martes, 3 de enero de 2012

Tyrannosaur.

Tyrannosaur.

Crítica.

Hay algo que no me termina de convencer en “Tyrannosaur”, que no me cierra, al margen de que sea una película aceptable y recomendable. Quizá sea su mensaje, que muy claramente refiere a la evolución de las especies, más puntualmente de los seres humanos. Desde el hombre frío, agresivo, violento, hasta (y acá viene lo que no me gusta: la evolución se dibuja así) el hombre ingenuo, aplastado e infeliz. Desde lo personal no me convence. Y aunque el final de un giro brutal, de ésos que te hacen reflexionar el doble de lo que ya te hace reflexionar la película en sí, no puedo dejar de pensar en esa intención descarada de mostrarnos que la violencia (aunque abunde) está mal, y que la ingenuidad está bien.

Quizá sea la distancia que genera con el espectador. Cuando una película es gris, violenta y europea, uno espera que lo envuelva, lo haga partícipe de su historia. No hay momento en “Tyrannosaur” donde yo me sienta involucrado, donde sienta algo por personajes tan chatos, por circunstancias tan caricaturizadas como lo son algunas (no todas). Entonces veo, como puedo sentarme a ver un árbol a lo lejos. Distingo que es un árbol, distingo su color, pero quizá no distingo su función en el mundo, su objetivo, sus obsesiones. La atmósfera suena tan artificial como el resto de la película, con personajes que se cruzan porque el guión dice que deben cruzarse, y no porque en la vida real lo hagan. Estos personajes son chatos pero siempre interesantes (porque nos dejan con ganas de más), y sus intérpretes son grandiosos. Pero me quedo con una mala impresión, la de la infladísima Olivia Colman, de quien no me he llevado más que un trabajo bueno, pero tampoco demasiado inquietante como para penetrar en mi corazón, o en mi memoria.

La música acompaña dos primeros tercios estancados, sin rumbo. No está mal, ya que introducen una media hora final estupenda, algo así como en “Elephant” (similares en estructura y contenido), donde se muestran las verdaderas intenciones. Acá, toda la construcción previamente hecha, todas las conjeturas y las discrepancias se vuelven una conformidad, una realidad que el espectador entiende porque es real. Como la sidra. Final que seguramente levantará enormes debates, pero que realmente mete su cámara bajo la piel del hombre común, para analizar su verdadera composición. Sobre todas las cosas, se aleja del concepto de evolución (sí, ¿en qué queda?), porque ¿qué evolución puede haber en el hombre si todo lo que debe “evolucionar” forma parte de su verdadera esencia?

Puntuación: 5/10 (Floja)