viernes, 31 de agosto de 2012

Rain man.

Rain man.

Trailer en su versión original.

Crítica.

No sé cuál ha sido la última película medianamente pasable de Barry Levinson. Creo que es la ganadora del Oscar “Rain Man”, con fecha de estreno hace casi veinticinco años. Y si nos ponemos a analizarla minuciosamente, no es tan buena. Representa el cine de los años 80s, combina algunos de los elementos más comunes de aquella época (la música, el género de las road movies), le añade el componente melodramático de la enfermedad, la idea de “intolerancia que se vuelve tolerancia” con el correr de los minutos, y nada más que merezca mención en este párrafo. Se oye como algo bastante mediocre: se me viene a la mente otra ganadora del Oscar, “Conduciendo a Miss Daisy”, un triunfo – si me permiten- sumamente aberrante para cualquiera que haya apreciado alguna de sus competidoras. “Conduciendo…” tiene un estilo similar: dos personajes que se van queriendo con el tiempo, la vejez como componente emocional, y aunque no es una road movie, hay un “recorrido”, un camino que ellos siguen durante, si no me falla la memoria, cerca de veinticinco años.

Aunque no me convenzan, todas estas particularidades son más que suficientes para ganar premios. Cualquier película que tenga todo esto, tiene serias posibilidades de triunfar en cualquier premiación. Pero “Rain Man” tiene algo más, no mucho más, pero sí algunas cosas que me gratifican bastante como espectador. Veamos: es un drama con tintes humorísticos que narra el viaje que emprenden un sujeto bastante hosco y ambicioso (Cruise) y su hermano, bastante mayor (Hoffman), autista, y “nuevo” (ya que nunca le han dicho de ningún hermano), con quien no logra conectar en un principio. Las intenciones de esta pequeña odisea van cambiando, y la conexión se va haciendo más fuerte. Creo que no hay demasiado que decir sobre dos actores impresionantes como éstos. De Hoffman, que todos los premios que ha ganado por su personificación de Raymond, son merecidos. Su trabajo es fabuloso, creíble, mesurado y acertado. Pero quien más me sorprende es Tom Cruise, cuya actuación celebro, ofreciéndome una performance casi perfecta, descontrolada, cínica, fastidiosa, pero finalmente entrañable. Es que el dúo funciona, y eso permite que “Rain Man” se haga mucho más entretenida de lo que es. Dos horas que nunca decaen, y que de menor a mayor (aclaro: comienza flojeando, y mejora hacia el final) van reparando los errores anteriores. Al final, queda esa sensación de satisfacción, a pesar de todo. Nos olvidamos un poco de que el guión funcione como “folleto de una enfermedad” y recordamos algunas situaciones divertidísimas, tan bien logradas, que sorprenden. No es una gran película, pero esconde una historia de familia (su mayor acierto: la cuestión del rain man, y demás) con cierto encanto, algo conmovedora y muy bien interpretada.

Puntuación: 6/10 (Buena)

domingo, 26 de agosto de 2012

Tiempos violentos.

Pulp Fiction.

Trailer subtitulado al español.

Crítica.

Me reconozco incapaz de ser absolutamente objetivo cuando hablo de Quentin Tarantino. Seguramente debo haberlo dicho innumerables veces, y más a quienes me conocen. Un sujeto brillante con una visión del mundo muy peculiar, que sabe representar en sus espléndidas labores de dirección, y con una perspectiva siempre imaginativa volcada en el sus guiones, rompiendo un poco con todos los moldes y con todas las reglas; sujeto polémico pero que aporta, en lugar de restar. Cineastas controversiales y odiados hay muchísimos, algunos bastante misántropos, otros bastante provocadores. Particularmente, Tarantino se destaca entre ellos por su característico sentido del humor, por su estética pop, por su amor al cine (sumado a todo lo que sabe) y por tener en la edición a la fallecida Sally Menke, que vale oro. Haciendo malabares con el tiempo en la ficción, con personajes que siempre resultan coloridos a los ojos del espectador, y frases que uno irá apuntando en los escondites más remotos de su memoria, triunfa en el Festival de Cannes (año 1994) con “Tiempos violentos”, un thriller de acción, suspenso, drama y comedia, una oferta totalmente revolucionaria dentro de la cinematografía, y la que marcará esa tendencia del cine a retratar, ya no todo lo que emerge de la tierra, sino todo aquello que sucede debajo de ella, o como se dice, en el “bajo mundo”.

Decir que define una década es quedarse corto, o tal vez inexacto. Algo queda claro: define una manera de entender la vida a lo largo del tiempo, y de comprender el cine como arte. Una radiografía en el inicio, sobre personas y pequeños mundos, sobre banqueros y gasolineras (una conversación durante el desayuno en Hawthorne Grill), va transmitiéndonos la idea de que “Tiempos violentos” intenta hacer un análisis de la sociedad en general. Todas las escenas, que como en su cine son largas, habladas e inteligentes, además de impecables, buscan llegar al lado sociológico. Pero la que define el film y resume todas las frases relacionadas con la violencia es la que muestra a un Bruce Willis eligiendo entre un bate de béisbol y una motosierra. Bueno, y todo lo que sigue después: refleja un poco la ética del bajo mundo, como se arregla un mal trato, y cómo la venganza es ese plato tan delicioso cuando se sirve en frío. Quizá no haya un argumento que sintetice dos horas y media del mejor cine que van a ver en mucho tiempo, pero basta ver cómo funciona el mundo contemporáneo para interpretar a “Tiempos violentos” como una fotocopia futurista y visionaria de nuestra realidad actual.

Ponerse meloso con Tarantino es algo ineludible y bastante previsible, dado que es un fanático quien escribe la crítica. Pero este fanático sabe reconocer los errores, incluyendo los suyos, que dicho sea de paso acá no existen. Además de ser extraordinaria y perfecta, de estar escrita y dirigida con la grandeza de quien sabe, esconde algunas de las más pequeñas sutilezas que a nadie deben escapárseles. Creo que uno tiene que ver esta película hasta que sea capaz de registrar todo el intenso trabajo que hay tanto delante como detrás de cámara. Y rara vez no hago hincapié en el talento de los actores, que acá es inmenso. Los diálogos son para exprimirlos, para estudiar el idioma y sacarle provecho al máximo. Y las ironías, sobre todo, que van más allá de acabar adorando a un asesino a sueldo ultracatólico interpretado por un actor en su mejor momento: son las que dominan el mundo de hoy.

Un cuarto y último párrafo, para no aburrir a nadie, pero para no quedarme debiéndole nada a un film que me ha dado todo: las más grandes satisfacciones que el cine te puede ofrecer. Un rato para disfrutar a pleno de esta galería de extravagantes y entrañables sujetos, que son paradójicamente tan ordinarios y corrientes como los que vemos en una calle. Ingeniosa e hilarante en todo sentido de la palabra. El tiempo, esa variable que tan pocos saben usar, abordado con precisión milimétrica. Una banda sonora que acompaña el sentimiento. Y un director más perfeccionista que nunca. ¿Decir que “Tiempos violentos” es la obra suya que más disfruto? No sé, no soy sujeto de comparaciones y listas, y sus obras me gustan todas, para verlas una, y otra, y otra vez. Quizá, a diferencia de otras más recientes (que traducen ya ese distanciamiento del perfeccionismo, esa rebeldía), es la que fundamenta sus exageraciones con una aclaración inicial. Y al igual que todas las que constituyen su filmografía: son trabajos que seguramente nunca resulten anticuados. Casi dos décadas de un hito cinematográfico, y aún es realismo palpable en nuestros días, intensificado gradualmente; y a futuro, seguramente una copia exacta. Eterna obra maestra del Maestro Quentin Tarantino.

Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)

viernes, 24 de agosto de 2012

Apocalypse now.

Apocalypse now [redux]

Crítica.

Acción. Aventuras. Drama. Suspenso. La gran década del 70, en materia cinematográfica, con algunas de las más aclamadas obras de la historia del cine (podemos incluir desde “La naranja mecánica” hasta “Rocky”, que no a todos gustarán, pero que de algún modo influyeron en los años siguientes) concluye con “Apocalipsis Now”, para muchos la obra maestra del director de la trilogía “El Padrino”, el señor Francis Ford Coppola. Digo concluye porque, aunque se han estrenado algunas obras más en las semanas culminantes, ninguna ha salpicado al cine de la manera que lo ha hecho ésta. Seguro muchos coincidiremos en que, aún ese mismo año [1979] se han estrenado trabajos mejores. Pero es un delito hacer oídos sordos a las repercusiones de un título con el que se crece, aunque sea de renombre, y que ojalá todos tengan la posibilidad de ver en algún momento de su vida. Una obra definitiva dentro del género bélico, y que muchos consideramos un modelo a seguir.

Durante más de tres horas (e insisto: estoy reseñando la versión redux), uno se embarca en una apasionante odisea de la mano del Capitán Willard, todo un ícono de aquellos años y de aquel género hoy tan ausente. De pocas palabras, de mirada tibia y un espíritu temerario, comparte expedición con un grupo de característicos jóvenes, con los que irá relacionándose cada vez más. Nunca faltan los chistes entre camaradas para hacer más digerible un relato durísimo, sobre los absurdos de la guerra y sobre el impacto que ésta tiene sobre la conducta de los que viven de y para ella. Y sirven para agilizar un relato que puede sonar, a simple vista, demasiado largo. No digo que no lo sea, pero el director está bastante atento a esas cosas, y siempre da un revés para no aburrir a nadie. La combinación de subgéneros, de situaciones más (o menos) divertidas y la explosión del final, no son casualidad: son estrategias que coronan a un director que se arriesga a jugar con el tiempo.

Quizá lo que más se le reprocha es lo que tarda en arrancar. Invierte muchos minutos en sugerir, en arrojar frases que nos van preparando para lo que se viene. La misión, sumada a algunas oraciones que pronuncia nuestro héroe, van estirando como un chicle la acción, que de todas formas llega, y a mediano plazo. Son necesarios unos cuantos ruidos y unos cuantos helicópteros para absorbernos rápidamente. Hay talento en las escenas más movidas, y en un principio, como espectadores, nos volvemos algo banales: queremos más y más sangre, porque nos encanta. Hay un manejo técnico increíble, y queremos que las próximas casi tres horas giren en torno a eso. Pero con el correr de la cinta, nos encontramos con otras maravillas. Personajes que comienzan a abrir sus pétalos. Algunas situaciones extraordinarias. Un funeral. Y otros personajes que arriban sobre el final para dar un golpe que acaba por dejarnos atónitos. Alguna imagen que sirve como recurso para impresionar, para agrupar todos esos géneros que he nombrado al principio de la crítica en un “género madre” muy popular y bastante bueno aquellos años: el terror, que asumimos durante un clímax final que nos deja extenuados, tristes, pensando, pensando, pensando. Y sí, habrá irregularidades en el principio (al menos para mí), pero qué más da. Es decir, “Apocalipsis Now” tiene un objetivo claro, y lo cumple. Nos deja literalmente pasmados. Asombrados. Impresionados. Horrorizados.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

domingo, 19 de agosto de 2012

After life.

Wandafuru raifu.

Crítica.

No he visto demasiado del cine de Hirokazu Kore-eda, pero me son suficientes unas pocas obras para reconocer su estilo. Un director, en mi opinión, muy capaz de transmitir el clima de los espacios que representa. En sus obras más dramáticas, logra que la atmósfera gane protagonismo casi sobre los personajes (que funcionarán siempre de una mejor manera como unidad que en lo individual) y que sea el elemento que determina si una película suya es una obra maestra del cine oriental o no. La melancolía que destila cada plano es para aplaudir, y en trabajos como “Un día en familia”, es algo que se agradece. Allá, logra insertarnos de lleno en una trama ajena a nosotros, en el día a día de una familia que no conocemos, y poco a poco nos va inundando de placeres exóticos, de una nueva rutina que nos va amoldando, que nos va adaptando a todo tipo de transformaciones. Motivo por el cual, confieso, “After life” puede parecerme la más flojita de sus obras, aunque sea una tragicomedia altamente recomendable por todas las demás virtudes que la conforman. Kore-eda queda debiéndonos ese aire tan propio de la muerte (aunque la desmitifique y la baje a tierra), esa impronta de su cine, y nos regala igualmente pequeños escenarios construidos con una sencillez apabullante, en los que suceden grandes y extraordinarias historias de amor, de locura, de celos y de tristeza.

Debo decir que pese a todo, “After life” me ha sorprendido notablemente. Tiene uno de los argumentos más imposibles de imaginar, en las manos de un director que probablemente sea uno de los mejores que tiene Japón en la actualidad. Milagrosamente, el resultado ha sido exitoso: este gran artista logra, con su ritmo prudente, realizar una de las películas más maduras sobre el tema, atándose a una premisa fantástica, y atreviéndose a ir más allá de lo que todos los cineastas (y no digo artistas, aclaro) se animan a contar. Asoma la cabeza en las sucursales del purgatorio y describe su concepción de la vida después de la muerte, la naturaleza más allá de su naturaleza. Y acaba tejiendo una innovadora pieza, bastante emotiva, sobre los recuerdos, el olvido y el cine. Un nuevo mundo, digamos, ingenioso, nostálgico y arrollador. Girando siempre alrededor de la coherencia, el buen gusto, el humor fino e inofensivo y el arte. Después de todo, lo que este equipo de indecisos lleva a cabo es la tarea del cineasta, pero en las puertas del paraíso. Representar un fragmento de la vida de los hombres y llevarla a la gran pantalla con el fin de forzar al espectador a que se lleve un recuerdo, y se olvide por un tiempo de todo lo demás. Por eso, quizá no importe tanto cómo se hace, si con un avión u otro, sino lo que causa. Y “After life” es la prueba de que se puede hacer cine diferente, arriesgándose, y creando. Luego, habrá fallas en algunos personajes o en lo mencionado anteriormente, pero son mínimas en comparación con lo que deja la experiencia de enfrentarse a semejante trabajo. Sin llegar a lo desgarrador, o sin volar hacia los extremos, compone una sinfonía silenciosa de la muerte con un final sereno y encantador.

Puntuación: 7/10 (Notable)

sábado, 11 de agosto de 2012

Million Dollar Baby.

Million dollar baby.

Trailer en su versión original.

Crítica.

“Million Dollar Baby” es uno de los últimos clásicos del cine. A ciencia cierta, es el último. Y luego hay unos pocos que son objeto de discusión entre los que creen que lo son, y los que no. A diferencia de éstos, no es lo monumental, lo caro, lo ruidoso, lo que convierte a este drama de Clint Eastwood en un clásico reciente, sino todo lo contrario: la simpleza de sus personajes, la humildad que construyen o arrastran en cada caso y el modo en que evolucionan durante dos horas de película, un mes de rodaje o un largo período de aprendizaje en los tiempos de la ficción. Además cuenta con un trío de intérpretes con vasta trayectoria, una Hilary Swank que no mucho tiempo antes había ganado varios premios, incluyendo el Oscar, por su personificación andrógina en “Los muchachos no lloran”, un Clint Eastwood en su mejor forma delante de cámaras, y un Morgan Freeman ofreciendo su Scrap al público como un niño ofrecería a otro en bajas condiciones económicas su juguete más preciado. Son trabajos que nacen del alma y llegan al alma de otro, y que condimentan junto a una musicalización bastante típica en el cine de este gran artista, una película increíble.

Narrando el vínculo que van tejiendo tres personajes con un gimnasio y un ring como telón de fondo, “Million Dollar Baby” hace uso de recursos emotivos bastante vistos, algo que puede criticársele. Que ésta sea una gran película no nos debe hacer olvidar los innumerables clichés que deja entrever este drama deportivo. De hecho, si somos capaces de tener en cuenta el alcance Eastwood sobre todos estos lugares comunes (relación que se ennoblece y engrandece con el tiempo, para nombrar el principal), nos permitirá reconocer la maestría del autor. Logra sorprender y conmover, y quizá nunca sepamos el porqué. Será porque los personajes están tan bien escritos, se desplazan con tanta naturalidad en sus escenarios rutinarios, que difícilmente el cliché oscurezca la luminosidad del realismo humano, de esa verosimilitud que incluso se hace presente en las brillantemente dirigidas escenas de boxeo, donde Swank demuestra que el entrenamiento no ha sido en vano, y donde Eastwood nos recuerda que sus años de trayectoria tampoco.

No sé si ésta es la mejor película de su año, la mejor película de su autor, la mejor película de sus intérpretes o el mejor guión de Paul Haggis. Tampoco me interesa demasiado, pese a apasionarme las estadísticas, las listas y las comparaciones. Porque puedo rebatir una falla con una virtud, y porque soy capaz de emocionarme una y otra vez sin cansarme jamás. “Million Dollar Baby” es sensible hasta cuando ya no puede más, tiene uno de los mejores finales que jamás he podido apreciar, una dirección no apta para claustrofóbicos y escenas antológicas. Si a eso, le sumamos que como drama intimista es una droga para el cinéfilo que les escribe, droga sana vale aclarar, seguramente comprendan por qué a pesar de todo sigo sosteniendo que este gran logro del director es grande en tiempos de escasez, de imaginación y de corazón. Para aquellos que no me comprendan: probablemente tengan razones de sobra.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

jueves, 9 de agosto de 2012

Entre los muros.

Entre les murs.

Trailer subtitulado al inglés.

Crítica.

Después de separar dos categorías, una que alude al sistema educativo y otra que alude a la educación, podemos llegar a convenir que no hay demasiadas películas mejores que “Entre los muros” que analicen tan precisamente la dinámica del sistema educativo (es decir: la primera) y la relación conflictiva entre docentes y alumnos, que traduce asimismo otras confrontaciones sujetas a lo más profundo de la adolescencia, como la rebeldía contra las autoridades y el deseo de un libre albedrío que siempre es peligroso en manos poco responsables o inexpertas. Con el galardón máximo que puede obtenerse en el prestigioso Festival de Cannes (la Palma de Oro en el año 2008, que le ha impedido –por consiguiente- triunfar en la ceremonia de los Oscar), “Entre los muros” es un docudrama que se aleja del cliché y que se enfoca pura y exclusivamente a acercarnos a los focos más interesantes del ciclo lectivo, donde el pluriculturalismo y la discriminación son el pan de cada día, permitiéndonos sacar nuestras propias conclusiones y a realizar nuestras propias lecturas frente a la catarata de innumerables debates que emergen como plantas en la tierra fértil, y que en medio de las lluvias copiosas pueden llegar a generar, contra todo pronóstico meteorológico o intuitivo, frutos imperecederos.

Describir el argumento de esta película es algo complicado. Uno debe limitarse a explicarlo en función de lo que es de raíz: una especie de documental, que como tal, invita a revisar una serie de cuestiones ligadas al campo donde la cámara las investigue. Entre los muros, sí, y junto a adolescentes apáticos y docentes que abusan de la autoridad que un título les concede, pero también entre los muros que cierran nuestro mundo y nos impiden mirar más allá. Es la concentración de las escuelas, pero también nuestra concentración ideológica, nuestra irrevocable necedad. Es por eso que la película se torna mucho más interesante, porque parte de la base de que, como seres humanos, todos somos individuos que se equivocan. Aún aquellos que éticamente no deben hacerlo. Y señala una serie de situaciones donde este tipo de cosas se ve. Donde las preguntas y respuestas ganan en agresividad desde ambas partes, y restan en conocimiento; donde el respeto se destiñe rápidamente y da lugar al descontrol; donde el compañerismo y el cooperativismo ceden a la intolerancia y a la dispersión. Laurent Cantet, un cineasta de primera (encargado de obras como “Recursos humanos” o “Bienvenidas al paraíso”) entrega uno de los mejores trabajos de los últimos tiempos. Una obra acabada, sí señor, perfecta dentro de los límites que el director se entrega a sí mismo, dos horas de cine en estado puro, que no deja indiferente a nadie. Lo peor que puede pasar es que alguien se sienta estafado o aburrido por un ritmo típicamente francés: y es lo peor, porque esquiva la hipnosis de una realidad arrolladora y evita ver de frente lo que pasa día a día al ritmo de un ciclo lectivo que agota, y donde son mayores las pérdidas que las ganancias. Imprescindible.

Puntuación: 9/10 (Excelente)

miércoles, 8 de agosto de 2012

Capote.

Capote.

Trailer en su versión original.

Crítica.

Entre 2005 y 2006, el recuerdo del célebre escritor americano Truman Capote se ha visto removido por el estreno de dos dramas estupendamente dirigidos, apuntando básicamente a la misma historia, y con variaciones mínimas que apenas distancian a una de la otra. Y al margen de que resulten de este díptico algunas comparaciones o paralelismos que influyan en las críticas de una o de otra, cabe aclarar que entre ambas se promueve un estilo fascinante de hacer cine, sostenido ni más ni menos que sobre el nerviosismo arrollador y el espíritu juguetón de directores que manipulan el suspenso como la masa y saben ir más allá de una simple cámara para plantar en los corazones de cada uno de los espectadores una impresión nueva, distinta. Difícil ignorar el encanto que una atmósfera sombría y apabullante como la de “Capote”, del cineasta Bennett Miller (director también de la reciente película sobre béisbol “El juego de la fortuna” (Moneyball, 2011), sabe construir con tanto empeño. Una atmósfera que sirve de canalículo para que circulen innumerables sensaciones a lo largo de dos horas de un estudio minucioso de las costumbres de la sociedad en una época puntual (50/60s), y por qué no, del estudio minucioso que también ha conseguido el escritor en su más famosa obra literaria (o una de las más famosas), “A sangre fría”.

A veces uno siente obligaciones, como ser humano. Son fuerzas que lo aprietan, que lo pellizcan, una conciencia moral que lo presiona a hacer las cosas bien. Hacer las cosas mal es, entre otras cosas, no reconocer en el trabajo de Philip Seymour Hoffman un talento insuperable, o esquivar el hecho de que su labor como Truman sea una de las más impresionantes de la década. Transformación física acompañada de una postura muy exacta y una forma muy interesante de desenvolverse a la hora de hablar y comunicarse. Hoffman logra una imitación que difícilmente genere disconformidad entre los espectadores, algo que sí puede llegar a generar la actuación de Toby Jones en “Infamous” (el “segundo drama sobre Capote”), mucho más radical, más físicamente ajustado y, para muchos, superior. Sea como sea, el tono grisáceo de la dirección de fotografía, la construcción de la época y la interpretación extraordinaria de uno de los mejores actores vivos son tres pilares que contribuyen a que “Capote” sea más de lo que es. ¿Y qué es? Un biográfico correcto, que cumple con las normas del género y que, sin la presencia de algunos rostros que la elevan, no va más allá del mito. Eso sí: el trabajo final resulta apasionante, y más que suficiente para el espectador. Luego, el debate ético queda para la revisión, para toda la reflexión posterior. Y sí, son los que seguramente hagan que como biográfico, como drama, como experiencia cinematográfica o como anécdota, crezcan en función del tiempo.

Puntuación: 7/10 (Notable)