguaje cotidiano argentino), sin demasiado diálogo y (como toda película francesa) con elementos que sirven de puntos medios entre un personaje y otro, o entre un personaje y una idea u objeto abstracto. Además de ser una película romántica (igual que cualquier otra), no deja de lado ni una sola crítica social. Aprovecha absolutamente todas las situaciones habidas y por haber para dar un hachazo a la clase obrera desde su modo de vida y principalmente desde la educación.
Mademoiselle Chambon (éste es el título original en Francia) es el nombre de la amante, una nómade docente encargada de las suplencias. Ella es una mujer fina, delicada, inteligente, poco expresiva pero interesante. Es una mujer que sustituye a la mujer, nadie la ve ni la oye, es un fantasma que camina, errante, por las calles, las galerías, los pasillos. Uno de sus alumnos es hijo de Jean, un albañil intachable (recuerda directamente al personaje de Sergi López en la paupérrima "Partir" de Catherine Corsini) felizmente casado. Su cabeza y su corazón está puesto en su profesión, que será en casi todas las oportunidades el vínculo que logre ligar a los que serán amantes. Tan sólo bastan unas miradas, unas situaciones espontáneas, unos movimientos, para entenderlo todo. El amor va más allá de lo que se dice, es algo mucho más orgánico, más interno, más complejo. En medio de dos vidas planeadas, sus corazones remueven la tierra intentando cambiar los planes, intentando no ser sustitutos de nadie y alcanzar una felicidad como Dios manda.
Es curioso el inicio de la película. Sobre el verde pasto, un matrimonio aparentemente feliz intenta resolver las actividades de su hijo. El objeto directo que nadie recuerda es lo que el niño aprende de Mademoiselle Chambon (mujer culta y conocedora del idioma), y que sus padres intentan descubrir buscando en libros, enciclopedias, fuentes ajenas a su conocimiento. No alcanza a dar, la aguja, una vuelta al reloj y ya se plantea la primera gran diferencia sociocultural entre dos personajes cuyos destinos están, evidentemente, escritos. Luego, habrá otras miles con diferentes explicaciones.
La importancia de la música es clave. Ella esconde un talento: es una excelente violinista. No necesita ocultárselo a nadie ya que ella vive encerrada en su propio mundo. Al comenzar a tocar, los ojos van acumulando humedad y pequeñas lágrimas. La emoción no puede explicarse, es algo extraño que debilita cualquier tipo de fuerza. Otra melodía será protagonista de uno de los momentos más importantes de la película, casi al final, en una fiesta. En medio de unas notas, los ojos hablan (gritan) y narran todo, se descargan y expulsan todos sus secretos al vacío (es el punto más grave de la vida sustituta), el resto es sólo inercia. Ni hablar el final, con una música que acompaña la tensión y eleva la desesperación a una cuarta parte del final de "Cous cous", lo cual no está nada mal (no olvidemos que Cous Cous tiene uno de las más enervantes y grandiosas resoluciones de la historia del cine). Frente a algo conocido, predecible, obvio, la música como lenguaje en una historia de amor dominada por la mirada y el sentimiento, sobre dos cuerpos ajenos al alma que buscan amarse en la oscuridad, en conjunto, envuelven una película novedosa. La magia del descubrimiento del otro (como puede verse en la película "La cámara oscura" o "El encanto del erizo", donde "te miran como nunca antes te han mirado") es un proceso constante que deja algunas grietas en su soberbia composición (como por ejemplo, la innecesaria escena del arreglo de la ventana, donde inicialmente ella se asusta y luego se acostumbra al ruido -y que es además otro de los momentos donde los dos mundos opuestos chocan, impactan) pero que logran algo bueno: movilizar el alma, lo cual no es poco.
Puntuación: 6/10 (Buena)

Wall Street 2: money never sleeps.

Oliver Stone, director de conocidísimos largometrajes como "Las Torres Gemelas", "Nacido el 4 de Julio" y "Alexander", regresa con la secuela de su propio éxito "Wall Street", protagonizada por el ganador del Oscar Michael Douglas. En esta oportunidad, y en un contexto económico actual, se construye una historia de grandes y ambiciosos enfrentamientos, estafas, de modo paralelo a un ritmo de vida más íntimo. Muestra, además de negocios, la vida misma detrás de ellos. Esta tragicomedia no es tan mala como parece. Una opción interesante para un fin de semana y para extremos fanáticos de Stone. No es mi caso.

Wall Street 2: money never sleeps.



Trailer subtitulado al español.




Crítica.

Michael Douglas ha compuesto uno de los personajes más cínicos de los años ochenta. Su interpretación en "Wall Street", película que he podido ver minutos antes de ver su secuela, le ha permitido ganar un premio Oscar a finales de década. Un rol memorable que le ha ganado al paso del tiempo y que aún no sólo se recuerda, sino que se concibe como punto de referencia para la construcción de nuevos personajes con aspectos en común. El responsable es Oliver Stone, casualmente uno de los directores que menos me agradan (aunque aclaro, lo considero no menos que un gran profesional, al igual que a David Fincher) y director de "JFK" (además de ser la mejor película de 1991 es la mejor película de su filmografía - sin haber visto "Platoon"). Las ideas se le han acabado a este director, que revive a Gordon Gekko (el personaje de Douglas) y configura en base a personajes conocidos una nueva historia integrada al contexto internacional de hoy en día. El problema es que Gordon Gekko estaba más vivo que nunca en la cabeza de los espectadores, y el resultado no ha sido la resurrección inmediata de un villano, sino su fin. Todo lo que Stone ha logrado hace 23 años con quien se ha convertido en uno de las leyendas más importantes de los últimos tiempos, lo ha deshecho en (cuidado) una interesante propuesta, que es algo menos que una buena película, pero que indudablemente supera su categoría como cineasta.
Gordon Gekko finalmente sale de la cárcel. De este modo se abren las puertas de un nuevo juego de billetes, transacciones y estafas. Inicialmente ignoramos cuánto tiempo ha transcurrido, pero lo notamos algo más viejo. Bastante mayor. La devolución de sus objetos personales da un inicio que muestra frente a qué tipo de película estamos sentados: un teléfono móvil gigante que nos muestra cuán rápido ha avanzado la industria tecnológica, cómo un mundo capitalista ha caminado sin que Gekko de cuenta de ello, y así, nos hacemos a la idea de que "Wall Street: el dinero nunca duerme" es de esas películas que hacen abuso de objetos, que van a ser específicamente pensados (sí, cada uno de ellos) para que los responsables puedan considerarse inteligentes. En las dos horas que restan vamos afirmando con mayor certeza dicha hipótesis, cada vez más clara para nosotros.
Este hombre tiene una hija con la que no interactúa. La joven no es nada más ni nada menos que Carey Mulligan, la premiada muchacha de "Enseñanza de vida", que junto a Frank Langella, resumen los únicos logros en un elenco bastante irregular. Nada quiere ella de su padre, ni siquiera una mirada, ni dinero (lo más increíble de la película); sí quiere la paz y la tranquilidad, además de querer casarse con el hombre de su vida (Shia LaBeouf), un individuo prometedor que poco a poco va convirtiéndose más en la imagen de su suegro. El implacable Gekko, que pretende volver a relacionarse con su hija, traza un sencillo plan a través de su yerno, a quien conducirá hacia nuevos caminos a cambio de la restauración de su familia. Estos caminos están inmersos en la niebla de una crisis económica (cuya certeza se ignora) y todas las pequeñas crisis que se van generando a partir de la falsa difusión de información. Una de éstas hace que el personaje de Langella, protagonista absoluto de los primeros cuarenta minutos, tome una decisión que hará vibrar el suelo que pisa principalmente el yerno de Gekko. Sus deseos de venganza (estimulados por un enigmático ideólogo como Douglas) lo conectarán con un extraño personaje (encarnado por Josh Brolin, el nominado al Oscar por su gran personificación de Dan White en "Milk" de Gus Van Sant) a quien supone no sólo el responsable de una falsa alarma, sino también un discreto ladrón.
En un desfile de negocios, números, ideales, proyectos, conexiones, transacciones, operaciones, crisis, escándalos, suicidios, extorsiones, trueques, en medio de todo ésto se edifica una historia de cierto carácter humano a través del arrepentimiento de un hombre que busca volver al pasado. Mejor dicho, antes del pasado. Es acá donde Gekko se ve tan inexplicablemente ridículo, donde carece de todo el poder y la presencia perturbadora de su precuela, esas apariciones que de alguna manera han embobado a muchos fanáticos. Me pregunto si su salud tiene algo que ver.
"Wall Street: el dinero nunca duerme" es una mordaz tragicomedia del estilo Moore (para mencionar una, "Capitalismo: una historia de amor") sin el espíritu psicológico ni devastador de su ácido discurso. Constantemente realiza un balance entre la gracia y la crisis, sin trasladarse a los extremos: ni es demasiado drástica, ni demasiado fresca. Quien prefiera asociarla a un género determinado, es una comedia dramática con aires de grandeza, un gran potencial por momentos desaprovechado y sin lugar a dudas comercial. Por fortuna hay un par de actores a los que se los puede aplaudir hasta de pie, la historia tiene muchas ocurrencias inteligentes (menos el final) y no aburre. Por suerte.
Puntuación: 5/10 (Floja)