sábado, 15 de septiembre de 2012

El club de la pelea.

Fight club.

Crítica.

“El club de la pelea” es un clásico de los años noventa, y para muchos, una película excelente. Personalmente estoy de acuerdo con lo primero. Lo segundo me resulta desconcertante. Si tengo que definirla en pocas palabras, puedo decir: “Fight Club es la obra que resume la filmografía de David Fincher -un director que sabe hacer bochinche-, y que lo confirma como un tramposo”. Digo esto, para que empiece a entenderse el porqué de mi aversión hacia él. Puede llegar a ser la más interesante y la más divertida. De hecho, es la mejor valorada entre las suyas, y es comprensible por qué. El sujeto es un parlanchín, y su grandilocuencia suele jugarle a su favor. Pero también es un provocador, un rebelde que se ha serenado en sus últimas obras: en los noventa, demuestra que es un adolescente que quiere revolucionar el cine, que filma sin formas ni fórmulas, que rompe las reglas y habla de ellas para criticarlas. La primera regla del club de la pelea es que no puede hablarse del club de la pelea. Y una serie de menciones más, que ponen de manifiesto su visión sobre el absurdo de las normas.

¿Por qué el público ama una película como ésta? Porque al pueblo le encanta el morbo, el humor negro, y ama a los rebeldes. No hay motivos por los que no deban amar este club de la pelea, pues Fincher interpreta a la sociedad (como también lo hace Tarantino, salvando las distancias), y hace películas que puedan gustarles. Ahora ha cambiado, y creo que hace cine para sí mismo, cine de autor, con forma, con estética, cine consolidado, más amalgamado, superior. Más digerible, aunque igual de oscuro, y girando en torno a los personajes del bajo mundo, los de la noche, los más turbios y nebulosos. Y reconozco que el guión es una obra maestra, uno de los más espectaculares de aquella década: lo digo, porque hay que saber reconocer las cosas buenas en el mundo. No puedo pensar en una película con un humor más cruel, más bizarro que éste. Posiblemente te descostilles de la risa aún sin quererlo, porque claro, es humor del malo, del que “no debe hacernos reír”. Pero pensamos: estamos en un mundo sin reglas (o con reglas que él critica), en un mundo violento (con violencia que también critica), y no podemos dejar de reír. Nos reímos de nosotros, y de todos ellos; de sus situaciones y de las nuestras.

¿Por qué odio esta película? ¿Por qué me hace odiar a Fincher? El cineasta realiza una estupenda disección social, quizá lo que pierde en atmósfera lo gana en diálogos y gestos, en actuaciones espectaculares (un Norton monumental). El clima no es tan homogéneo ni estilístico como en sus obras más recientes (Zodíaco, Millennium, Red Social), pero tiene un montaje magnífico (como siempre), y el guión es interesantísimo. Sociología pura, recordándonos lo mejor de “Pulp Fiction”, quizá hasta basándose en ella. Pero la odio, y odio al director, porque es un tramposo. Porque rueda cierta enfermedad mental (no la nombro para no arruinarle la sorpresa a quien no la haya visto) como un niño de cinco años que se cree grande y no le sale. ¿El motivo principal? Me molesta que desafíe los poderes de observación del espectador, porque se está burlando de él. Algo así sucede con “Sangriento San Valentín”, donde se usa la misma trampa para añadir suspenso. Es un recurso ilegal, en mi opinión, y totalmente repudiable. La elección de Fincher es muy mala, y cuando cierto misterio sale a la luz sobre el tercio final, nos llena de rabia. Pero no quita que el resto del espectáculo sea brillante, alucinante, escandaloso, perturbador, reflexivo, oscuro, violento, hilarante y tantos otros adjetivos que hacen de este director un genio. Yo me permito odiarlo a él, y tenerle cierto odio a una obra casi perfecta, porque opta por burlarme a mí, y jugar haciendo trampa.

Puntuación: 6/10 (Buena)