martes, 4 de junio de 2013

La escafandra y la mariposa.



 
Crítica.

"La escafandra y la mariposa" ["Le scaphandre et le papillon", J. Schnabel - 2007]


Los directores de cine actuales son conscientes de que, por lo general, el éxito de sus trabajos se debe a la originalidad que pueden imprimirle a su obra. Con más de un siglo de historia, el séptimo arte se debate entre la innovación y la tradición, entre lo conservador y lo progresista. Hoy por hoy, este dilema es una realidad latente en el proceso de realización. En él, uno puede percibir cuánto influye en el producto final. Para mencionar un ejemplo: el año pasado, dos de las producciones más laureadas, han coincidido en representar la transición de la década de 1920 a la de 1930. A saber: por un lado, una crisis económica que ha conducido a muchos inversionistas a replantearse toda una vida; por el otro, una sociedad que a pesar de los golpes secos de una economía imprevisible, sigue respetando al arte de la literatura y la cinematografía. Por eso, y principalmente por su fidelidad, "El artista" y "La invención de Hugo Cabret", muy distintas en algunos aspectos, pero muy aproximadas en otros, han recibido el beneplácito de la crítica y del público. Pero si hay un elemento que las hace irreconciliables, y pido que se me permita un término tan duro como ese, es el modo de abordarlas. Michel Hazanavicius, director de la primera, la rueda en blanco y negro, sin diálogos, en dos dimensiones; Martín Scorsese, director de la segunda, la rueda en tres dimensiones, con efectos especiales y con diálogos. En líneas generales, cuentan casi la misma historia: son dos inmensos homenajes al cine, ambientados en una misma época, pero constituyen dos modelos antagónicos, que pueden resumirse en las dicotomías que han abierto esta crítica.
¿Por qué tanto rodeo para hablar de "La escafandra y la mariposa", un drama que retrata una historia contemporánea, y que poco tiene que ver con los filmes antes mencionados? Julián Schnabel, y de esto no cabe dudas, se ha replanteado cómo abordar un autobiográfico cuyos límites, claramente, han sido definidos por el propio autor y protagonista de la obra. Éste, Jefe de Redacción de la revista Elle llamado Jean Dominique Bauby, sufre un ACV (accidente cerebro vascular). Las consecuencias son graves: padece un síndrome de enclaustramiento, su cuerpo ha perdido toda movilidad, y apenas puede dominar uno de sus ojos. Como una escafandra, su cuerpo es una gran muralla que lo aísla de la libertad que ansía, y que la vida le ha quitado ferozmente. Muchos se preguntarán cómo logra, en este estado, escribir una biografía sobre su persona, en la que narra su particular (y filosa) visión del mundo. Para eso, no hay mejor herramienta que remitirse a la obra. Pero efectivamente, Bauby logra publicar su historia, la que va a usar Schnabel para llevarla a la gran pantalla. De acuerdo con los interrogantes previamente formulados, y con los debates propuestos, uno puede imaginar que semejante tragedia, llevada al papel por su protagonista, debe ser adaptada de modo fiel. Y la fidelidad implica, muchas veces, toda renuncia a innovaciones, provocaciones, metáforas y giros surrealistas. Después de todo, ¿cuánto de esto puede tener un drama sobre el enclaustramiento?
Ahí es donde cobra fuerza la figura del director de cine, que contra viento y marea, logra sorprender. Schnabel no necesita demostrar que es un gran artista (ya lo ha hecho dirigiendo a Javier Bardem en "Antes que anochezca", a inicios de la década), pero si a alguno no le ha quedado claro, sólo debe ver "La escafandra y la mariposa". ¿De qué se trata esa magia? Bueno, de usar los senderos más pantanosos para contar lo que es, en síntesis, una historia sencilla sobre la superación. Esas que, bajo la responsabilidad de otros hombres de la industria cinematográfica (nótese el uso del término "industria" en sustitución del término "arte"), suelen ser adecuadamente tildadas de dramas lacrimógenos de bajo vuelo. Estos rumbos poco tienen que ver con quitarle la palabra a Bauby, el pecado que tres cuartas partes de los cineastas cometen cuando se embarcan en la presuntamente fácil labor de dirigir una biografía. Schnabel reconoce, desde un principio, que el alma de la historia es este hombre convertido en escafandra. Su ambición no enturbiará la narración de su metamorfosis. Su estrategia tiene que ver con el manejo de la cámara, el canal que conecta de manera directa a la audiencia con la historia. Pone, de manera literal (o al menos da esa impresión) la cámara en el ojo de Jean Dominique. ¿Por qué? Porque la historia es él. Y el único medio o canal por el que puede transmitirla, es ese ojo. El único canal por el cual, finalmente, la escribe. Sin ese ojo, uno nunca hubiera visto esta película. Podría haberse puesto la cámara de video en cualquier otro lado: en una mesa de noche, en un rincón de la habitación, o alrededor del protagonista, pero finalmente se ha puesto en ese lugar. El que, una vez más, permite que se reproduzca su fabulosa historia. Lo que parece ser un simple capricho de director reconocido en la esfera del cine europeo, es en realidad una virtud sobresaliente en su trabajo. Son pocos los artistas que se destacan por lo que hacen con una cámara. Janusz Kaminski, director de fotografía que usualmente colabora con Steven Spielberg, es uno de los que merece los aplausos. Y el otro, nuevamente, es quien le da las órdenes. Una sutileza que traduce con perfecta originalidad (calificativo que sintetiza el alcance de su admirable recurso) la transmisión de la historia. Un hombre que le habla al mundo con unos pestañeos. Una cámara que capta ese pestañeo, y que traduce al código cinematográfico, oscureciendo la pantalla. Técnica sublime, controversial y quizá exasperante para muchos, pero que define la obra. "La escafandra y la mariposa" es una gran película por muchas otras cosas. La interpretación extraordinaria de Mathieu Amalric, un actor que se entrega incluso a los papeles más pequeños (como a ese simpático policía al que da vida en "Las hierbas salvajes" de Resnais), las canciones de Tom Waits, Ultra Orange & Emmanuelle [Emmanuelle Seigner], el reparto de lujo, el humor que desprende cada observación en off, y la calidad de la puesta en escena. Pocas películas están tan seguras de lo que quieren contar, y ésta es una. Es precisa, y punto. Por eso, mínimamente, merece el respeto de los espectadores.
Puntuación: 9/10 (Excelente)