domingo, 2 de diciembre de 2012

De rouille et d'os.



Crítica.

“De rouille et d’os” [J. Audiard – 2012]

Jacques Audiard regresa a la gran pantalla con “De rouille et d’os”, un nuevo drama protagonizado por la ganadora del Oscar Marion Cotillard, tras los elogios recibidos por parte de la crítica en respuesta a su obra maestra “Un profeta”. El film, narra dos historias distintas, describe dos planetas que orbitan en diferentes planos, pero que el destino hará colisionar. Él, es un sujeto hosco, un androide, que se debate entre el egoísmo y la paternidad; ella, una domadora de orcas que sufre un brutal accidente. Son dos personalidades opuestas, pero que poco a poco irán fundiéndose en una sola, con el correr del tiempo, y en la medida que ellos encaran la realidad que los atraviesa, y maduran con la experiencia adquirida. Por eso, debo añadir al género mencionado el romanticismo: uno no puede dejar de pensar en que, si debe clasificarla en un género, antepondrá el romance al drama, algo atípico en el cine de un director que siempre ha puesto el ojo en las tragedias íntimas de personajes más bien solitarios, y que rara vez (por no decir nunca) son rozados por la llama ardiente de las relaciones humanas.
Cuando un hombre pisa tan fuerte dentro del cine europeo, como uno de los más grandes creadores de atmósferas, y uno de los tres mejores directores de la década pasada, es común exigirle demasiado. O, mínimamente, que sea capaz de innovar dentro de una línea característica. “De rouille et d’os” reconcilia a Audiard con la humanidad, por algunos motivos fundamentales: a) no se me ocurre obra suya que pueda tener más fácil la distribución, es la menos dura, la más sentimental, la menos oscura y tal vez por eso la más arriesgada; b) busca complacer, aunque en la forma se empeñe en autoconvencerse de lo contrario, algo que queda más que claro sobre el final; c) por primera vez se centra tanto en un universo varonil, rústico, salvaje, como en el femenino, más cándido y sensible, y eso se traduce en la estética, lo que lleva a: d) deja de lado la falta de diálogos y la atmósfera enervantemente oscura, la hace más agradable a la vista, como intentando convencer a un crítico norteamericano de que es una buena película. A mí, honestamente, no me importa tanto si Audiard duerme mejor por las noches habiéndose reconciliado con el mundo, estoy seguro de que dormirá mucho mejor si este drama romántico le rinde en las boleterías, cosa que no dudo. Sí me importa, y esto es un hecho, el estado de uno de los directores más increíbles del cine contemporáneo. Un estado, hoy, ambiguo, un quiero y no puedo, o lo que es peor, un estado donde reina la contradicción y el caos, donde el equilibrio no es producto de la atención, de la coordinación y la organización de todos los elementos que forman al film, sino del simple hecho de que hay tantas cosas buenas como malas. Y eso estanca una oferta promisoria, una tierna historia de redención que siempre puede llegar más lejos de la línea que finalmente alcanza.
A mí me defrauda porque la dirige él. Y porque, lo reconozco, tiene momentos que se me hacen bastante densos. La primera hora, muestra su preocupación por el estilo visual, por la buena fotografía, y al margen de tener varios momentos imponentes (incluyendo el clave, con la música de Katy Perry y su insólito “Fireworks”), me resultan artificiales, y la historia bastante inverosímil, con reacciones poco creíbles de sus personajes. Celebro su calidad, pero no me convence. Sólo sé que son reales, o intento persuadirme de ello, porque las lágrimas de Marion Cotillard lo son, así como toda su brillante personificación. Luego está la segunda hora, la más ruda, violenta, agresiva. La más Audiard, la que todos esperamos. Vemos sangre, nos angustiamos, temblamos. Uno, como espectador, comienza a adecuarse más a ese ritmo, porque le suena familiar. Y aunque deteste que se insista tanto en mostrar la naturaleza del protagónico masculino (creo que todos, al quinto minuto de película, ya sabemos cómo es él y qué puede esperarse), así como detesto al personaje, tan bien interpretado, me dejo llevar por la sequedad del último tramo, el helado revés y el final, que a pesar de todas las fallas que pueda tener la obra, te deja pensando. No tanto en Mundo Marino y la magia del cine popular, sino en el logrado realismo de una maravillosa dupla de actores, que se acoplan a un Audiard que no pierde la forma, finalmente, aunque se arriesgue a perder la fama.
Puntuación: 6/10 (Buena)

2 comentarios:

domive dijo...

En mi caso solo me molestó que la historia terminará por no congeniar muy bien el desarrollo de ambas historias, decantándose más por el lado de Ali, pero en general me pareció una cinta maravillosa.

Buenas crítica, nos vemos.

Anónimo dijo...

Un toston, perdonad pero no tengo acentos en teclado. Inverosimil. La mejor escena la del hielo