martes, 28 de febrero de 2012

The turin horse.

A torinói ló.

Trailer en su versión original.

Crítica.

Béla Tarr escribe su carta de despedida y la titula “The Turin horse”. En ella, camina sobre la cuerda floja como lo hacen los grandes cineastas. Y sale ileso como los artistas. Un trabajo amargo, muy duro, como si “Viñas de ira” hubiese estado ambientada en el siglo anterior. Uno como espectador se ve envuelto por el drama de sus personajes, en una crónica que capta la esencia del día a día en un marco trágico y desolador, que capta el ritmo rutinario (sus aspectos básicos, mínimamente) camino al caos, a un presunto Apocalipsis. Sobre todas las cosas, trata sobre la agonía y la resignación. Las condiciones de extrema pobreza en el lugar, así como la situación física de sus personajes (un hombre que apenas se mueve, un caballo que se niega a vivir, una mujer que inspira fortaleza cuando es la más débil de todos) y el viento de la desgracia (que bien parece ser un concepto de “La increíble y triste historia…”, de Gabriel García Márquez) son el motor de esta tragedia que progresivamente se acerca al fin.

Y ojo, toda la película se maneja con un lenguaje más bien poético, donde los blancos y negros juegan como contrastes necesarios para marcar los límites de esta sencilla historia, y donde el conjunto (es decir, la sucesión de exquisitos planos-secuencia) puede estar ligado, como bien lo indica su prólogo, a la demencia (o por qué no, a la dependencia de la sociedad sobre sus recursos). Quizá esta historia sea ficción dentro del encuentro entre el filósofo Nietzsche y la violencia entre un cochero y su caballo, una proyección de la turbulenta imagen que ha presenciado, la condena que lo ha enmudecido durante años. Bien puede ser ese agujero negro que invade y domina por completo, y que evidentemente nos dirige lentamente hacia el final. Todo gira alrededor de la muerte, pero no como final de la vida, sino como el fin de la voluntad del ser. Nosotros somos alguien, en este mundo, siempre que tengamos un motivo para serlo. Y de ahí puede surgir la resignación de nuestro personaje principal (que ni siquiera aparece en escena), ¿para qué cambiar un mundo inmutable, si todos somos una insignificante parte del todo?

¿Béla Tarr está cansado? ¿Cree que lo ha dado todo y no puede más? Quizá se trate de una obra muy personal, o quizá me equivoque. Pero dentro de la incertidumbre, en medio de las tempestades, presenciamos un drama de gran categoría. Milagrosamente, convierte cine arte contemplativo en algo interesante y sin irregularidades. Lleva una historia pequeña a la universalidad y a la eternidad, tomando como eje al mundo en su “crónica semanal” y ejecutando su inminente autodestrucción. Da su voz como narrador (por momentos de manera innecesaria), aunque “The Turin horse” es mucho mejor mostrando que planteando. Y filma un trabajo admirable: el dolor que le causa a uno la desnudez de sus imponentes imágenes es prolongado; la sensación que causa su apabullante destreza artística, inolvidable.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)