lunes, 16 de julio de 2012

Paris, Texas.

Paris, Texas.

Trailer en su versión original.

Crítica.

Wim Wenders, el veterano director alemán, ha alcanzado a tocar el cielo con una recordada y muy bella película llamada “Paris, Texas”, una especie de road-movie sobre el reencuentro y la redención que nos hace reconciliar con el cine y con la vida misma. Sí, tema trillado si los hay, pero logra convertirlo en algo bueno, no sé si decir original, pero en algo positivo para el espectador. A meses de que el cineasta haya ganado algunos premios con “Pina”, el documental sobre la coreógrafa Pina Bausch, critico esta película del año 1984 que tiene la capacidad de adaptarse a todas las épocas sin ser algo precisamente “viejo”; al contrario, logra estudiar los vínculos humanos, el sacrificio, la pérdida y el abandono, para crear una obra sensible con pocos personajes unidos por pura necesidad orgánica, sin atarse a un momento determinado de la historia. Cumple con la condición de “eternidad” que, insisto, deben tener todas las películas que se realizan, y que no tienen –creo yo- muchas de los trabajos que otros insisten en llamar obras maestras del cine más “antiguo”.

El argumento es sencillo: un hombre, tras cuatro años de ausencia, planea reincorporarse a la familia de su hijo, actualmente criado por sus tíos. Pero su plan, que consiste en atravesar la desértica frontera e intentar recomponer la relación con el joven de siete años, va más allá: tiene un fin compensatorio, el de devolverle aquello que le ha quitado. Se me ocurren dos enormes películas alemanas de los 80s que transcurren en el desierto centroamericano: una es ésta, y la otra es “Bagdad Café”. Dos trabajos que llenan de luz, pese a la inicial oscuridad de sus personajes. Porque la carta de presentación puede ser algo sombría, pero detrás de todo se esconden espíritus sensibles esperando ser descubiertos por los ojos del otro. Y así, durante casi dos horas y media, la película comienza a florecer. Tras una introducción que puede sonar algo aburrida, pero en el fondo intrigante, cuando el protagonista comienza a expresarse a través de las palabras, es ahí donde empieza también el sentimiento. En ese instante, es donde el espectador interviene en el juego emocional que propone un Wenders en su mejor forma, que va desde la intriga hasta el dolor, desde la compasión hasta el desapego, y principalmente en una hora de monólogos a través de un cristal, que son increíbles.

Parte del logro está dado por las actuaciones de sus dos protagonistas adultos, sin excluir la buena interpretación del niño: no puedo dejar de pensar en el sacrificio del personaje femenino, de todo lo que sugiere, todo el dolor acumulado y toda su impotencia. Si algo que ha marcado de “Paris, Texas” son sus lágrimas, su 5 de Noviembre y su comportamiento en el trabajo. También están los colores, que van marcando un estilo y nos van diciendo cosas, algo frente a lo que es conveniente estar más que atento. Y paralelamente está ese vínculo entre padre e hijo, que en un principio puede parecer algo tonto y artificial, pero que alcanza un nivel muy alto hacia el desenlace. Posiblemente sea uno de los nexos paternales más hermosos del cine moderno. La escena final cierra correctamente un drama prolijo de (auto) descubrimiento con cierta cobardía, aunque seguramente dé una sensación parecida a la satisfacción, al gozo.

Puntuación: 7/10 (Notable)

2 comentarios:

Arion dijo...

Me falta ver esta de Wenders. Habrá que buscarla en DVD.

¿Y no crees que has sido un poquito duro con The Truman Show?

Saludos.

Gabriel Jiménez Eman dijo...

Hola rodrigo yo eventualmente escribo. Sobre cine un saludo Cordial desde. Venezuela