sábado, 11 de agosto de 2012

Million Dollar Baby.

Million dollar baby.

Trailer en su versión original.

Crítica.

“Million Dollar Baby” es uno de los últimos clásicos del cine. A ciencia cierta, es el último. Y luego hay unos pocos que son objeto de discusión entre los que creen que lo son, y los que no. A diferencia de éstos, no es lo monumental, lo caro, lo ruidoso, lo que convierte a este drama de Clint Eastwood en un clásico reciente, sino todo lo contrario: la simpleza de sus personajes, la humildad que construyen o arrastran en cada caso y el modo en que evolucionan durante dos horas de película, un mes de rodaje o un largo período de aprendizaje en los tiempos de la ficción. Además cuenta con un trío de intérpretes con vasta trayectoria, una Hilary Swank que no mucho tiempo antes había ganado varios premios, incluyendo el Oscar, por su personificación andrógina en “Los muchachos no lloran”, un Clint Eastwood en su mejor forma delante de cámaras, y un Morgan Freeman ofreciendo su Scrap al público como un niño ofrecería a otro en bajas condiciones económicas su juguete más preciado. Son trabajos que nacen del alma y llegan al alma de otro, y que condimentan junto a una musicalización bastante típica en el cine de este gran artista, una película increíble.

Narrando el vínculo que van tejiendo tres personajes con un gimnasio y un ring como telón de fondo, “Million Dollar Baby” hace uso de recursos emotivos bastante vistos, algo que puede criticársele. Que ésta sea una gran película no nos debe hacer olvidar los innumerables clichés que deja entrever este drama deportivo. De hecho, si somos capaces de tener en cuenta el alcance Eastwood sobre todos estos lugares comunes (relación que se ennoblece y engrandece con el tiempo, para nombrar el principal), nos permitirá reconocer la maestría del autor. Logra sorprender y conmover, y quizá nunca sepamos el porqué. Será porque los personajes están tan bien escritos, se desplazan con tanta naturalidad en sus escenarios rutinarios, que difícilmente el cliché oscurezca la luminosidad del realismo humano, de esa verosimilitud que incluso se hace presente en las brillantemente dirigidas escenas de boxeo, donde Swank demuestra que el entrenamiento no ha sido en vano, y donde Eastwood nos recuerda que sus años de trayectoria tampoco.

No sé si ésta es la mejor película de su año, la mejor película de su autor, la mejor película de sus intérpretes o el mejor guión de Paul Haggis. Tampoco me interesa demasiado, pese a apasionarme las estadísticas, las listas y las comparaciones. Porque puedo rebatir una falla con una virtud, y porque soy capaz de emocionarme una y otra vez sin cansarme jamás. “Million Dollar Baby” es sensible hasta cuando ya no puede más, tiene uno de los mejores finales que jamás he podido apreciar, una dirección no apta para claustrofóbicos y escenas antológicas. Si a eso, le sumamos que como drama intimista es una droga para el cinéfilo que les escribe, droga sana vale aclarar, seguramente comprendan por qué a pesar de todo sigo sosteniendo que este gran logro del director es grande en tiempos de escasez, de imaginación y de corazón. Para aquellos que no me comprendan: probablemente tengan razones de sobra.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)