sábado, 6 de abril de 2013

Ojos bien cerrados.



Crítica.

“Ojos bien cerrados” [“Eyes Wide shut”, S. Kubrick – 1999]


El más grande y controversial director de cine de todos los tiempos, corona su filmografía y su vida con la que posiblemente sea su mejor película después de “La naranja mecánica”. También corona una década de cine de altura, y la mediocre carrera de un Tom Cruise que, sin Paul Thomas Anderson y sin Stanley Kubrick, sería considerado únicamente un héroe de acción. El cineasta alcanza un punto máximo con la obra que más lo acerca al interior del ser humano. Su cruenta disección del sujeto a partir del concepto de “paranoia”, aunque sólo sea como respuesta inmediata al engaño, resulta de una intensidad inacabable, tan perturbadora y atroz como realista y familiar. Su protagonista es el estereotipo de hombre exitoso: prestigioso doctor, padre y esposo ejemplar, miembro de una clase acomodada, tipo de contactos que asiste a importantes fiestas. Pero lo que a primera vista parece no ser otra cosa sino un matrimonio perfecto, acaba convirtiéndose en una relación en jaque. Los deseos secretos de ella, que una noche constituyen su confesión, catapultan al esposo a una cascada perversa de rincones prohibidos, de frustraciones y venganzas.
¿Puede una infidelidad imaginaria echarlo todo a perder? Seguramente. Es que aunque no lo parezca, la relación pende de un hilo. Todo lo que es aparente y obvio, no tiene solidez con la cual sostenerse. Sólo existe entre ellos un vínculo espiritual que Kubrick, quien escribe y dirige, considera sobrevalorado. La frase final, por ejemplo, lo deja más que claro. Y sin la necesidad de ahondar en el tema, pues no hay cosa en el mundo más macabra que contar un final, por importante que sea, es difícil no pensar en que su contenido respalda la urgencia de algo carnal, de una conexión física, como el canal necesario para que las inquietas aguas vuelvan a calmarse, y la caótica relación alcance su fugaz restauración. Casi como un ritual.
Insistir en ratificar lo que el interrogante previo sugiere, es la base del inconsciente colectivo, al menos del de aquellos que ven “Ojos bien cerrados”. El espectador debe dejarse conducir más allá del infierno de la desasosegante noche, a través de todos los retratos y adornos que reflejan la alianza entre el ser humano y las sombras. Ese descenso, que se presenta como una espiral que adquiere gravedad, peligro e intensidad, es la proyección (real, onírica, hipotética o absurda) del engaño imaginario, de la farsa del orgasmo, de la endeble representación del placer femenino. En otras palabras, es todo lo que puede conseguir un personaje que confiesa su fantasía, cuando la ética lo prohíbe. Prohíbe fantasear y condena confesar la fantasía, o al menos da esa impresión. Es paradójico que un matrimonio fingido sea traicionado por una ilusión, por un acto jamás consumado.
Stanley Kubrick, en una última lección de psicología animal, tan brutal como su “Nacido para matar” o su thriller de terror, y ya un clásico de culto “El resplandor”, se anima a materializar cinematográficamente la paranoia. Si uno se atreve a no tomarse tan en serio las referencias a las sectas religiosas (es decir, dejando entre paréntesis ese viaje entre tinieblas que el personaje protagónico, de Tom Cruise, realiza para curar su impaciencia, su odio y su impotencia), podrá distinguir que es un ser humano sin preparación para el engaño. Lo piensa y lo rechaza, le tienta pero lo esquiva. Sólo una máscara le permite introducirse en la casa, esa elegante mansión donde parecen ocurrir cosas extrañas e incomprendidas. Quitarse esa máscara es desnudarse, es exponerse, es demostrar que su universo y el universo de aquel lugar son incongruentes e irreconciliables. Los celos lo invitan a ser una segunda persona, un desdoblamiento caníbal de la primera, que no puede sostenerse en su desnudez, y que rápidamente puede volverse frágil como un recién nacido.
En un juego de espejos, representaciones y máscaras, Kubrick saca brillo a cada escena. Absorbente trabajo de dirección en una obra introspectiva y brutal, capaz de montar escenarios y crear atmósferas muy densas e incómodas. Un relato magnífico sobre la paranoia, resultante del emergente anhelo de venganza (engaño por engaño). ¿Todos pueden dormir con la conciencia tranquila? El terror azota al hombre que emigra y se convierte en un extranjero recién llegado a la tierra de los infieles, y en la confrontación definitiva, cuando ni el sueño de uno ni el descenso de otro resultan fructíferos para ambos, la vía de escape acaba siendo producto del consenso. Una vía de escape que, claramente, muestra que el único modo de darle cuerpo a las cosas es con el cuerpo, y que la medicina para curar todos los males puede ser menos letal y más cercana de lo que hombres y mujeres con los ojos bien cerrados pueden llegar a reconocer. Otra genialidad del Gran Maestro del Cine, un oscurísimo e imperdible festín carnavalesco.
Puntuación: 9/10 (Excelente)

5 comentarios:

Juan Roures dijo...

Buena película. Curiosamente, se considera la peor de Kubrick y a mí es una de las que más me envuelven. Un saludo.

Roy Bean dijo...

Yo la he ido valorando más con el paso del tiempo, hasta que ha llegado a gustarme. Reconozco que cuando la vi en su estreno cinematográfico no me había hecho mucha gracia la obra postuma de don Stanley.

Saludos
ROy

Antolín Martínez dijo...

Me pasó lo mismo que al Sr. Bean. Pero luego de un segundo o tercer visionado las cosas cambian. Como buen vino, la obra de Kubrick mejora con el tiempo. Con Ojos bien cerrados Kubrick entró más en el alma humana que en sus anteriores realizaciones, más críticas a la condición humana y al racionalismo. Extrañamos a Kubrick, sí señor.

Anónimo dijo...

Y es que para entender esta película se debe primero vivir. Por eso creo que si la vez de soltero, no es lo mismo que la veas recien casado y 18 años después.

Anónimo dijo...

En terapia de pareja es una pelicula altamente recomendable