miércoles, 20 de marzo de 2013

The master.



Crítica.

[“The master”, P. T. Anderson – 2012]


Cuando la música de Jonny Greenwood se detiene, sólo resta un cierre. Y surge casi de la nada un interrogante, el primero de los casi treinta que puede llegar a generar Paul Thomas Anderson con “The Master”, su nueva gran película. ¿Existe aquel hombre que pueda vagar por el mundo sin ser gobernado y sin servir a un maestro? Apegándose a las raíces de la ciencia, a una creación bajo los órdenes de una naturaleza cíclica y volátil, y no bajo los designios de las deidades, sugiere la imposibilidad de que un hombre así exista. Un hombre autárquico, que sobreviva indiferente a las tormentas que lo rodean y que lo inundan desde adentro. Pero como siempre en el cine de este gran artista, un joven sujeto que se ha hecho lugar entre los mejores cineastas vivos, los planteos no son tan sencillos, y guardan en su núcleo inimaginables posibilidades, de las que podrán resultar inesperadas conclusiones. No es tan simple como si existe o no existe. Es ¿cómo puede existir o no alguien así?, y en todo caso, ¿qué clase de hombre es ese?
Luego vendrán las quejas, las sorpresas, las desilusiones, los créditos finales, los debates, las discusiones y el olvido. Todo esto puede suceder, y es bueno que así sea, para intensificar la experiencia cinematográfica que propone este notable director, un profesional que se ha ganado el respeto de muchos y la aprobación de sus seguidores para hacer lo que tenga en gana. Por ello, da un giro en cuanto a la forma de dirigir (mejor dicho, profundiza ese lento cambio iniciado con la laureada “Petróleo sangriento”), aunque preserva sus costumbres, su particular forma de humor y su crítica sociopolítica, para que la gente detecte que quien está detrás de las cámaras y del libreto no es otro sino Paul Thomas Anderson. La cara detrás de las caras, de inolvidables rostros, de personajes enigmáticos y complejos como pocos. Freddie Quell, el protagonista, es un Joaquín Phoenix arruinado, un sujeto trastornado por la guerra (se presume), y que es uno de los tantos que buscan rehacer su vida en la nueva nación, una de las dos caras de la moneda corriente entre los años 1945 y finales de la década de 1980. Es muy arriesgado pensar en cuáles pueden ser las causas que llevan a Quell a encontrarse con Lancaster Dodd, líder de un movimiento espiritual organizado en función de la Doctrina de La Causa, si se trata de casualidad o algo más. Sí, algo más, porque La Causa defiende la existencia de vidas pasadas como el origen del estado actual del ser, por lo que en esas vidas pasadas puede registrarse la razón que lleva a dos almas a complementarse del modo en que lo hacen durante las más de dos horas de fascinante duelo interpretativo.
“The master” se enfoca en el choque entre un muchacho errante y un intelectual, y en analizar el tipo de relación que guardan estos dos hombres. Hacer un análisis sobre la evolución de ambos personajes a lo largo del film, teniendo en cuenta todo lo que cada uno gana y pierde a lo largo del mismo, puede ser un más que genial punto de partida para comprender y ratificar (o no) la existencia del hombre capaz de vivir sin autoridades que lo gobiernen. Después de todo, la película no traza un argumento en sí, sino que toma el caso de Quell y explora sus relaciones con el medio. Eso no significa que deje de haber una historia; por el contrario, la hay, y hay más de una, pero uno no puede pensarla bajo la clásica forma de introducción-conflicto-desenlace, sino como un fragmento cualquiera de una verdad mucho más amplia, de una realidad ambigua y difícil de definir. El personaje, con todos sus matices, es un reflejo de aquello a lo que quiere aspirar esta inquietante producción: un encriptado y denso retrato que busca apuntar tanto a la época que precede a los hombres, como estudiar cómo los hombres pueden definir una época. Por ello es efectiva, porque muestra la figura del veterano de guerra débil, y su necesidad de un guía capaz de enderezarlo. Sin embargo, lo que puede parecer un gesto de buena voluntad (un hombre que se solidariza con otro hombre en peores condiciones), también puede traer consigo algo más oscuro. Después de todo, muchos coincidirán en que el vínculo que se forja entre los hombres, no es simbiótico. Roza el abuso, el aprovechamiento, y todas las formas de dominación posibles.
El esquema subordinado-subordinante hace que “The master” sea, contra lo que se ha dicho popularmente, más una cinta política que una cinta religiosa. Tras el aluvión de comentarios que estudian las relaciones subyacentes entre la Iglesia de la Cienciología y La Causa de Lancaster Dodd, el espectador se siente confundido. La magistral representación de Anderson va mucho más allá de la mencionada corriente religiosa, es simplemente la esquematización de un hombre aplastando a otro bajo cualquier símbolo religioso, cualquier identificación política o cualquier clase social. Es la visión de la política contemporánea, la de hombres que se devoran. Pensar en “The master” como algo religioso equivale a decir que “Petróleo sangriento” es una película sobre economía, o que “Boogie nights” es una película pornográfica. Ahí es donde está lo verdaderamente bueno: en pensar que la situación no dista demasiado de lo que experimentan los hombres de hoy. En pensar que la boca torcida de Joaquín Phoenix, su postura encorvada, su obsesión por el sexo, su ocasional mitomanía (contrastada con su también ocasional honestidad brutal), su tendencia a la violencia, su imprevisibilidad, son en realidad algunos de los síntomas que padecen los seres sociales del siglo XXI, trastornados por las crisis económicas, las crisis de entrecasa o de cualquier otra índole.
Pocas películas en los últimos tiempos han sido capaces de presentar personajes tan bien elaborados como los que protagonizan este film. Más allá de Quell, su conflictividad, y de la milagrosa interpretación que realiza el impresionante Phoenix, también está la pareja de maestros. Él, Dodd, encarnado por el ganador del Oscar Philip Seymour Hoffman. Ella, Peggy, encarnada por la nominada al Oscar Amy Adams. Son el matrimonio que día a día añade un ladrillo a la construcción de un cuestionado credo, de una posible esperanza para la humanidad (capaz de traer paz mundial, de frenar la amenaza nuclear y de curar la leucemia) que para muchos, es una delirante excusa que sólo busca ganar dinero. Ambos se encargan de experimentar con el llegado Quell, y lo hacen de tal forma, que es muy difícil distinguir quién es el alma detrás de la causa. ¿Quién es “The master”? ¿Es un maestro o una maestra? ¿Quién sirve a quién? Un triángulo actoral prodigioso, que recuerda que el actor debe dedicarse a actuar. Y es básicamente lo que hacen. Llevar un guión tan sarcástico como profundo al cine, darle algo de sentido al absurdo que en una decena de ocasiones se interpone entre el proyector y la pantalla, y brindarle coherencia a un discurso denso que, en el fondo, es mucho más simple y menos arriesgado de lo que puede aparentar. La magia está en la realización, en la impecable labor de Paul Thomas Anderson para captar la esencia de grandes momentos y hacerlos únicos. Para rodar una media hora final llena de sorprendentes giros, con una última frase cómica y tal vez clave. Cuando acaba, uno no sabe en qué creer. Tiene muchas ideas en la cabeza, muchas dudas, se siente en otro lugar, trasladado al mundo de la posguerra, ahí, en medio de un desierto, intentando llegar al punto que le interesa bajo el cálido sol de la curiosidad, sin poder responder prácticamente nada de lo que se propone, acumulando más interrogantes en el intento, y seguramente dándose cuenta de que el lavado de cerebro le está empezando a hacer efecto. Cine persuasivo, mordaz, endiabladamente entretenido. Cine maestro, que agrega tela cuando no hay, que te deja pensando hasta cuando no hay qué pensar.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)


sábado, 9 de marzo de 2013

Le tableau.



Crítica 
[“Le tableau”, J. F. Laguionie – 2011]


El gran Jean-François Laguionie nos trae “Le tableau”, una novedosa historia llena de vida en un contexto inesperado, artístico y sensible como es el arte de la pintura. Las animaciones dirigidas para niños, suelen por lo general retratar la vida en universos a los que el ser humano común no tiene acceso. Así, se han hecho obras sobre hormigas que interactúan por medio de la palabra, de juguetes que se escapan de los baúles, para dar algunos ejemplos. Uno no interviene cotidianamente en la relación que posiblemente exista entre las cosas, pues da por sentado que los muñecos no hablan. Eso no quita que en el arte, algo tan inmenso y creativo, pueda darse este tipo de historias. La obra de Laguionie, por ejemplo, usa la frase tan empleada por los críticos (“hay vida más allá de los cuadros”) para volverla una realidad. Pocos podrán imaginarse una película donde las figuras humanas de una pintura luchen por el poder (aunque la lucha por la supremacía sea algo predecible en cualquier tipo de comunidad, humana, pintada o extraterrestre), y les costará imaginarse que sean capaces de fugarse de un cuadro olvidado para buscar respuestas y, sobre todo, para localizar al Dios Creador.
La vida de los cuadros es un punto de partida tan interesante como difícil de sostener, un desafío muy grande para el cineasta, quien firma el guión junto a Anik Leray. Tal vez la manera de encarar toda la obra en su totalidad sea mucho más respetada que las pequeñas decisiones tomadas para escribir el destino de los personajes, pero en el universo del creador, todo es posible. Incluso comprender al mundo como un cuadro dentro de otro cuadro, donde todo ha sido creado por alguien, por una fuerza superior capaz de dar vida. La trama juega un poco con eso. El cuadro principal, es el de un castillo rodeado por un misterioso bosque, y aguas que reflejan el cielo del atardecer. La sociedad que convive dentro de la pintura está dividida en estratos sociales a partir del nivel de acabado que tienen: algunos están acabados, otros están casi terminados, y otros son bocetos. Tres clases sociales que reflejan una realidad que cualquier espectador afuera del cuadro puede distinguir día a día. ¿Cuál es el motivo que hace que algunos estén terminados y otros no? Esa es la pregunta del millón, el interrogante que persigue a los oprimidos. Un grupo pequeño de individuos, pertenecientes a las tres clases, se embarca en una odisea a través del bosque misterioso. Cuando tocan el límite, simplemente caen. Tocan la madera que alguna vez ha pisado el creador. “Le tableau” juega con las distintas realidades y propone una aventura inimaginable, llena de color, música, emoción, nunca exenta de reflexiones filosóficas sobre la propia existencia, y nunca exenta de amor y peligro. ¿Serán capaces de unir voluntades y lograr darle fin a la opresión?
De más está decir que la premisa es exquisita, logra que toda la fantasía que vemos nunca sea excesivamente ajena a nosotros, para no dejar de familiarizarnos con estos personajes. Algunos están más elaborados que otros, y la acción está más presente que la descripción de personajes (pues cada uno es representante de una clase social, y no un simple individuo), pero es esta acción la que nos envuelve en la embriagadora magia de los colores, en el arte europeo de los siglos pasados, en la sensación de que todo es posible. Con el aporte de Pascal Le Pennec, responsable de la banda sonora, logra llevarnos de viaje al reino de lo inesperado. Es mucho más profunda de lo que a priori parece, y el final nos deja pensando en nuestra propia vida, en que somos creados y creadores, y que nuestra vida es un cuadro enorme, dentro de otro, dentro de otro. Laguionie hace de “Le tableau” algo encantador, más allá de que sus giros argumentales tengan sentido o sean contradictorios. El resultado no sólo es satisfactorio. También es esperanzador.
Puntuación: 7/10 (Notable)

miércoles, 6 de marzo de 2013

Dans la maison.



Crítica.

["Dans la maison", F. Ozon - 2012]


François Ozon es indudablemente uno de los grandes exponentes del cine europeo contemporáneo. Con una filmografía que roza la perfección, conformada por títulos más que destacables y laureados en el mundo (como "La piscina", "Gotas de agua sobre rocas calientes", "Los amantes criminales", "Mujeres al poder" y la adaptación de la famosa obra teatral "8 mujeres"), regresa a la gran pantalla tras algunos años de ausencia con "Dans la maison", libre adaptación de la obra "El chico de la última fila" del dramaturgo español Juan Mayorga. Su toque colorista y fresco nunca falta, aunque acá recupera un poco la oscuridad de su mejor suspenso, y deja de lado la estética para volverse un magistral creador de atmósferas densas y enervantes. Su mayor logro es ese, entre otros tantos, que comienzan con la selección de una compleja obra. ¿Por qué "El chico de la última fila"? De algún modo, el relato de Mayorga juega como pocos con la teatralidad, algo que a Ozon siempre le ha atraído naturalmente, intentando abarcar todas las combinaciones posibles (como explicita uno de los personajes al sugerir cuatro posibles cierres). Son pocos personajes entrelazados en los innumerables universos que se montan de manera improvisada y tan espontánea como las creaciones de la imaginación humana. Ahí radica la riqueza de esta notable adaptación: pasar en limpio (de alguna manera) el embrollo de seis personajes atados y atrapar al espectador desde los recursos y desde las limitaciones audiovisuales.
Protagonizada por Fabrice Luchini, Ernst Umhauer y Kristin Scott Thomas, "Dans la maison" narra la historia de un profesor de literatura harto de la mediocridad de su curso, que se ve iluminado por la sorprendente creatividad y por el talento del chico de la última fila, quien entrega un trabajo relatando su fin de semana: su ingreso en una casa que lo ha obsesionado durante meses, perteneciente a uno de sus compañeros de curso. Con el correr de las entregas, el alumno va relatando sus experiencias dentro de la casa de su amigo, al volverse estratégicamente su profesor de matemáticas, y recibiendo de él una confianza ciega. Sin embargo, no sólo sus intenciones dentro de la casa no son claras: tampoco es claro lo que pretende entregándole a su profesor de literatura una especie de novela basada en hechos reales, actuales y potencialmente peligrosos. ¿Cuán delgados son los límites que separan la realidad de la ficción? ¿Cuáles son los efectos de la realidad en la ficción, y cuáles los de la ficción en la realidad? ¿Qué antecede a qué? ¿Qué es la literatura, sino una producción nunca exenta de pura realidad?
¿Muchas preguntas? Esta atrapante cinta de misterio no para de sembrarlas en la fértil e ilimitada imaginación del espectador. Uno puede elegir la ruta más sencilla: verla como una película de suspenso, sobre un problemático voyeur que logra atravesar las oscuras fronteras e ingresar al núcleo de una realidad totalmente ajena, intentando apropiársela, o formar parte de ella. Esquivando situaciones de absurdo y muchas de las más divertidas ocurrencias del autor (como la yuxtaposición de un plano imaginario y uno real, siempre dentro de la casa), no habrá razones por los que uno no deba salir satisfecho. Engancha, tiene estilo, el texto original nunca se desprende de su carisma, de su inusitada simpatía. Pero está la ruta difícil, la más recomendable para aquellos que se sientan en una butaca esperando algo realmente fantástico. Verla como un análisis de la literatura, de todo lo que puede llegar a generar en el mundo. Letras que ya existen, conjugadas por un autor dispuesto a contar una historia más, una del montón, o tal vez una por la que las futuras sociedades lo recuerden o lo veneren. En este caso, no poniendo el acento en lo que la obra de Mayorga pueda llegar a generarnos (y que no dista demasiado de lo que pueda generarnos el film, ya que es prácticamente una fotocopia en distinto soporte), sino en lo que la historia dentro de la historia (la que escribe uno de los personajes principales, Claude García) le genera a quien la lee. A cualquiera de los lectores/espectadores, o al mismo profesor de literatura: un hombre que no puede separarse de la obsesión de seguir leyendo (ver la escena en que recoge las hojas del cesto de basura, o la secuencia con el examen), de seguir informándose de lo que sucede en aquella familia, que en este caso aparentemente es real, o puede no llegar a serlo. ¿Qué, si el alumno está engañando a su profesor (legalmente), haciéndole creer que su construcción literaria es pura ficción, bajo el (falso) pretexto de no tener imaginación para describir cuadros inexistentes?
La literatura es el arte del voyeur, y para el voyeur: es el arte que se compone para quien decida pausar su vida, sus costumbres, sus rutinas, y dedicarse al conocimiento de otras historias, dentro de otras casas. Cuando uno lee cualquier obra de ficción, e incluso cualquier otra de no ficción, está siendo testigo de un retrato vivo (al menos durante el tiempo que dure la lectura, y sobre el que se extienda el impacto que llegue a generar), está siendo el ojo detrás de la cerradura, está siendo Claude García detrás de una columna. Y uno fantasea con volverse parte de lo que está observando o leyendo, es inevitable: es parte de la naturaleza humana, su curiosidad puede alcanzar límites inimaginables fuera de toda ética. Como el gracioso dicho sugiere, "la curiosidad mató al gato". Los hombres tienen la capacidad de arriesgar mucho por una curiosidad, hasta su propia vida, su propia familia, sus propios principios. "Dans la maison" establece los límites (la casa) como el escenario. Son acontecimientos que ocurren dentro de estos límites, pero que repercuten en el afuera. La literatura es el puente entre la ficción y la realidad, por eso, la literatura es la herramienta capaz de responder algunos de los interrogantes encadenados en los párrafos anteriores.
Esta película lleva a la gran pantalla, con humor, una obra magnífica y significativa. La labor de Ozon, como he dicho, va más allá de atar al espectador a su butaca durante poco más de una hora y media, sufriendo la tensión de quien se arriesga a ser descubierto. Logra preservar la credibilidad de sus errantes personajes, dándole forma a los diálogos, que son de lo más hilarantes (pero también instructivos, serios y profundos). Un duelo interpretativo de primera pone a prueba al espectador, lo hace permanecer hasta el final, con la curiosidad de quien ha olido el queso y ha sido víctima de la cruel emboscada. Los veinte minutos finales, aunque un tanto confusos, son los que impulsan a pensar "Dans la maison" como algo mayor de lo que naturalmente es: la Biblia de las artes incomprendidas, con una imagen de cierre capaz de captar la placentera esencia de penetrar, al menos con la mirada, la transparencia de los muros de una casa. Y finalmente ingresar en ella.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)

martes, 5 de marzo de 2013

Después de Lucía.



Crítica.

["Después de Lucía", M. Franco - 2012]


El bullying es uno de los temas más conversados y discutidos por la sociedad actual, aunque paralelamente es uno de los menos tratados. Cada vez es mayor el número de casos de abuso escolar, donde un grupo de alumnos (por lo general son muchos, y a veces mayores) atormentan, humillan y degradan a otro grupo (indefenso, menor en cantidad de integrantes, y a veces menores de edad), atormentándolos, traumatizándolos. Imposible se vuelve precisar el número de casos, cuando el único obstáculo es asimismo la carta de los abusivos: el mutismo del abusado. El silencio de las víctimas y su continuo restart (es decir, despojarse de todo rastro de su sufrimiento y volver a empezar de cero) es el nutriente primordial para alimentar la reproducción de estos casos, pero tampoco puede culparse a los niños por callar. Entonces aparece la familia, el apoyo psicológico necesario, el atajo para escaparse. Michel Franco, quien escribe, dirige y produce "Después de Lucía", utiliza esta idea para su drama, pero con la variante de la "familia ausente", lo que hace mucho más difícil el escape de la víctima.
Los marginados adolescentes han sido retratados de distintas maneras en el cine. Por lo general, no son uno, sino algunos, que por sus ideologías, su manera de producirse o de mostrarse al mundo, son condenados por un grupo presuntamente más poderoso. "Klass", o "Elephant", muestran la alianza de dos jóvenes atormentados y su posterior venganza. "Las ventajas de ser invisible" hurga en la psicología de un personaje introvertido que va superando etapas y duras experiencias. Pero en estos ejemplos, al menos, el peso no recae sobre una única persona. Es un peso compartido. Alejandra, la protagonista de "Después de Lucía" e interpretada por Tessa Ia, no puede compartir el peso de su dolor. Primero, porque todavía no ha superado la pérdida de su madre. Segundo, porque aún la confunde la dinámica urbana, e intenta adaptarse poco a poco. Tercero y último, porque la única persona con quien puede llegar a compartir lo que le pasa, es su padre. Un hombre bueno, pero que sufre como ella, porque ambos han atravesado lo mismo. Para evitar hacer la vida del otro más difícil de sobrellevar de lo que es, cada uno va devorando sus secretos. Ella fuma, él no lo sabe. Él se ha violentado con otro sujeto en la vía pública, ella no lo sabe.
Michel Franco describe el vínculo del padre con su hija y lo toma como punto de partida para trabajar con el sufrimiento de ambos. Pero uno nunca llega a conocer a fondo al padre, ni se adapta a su personalidad, a su psicología. En otras palabras, lo que hace el autor es elegir el acoso escolar como el tema principal (porque le conviene: cualquier cineasta quiere hacer una buena película sobre esta temática, considerando que es actual, polémica y trascendente), y dejando de lado todo lo demás. Esto, lo que hace básicamente, es desechar toda hipótesis mencionada anteriormente. El lazo entre padre e hija deja de volverse tan importante, por ejemplo. Toda la introducción, con la escena del automóvil, no tiene demasiada utilidad. Es que optando por el bullying como núcleo del relato, deja de justificar muchas de las (en principio) inútiles y exasperantemente lentas escenas. Lo que puede ser una significativa propuesta para generar conciencia, acaba siendo una vacua y estéril producción que genera más compasión que conciencia social, y que se aferra a todo lo que es intenso en sí mismo (o mejor dicho: todo lo que pasa la niña) para impactar a la fuerza.
El conjunto, en general, no acaba de convencer. Es un contenido lo suficientemente grave como para caber en un gran cortometraje, evitando el roce de otras temáticas secundarias y totalmente relegadas. La resolución recuerda un poco a "En el dormitorio", porque es realista, es resultado de una reacción humana, de un impulso inconsciente. Tal vez sea lo único verdaderamente humano en una película pobre, insatisfactoria y contraproducente. Acaba siendo algo olvidable, la prueba de que la reflexión se despierta con algo más que impacto. Se despierta con el ardor de la profundidad emocional, ese ardor que Tessa Ia intenta captar, y que Michel Franco parece saber desaprovechar. “Después de Lucía”, pese al aval del premio Una cierta mirada del Festival de Cannes, no le hace justicia a un tema tan terrible como éste.
Puntuación: 3/10 (Mala) 

domingo, 3 de marzo de 2013

După dealuri



Crítica.
[“După dealuri”, C. Mungiu – 2012]


Aunque muchos escépticos todavía se nieguen a ver el progreso del cine rumano en la última década, películas como “După dealuri” son la prueba perfecta del auge que experimenta actualmente Rumania en materia cinematográfica. Cristian Mungiu, ha ganado hace cinco años la Palma de Oro en el Festival de Cannes por su controversial y visceral retrato del aborto (aunque probablemente no fuera ese el punto de apoyo de la obra, después de todo) en “4 meses, 3 semanas y 2 días”. Necesario se vuelve aclarar esto, aunque sea anecdótico, pues supone un suceso más que relevante en la producción del país. No debe ser ignorado, más si es sumado a los aportes de Cristi Puiu (La noche del Señor Lazarescu), Corneliu Porumboiu (Bucarest 12.08), Catalin Mitulescu (Cómo celebré el fin del mundo) y al reciente aporte de Radu Muntean (Aquel martes después de navidad). Con tales producciones, es casi incuestionable el alcance de esta ola de cine rumano, punto de encuentro de grandes autores, grandes historias y sobre todo grandes resultados.
Repitiendo de alguna forma la unidad que constituyen dos mujeres entrelazadas por algo mucho más fuerte y complejo de lo que el espectador puede llegar a comprender, Mungiu entrega una particular obra, basada en la obra de Tatiana Niculescu. Las casi dos horas y media de metraje ocurren prácticamente dentro de un convento, comunidad aislada ubicada sobre unas colinas, y custodiada por las fuerzas de Dios. El aislamiento suele ser, para el cine europeo, una buena estrategia para crear contrastes y sentenciar que no existen barreras inquebrantables ni murallas impenetrables. “Colmillo”, del griego Giorgos Lanthimos, trabaja con esta idea: una dinámica perversa concentrada dentro de los límites de una casa, a la que sólo ingresa un antígeno, un agente externo que inevitablemente influirá en el modo de vida, por más sistemático que sea. En este caso, no es la excepción: hay un personaje que atraviesa las fronteras del convento. La entrada principal tiene colgado un cartel que no reconoce como bienvenidos a aquellos que no profesan la religión cristiana. Alina, este personaje que se infiltra en la cotidianeidad de un grupo de monjas, dista de considerarse una mujer cristiana. Es una pecadora repleta de dudas, y que sólo ha llegado a ese lugar con la única intención de recuperar a su amiga de toda la vida, Voichita, a quien ama profundamente.
Lo que realiza el autor, en primer lugar, es mostrarnos la conformación de un inesperado y hasta cínico triángulo amoroso, conformado por las dos amigas y Dios. Hay un lazo muy fuerte entre ambas, pero el tiempo ha hecho que Voichita consagre su vida al Altísimo, y que Alina se vuelva aún más dependiente de ella. Las Sagradas Escrituras, los candelabros, el altar, ilustran un contexto que, en este punto del relato, poco importa. El amor no recíproco, o al menos no igualmente intenso, convierte en Alina en un simple ser humano, en el vago recuerdo de un pasado difícil. Pero Voichita, la mujer que ha entregado todo (su materia, y hasta su esencia), ama a Dios por sobre todas las cosas. ¿No es en cierto punto un mandamiento egoísta?
Conforme al adrenalínico avance del relato, Mungiu entreteje una divertida e insólita crítica a la religión, al fanatismo que la acompaña, y a su discurso contradictorio e insostenible (sino revisar algunos de los casi quinientos pecados ordenados a modo de lista, la escena del altar o las dos escenas finales). "După dealuri" no es simplemente un drama romántico, sino una muy sutil crítica, que se burla, por momentos con cierto descaro, del funcionamiento del convento en particular, y del modo obsesivo de experimentar la fe en general. Hay escenas que son simplemente una maravilla: muchas de ellas, cuentan con monjas que responden a las órdenes del Padre como perros desesperados por ir a buscar el hueso que un amo les arroja a lo lejos. La temática puede herir susceptibilidades, y por su dimensión teórica, es difícil de abordar. Pero la versión de Mungiu, malsana y socarrona, quizá sea de las más ricas en detalles: con ecos de “Los secretos”, de Avi Nesher (salvando las distancias), este peculiar enfoque no dejará indiferente. 
Presentada en el Festival de Cannes el año pasado, “După dealuri” no deja de sorprender. Si bien es cierto que le sobra metraje, le sobran muchas otras cosas buenas: intensidad, calidad, talento, inteligencia, ironía. Bendecida por la actuación del trío protagonista, esta parábola atea se convierte en una minuciosa y muy oportuna construcción que se opone a cualquier tipo de exceso. En la vida cotidiana, uno no se enfrenta generalmente a crueldades similares a las que presenta el film, aunque tal vez se enfrente a otras mucho peores, y que camaleónicamente pasan desapercibidas. A veces no son necesarias cadenas para ver que la sociedad está atada, ni posesiones para ver que la sociedad está condenada. Una de las mejores frases de la película alude al carácter omnipresente del mal. Todos somos pecadores, y el mal nos recorre, nos atraviesa, tanto más allá de las colinas (donde los terrenos se venden, donde vive gente, donde hay guerras y hambre), como más acá. ¿Círculos en la arena que nos alejen de las bestias? Mitología absurda e igual de bestial. Mungiu nos deja pensando en esa lucha diaria entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, y concluye de manera evidente en que predecir una victoria es simplemente una cuestión de fe. 
Puntuación: 8/10 (Muy buena)