martes, 18 de junio de 2013

Petróleo sangriento.

 
Crítica.
"Petróleo sangriento" ["There will be blood", P. T. Anderson - 2008]


 
Paul Thomas Anderson, palabras mayores incluso dentro del golpeado cine estadounidense (golpeado con buenos fundamentos, por lo general): un hombre joven, responsable de algunas de las obras más significativas de la cinematografía en los años '90. A saber: "Magnolia", drama coral que bien puede encasillarse dentro del realismo mágico, o "Boogie Nights", retrato de la industria del cine porno durante la década del '70 y del '80, protagonizado por Mark Wahlberg en su mejor momento. Su historia sigue, en lo que muchos seguidores llaman "etapa de madurez", aunque esta denominación puede traer aparejados dos debates. En primer lugar, la "etapa de madurez del artista" se suele identificar con la obra de alguien bastante mayor (y no a un cineasta que no supera los treinta años). En segundo lugar, quien haya visto sus primeros trabajos, sean largometrajes o no, verá que todos no pueden ser sino resultado de una mente creadora y madura, ante todo. Por lo tanto, difícilmente pueda distinguirse su "madurez" de un estado previo, que quizá sea llamado de (in)madurez, o de "transición", lo que a mi modesto juicio supone una gravísima equivocación.
Tal vez sea "Embriagado de amor" su trabajo más cuestionado, ya sea por la elección de su protagonista (el cómico Adam Sandler), o por el género al que recurre: el de la comedia (con tintes de romance y drama, vale la aclaración). Ahora bien, hasta Stanley Kubrick ha hecho comedias, su "Dr. Insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba" es una reliquia de la década del '60, y poco se la ha criticado. La única crítica que admite la mencionada producción de Anderson, es no estar a la altura de la espectacularidad del resto de sus trabajos, una crítica un tanto injusta, pero legítima. Y en última instancia, acertada. Espectacularidad que recobra con sus dos últimos trabajos: por un lado, la aquí reseñada "El maestro", magnífico drama sobre la religión y la política, con las avasallantes interpretaciones de Joaquín Phoenix y Philip Seymour Hoffman; por el otro, la que hoy aquí nos convoca: "Petróleo sangriento", un drama sobre la consagración de Estados Unidos como potencia mundial, si es que es posible marcar concretamente una época. Aunque eso sea discutible, desde luego, lo que no parece ser discutible es la calidad de vida de una sociedad que halla, debajo de sus desiertos y sus rocas, el valioso oro negro. Oro que conduce la narración desde los años finales del siglo XIX hasta 1927, justo antes del crack del 29, un detalle que no debe pasar desapercibido: los límites de lo que quiere mostrar el filme, están puestos en el punto álgido de la prosperidad de Plainview, este antihéroe que protagoniza la película, y de la sociedad en general. La decadencia es predecible, sí, y más cuando se llega tan alto. Pero los títulos finales y una escena final, parecen acallar esos rumores de inminente crisis.

Daniel Plainview, el hombre de las sombras.
Eli Sunday, el hombre de la luz.


Si en una película se quiere mostrar el ascenso de un hombre, ¿qué mejor idea que empezar mostrando al hombre en el fondo de un pozo? Bueno, "Petróleo sangriento" hace uso de esa idea. Armado de sus herramientas de trabajo, en condiciones desastrosas, trabaja como minero en un rinconcito de la gran nación, aún no tan grande como llegará a serlo en los años posteriores. Su vida da un giro cuando encuentra, en otro pozo, petróleo. Dotado de la habilidad para cavar, pero también para liderar, se vuelve rápidamente un promotor de la actividad, un evangelizador que cruza los estados para ofrecer sus servicios de extracción. Así, de la nada, el crecimiento parece no tener fin. Plainview, este sujeto, no tarda en volverse un poderoso magnate. Un planificador, un estratega, que busca abarcar todo lo que puede. Un hombre ambicioso, sí, de orígenes humildes que se diluyen en el olvido, en el pasado de una nación que ya ha dejado atrás el siglo XIX. Interpretado de manera magistral (un calificativo demasiado pobre para referirnos a una de las mejores personificaciones de la historia del cine) por el grandioso Daniel Day-Lewis, su tocayo representa el polo económico. Las sombras, la oscuridad, si se quiere. Su avaricia no reconoce límites. No quiere que nadie más tenga éxito, y es capaz de los más grandes pecados para ganar terreno. Paradójicamente, el pecado más grande que comete, es el de bautizarse. Ir contra su más profunda convicción, contra su notoria falta de fe, contra la luz. Ahí es donde aparece ese trazo antagónico, encarnado por Paul Dano. Se llama Eli Sunday, y es un emprendedor de la espiritualidad. Ha creado un movimiento religioso, que parece reunir más y más adeptos. Contra todo índice de materialidad (aunque no hay emprendimiento que no alcance un éxito relativo sin algo de dinero, eso está claro), Sunday representa la luz. Con un rostro ingenuo, levanta el segundo frente de batalla. La batalla entre la luz y la oscuridad, parece traducirse en palabras más cercanas a nuestra realidad social: la espiritualidad contra el materialismo.
Está claro que Paul Thomas Anderson monta toda la película en función de este choque de potencias. Si uno debe resumir "Petróleo sangriento" en unas pocas palabras, no dudará en hablar del "hombre de petróleo" y su relación con un joven muchacho que le vende una tierra poderosa. Es la relación que sostiene las más de dos horas y media de película. Es la relación que da sentido a todos los giros argumentales, incluyendo a ese majestuoso final, tan controversial y vapuleado como alabado y ovacionado. De alguna manera, puede interpretarse que una catástrofe como la crisis económica, no puede tener consideración de aquellos que creen que una iglesia se construye sólo con voluntad. Ahí, es donde Upton Sinclair, autor de la novela original, toma partido. Es consciente de que los problemas del mundo de la economía no se resuelven fuera de sí misma. Es necesario, a menudo, atravesar los límites morales y combatir la fatalidad con un individualismo sólido. Algo que las Sagradas Escrituras rechazarán de lleno, pero que muchos hombres y mujeres en la actualidad encontrarán efectivo, aunque desalentador. ¿Cómo combatir la crisis, sino con terreno ganado? Eso le da al hombre ambicioso una ventaja. Lo hace más malvado, pero lo convierte en un superviviente. También hace más bueno al hombre de espíritu, mientras lo convierte en un cadáver. La lógica es esa, el enfrentamiento de dos modos de vida, de dos inmensas ideologías que trascienden las pequeñas ideologías que gobiernan las naciones. Dos perspectivas encontradas y totalmente opuestas. Una guerra que hace vibrar los suelos, de los que brota el petróleo, motor de más y más guerra. Y que permite revisar la idea de "luz": ¿acaso Eli, el "hombre de espíritu noble", representa la luminosidad? ¿o la representa, siguiendo la lógica propuesta por Anderson, su hermano Paul Sunday, ese que señala a Plainview la tierra fértil, el camino de su éxito, y que presagia su ascenso y su consagración?
Paul Thomas Anderson crea un estudio magnífico de la sociedad durante la primera mitad del siglo XX. Un trabajo ejemplar, cuyo alcance va más allá de lo estético. El ritmo de la narración, los personajes, son de por sí interesantes. Luego están los acentos, los detalles, y los cierres, tres elementos que este gran director americano nunca olvida para ubicar en la cima todas sus obras. Habla del poder sin referencias políticas, de la guerra sin referencias armamentísticas, habla de la vida a través de hombres ordinarios en situaciones extraordinarias: hombres forzados a repensar su existencia, a doblegarse ante las vicisitudes del destino, a cambiar totalmente el rumbo y perseguir la brújula de la intuición. No es justificación de la maldad, o tal vez sí; sin embargo, más parece ser un presagio del mundo durante el siglo siguiente: la suma de individualidades perdidas en un universo improvisado y en crisis, gente que habla sola y ausencia de solidaridad. Un análisis realista, o una instrucción infalible de cómo vencer a los impredecibles demonios que acechan en el cosmos, o a aquellos que ocasionalmente salen a la luz bajo la forma del petróleo.
Puntuación: 9/10 (Excelente)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Concuerdo, pero creo que la poderosa imagen y acción del protagonista es más que la mera confrontación con el joven predicador. Es el poder, la ambición y la carencia de alma el emblema y representación del poderoso aun en nuestros días.

Anónimo dijo...

hasta donde me he informado la pelicula se basa en la novela de Sinclair pero no es exactamente igual, sería interesante conocer cual es el traatamiento de sinclair y cual el del director de la pelicula