viernes, 27 de enero de 2012

Lejos del cielo.

Far from heaven.

Trailer en su versión original.

Crítica.

Hay algo que me produce rechazo hacia esta película de Todd Haynes, no logro definir si se trata de un elemento específico o del impacto del conjunto. Sé que el notable trabajo de vestuario y la fotografía disfrazan una realidad que quiere agravarse constantemente, con música satánica, lágrimas sinceras y miradas dolidas, pero toda la puesta en escena resulta tan artificiosa como la historia en cuestión, que no es más que poner la cámara del otro lado de las minorías. Acá, en lugar de ver cómo la sociedad aplasta a las minorías, vemos cómo aplasta a las mayorías interviniendo en el terreno de las minorías. Con dos subtramas que suponen un punto de partida para narrar los conflictos sociales y raciales de los años 50 y 60, una se trata de manera superficial, con desinterés. La otra intenta exprimir todo lo que no tiene, buscando fluir por las cuencas más polémicas, más atrevidas, resultando muy insípida y mucho menos intensa de lo que presuntamente, desde un inicio, tiene para ofrecer.

“Lejos del cielo” narra la desintegración, que algunos llamarán “autodestrucción” de una familia americana “perfecta”. Son un matrimonio ejemplar, generoso, blanco y sociable. Organizan las mejores fiestas, tienen dinero, una casa bonita, decorada. Pero viven limitados por los ojos del barrio (representando, el cielo, el modo perfecto de vivir la vida, lejos del pecado o infierno –es decir, de cualquier tipo de ruptura con las normas preestablecidas), al mejor estilo “Sam Mendes”. Y dentro de la casa se esconden secretos (pasiones reprimidas que buscan una liberación a presión) que, para mantener la reputación del matrimonio, no deben saberse. Aunque siempre hay aves merodeando, atentas a cualquier encuentro, a cualquier frase, a cualquier marca, que hacen extensiva al vecindario cualquier información que, preferiblemente, debe ser tratada en privado. En ese sentido, el planteo es bueno, pero no la ejecución. Hay algo que la convierte, mediando entre la comedia teatral y el telefilme, en una película que busca añadir gravedad restándosela con su propia conducta. Las exageraciones y repeticiones van volviéndola insoportablemente superficial, apuntando sin cesar al carácter conservador de la sociedad. Sólo hace falta una anciana que se desmaye al ver que un blanco y un negro están a menos de cien metros de distancia.

Pero pese a que se vea poco sólida, tiene cosas buenas. Una ambientación casi mágica, delicada, paradisíaca, unas actuaciones memorables (definitivamente Julianne Moore y Dennos Quaid están fantásticos) y una música que trata de conducir al indomable trabajo. Nada logra cerrar las enormes grietas que abren su estilo narrativo, su tendencia discursiva hacia la resolución, su marcada mejoría en el tercio final, pero sí hacen lo posible por seguir adornando un producto consciente de sus fallas, de sus imperfecciones (después de todo, su tema principal son éstas) y haciéndolo medianamente agradable para el espectador. Nadie se va a negar a una película que retrate tan bien el otoño, ignorando lo mal que retrata otras cuestiones más allá de la superficie, en lo hondo de la madriguera.

Puntuación: 5/10 (Floja)