miércoles, 21 de noviembre de 2012

El laberinto del fauno.


            Análisis de EL LABERINTO DEL FAUNO.




Ficha.


Director: Guillermo del Toro.
Reparto: Sergi López, Ivana Baquero, Maribel Verdú, Doug Jones, Ariadna Gil.
Género: Drama fantástico.
Origen: España, México.
Idioma: Español.
Duración: 118 minutos.
Premios: Ganadora de tres Oscar (maquillaje, fotografía, dirección artística); tres BAFTA (película extranjera, vestuario, maquillaje), siete Goya (guión original, actriz revelación, edición, sonido, maquillaje, fotografía y efectos especiales), entre otros.
Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)





Introducción.

El complejo de las leyendas y las realidades adquiere su máxima expresión en El laberinto del fauno, la película ganadora de 3 Premios Oscar. Una obra que analizaré detalladamente a continuación desde mi modesta interpretación. Una breve aclaración para quien se atreva a leer las líneas que siguen: contiene ALGUNOS SPOILERS y DATOS DE ALTÍSIMA RELEVANCIA, por lo que recomiendo abstenerse a aquellos que todavía no se hayan cruzado en el camino de esta maravillosa pieza.


El laberinto del fauno, Guillermo del Toro.

            España, 1944. Nos adentramos a la lucha de un grupo de oficiales de la línea franquista contra un importante número de rebeldes ocultos en el monte, bien cerca de la residencia de Vidal, nuestro protagonista, un despiadado Sergi López en el mejor momento de su carrera. Vale aclarar, ante todo, que El laberinto del fauno no es una película de guerra, en la medida que el espectador no la interprete como tal. Dado que abre múltiples caminos y múltiples lecturas, es difícil pensar en ella como un simple drama de guerra, aunque en cierto modo lo sea, pero en la superficie, en la corteza.
            La complejidad de esta obra, plagada de simbolismos y de seres mitológicos, se hace evidente en momentos donde la realidad y la fantasía colisionan. Momentos mágicos, pese a la oscuridad de la cuestión, como la hemorragia que sufre uno de los personajes, predicha por un libro en blanco, son los que nos obligan a acercar el ojo, y a mirar más minuciosamente lo que la pantalla nos ofrece. Una galería siniestra de seres repugnantes, entre los que sí existe un nivel de comparación, por qué no: hacer un paralelismo entre alguien inhumano como quien dormita en el banquete y el Coronel Vidal puede resultar ridículo, pero está claro que son dos seres sin alma, que actúan como predadores de forma instintiva, bestial. Y ahí es donde nuestro director, el gran Del Toro, alcanza un inimaginable nivel dentro de la cinematografía hispana: más allá de si es estéticamente apabullante (que lo es: se trata de una de las mejores recreaciones artísticas de la historia del cine, donde cada uno de los elementos constitutivos está ensamblado a la perfección, y permiten que el impacto de lo que se ve y lo que se oye sea todavía mejor). es impresionante el talento que muestra para conectar dos planos tan distintos, como la realidad y la fantasía, durante dos horas de película. No usa recursos como vaivenes narrativos ni planos alternados, sino que los funde, y hace que uno sea parte del otro. En la magia puede existir una cuota de realismo. En la realidad puede existir una cuota de magia.
            Me permito cerrar esta breve crítica introductoria, antes de meterme de lleno en el análisis del discurso y del final, marcando precisamente esto: que aparezca un fauno no significa que vaya a tratarse de una idiotez, o que sea apta para todo público. Estamos frente a una obra muy madura y muy dura, no apta para cualquiera, menos para impresionables, donde hay que abrir la cabeza y permitirse esa dosis de fantasía, de magia, tan perdida en nuestros tiempos. Si somos capaces de mirar bien en nuestro alrededor, pueden esconderse rastros del paso de seres de otros mundos. O no. Pero la cuestión no es, en definitiva, si vemos o no vemos: sino, si estamos dispuestos a ver. ¿Te animarías a ver El laberinto del fauno? Una obra impresionante, prolija y fuerte, una experiencia que para cualquier amante del cine, ya sea como espectáculo o no, será reconfortante.


Lo fantástico en el film.

            Ella es Ofelia, pero también es la princesa Moana, del reino subterráneo. Su padre, el Rey, la está esperando. Sin embargo, ella está perdida en el mundo de los mortales, con serios riesgos de contagiarse los pecados de los hombres y pervertirse. Su padre ha abierto múltiples portales, y en el centro del laberinto del fauno se halla el último. Cuando el destino cruza a Ofelia/Moana con el Fauno, éste le dice que habrá de superar tres pruebas, para probar que su sangre sigue siendo noble e inocente. Tres pruebas que probarán, valga la redundancia, su coraje, su entrega, su sacrificio, pero también su obediencia y su calidad como futura gobernante. Así, lo mágico asoma: tizas que dibujan puertas que se abren, hombres con ojos en las manos, hadas que se transforman y aconsejan, y todo un universo de criaturas maravillosas. Contrapuesto con, por supuesto, su estadía en la residencia de Vidal: un hombre sin escrúpulos, quien se ha casado con su madre, embarazada. A él, obsesionado con que su hijo lleve su nombre y siga la línea de su padre (ser un soldado defendiendo los intereses políticos del franquismo), poco le importa lo que le suceda a su esposa o a su “nueva hija”, Ofelia: sí le interesa, y esto será clave, lo que constituyen subtramas dentro de la obra, pues estará atento a cualquier tipo de traición por parte de sus hombres.
            Las tres pruebas suceden al ritmo de las sesiones de tortura, de los problemas durante el embarazo, de las traiciones. ¿Será Ofelia capaz de obedecer al fauno, esta extraña y excéntrica criatura, y al mandato divino? Esta es la respuesta que sirve como eje de la obra. En segunda instancia, está el interrogante de si Vidal será capaz de contener los levantamientos del ejército oculto en los montes, cada vez más estratégicos y efectivos, frente a su debilitamiento progresivo. Pero, no puedo dejar de insistir, en que sigue siendo una cuestión secundaria, que sirve para contextualizar y contrastar con lo verdaderamente importante.


Tres caminos para no perderse en el laberinto.

            Como toda construcción de grandes muros de piedra, impenetrables y sombríos, es muy fácil perderse. Y tanto Ofelia como uno, en su rol de espectador, debe enfrentarse a la incertidumbre, a los puntos de inflexión, donde debe definir qué ruta tomar para llegar al portal. Por ello, propongo tres caminos para no perderse en el laberinto, que no necesariamente son los únicos, y suponen posibles explicaciones del discurso que quiere transmitirse a través de esta compleja atracción arquitectónica.
            La primera, es una lectura realista: estamos en medio de un conflicto armado violento, una batalla que deja varios muertos por día, y que se torna insostenible. En este marco llega Ofelia, una muchacha soñadora, que lleva libros de hadas a un lugar donde las hadas parecen estar lejos de existir. La realidad es, pues, abrumadora: su madre no puede sostenerse en pie, los bombardeos van sucediéndose como compases, Vidal la trata mal, cuando no la ignora. Y bien, como toda muchacha imaginativa a la que le gusta la lectura, puede crearse un mundo alternativo, para escaparse de la crueldad que reina en su vida. Para no sufrir, inventa un universo paralelo, mágico, que sólo ella puede ver, pues es una ilusión, un refugio.
            La segunda, es una lectura metafórica: la obra es toda una construcción que pone de manifiesto el absurdo de los acontecimientos, donde se compara la inverosimilitud del mundo subterráneo y de todos sus personajes con lo increíble de la guerra: uno a veces no puede creer que cosas así sucedan, pero suceden. En un siglo caracterizado por la sucesión casi ininterrumpida de conflictos bélicos, El laberinto del fauno es, en un sentido lírico, una construcción que critica a la guerra. También puede ser, siguiendo la corriente metafórica, una alegoría de la madurez: caminos enredados y sin salida que se recorren para dejar atrás la preadolescencia y asomarse a un mundo distinto, “bajado a tierra”.
            La tercera, es una lectura fantástica: pese a los cuestionamientos que nos podemos hacer, intentamos creer en todo lo que vemos. Entonces, el fauno, las hadas y el mundo subterráneo existen. La clave está en esa frase inicial, que surge espontáneamente del primer encuentro entre Ofelia y el Fauno: ella debe probar si su sangre conserva la pureza. ¿Es capaz de no contagiarse de la guerra y de la maldad, cuando la experimenta tan de cerca? En la segunda prueba desobedece, pero está arrepentida, y sigue adelante. Finalmente, se enfrenta al dilema de asentir con fines egoístas (acceder al ostentoso reino) y sacrificarse (o mejor dicho, sacrificar, en cierto modo, a su hermano) o negarse. Ella se niega, probando que no es una muchacha egoísta, y que valora a la familia ante todo. Pese a su muerte, el portal se abre, pues aunque sólo puede abrirse con sangre inocente, la suya (la de Ofelia) comienza a caer sobre él: y se produce la transición, donde en este nuevo universo lleno de colores, ella se reencuentra con todos los muertos que ha dejado atrás. Ha muerto, pero la nobleza de su ser, no influenciada por la crueldad de alguien como Vidal, ha abierto su camino en el más allá, bajo la tierra, en el hogar de la princesa Moana.
            Bella es la reflexión final. ¿Uno es capaz de ver la magia a su alrededor? El director reflexiona sobre el valor de la inocencia, haciendo una distinción entre quienes son capaces de “mirar” y los que no. Llama al ser mágico que todos guardamos en el interior, para dejar de lado al egoísta, al malicioso, al pecaminoso, y comenzar a purificarnos. Un interesante pensamiento que cierra una de las mejores películas del género en toda la historia del cine. Una obra monumental para ver, y volver a ver, y volver a ver… 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Ted.



Crítica.

“Ted” [S. Macfarlane – 2012]

Cuenta la leyenda que un día, Mark Wahlberg y Mila Kunis, dos intérpretes que antes que buenos son bastante atractivos (el resto, es enteramente discutible), se unieron con el creador de “Padre de familia”, uno de los mejores productos animados de la televisión internacional, y a un oso que vivía drogándose y viviendo los placeres de la vida. Este osito, producto del deseo navideño de un solitario niño, hablaba como Brian y Quagmire juntos, era toda una celebridad y, a diferencia de Woody y Buzz Lightyear, no debía esconderse ante la presencia de los humanos: en medio de esta ilusión, naturalizado estaba que un oso hablase, se volviese famoso, y visitase estudios televisivos similares al de Ellen Degeneres. Quien no podía soportarlo era ella, Kunis, un poco harta de la inmadurez de este dúo dinámico, cervecero hasta la muerte, bastante haragán, poco productivo, pero por siempre amoroso. Y sumado a esto, un hombre que estaba dispuesto a todo por complacer a su hijo, le hizo una oferta irresistible al propietario de Ted, el oso: comprarlo. ¿Cómo se vende a un amigo, por más peludo y desubicado que sea? Comedia ácida, sin límites, con el humor más vulgar y exagerado que una película para adolescentes puede permitirse.
“Ted” llega a la cartelera con el empuje de toda película taquillera. La filosofía de estas películas exceden el eterno dilema de los críticos, de si es o no buena: la calidad se mide en espectadores, porque uno sabe de entrada que no puede esperar demasiado. Producciones como “Actividad paranormal” en su tercera secuela, por ejemplo, ya no buscan ganar premios ni elogios de la crítica, y posiblemente nunca lo hayan hecho; por el contrario, se conforman con ser las ofertas que las masas y los grupos adolescentes escogen a la hora de organizar una salida a un cine, algo cada vez más difícil en estos tiempos. Pero como administrador de un sitio web de críticas de cine, me embarcaré en la seguramente innecesaria tarea de clasificar a “Ted” por su calidad cinematográfica, por su discurso, por el alcance de su humor, por todo lo que consigue, pues los números hablan por sí solos, y los millones de espectadores que pagan entradas no constituyen ninguna estadística propuesta por el blog.
Me resulta, tratándose de la comedia del año, bastante decepcionante. Tiene un solo momento gracioso más o menos al principio, y dos o tres situaciones hilarantes que surgen de manera esporádica a lo largo de una extensa hora y media. El humor, que en la mencionada serie televisiva te hace llorar de la risa, acá se torna vacuo e irreverente, que es lo menos, pero poco efectivo. Y voy un poco más lejos: el osito no es tan increíble como puede serlo un bebé que habla o un perro que discute con voz adulta y casi más patriarcal que el mismísimo Peter Griffin: inhala sustancias tantas veces que, llegado un punto, se vuelve aburrido. Los secundarios no aportan nada, con la excepción de la novia de Ted, una muchacha de calle en todo sentido, que se lleva las mejores frases y mis aplausos personales. Y toda la promesa de una experiencia comiquísima se reduce a tan poco, que ni la fotografía final causa algo de impacto.
Su discurso me parece, como era de esperarse, políticamente incorrecto. Y eso está bien, porque esquiva (o intenta esquivar) clichés y ofrece el humor negro que no todos los guionistas se atreven a plasmar en sus libretos. El problema viene en la forma. No utiliza casos excepcionales para entretener o robar una carcajada, sino estereotipos de lo más comunes, casi a modo de lista: desde obesos hasta vagos, sin dejar títere con cabeza. En otras palabras, agota todos los recursos a su alcance, que son bastante burdos, y se vuelven insuficientes. Lo que uno espera es, lejos de compararla con otros trabajos, divertirse a cualquier costo. Aun sabiendo que lo hará de la peor forma: riéndose de las desgracias ajenas, como dictan los artículos principales de las sagradas leyes del humor negro americano. Acá, la desilusión al levantar el cuerpo de la butaca es tan grande que, me permito decirlo, me hace odiar a Ted y a su película. Es la “Malas enseñanzas” de este año, versión desmejorada, si aún se puede. Y seguro, la alternativa que todos elegirán.
Puntuación: 3/10 (Mala) 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Caché - escondido.



Crítica.
“Caché - escondido” [“Caché”, M. Haneke – 2005]

No es la primera vez que el director austríaco dos veces ganador de la Palma de Oro en Cannes, Michael Haneke, toma a la Sagrada Familia como punto de partida para sus turbulentos juegos macabros. Ya en “Juegos sádicos”, dos versiones (austríaca y americana) de una misma tragedia, ha expuesto su talento para narrar con su peculiar tranquilidad algún que otro suceso terrible dentro del hogar. La multipremiada obra que muchos llamarán “su obra maestra” (yo me permito nombrarla como una excelente combinación de géneros, donde prima el suspenso, y que no sólo es buena por lo que muestra, sino por todo lo que sugiere en segundo plano), trata sobre una familia burguesa que es asediada por unas amenazas en forma de videocasetes, dentro de un dibujo enrollado y poco gracioso. Pero el tono de estos mensajes se va tornando más y más preocupante, y obliga al protagonista masculino a hallar respuestas en un pasado que, en algún momento de su vida, ha preferido olvidar, esconder.
Quien haya visto al menos tres películas del director, sabrá que no es de los hombres que le pone sal a las comidas para hacerlas más agradables o para complacer al paladar del comensal. Dirige las cosas como son, de la manera más explícita y chocante, reflejando las costumbres de una civilización arruinada, por lo general representada por los sectores de poder, ya sea la burguesía, la iglesia, la nobleza, la aristocracia... Y sí, no es un director que en la forma se esfuerce por retener al público en general: sin uso de música, con muchos silencios, tiene todo para ahuyentar al espectador. Pero ahí radica su atractivo, porque como ver cine es una decisión, uno ya sabe a qué se enfrenta, y puede determinar qué quiere hacer: o bien atreverse a una experiencia seguramente devastadora, o preparar una ensalada. Hay gente para todo, y muchos saben que, cuando se trata de Haneke, no es fácil atreverse.
“Caché – escondido” no es la excepción, y cuenta con muchas de estas características, dotadas de un suspenso desasosegante. La atmósfera es algo admirable, motivo por el cual el austríaco es uno de los mejores directores vivos: no es lo que llamamos normalmente ambiciosa, y aun así logra atraparnos. No hay un solo minuto en el que no nos sintamos desconcertados: ya sea por un inicio en el que nada sucede (bien, esa es la primera visión, la superficial), o por alguna que otra escena atroz. El director de “La cinta blanca” conoce los trucos, conquista una vez más a la crítica internacional, sembrando misterios y evadiendo respuestas, que es lo que usualmente hace. Y también engaña, haciéndonos creer que es en primer lugar una película de terror-suspenso, y no una crítica que ahonda en la psicología de una clase social. “El hombre de al lado”, la película argentina protagonizada por Rafael Spregelburd, condena el egoísmo de las clases media/alta, en la línea de “Caché – escondido”, que por su parte, tiene también ecos de David Lynch con su “Carretera perdida” (argumento similar, aunque bastante menos surrealista) y de Sam Mendes, el estupendo director de “Belleza americana”, que usa las puertas de la casa como grandes e impenetrables murallas que dividen una realidad de la ilusión que se vende “al afuera”: en otras palabras, Cohn/Duprat, Haneke y Mendes juzgan la hipocresía y la falta de transparencia, esa necesidad orgánica de aparentar antes que mostrar. Los rituales de vino tinto y reuniones entre colegas sirven como pantalla para “pintar la ilusión”, para esconder la esencia animal/bestial de nuestros seres.
La pregunta que subyace tras varios visionados es, de todos modos, siempre la misma: ¿qué es lo que está escondido? ¿la amenaza humana o el pasado? ¿el otro o el “yo”? Y por qué no, ¿qué es lo que prioriza el cineasta? En un mundo con reglas que nos obligan a comportarnos de forma contraria a la natural (o intuitivamente, digamos), cada uno tiene sus secretos enterrados, y que en algún momento, tarde o temprano, salen a la luz. ¿Qué tal realista es “Caché – escondido”?, nos preguntamos como curiosos. Y reformulamos: ¿qué tan reales son esos videos que nadie parece enviar? ¿no son, acaso, un mero reflejo de las obsesiones y paranoias, una alegoría de la incontrolable locura que brota desde el inconsciente, desde todo aquello que ha sido forzosamente escondido en la primera infancia? Por todas las preguntas que nos vemos obligados a hacer, o a hacernos, por todas las reflexiones que complementan una sencilla experiencia cinematográfica, por el talento incuestionable de sus dos intérpretes y por todas las sensaciones que atravesamos en dos horas de cine trepidante e intenso como una montaña rusa, “Caché – escondido” es una gran película. Aunque no es motivo suficiente para recomendársela a todo el mundo, por lo expuesto anteriormente.
Puntuación: 9/10 (Excelente)

domingo, 4 de noviembre de 2012

Al otro lado.


Crítica

“Al otro lado” [“Auf der anderen seite”, F. Akin – 2007]

Las fronteras son algo más que límites políticos, son finos trazos que nos separan de otras realidades culturales, sociales e íntimas. Fatih Akin, como siempre, insiste en usar estas fronteras como trasfondo en el que se desarrollan natural y espontáneamente los personajes que inventa. Pero si nos ponemos a revisar rápidamente su filmografía, nos daremos cuenta de que “Al otro lado” supone una innovación: los límites son parte del fondo, pero en algún punto del relato coral, se vuelven protagonistas, sino los únicos que tiene esta obra sobre desencuentros y redención. Cabe aclarar que el hecho de que la línea divisoria entre Alemania y Turquía adquiera una relevancia esencial, hace aún más compleja la trama, por los vaivenes de errantes identidades en busca de algo (libertad, familia, perdones) entre los dos países. El título apunta a la búsqueda, básicamente, pues muchas veces hay que ir más allá, al otro lado. Nos encontramos con seis característicos personajes, cada uno con sus particularidades, excentricidades y arrepentimientos. La muerte funciona como motor no sólo de emociones insospechadas, sino además de distintos acontecimientos en torno a ella. Curiosamente, la muerte impulsa varias búsquedas, varios viajes, y varios desencuentros, entrecruzados constantemente a lo largo de dos intensas y conmovedoras horas.
¿Qué es lo que hace de “Al otro lado” algo especial? Después de todo, para búsquedas desafortunadas tenemos “La odisea de Bijlmer”, ese viaje de dos amantes enamorados que se buscan durante una noche entera y no pueden encontrarse. Es decir que, hasta cierto punto, no se trata de una película demasiado especial, más allá de que sea muy buena o no. Lo que hace de esta obra de Akin una de las mejores de su filmografía es precisamente el logro en relación al tiempo. Primero, a hacer que casi dos horas se pasen volando, algo que no a todos les sale del todo bien; segundo, a no insistir tanto con el momento histórico que está atravesando el país, y sugerirlo en varias oportunidades; tercero y último, a acoplar las dos primeras historias en algunos nudos que las condensan, como dos trazos curvilíneos que se intersectan en momentos determinados, pero no de manera constante o coincidente. Son esos momentos que, dentro del cine, pueden resultar mágicos. La escena donde el profesor alemán habla de Goethe y su concepción de la revolución, mientras una alumna duerme plácidamente, es mágica. Pero no en el momento en que la vemos, sino en el que la volvemos a ver: entendemos las vueltas que le da el director a las narraciones convencionales y presentimos también que en algún momento nos volveremos a cruzar con una escena de similares características, donde la fusión de planos y personajes vuelva a sorprendernos positivamente.
También hay que reconocer lo bien trabajados que están los vínculos entre personajes, porque no sólo están bien construidos individualmente: la red de conexiones entre ellos es muy compleja, trabaja con variaciones de tiempo y espacio, y que nunca confunden tanto como para perderse en el curso de la historia. Quizá podamos desengancharnos en algún instante, pero rápidamente volvemos al ruedo. Es que nunca es excesivamente complicada una obra tan sencilla como la intimidad de una selección escueta de hombres y mujeres que interactúan. La complejidad está en la profundidad emocional y en el método de la narración. Akin realiza un guión muy bueno que da cuenta de todas estas cosas, y que camina gracias a las sugerencias. Por eso, quizá puede esperarse de un hombre que sugiere tan bien, que el final sea un poco más concreto. Puede funcionar para aflorar las emociones del espectador, que ha atravesado la angustiosa búsqueda de la libertad de los personajes, pero también para comprender qué pasa con ellos. Porque claro, tras dos horas de desencuentros, no hay garantías de que el final sea algo feliz. Lo es, sólo porque los hombres tienen buenas intenciones (están dispuestos a rehacer una vida, a resignificarla), pero nunca podemos intuir con certeza que el viento, el agua, la naturaleza o el destino, así como antes, no les juegue a estos seis condenados a la desgracia y a la frustración una mala pasada. Sólo queda el mar, la música, las dedicatorias, la alegría de habernos dejado llevar al otro lado por la bella sinfonía de la vida, y la punzante sensación de hallarnos incompletos, como de una insatisfacción que, por supuesto, no se corresponde con lo que nos pasa durante el resto de este gran drama social.
Puntuación: 7/10 (Notable)