miércoles, 8 de mayo de 2013

El último emperador.

 
Crítica.
"El último emperador" ["The last emperor", B. Bertolucci - 1987]

La década de 1980, en materia cinematográfica, fue altísimamente irregular. Por un lado, hubo loables (aunque mayormente no lo fueran) tragicomedias de bajo presupuesto, que calaron hondo en la cultura popular, y se convirtieron en clásicos instantáneos. Las otras, un grupo minoritario, eran producciones de proporciones monumentales atravesadas por el afán de recrear fielmente momentos históricos de gran trascendencia. De ahí, que Milos Forman llevara la obra teatral "Amadeus" al cine, construyendo un escenario a la perfección, y tejiendo uno de los duelos más apasionantes de los que se recuerden. O que "Gandhi" se eternizara en el alma de los cinéfilos, siendo coronada por la Academia de Hollywood con un buen puñado de Oscars. Otro de los casos, de gran repercusión, fue el del gran Bernardo Bertolucci y su biográfico sobre "El último emperador" de China, Pu Yi, y el ocaso de su vida en una nación ahora dominada por el maoísmo, y colmada de jóvenes manifestándose en la vía pública, agitando banderas coloradas y depurando a la sociedad de cualquier tipo de influencia negativa (dada, desde luego, por el imperialismo, ya sea occidental o japonés). Este último caso, es el que particularmente me interesa desarrollar en este momento. Tal vez, porque el resurgimiento de las ideologías de izquierda en el actual occidente, o la reaparición de la juventud (para bien o para mal, eso lo juzgará cada uno) en el plano político, inevitablemente lleva a uno a replantearse la verdadera naturaleza de aquellos movimientos que, durante la Guerra Fría, transformaron la realidad de los países del bloque oriental antes de la caída de la Unión Soviética.
La mirada que ofrece Bertolucci es más que interesante. Este cineasta, un artesano de la cinematografía y responsable de algunas de las producciones más significativas del siglo pasado ("El último tango en París" o "Novecento" deben ser suficientes para creer en lo que digo), rara vez se aleja de las modificaciones que muy paulatinamente sufre el contexto en el que se desenvuelven sus personajes. Tampoco puede uno ignorar el estupendo retrato que hace, en "Los soñadores", de la lucha de los jóvenes por un mundo mejor, en medio de una agitación generalizada durante la década de 1960, plena Nouvelle Vague). Dicho de otro modo, el cerrar "El último emperador" con el grito unificado de una juventud convulsionada, debe ser analizado con particular énfasis. Después de todo, alguien que ve la obra desconociendo el estilo del director, supondrá que la resolución (todo lo que se desarrolla luego de 1947, o al menos luego de 1959) sirve como un adorno con el fin único de extender la duración (no olvidemos que las producciones monumentales rara vez duran menos de 150 minutos). Es muy probable que ese final oculte (tal vez sea un error hacer una sentencia tan radical a veinticinco años de su estreno, pero servirá como una hipótesis no poco interesante), el verdadero mensaje que busca transmitir este artista, y que evidentemente trasciende lo que la autobiografía del último emperador dice en sus páginas.
Por otra parte, es muy difícil hacer recortes cuando se analiza la Historia Universal. Después de todo, la Historia es compleja, y cada acontecimiento es producto de otros acontecimientos previos, que de forma directa o indirecta van influyendo en las estructuras sociales, políticas, económicas o culturales. Este encadenamiento de sucesos, unos marcando la esencia de otros, es el que le da sentido al estudio de la Historia, y es deber de quien la estudia remontarse más y más lejos del presente, para hallar en los mínimos detalles, posibles causas de las circunstancias actuales. "El último emperador", por su parte, resume en casi tres horas, aproximadamente seis décadas de historia. En lo espacial, asimismo, va más allá de la frontera (habla del vínculo entre Pu Yi y Japón, en relación con el gobierno de Manchukuo en la década de 1930), hasta poder complementarse (si se quiere) con otra obra una década más moderna, pero ambientada en aquellos tiempos, como lo es "Kundun" de Scorsese (que relata, en sus mejores momentos, los lazos entre China y el Tibet).
El punto de partida de Bertolucci es uno de los dos movimientos de ruptura que desarrolla "El último emperador": la disolución del Imperio y su reemplazo por una República, en el amanecer del Siglo XX. En esos años, es Emperador un niño de tres años quien, en medio de este conflicto, es recluido en la Ciudad Prohibida, territorio amurallado sobre el cual gobierna a la medida que va creciendo. El espectador, durante la primera mitad de película (que apunta a describir su juventud), se sumerge en ese mundo de opulencia, enclaustramiento e ingenuidad, tres conceptos sumamente incompatibles (al menos, a priori). Hay algunas escenas que ayudarán a ejemplificar lo que digo: Pu Yi corriendo en círculos con su hermano, perseguidos por varias decenas de adultos, en una secuencia mecánica que parece no tener fin; una puerta custodiada por una decena de hombres y que nunca parece abrirse para él, por mencionar algunas. Es casi imposible no sentir simpatía por el niño, ya sea por compasión (por comprender el microcosmos improvisado que supone la Ciudad Prohibida antes de su migración en 1924) o por la gracia que genera el patetismo en las tantas escenas sin sentido en sí solas. Probablemente Bertolucci se detenga demasiado tiempo en estas cuestiones, un tanto superfluas si se quiere, pero que están por algo: promueven una percepción más aguda por parte del espectador, que se siente, de una manera u otra, involucrado en las aventuras de este Alex DeLarge oriental de principios de siglo (una rata de laboratorio sin verdadero control sobre sí mismo, sobre su ideología, siempre dominado por una fuerza externa que condiciona sus acciones y pensamientos, que no le permiten obrar independientemente del contexto, ya sea uno u otro; un títere, como queda demostrado en su manejo sobre el conflictivo territorio de Manchuria, potencialmente productivo, y su tierra natal).
La segunda ruptura se produce con el avance del maoísmo y su consagración en los finales de la década de 1940, que marcará el pulso de la contracara de la narración (que, vale aclararlo, alterna escenas de la infancia en la década de 1910 y las subsiguientes, con su estadía en un centro de reclusión de enemigos del Estado en la década de 1950). Es el pulso, además, de la resolución de la historia, del ocaso y la resignación (cabe insistir con este concepto de "naranja mecánica", presente en las escenas del interrogatorio), así como de la instancia de madurez en todo sentido, de los personajes y de su autor, donde demuestra que puede manejarse (como si su filmografía no bastara) con escenarios mucho menos ornamentados, pero no por ello menos complejos. Corona con un final inteligente, con la dosis justa de emoción, y los triunfos cosechados en todo el mundo. Muchos de ellos enfocados en aspectos técnicos de la magnánima construcción de una época (Bertolucci saca provecho a la ventaja de poder rodar dentro de la Ciudad Prohibida), e indiscutiblemente merecidos. "El último emperador" es una más que decente adaptación cinematográfica, tan ambiciosa como precisa, tan interesante como reveladora. Si bien muchos fanáticos de Bertolucci (entre los que puedo llegar a considerarme, sin exceso de pasión) preferirán al cineasta más mesurado y menos inversor, yo prefiero al Bertolucci que sabe contar una historia de principio a fin, y que sabe dejarme pensando en lo que vi luego de finalizarla. Es el mejor regalo que puede pretenderse de uno de los más grandes cineastas vivos, y "El último emperador", guste a uno o no, es incuestionablemente un pedazo de historia valiosísimo, tanto para la resignificación del mundo social como para añadirle valor al séptimo arte.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)

1 comentario:

Antolín Martínez dijo...

Es una excelente película. Bertolucci no había intentado nada así desde su igualmente monumental Novecento. Solo estas dos (tres) películas justifican su paso por este mundo. Uno de los mejores cineastas italianos.
Por otra parte, no deja de llamar la atención la inversión de valores. El inquisidor de Pu Yi luego era víctima de la contrarrevolución. La escena de esas víctimas, caminando con sus máquinas de escribir y demás objetos propios de su oficio contrarrevolucionario, es patética. Es una obra maestra del cine.