viernes, 25 de mayo de 2012

Faust.

Faust.

Crítica.

Alexander Sokurov es un innovador en las formas de hacer cine. Sin ir más lejos, ha probado con “El arca rusa” uno de los experimentos más apasionantes de la historia cinematográfica: realizar una complejísima y coordinada obra en una única toma, con perfeccionismo, meticulosidad, estilo. Acá vuelve a la gran pantalla con una adaptación libre de “Fausto”, que culmina su tetralogía sobre el poder (iniciada estupendamente con Moloch hace más de una década), y que mezcla el arte prodigioso de la concentración de imágenes con el vómito verbal al que alude Lindsay Lohan en “Chicas pesadas”, aunque con el rigor filosófico de fondo. Esta revisión del excitante mito está plagada de una energía incontrolable, de una lucidez que se hace presente en todo momento. También está plagada de escenas absorbentes, y en este caso no sólo por el espesor de sus diálogos, sino además por el modo en que está filmada: planos distorsionados que te vuelven parte de la historia. Hay algo en su tonalidad cenicienta, en las construcciones arcaicas tan propias de la época, que nos atraen a la fuerza. La puesta en escena es sobresaliente. Se respira esa antigüedad evocada por una historia que hoy bien podemos llamar eterna, incluso actual, y por supuesto universal.

Desde la primera escena hasta la última, se percibe que Sokurov sueña en grande. Parte con esa tenue y repugnante disección del ser humano para “acceder a su alma”, y sigue durante poco menos de una hora la obsesión del protagonista, el doctor Fausto, por alcanzar el conocimiento absoluto. Luego se centra más en explotar el intenso vínculo entre él y un hombre enigmático, que combina encanto con perversión, que juega con la voz y con el movimiento. Acá es donde alcanza el dinamismo que pierde, gracias a su cargado discurso, durante la hora anterior. Y se vuelve un vaivén entre la comedia y el drama, entre un humor insólito dentro de la seriedad de la propuesta y una íntima y trágica condena. Sokurov logra muchísimo con esta innovadora oferta dentro del cine actual, esa mezcla de poderío visual y hastío generado por su delirante speech mantenido durante más de dos horas. Su mayor logro, además de la cuestión del humor, lograr eternizar el mito en la gran pantalla como ningún otro: en principio, hace que el espectador sienta comodidad al verlo, luego lo hace vibrar en lo romántico, en lo lúgubre, en lo desestructurado. Un ambicioso canto al amor verdadero, a la infelicidad y a la frustrante cotidianeidad a la que los hombres deben enfrentarse. Por eso solo, nada más, el “Fausto” de Sokurov merece una ojeada (y si le dan dos, seguramente les apasione tanto como a mí). El resto es espectáculo puro, y del bueno.

La mejor película, de las que he visto, presentada en el Festival de Venecia en 2011.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)