sábado, 22 de diciembre de 2012

The angels' share.




Crítica.

[“The angels’ share”, K. Loach – 2012]


El veterano y ya desgastado, al menos para mí, cineasta británico Ken Loach, regresa a la gran pantalla con “The angels’ share”. Como muchos saben, Loach es uno de los hombres más mimados del Festival de Cannes, habiendo recibido decenas de premios por películas bastante mediocres, incluyendo la galardonada con la Palma de Oro, reseñada hace no mucho, “El viento que acaricia el prado”. Su más reciente trabajo, bastante sencillo por cierto, centra la acción en un personaje violento, que vive en un mundo más violento y contagioso, y que debe cumplir una determinada cantidad de horas de servicio comunitario mientras viejas deudas lo acechan, lo golpean, y lo tientan a comportarse mal. Tras el nacimiento de su hijo, comienza a replantearse la posibilidad de ser bueno nuevamente, pero ¿todavía está a tiempo? ¿acaso estas personas, que alguna vez han formado parte de su pasado agresivo, lo dejarán reconstruirse a sí mismo y formar una familia lejos de todo? Para ello, necesitará la ayuda de unos nuevos amigos, a los que conoce haciendo trabajos para la comunidad, compensando un acto delictivo. Sin embargo, las puertas se abren de golpe cuando descubre el whisky.
Con una musicalización de primera, que se luce en la hora introductoria, vamos adentrándonos en este oscuro personaje: extraído directo del bajo mundo, con cicatrices que recorren su semblante, sangre que brota más por instinto que por provocación, y una mirada iracunda, comienza a caminar repentinamente por el sendero del bien, alumbrado por el milagro de la paternidad. Y curiosamente, hay un esfuerzo notorio por forzar al espectador a que se sienta a gusto bajo la presencia de este delincuente, sujeto impulsivo a quien las ganas de cambiar no le sientan con demasiada veracidad. Aunque reconozco el talento del intérprete, debo decir que no me parece bien escrito: y lo que es peor, las emociones que arranca al espectador son producto de la manipulación, siempre presente en las películas de un director carente de naturalidad. No tiene la complejidad de otros enigmáticos sujetos del cine, como Travis (“Taxi driver”) y otros no tan enigmáticos pero más logrados, como Mía (“Fish tank”), algo que bien puede volver mucho más rico un drama (o una comedia dramática) bastante estándar.
El remate se da en los cuarenta minutos finales, cuando el argumento, todavía resistente a las malas decisiones y elecciones, acaba por descarrilarse. Admito que es donde el rol del director se hace más relevante, pues debe crear una atmósfera absorbente de suspenso y aventuras que está bien lograda; sin embargo, el conjunto acaba por resultarme una estupidez. No existe una correspondencia entre una parte y otra, una mala soldadura que acaba afectando el todo. Claro que, en estas instancias, ya nos hemos encariñado forzosamente con nuestro antihéroe y su ejército de ladrones y borrachos, y podemos gozar de la canción final, al ritmo de The Proclaimers, y de la escena en general. ¿Pero qué clase de satisfacción real puede obtener uno cuando ha sido manejado como un títere? Me queda esa sensación de engaño, de estafa, de haber probado un trago demasiado rebajado y con un gusto pestilente. Trago que, vale aclarar, ni siquiera sirve para embriagarme y hacerme reír de cualquier estupidez, que es lo que tranquilamente podría haberme sucedido viendo “The angels’ share”, la nueva propuesta de uno de esos directores que, cuando llegan a una determinada edad y a un determinado punto de sus carreras, deben comenzar a plantearse la posibilidad de abrirse un bar y vender whisky, o una fábrica de panqueques. El cine, o Cannes, los acoge con los brazos abiertos, como al tío loco que hace garabatos con sus pinceles y todos lo aplauden para no ofenderlo. A mí, honestamente, ya me tiene bastante cansado.
Puntuación: 4/10 (Regular) 

1 comentario:

angel dijo...

Vamos a estar de acuerdo, Loach es uno de esos directores militantes políticos, que cuando cambian las circunstancias les resulta muy difícil adaptar su discurso. Éste desde que Paul Laverty le hace los guiones, ha perdido sus referencias. Lo malo es que el nefasto guionista también trabaja con Iciar Bollaín, lamentablemente con el mismo resultado. Saludos