domingo, 18 de diciembre de 2011

We need to talk about Kevin.

We need to talk about Kevin.

Trailer subtitulado al español.

Crítica.

Sobrecogedora tragicomedia (quizá suene duro llamarla así) dirigida por Lynne Ramsay, que indaga en el origen más profundo de nuestra naturaleza humana, así como en el principio de la violencia. Acá, los simbolismos (una habitación plagada de mapas: el rumbo del individuo), las gesticulaciones (que contraponen a los dos personajes principales) y los colores son cuestiones fundamentales y delatores en un trabajo sorprendente, oscuro e hipnótico. Ninguna otra película en lo que va del año me ha dejado tan impresionado, interesado y sorprendido como ésta, quizá se deba a su extraño modo de ser contada, o a estar plagada de recursos estilísticos que intensifican la hipnosis, aunque estoy seguro que todo el trabajo lo hacen una idea fantástica, unos diálogos exquisitamente graciosos, cuando no tristes, y algunos actores de primera interpretando a una madre y a un hijo.

Podríamos compararla con “La Cinta Blanca”, por el profundo estudio que hace sobre la dinámica de la violencia en el mundo, cómo una cosa lleva a la otra, aunque se aferra a algo más psicológico, cómo un infante (solitario, sin experiencias colectivas) absorbe hasta las cosas más insignificantes de la vida y se convierten en un aspecto central de la personalidad adulta de la persona (hay un juego con la metáfora del rostro de los felinos en el excremento, y cómo esto inmediatamente los hace aprender adónde deben hacer sus necesidades; él, el pequeño, es ese gato que usa sus aficiones, sus miedos, su modo de vida, para convertirse en un adulto y asumir responsablemente (o no) las acciones del futuro). También podríamos comparar ese vínculo materno con el de “El primer día del resto de nuestras vidas” o el de “J’ai tué ma mère”, porque detrás de todo el odio expuesto, de los peores deseos, de la personalidad más oscura, hay un amor que nunca puede ocultarse del todo.

Un torrente de originalidad que nunca acaba, con una compleja y extraordinaria interpretación de Tilda Swinton, cuya función en esta película es, como suele serlo, transmitir la nada misma con su particular rostro, desde un inicio que en los primeros momentos confunde, hasta un final bellísimo, en el que subyace la verdadera naturaleza de la maternidad. Todo está muy bien acomodado por el ojo de su directora, que al principio nos arrebata con un clima perturbador (incluso para el espectador), y luego abandona su mirada estilística por una más serena y más peligrosa. Repleta de un humor que va más allá de las vulgaridades (vean la escena de Tilda Swinton abriéndoles la puerta a dos sujetos demasiado curiosos: quedará en el olimpo de las escenas cómicas de esta nueva década), de una extrañísima y por momentos desubicada música, de novedades que nos conmueven por no esperárnoslas, esta película es todo un fenómeno sobre la violencia, sobre nuestro descenso a los infiernos de esta familia, sobre el amor. Una experiencia triste, no apta para cualquiera, quizá imperfecta y por momentos molesta (una escena en la que el muchacho tiene una remera que dice “soy el hermano mayor” y su madre comenta “ahí viene el hermano mayor”, para mencionar algo), pero pese a todo excelente. A este crítico le flechó el corazón.

Puntuación: 9/10 (Excelente)