domingo, 4 de noviembre de 2012

Al otro lado.


Crítica

“Al otro lado” [“Auf der anderen seite”, F. Akin – 2007]

Las fronteras son algo más que límites políticos, son finos trazos que nos separan de otras realidades culturales, sociales e íntimas. Fatih Akin, como siempre, insiste en usar estas fronteras como trasfondo en el que se desarrollan natural y espontáneamente los personajes que inventa. Pero si nos ponemos a revisar rápidamente su filmografía, nos daremos cuenta de que “Al otro lado” supone una innovación: los límites son parte del fondo, pero en algún punto del relato coral, se vuelven protagonistas, sino los únicos que tiene esta obra sobre desencuentros y redención. Cabe aclarar que el hecho de que la línea divisoria entre Alemania y Turquía adquiera una relevancia esencial, hace aún más compleja la trama, por los vaivenes de errantes identidades en busca de algo (libertad, familia, perdones) entre los dos países. El título apunta a la búsqueda, básicamente, pues muchas veces hay que ir más allá, al otro lado. Nos encontramos con seis característicos personajes, cada uno con sus particularidades, excentricidades y arrepentimientos. La muerte funciona como motor no sólo de emociones insospechadas, sino además de distintos acontecimientos en torno a ella. Curiosamente, la muerte impulsa varias búsquedas, varios viajes, y varios desencuentros, entrecruzados constantemente a lo largo de dos intensas y conmovedoras horas.
¿Qué es lo que hace de “Al otro lado” algo especial? Después de todo, para búsquedas desafortunadas tenemos “La odisea de Bijlmer”, ese viaje de dos amantes enamorados que se buscan durante una noche entera y no pueden encontrarse. Es decir que, hasta cierto punto, no se trata de una película demasiado especial, más allá de que sea muy buena o no. Lo que hace de esta obra de Akin una de las mejores de su filmografía es precisamente el logro en relación al tiempo. Primero, a hacer que casi dos horas se pasen volando, algo que no a todos les sale del todo bien; segundo, a no insistir tanto con el momento histórico que está atravesando el país, y sugerirlo en varias oportunidades; tercero y último, a acoplar las dos primeras historias en algunos nudos que las condensan, como dos trazos curvilíneos que se intersectan en momentos determinados, pero no de manera constante o coincidente. Son esos momentos que, dentro del cine, pueden resultar mágicos. La escena donde el profesor alemán habla de Goethe y su concepción de la revolución, mientras una alumna duerme plácidamente, es mágica. Pero no en el momento en que la vemos, sino en el que la volvemos a ver: entendemos las vueltas que le da el director a las narraciones convencionales y presentimos también que en algún momento nos volveremos a cruzar con una escena de similares características, donde la fusión de planos y personajes vuelva a sorprendernos positivamente.
También hay que reconocer lo bien trabajados que están los vínculos entre personajes, porque no sólo están bien construidos individualmente: la red de conexiones entre ellos es muy compleja, trabaja con variaciones de tiempo y espacio, y que nunca confunden tanto como para perderse en el curso de la historia. Quizá podamos desengancharnos en algún instante, pero rápidamente volvemos al ruedo. Es que nunca es excesivamente complicada una obra tan sencilla como la intimidad de una selección escueta de hombres y mujeres que interactúan. La complejidad está en la profundidad emocional y en el método de la narración. Akin realiza un guión muy bueno que da cuenta de todas estas cosas, y que camina gracias a las sugerencias. Por eso, quizá puede esperarse de un hombre que sugiere tan bien, que el final sea un poco más concreto. Puede funcionar para aflorar las emociones del espectador, que ha atravesado la angustiosa búsqueda de la libertad de los personajes, pero también para comprender qué pasa con ellos. Porque claro, tras dos horas de desencuentros, no hay garantías de que el final sea algo feliz. Lo es, sólo porque los hombres tienen buenas intenciones (están dispuestos a rehacer una vida, a resignificarla), pero nunca podemos intuir con certeza que el viento, el agua, la naturaleza o el destino, así como antes, no les juegue a estos seis condenados a la desgracia y a la frustración una mala pasada. Sólo queda el mar, la música, las dedicatorias, la alegría de habernos dejado llevar al otro lado por la bella sinfonía de la vida, y la punzante sensación de hallarnos incompletos, como de una insatisfacción que, por supuesto, no se corresponde con lo que nos pasa durante el resto de este gran drama social.
Puntuación: 7/10 (Notable)