miércoles, 31 de agosto de 2011

Secretos y mentiras.

Secrets and Lies.

Crítica.

Obra maestra. Cuando hay una película sobresaliente, hay que aprovechar esa primera oración, con todo su impacto visual, para anunciarlo. Y Mike Leigh, que en su gran trayectoria ha entregado productos notables, es responsable de una de las mejores películas de la década del 90, que no es otra que la famosísima “Secretos y Mentiras”, Palma de Oro en el Festival de Cannes – año 1996. Apelando al costumbrismo británico, recurso predominante en su obra, y en menor medida a “reojo social”, habla de un tema tan común como la dinámica familiar, pero estructurando la idea desde una familia que lo es todo, menos unida. Además, este director y guionista se encarna en el cuerpo de más de un personaje, dando gritos nerviosos que pueden servir de moraleja, de comparación o de contemplación de la –siempre muy agradable- desgracia ajena. Y uno de esos personajes es el que tan bien interpreta Timothy Spall, un hombre que intenta ponerle una sonrisa al mundo, aunque el mundo no quiera sonreír (instrumento que vuelve a utilizarse en “La felicidad trae suerte”, con una Sally Hawkins que ríe y sonríe más de lo que puede); y es él el que parece llevar consigo, como una carga, la desunión general. Es el personaje más humano, simpático y agradable, por quien podemos llegar a sentir angustia o compasión, aunque a veces también admiración. Y da un grito que refleja lo que se quiere transmitir. Un grito que funciona como una olla a presión, que conmueve. Un grito que es producto del dolor, un dolor incomprendido por seres individuales e individualistas. Así, como “En el dormitorio” (con Tom Wilkinson), hay cosas que el corazón del hombre no puede contener, que necesita manifestar casi con urgencia, con enorme necesidad.

Además, como en todos los trabajos de este artista, el funcionamiento del elenco conlleva a mayores sorpresas de las esperadas: un dúo protagónico conformado por Marianne Jean-Baptiste y Brenda Blethyn, que es de los mejores que se hayan visto en la gran pantalla. Porque pocas veces un drama tan terrible puede sacar tantas carcajadas, y eso se debe en gran parte a la naturalidad con la que estas dos actrices se expresan, con personajes que bastante tienen que decir. Dos personajes atípicos, que no caen en el pozo ciego del odio, producto del abandono, y que complementa el deseo de búsqueda de un origen con el amor y la comprensión a las acciones de alguien que ha dejado de ser quien alguna vez ha sido. El resto del elenco, brillante. Ver a Lesley Manville, actriz que brilla en uno de los próximos estrenos platenses (“Un año más”, también de Mike Leigh), en un rol comiquísimo, ligero y egocéntrico, y ver a tantos actores trabajando de verdad, es todo un placer. Además, ver a actores danzar con una música interesante y con bastante ensayo, difícilmente acabe en un mal espectáculo. Y aunque las cosas salgan mal, está la gracia que tanto caracteriza al cine británico. Esa alegría que muchas veces exudan estos dramas cotidianos, y que imponen amor, respeto y admiración: a personajes con los que no es difícil identificarse, a un guión que es tremendo, a un director que es todo un profesional.

Desde lo personal, no puedo hacer otra cosa que recomendarla. Porque joyas de esta grandeza no se ven pocas, y con la delicadeza con la que Mike Leigh las trata, menos aún. Una obra sofisticada (¡creo que es difícil separar la palabra “sofisticación” de “británico”), concisa y hermosa. Una jauría de palabras que muerden hasta el hueso, porque no ladran, no prometen ni se van por las ramas. Por la precisión con la que se trata una temática tan interesante, por las vueltas de tuerca de la historia, por el final, por el cine, debe ser vista.

Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)