martes, 6 de diciembre de 2011

El juego de la fortuna

Moneyball.

Crítica.

“El juego de la fortuna” es la nueva película de Bennett Miller, el director del gran drama biográfico “Capote”. Acá, manteniendo la sangre fría, se enfoca en el metabolismo del deporte, analizando las jugadas, los intercambios; en sí, la dinámica más allá del camino que recorre una pelota de una base a otra. No sólo muestra el camino de un equipo en decadencia hacia el estrellato, si se quiere, sino que relaciona otras variables probablemente más interesantes para la industria cinematográfica. El dinero, y cómo administrarlo para conseguir un equipo promedio. Las probabilidades matemáticas, y cómo usarlas para predecir y obtener buenos resultados. El impulso racional y sentimental, y cómo influyen en el panorama. Con una frialdad monumental, que es lo que mejor le sienta a la película (aunque debo decir que las escenas más conmovedoras, protagonizadas por Brad Pitt y su hija, son muy buenas:¡incluyendo el final!), destripa el baseball y lo convierte en un campo de análisis de todas las mencionadas variables, como las matemáticas, convirtiéndose en un “21: blackjack” en campo de juego.

La película maneja muy bien las situaciones, como una buena comedia dramática. Por un lado, la frustración interna del hombre con muchas capacidades, tanto físicas y psíquicas, que quizá ha tomado el camino equivocado. Por el otro, su obstinado intento por revertir las cosas. De algún modo, la situación del equipo representa su situación como ser humano: a la medida que el equipo crece, él se va nutriendo de nuevas experiencias, de nuevas probabilidades que amplían notablemente su escueto horizonte. Por lo tanto, el juego de la fortuna se convierte en el juego de la vida, y todas las escenas que su protagonista tiene en su automóvil, con virajes bruscos, reflexiones y emociones, aceleraciones, representan el camino de su vida, su rumbo, su destino. He hablado publicaciones atrás sobre “La carretera”, basada en el libro de Cormac McCarthy, y el tema de las decisiones (haciendo también mención a “Sin lugar para los débiles”). Esta película es “el ejemplo anual sobre las libertades del hombre”: suele aparecer alguna por año, y refiere generalmente al sujeto como capaz de tomar decisiones y pudiendo transformar radicalmente la vida que conocen. Brad Pitt apuesta todo, se vuelve frío, matemático, hace cambios bruscos, ofertas insólitas, cálculos y suposiciones, porque lo que realmente pretende es vencer a la moneda. Busca que sea “cara” y no “ceca”.

En todo ese sentido, la película es buena. También lo es cuando el protagonista nos trae, como souvenir, la imagen de George Clooney “haciendo su trabajo” en “Amor sin escalas”. También lo es cuando un sujeto golpea la máquina expendedora en el pasillo del vestuario. Pero también tiene sus desajustes. No dejo de pensar que, aunque un impulso fuera de lo controlable me haga querer santificar el guión de Sorkin y Zaillian (ambos ganadores del Oscar por “Red Social” y “La lista de Schindler”, respectivamente), la película falla en varias ocasiones. En la construcción del personaje interpretado por Jonah Hill, totalmente desaprovechado (una mala parodia de Mark Zuckerberg, o de dos Zuckerberg siameses), o en el vínculo emocional entre la unidad del equipo y el espectador (a diferencia de “Invictus”, que no era tan buena película, “El juego de la fortuna” no produce entusiasmo cuando juegan, ni enojo cuando pierden, ni alegría cuando ganan); sí tiene el talento de experimentar con el rostro de Brad Pitt, capaz de transmitir todo en su lugar. Pero en una película deportiva, por menos deportiva (y original, distinta, revolucionaria, triunfadora) que quiera ser, la emoción del juego debe estar. Acá, es sustituida en parte por la emoción de un hombre, quizá el mismo que recoja el Oscar en unos meses. De cualquier manera, véanla: es una película imperdible.

Puntuación: 7/10 (Notable)