miércoles, 20 de marzo de 2013

The master.



Crítica.

[“The master”, P. T. Anderson – 2012]


Cuando la música de Jonny Greenwood se detiene, sólo resta un cierre. Y surge casi de la nada un interrogante, el primero de los casi treinta que puede llegar a generar Paul Thomas Anderson con “The Master”, su nueva gran película. ¿Existe aquel hombre que pueda vagar por el mundo sin ser gobernado y sin servir a un maestro? Apegándose a las raíces de la ciencia, a una creación bajo los órdenes de una naturaleza cíclica y volátil, y no bajo los designios de las deidades, sugiere la imposibilidad de que un hombre así exista. Un hombre autárquico, que sobreviva indiferente a las tormentas que lo rodean y que lo inundan desde adentro. Pero como siempre en el cine de este gran artista, un joven sujeto que se ha hecho lugar entre los mejores cineastas vivos, los planteos no son tan sencillos, y guardan en su núcleo inimaginables posibilidades, de las que podrán resultar inesperadas conclusiones. No es tan simple como si existe o no existe. Es ¿cómo puede existir o no alguien así?, y en todo caso, ¿qué clase de hombre es ese?
Luego vendrán las quejas, las sorpresas, las desilusiones, los créditos finales, los debates, las discusiones y el olvido. Todo esto puede suceder, y es bueno que así sea, para intensificar la experiencia cinematográfica que propone este notable director, un profesional que se ha ganado el respeto de muchos y la aprobación de sus seguidores para hacer lo que tenga en gana. Por ello, da un giro en cuanto a la forma de dirigir (mejor dicho, profundiza ese lento cambio iniciado con la laureada “Petróleo sangriento”), aunque preserva sus costumbres, su particular forma de humor y su crítica sociopolítica, para que la gente detecte que quien está detrás de las cámaras y del libreto no es otro sino Paul Thomas Anderson. La cara detrás de las caras, de inolvidables rostros, de personajes enigmáticos y complejos como pocos. Freddie Quell, el protagonista, es un Joaquín Phoenix arruinado, un sujeto trastornado por la guerra (se presume), y que es uno de los tantos que buscan rehacer su vida en la nueva nación, una de las dos caras de la moneda corriente entre los años 1945 y finales de la década de 1980. Es muy arriesgado pensar en cuáles pueden ser las causas que llevan a Quell a encontrarse con Lancaster Dodd, líder de un movimiento espiritual organizado en función de la Doctrina de La Causa, si se trata de casualidad o algo más. Sí, algo más, porque La Causa defiende la existencia de vidas pasadas como el origen del estado actual del ser, por lo que en esas vidas pasadas puede registrarse la razón que lleva a dos almas a complementarse del modo en que lo hacen durante las más de dos horas de fascinante duelo interpretativo.
“The master” se enfoca en el choque entre un muchacho errante y un intelectual, y en analizar el tipo de relación que guardan estos dos hombres. Hacer un análisis sobre la evolución de ambos personajes a lo largo del film, teniendo en cuenta todo lo que cada uno gana y pierde a lo largo del mismo, puede ser un más que genial punto de partida para comprender y ratificar (o no) la existencia del hombre capaz de vivir sin autoridades que lo gobiernen. Después de todo, la película no traza un argumento en sí, sino que toma el caso de Quell y explora sus relaciones con el medio. Eso no significa que deje de haber una historia; por el contrario, la hay, y hay más de una, pero uno no puede pensarla bajo la clásica forma de introducción-conflicto-desenlace, sino como un fragmento cualquiera de una verdad mucho más amplia, de una realidad ambigua y difícil de definir. El personaje, con todos sus matices, es un reflejo de aquello a lo que quiere aspirar esta inquietante producción: un encriptado y denso retrato que busca apuntar tanto a la época que precede a los hombres, como estudiar cómo los hombres pueden definir una época. Por ello es efectiva, porque muestra la figura del veterano de guerra débil, y su necesidad de un guía capaz de enderezarlo. Sin embargo, lo que puede parecer un gesto de buena voluntad (un hombre que se solidariza con otro hombre en peores condiciones), también puede traer consigo algo más oscuro. Después de todo, muchos coincidirán en que el vínculo que se forja entre los hombres, no es simbiótico. Roza el abuso, el aprovechamiento, y todas las formas de dominación posibles.
El esquema subordinado-subordinante hace que “The master” sea, contra lo que se ha dicho popularmente, más una cinta política que una cinta religiosa. Tras el aluvión de comentarios que estudian las relaciones subyacentes entre la Iglesia de la Cienciología y La Causa de Lancaster Dodd, el espectador se siente confundido. La magistral representación de Anderson va mucho más allá de la mencionada corriente religiosa, es simplemente la esquematización de un hombre aplastando a otro bajo cualquier símbolo religioso, cualquier identificación política o cualquier clase social. Es la visión de la política contemporánea, la de hombres que se devoran. Pensar en “The master” como algo religioso equivale a decir que “Petróleo sangriento” es una película sobre economía, o que “Boogie nights” es una película pornográfica. Ahí es donde está lo verdaderamente bueno: en pensar que la situación no dista demasiado de lo que experimentan los hombres de hoy. En pensar que la boca torcida de Joaquín Phoenix, su postura encorvada, su obsesión por el sexo, su ocasional mitomanía (contrastada con su también ocasional honestidad brutal), su tendencia a la violencia, su imprevisibilidad, son en realidad algunos de los síntomas que padecen los seres sociales del siglo XXI, trastornados por las crisis económicas, las crisis de entrecasa o de cualquier otra índole.
Pocas películas en los últimos tiempos han sido capaces de presentar personajes tan bien elaborados como los que protagonizan este film. Más allá de Quell, su conflictividad, y de la milagrosa interpretación que realiza el impresionante Phoenix, también está la pareja de maestros. Él, Dodd, encarnado por el ganador del Oscar Philip Seymour Hoffman. Ella, Peggy, encarnada por la nominada al Oscar Amy Adams. Son el matrimonio que día a día añade un ladrillo a la construcción de un cuestionado credo, de una posible esperanza para la humanidad (capaz de traer paz mundial, de frenar la amenaza nuclear y de curar la leucemia) que para muchos, es una delirante excusa que sólo busca ganar dinero. Ambos se encargan de experimentar con el llegado Quell, y lo hacen de tal forma, que es muy difícil distinguir quién es el alma detrás de la causa. ¿Quién es “The master”? ¿Es un maestro o una maestra? ¿Quién sirve a quién? Un triángulo actoral prodigioso, que recuerda que el actor debe dedicarse a actuar. Y es básicamente lo que hacen. Llevar un guión tan sarcástico como profundo al cine, darle algo de sentido al absurdo que en una decena de ocasiones se interpone entre el proyector y la pantalla, y brindarle coherencia a un discurso denso que, en el fondo, es mucho más simple y menos arriesgado de lo que puede aparentar. La magia está en la realización, en la impecable labor de Paul Thomas Anderson para captar la esencia de grandes momentos y hacerlos únicos. Para rodar una media hora final llena de sorprendentes giros, con una última frase cómica y tal vez clave. Cuando acaba, uno no sabe en qué creer. Tiene muchas ideas en la cabeza, muchas dudas, se siente en otro lugar, trasladado al mundo de la posguerra, ahí, en medio de un desierto, intentando llegar al punto que le interesa bajo el cálido sol de la curiosidad, sin poder responder prácticamente nada de lo que se propone, acumulando más interrogantes en el intento, y seguramente dándose cuenta de que el lavado de cerebro le está empezando a hacer efecto. Cine persuasivo, mordaz, endiabladamente entretenido. Cine maestro, que agrega tela cuando no hay, que te deja pensando hasta cuando no hay qué pensar.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)


3 comentarios:

Roy Bean dijo...

Coincido en muchos aspectos en tu visión. Yo añado que en el espectro actual de cineastas USA no hay otro que maneje la cámara como PTA. Una de las mejores del pasado año, sino la mejor.

Saludos
Roy

Antolín Martínez dijo...

Pues con esa crítica y esa puntuación, no queda más remedio que verla...

Laura dijo...

Muy buena reflexión sobre el amigo PTA... totalmente, y les diré que es más que un 8/10 para mi.

Por lo pronto, lo mejor que llevo viendo este año !!!