viernes, 8 de febrero de 2013

Promesas del este.



Crítica.

“Promesas del este” [“Eastern promises”, D. Cronenberg – 2007]


Del este llegan las promesas, pero del otro lado llegan los hechos. David Cronenberg ha conseguido un apático y horripilante retrato de la mafia rusa, un romance insólito en la negrura del canibalismo, un drama tragiquísimo que se te clava en la piel como las agujas, una crítica magnífica a la ambición de poder del hombre desalmado y sin escrúpulos. Las mezclas no siempre salen bien, pero este notable director siempre ha sido sujeto de experimentos, y en su gran laboratorio, ha forjado un clásico instantáneo, una obra espesa y gelatinosa, que se te escurre en las manos, dejando una pestilente baba que se te cuela en el alma. Hoy por hoy, años después, puedo afirmar que “Drive”, esa obra de culto de Nicolas Winding Refn, no sería lo mismo sin el brutal aporte de “Promesas del este”, una durísima crónica sobre los pesares de una muchacha sensible, guiada más que por la moral: por el sentido común.
Siendo una de las obras más infravaloradas de su año [2007], narra la historia de Anna [Naomi Watts], una joven británica que trabaja en un hospital, y que se encuentra con un caso particular: una niña nace en Navidad tras el deceso de su madre, Tatiana, una muchacha en ruinas, ensangrentada, y acompañada exclusivamente por un diario en el que apunta básicamente su vida, desde sus orígenes, en Rusia. Para averiguar datos sobre la familia de la niña, a la que nombra Christina, recurre a un restaurante londinense (mencionado) que vende comida rusa, y está regenteado por un amable sujeto [Armin Mueller-Stahl]. El hombre esconde secretos, detrás de las primeras buenas apariencias, y acaba volviéndose una pieza clave en un tablero donde inevitablemente intervendrán su hijo [Vincent Cassel], un ebrio irrecuperable, y su chofer [Viggo Mortensen], sujeto de pocas palabras pero mucha inteligencia y astucia.
Reconozco que el punto fuerte está en la dirección. El manejo escenográfico, el predominio de tonalidades oscuras, los ambientes bajos, son un reflejo del cine negro, vuelto contemporáneo y mucho más identificable. Las escenas que no están filmadas con fascinante y perversa ternura, orquestadas por una musicalización impagable, están filmadas con un profesionalismo todavía mayor: son secuencias de puro nervio y tensión angustiosa. Y detrás de la calma que alberga un cinismo implícito en cualquier obra sobre mafias, o detrás de la sobresaliente interpretación de Armin Mueller-Stahl, está la emblemática escena del baño turco. No sé cómo se le puede llamar, pero en términos coloquiales, me voló la cabeza. Son cinco minutos que no puedo pasarla bien, aunque quiera, porque el realismo me supera. Luego pienso en lo experimentado, y disfruto como un loco, porque Cronenberg lo ha logrado. Sin embargo, en el momento, uno no sabe qué hacer con esa mezcla de asco y fascinación penetrantes. La destreza física de Mortensen es un detalle menor, en una obra que logra explotar sus destrezas interpretativas, en un rol (el del chofer Nikolai, el equivalente al chofer de “Drive” o al famoso transportador) que le cae como anillo al dedo. El elenco cumple, circunscribiéndose al loable desarrollo de los perfiles psicológicos de cada uno de estos individuos.
Profundizando en la cuestión del perfil de cada uno, resumo mis impresiones a partir de una tajante categorización que separa, por un lado, a Naomi Watts, Vincent Cassel, y por el otro a Armin Mueller-Stahl y Viggo Mortensen. Los primeros dos despiertan cierta simpatía. Ella representa la bondad, la gentileza, la ética. Él, en cambio, es simplemente un sujeto perturbado, enfermo pero una víctima de sus propios genes. Aún así, a pesar de todo, son bastante arquetípicos: ella es la heroína de cualquier fábula, y él es el típico hombre sucio que ama beber y visitar prostíbulos. No así los otros, mucho más profundos de lo que parecen. A diferencia de los mencionados arquetípicos secundarios, estos se mueven únicamente por sus ambiciones de poder. El dueño del restaurante sabe darle el tono justo, como hombre hipócrita capaz de ocultar todo lo que ha hecho hasta en instancias límites. Repleto de capas y miradas, sabe que su permanencia en el trono debe perpetuarse a costa de cualquier sacrificio, aunque sea humano. Y el chofer, es ese tipo duro y poco articulado, aunque intimidante, que sobre el final saca a relucir sus intenciones. Hay algún beso innecesariamente confuso, pero la frase que dispara es más que clara: justifica determinado acto diciendo “¿cómo puedo ser rey, si el rey todavía sigue en su sitio?”, recordándonos momentos como “he muerto a los quince años, ahora sólo tengo un objetivo”. ¿Acaso podemos creer que después de todo, un hombre sin alma puede amar? Divisiones aseguradas, en una producción arriesgada hecha para eso. Un experimento que hará enloquecer a la audiencia. Lejos de ser perfecta (¿cuándo lo fue el cine de este director?), abre muchos interrogantes detrás de respuestas presuntamente obvias, y nos obliga a pensar, al igual que en “Drive”, si las apariencias realmente engañan.
Puntuación: 7/10 (Notable)

2 comentarios:

Dante Martín dijo...

Es una de mis películas favoritas. Y tu constante símil con Drive muestra con mas profundidad que la de Cronenberg es un peliculón.

Amo a Cronenberg. te lo dije??

Genial crítica Rodri.

Saludos!!

soytutioargail dijo...

Lo que es curioso es que tras el paso del tiempo, todo el mundo (o sólo me pasa a mí) recuerde de esta película la escena de la pelea en los baños turcos, que es excepcional como toda la película en sí. Gran opinión, te sigo. Un saludo!