viernes, 22 de julio de 2011

Medianoche en París.

Midnight in Paris.

Trailer subtitulado al español.

Crítica.

Si no conociera a Woody Allen, diría que por su edad, más que cineasta, se volvió un gran turista. Sus últimas obras fueron un reconocimiento a la belleza europea, tanto gracias a su trilogía criminal londinense como a su triángulo amoroso español, o ahora, a su tributo parisino. Pero todos los cinéfilos conocemos muy bien a Woody Allen, y sabemos que detrás de esos grandes escenarios, de esos grandes misterios arquitectónicos, se ocultan algunas de las maravillas más sensibles. Uno de estos ejemplos es “Medianoche en París”, la más reciente película de este director: imposible de describir en pocas palabras, pero ejemplo clave para disfrutar en pocos minutos. Es que, a diferencia de sus últimas películas (excluyendo “Match Point” y “Que la cosa funcione” por ser buenas), la esencia de lo que se quiere transmitir es mucho más fuerte de lo que puede mostrar una torre o una edificación. Acá, ningún puente, ningún cuadro, ninguna gota de lluvia, parece opacar el sentido en que esta tragicomedia es encarada desde un principio.

“Medianoche en París”, con unos protagónicos nefastos y unos secunarios de lujo (a su criterio cuáles son cuáles: Owen Wilson, Rachel McAdams, Michael Sheen, Alison Pill, Corey Stoll –que se devora la película-, Tom Hiddleston, Marion Cotillard, Kathy Bates y Adrien Brody), narra las vacaciones de una pareja desencantada, o más bien la dulce estadía de un hombre bohemio y nostálgico: como relata en el libro que está escribiendo con mucha dedicación, aunque nunca se precisa si con talento o no, él desea vivir en la ciudad de 1920, la cuna de los artistas de la Generación Perdida y otros tantos. Pero en esa segunda dimensión, se enamora de otra mujer, viéndose envuelto en un triángulo amoroso (momentáneo) en medio de dos planos temporales distintos. Pero estos personajes, tristes y disconformes como uno usualmente, comparten un sentimiento en común: el deseo de estar en otro lugar.

Woody Allen resume su trabajo, que es espeso y brillante en algunos momentos, y tan opaco como decepcionante en otros, bajo esa premisa: la vida está basada en individuos que pretenden huir de la tierra que pisan para ir hacia lo que el presente dice que ha sido mejor, ignorando que el presente puede ser lo mejor del mundo, y demasiado pronto para juzgarlo. Así, una extensa cadena (que inclusive llega hasta lo ridículo con la aparición y resolución del personaje construido por Gad Elmaleh, protagonista de “La gran fiesta de Coco”) va dando forma a una fantasía, a una ilusión en varias dimensiones, que comienza el mismísimo Allen plasmando en un guión, representada en el personaje protagónico, luego en Marion Cotillard, luego en los que aman el Renacimiento, y que poco a poco se va convirtiendo de cadena en red: sino, prestar particular atención a un personaje tan silencioso como el último que aparece en la película, aquél que más allá de representar la fantasía de lo que el personaje de Wilson escribe, representa en realidad lo que el Gran Maestro Allen quiere de verdad con su guión.

El resultado de la película es satisfactorio, y como espectáculo es recomendable. Quizá no sea tan cómica como “Annie Hall”, ni tan seria como “Match Point”, pero es una mirada inesperada aunque encantadora de un innovador. Los diálogos no pierden esa chispa que palabra a palabra hace sonreir desde hace décadas. Quizá, por tratarse de París, uno espera que una película dedicada a la ciudad explote aún más su belleza (cosa que muy bien hace “Enseñanza de Vida” en cuestión de minutos, siendo británica), pero explota desde otros lugares. Pues más que ser una referencia a la ciudad del amor, es una “referencia de referencias artísticas”, caricaturas que cobran vida y logran imponerse, causar un cosquilleo más allá de la tumba. Ésas innumerables menciones a todos aquellos artistas, las ocurrencias que los unen (entre otras tantas cosas que no menciono para no aburrir), son las que justifican no sólo la genialidad de un director y guionista, sino también la genialidad de un actor al que debe vérselo urgente delante de cámara antes de que alguien tan desagradable como Owen Wilson destruya, en su representación, una elegante historia de amor.

Puntuación: 7/10 (Notable)

El milagro de Noel.

Noel.

Crítica.

Si hay una película que reúna todas las coincidencias posibles en las vísperas de Navidad, que reúna todas las cosas humanamente imposibles y sobrenaturales con el fin de encantar a algunos e irritar a otros, es ésta. Porque, en líneas generales, no es más que una película para sentirse bien: para conmoverse, para creer en el cambio, para encontrar el lugar que nos corresponde en el mundo y, sobre todas las cosas, para hacernos creer que existen cosas que en otra ocasión no creeríamos que existen. Dirigida por Chazz Palminteri, y con Susan Sarandon, Penélope Cruz, Alan Arkin, Robin Williams y Paul Walker conformando el elenco, “El milagro de Noel” es un drama romántico sobre espíritus errantes que buscan el impulso para vivir una vida de paz y amor, y sobre aquellas colisiones que nunca se olvidan.

En sus orígenes, parece ser la narración de cinco historias diferentes, pero dispuestas (como toda película estadounidense) a cruzarse. Por un lado, una mujer (Sarandon) no sabe dónde pasar la Navidad: su único lugar, su único vínculo emocional está al lado de su madre, enferma, que ignora su presencia, hasta que conoce a un hombre muy especial (Robin Williams); por el otro, Paul Walker, un hombre celoso a punto de casarse con una mujer con pocas chances de quedar embarazada (Penélope Cruz), que recibe la inesperada visita de otro hombre (Alan Arkin), quien dice que en él reside el alma de su esposa muerta. Además, se suma un hombre de pasado trágico que quiere pasar la Navidad en un hospital, ya que su mejor Navidad ha sido la de sus 14 años, estando internado. Así, en tiempos de magia, la naturaleza misma parece hablar por y para ellos, creando una película desde las casualidades y las causalidades, desde el impacto que genera que una persona se cruce a la que ha estado buscando toda su vida.

Particularmente, no me gustó nada. No sólo porque fuera fantasiosa, sino por no generar en mí la pasión propia de un buen producto, con personajes encantadores (acá apenas se luce un Alan Arkin bastante secundario), con momentos altamente emotivos y con un correcto manejo del tiempo. Acá, cinco historias que arrancan de cero, en noventa minutos, se hacen aburridas. Y ése es un problema enorme, considerando que el objetivo de la película es llegar a algún hueco del corazón del espectador. Simplemente decepciona: es mucho menos de lo que puede esperarse de un producto con la magia y el espíritu navideño (que aprovecha poco), demasiado rebuscado, insípido y finalmente olvidable.

Puntuación: 4/10 (Regular)