miércoles, 3 de octubre de 2012

Léolo.



Léolo.

Crítica.

A veces una película acaba y uno siente ganas de exclamar “¡qué película!”, con un entusiasmo que no comprende hasta que pasa el tiempo, y puede meditar sobre lo que ha visto. “Léolo” te da ganas de gritar unas cuantas cosas más, sensaciones que uno conserva desde el primer minuto, que van desde el enojo y la impotencia hasta la alegría y la tristeza. Por empezar, el niño logra algo majestuoso, genera con el espectador un vínculo casi mágico, de empatía inmediata, de complicidad absoluta. Podemos llegar a codearnos con él cuando lo pescamos in fraganti, con las manos en la masa, porque sabemos que detrás de todo no hay malas intenciones. La curiosidad es algo característico de este peculiar personaje, que lo hace ingresar en la difícil etapa de la adolescencia con un impulso extra, añadiéndole a esto la herencia de las excentricidades de todos y cada uno de los miembros de la familia, burlando los límites trazados entre la cordura y el desequilibrio mental. De ahí, un hermano relativamente normal, que crece con la marca de una experiencia traumática vivida en la niñez, y que lo conduce a fortalecerse frente al mundo volviéndose fisicoculturista, o una hermana con inclinaciones a la depresión y al abandono de su propia persona.
Podemos sintetizar que Léolo no tiene una vida fácil, que debe lidiar con muchas cosas. Pero lo que más lo afecta es el tema del amor. Ese rayo de luminosidad y pureza que lo sumerge en algunas de las fantasías más divertidas, y que vuelven este cuento realista en algo inocente y mágico. Hay un claro contraste entre el realismo de su situación (el modo de vida, la economía familiar) y el lirismo que brota de su imaginación (poesía que escribe y que lo acompaña en su viaje por la preadolescencia), que vuelven a esta gran obra de Jean-Claude Lauzon en una pieza barroca contemporánea, donde se rinde tributo a lo deformado, y casi a lo desagradable (en esa época también se estrena “Delicatessen”, de Marc Caro y Jean Pierre Jeunet, de características similares). Lo que no podemos negar, es que pese a las lóbregas imágenes que nos ofrece esta poderosa historia de la infancia (la sucesora de “Amarcord”, la antecesora de “Donde viven los monstruos”), está repleta de luz. El director juega con el estilo, y entrega una mirada dura de la vida, aunque en cierto modo esperanzadora: todo, porque nos sugiere que no hay mejor escondite sobre la tierra que la imaginación humana, esa en la que los hombres se pueden refugiar a través del arte, quizá sin intención de que otros hombres sepan de ellos, pero sí con la expectativa de poder expresar cosas tan profundas. Como el amor.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)

3 comentarios:

Emilio Luna dijo...

Es una de mis películas preferidas. Profunda, detallista y con mucho corazón. Gracias por recordarla Rodri.

Un abrazo

Olvin Otero dijo...

Esta cinta tiene un espacio especial en mi "top". Una cinta sincera y reflexiva. Su banda sonora la escucho a diario.

Saludos Rodrigo.!

Vielka Palomeque dijo...

Una cinta maravillosa, todo una obra de arte del cine, el final inesperado y fuerte, pero fascinante.