martes, 16 de julio de 2013

La dolce vita.



 
Crítica.
[“La dolce vita”, F. Fellini – 1960]


¿Quién no creció habiendo oído, en algún momento de su existencia, un comentario sobre La dolce vita? Seguro fueran unos pocos. Posiblemente se deba a que Federico Fellini, responsable de esta obra y uno de los más prestigiosos y memorables artistas del cine italiano, inmortalizó su producto y lo integró a la cultura popular. Los motivos pudieron haber sido muchos, desde luego: su análisis y crítica evidente de los despiadados métodos del periodismo de espectáculos (hoy más presente que nunca), la belleza de algunas secuencias que quedaron congeladas en la memoria colectiva, o lo bien lograda que está la imagen de hombre atormentado por su círculo de íntimos. Pero más allá de estos, el impacto de La dolce vita es innegable, y hasta nuestros días se mantiene como uno de los grandes referentes del cine universal. Galardonada con la Palme D’Or en el Festival de Cannes (1960), describe la vida de Marcello: él está al acecho de las novedades, es un hombre de contactos importantes, muy respetado y sobre todo muy sagaz. Su eficiencia es notable, así como su encanto. Cuesta imaginar a otro actor para encarnarlo, al menos luego de ver semejante interpretación del gran Marcello Mastroianni. Sin embargo, todo punto álgido está seguido inevitablemente de un declive, brusco y apocalíptico, para el cual no siempre se está preparado. La intriga se vierte sobre el interrogante "¿podrá sobrevivir a la agitación y a la caída?".
Tres años después, el mismo Fellini entregó un redondo largometraje sobre una temática bastante similar. Se trata, ni más ni menos, que de 8 1/2. Su argumento, más que conocido, gira en torno a Guido, cineasta exitoso que recibe las presiones del público ansioso por una nueva obra que no puede adelantar (ni siquiera comenzar) a causa de un bloqueo mental. No sólo sus presiones, sino además la de un grupo de mujeres cercanas que lo debilitan y lo turban. Quizá el mayor problema para La dolce vita sea que su sucesora es ampliamente superior. Las causas son simples: su renuncia a grandes ambiciones la hace más humana y accesible, pero sobre todas las cosas, la hace más breve y más entretenida. Lo que no quita, desde luego, que ambos sean trabajos decentes y (a su manera) revolucionarios. Han despertado un entusiasmo pocas veces visto, y hasta en la actualidad, muchas escenas siguen siendo parodiadas o insertadas a una historia particular tal vez totalmente diferente. Nadie pretende negar eso, y nadie pretenderá hacerlo, con la sola excepción de quien quiera ponerse en ridículo. Sin embargo, el blanco y negro suele producir en los espectadores contemporáneos una embriaguez plena, que los obnubila, impidiéndoles preguntarse si todo aquello que genera está debidamente justificado.
Para narrar la historia, Fellini utiliza un recurso que, sin ser de su invención, es común en el cine italiano. Se trata de partir la línea de tiempo (el transcurrir de la historia dentro de la ficción) en lo que puede llamarse escenas de la dolce vita. Esto la convierte, sin la necesidad de intertítulos o aclaraciones, en una película de episodios. Las casi tres horas de metraje, extensión totalmente discutible, pueden fragmentarse sin dificultad. Cada una de las estrellas del maravilloso reparto parece protagonizar una faceta de la vida de Marcello, como el aluvión de mujeres en 8 1/2: cada una ha conquistado un rincón distinto del tibio corazón del protagonista. Los espacios en que ocurren los distintos episodios (las calles de Roma, la iglesia, la vieja mansión, el cabaret) son tan disímiles como sus personajes, y muestran el carácter camaleónico de personaje principal, quien parece amoldarse conforme a la ocasión. Todas estas partes, todos estos seres, configuran la verdadera identidad de Marcello (esa a la que, por lo visto, nunca accedemos: o sí, y dependerá de la lectura del plano final, en el que es preferible no ahondar para no revelar detalles sustanciales). Ahora bien, el todo, ¿se sobrepone finalmente a la suma de sus partes? Parece ser que no. Si se suprime uno de los episodios (dígase, por ejemplo, el reencuentro con su padre), no alterará prácticamente el desarrollo de la historia. Será un personaje caracterizado por su orfandad, y nada más: después de todo, tampoco aparece su madre, ¿qué diferencia puede hacer que su padre no aparezca? Y la respuesta es más que sencilla: la diferencia está en la duración. Después de todo, la película puede durar una eternidad, describir la interacción de Marcello con todos los hombres y mujeres que encuentra en el camino. Y ni siquiera así, aunque esto es una suposición, acabará sobreponiéndose a la suma de los episodios.
¿Qué es lo que guía, entonces, La dolce vita? Uno puede hallar respuestas en el concepto de alienación. La vida dulce, los vicios y los excesos, son un detonante que pone en riesgo la identidad del personaje, posible víctima de una implosión. Esta alienación es la que, llegado un momento, lo priva de un refugio. Algún espectador se preguntará de qué color es su hogar, ingenuamente, y no sólo porque no hallará respuestas en el blanco y negro, sino porque carece de hogar. Que no es lo mismo que tener casa, claro. Marcello ni siquiera tiene un refugio para recluirse, muy a pesar de su manifiesta intención de estar solo. La vida dulce es simplemente un disfraz, uno más en el montón, que se confunde con la oscuridad de la noche. Es un ser vacío e indefenso, incapaz de comunicarse verdaderamente con los otros. Un ente muerto en vida, un débil y desesperado individuo en busca de una mesa bajo la cual ocultarse. Federico Fellini se ha consagrado tanto con La dolce vita como con 8 1/2, pero da la sensación de que la duplicación de su éxito es deliberada e injusta. La primera, es una buena película. Tiene escenas grandiosas (como la carrera de periodistas en la iglesia de Roma, mostrando el cinismo de la profesión), y otras increíblemente recordadas (como la inmersión en la fuente, cuya grandeza deberá ser cuestionada y analizada en profundidad), pero el conjunto no es demasiado sólido. El exhaustivo repaso por estas escenas de la dulce vida, un tanto redundante, sale mejor parado por la intensidad del tramo final, y por la presencia de una mano segura como la de Fellini, capaz de convertir lo miserable en algo un poco mejor. La dolce vita no es, desafortunadamente, de sus mejores trabajos. Sin embargo, es un buen prólogo para su siguiente gran obra (la tantas veces nombrada en estos párrafos), y un buen drama. Sin hacer justicia a la monumentalidad de sus proporciones, aun así, sobran los motivos para verla. Un clásico.
Puntuación: 6/10 (Buena) 

1 comentario:

magu dijo...

RODRIGO
Si, a mi me encantó, jaja, como me gusta el fainá o la pizza napolitana en los inmortales, un clásico, aunque como decís vos, ´8 y medio o la strada son mejores, me gustó mucho INTERVISTA del 85 que retrata al mundo de la televisión, lso shows, y mi favorita de lejos es ENSAYO DE ORQUESTA, me fascina esa, y su música de nino rotta también.
Los paparazzi de la dolce vita son igual de molestos que ahora, ¿viste la escena donde el escritor se suicida y mata a los hijitos y los fotógrafos la siguen a la esposa a a casa?. tremenda '
mi escena favorita de la dolce vita es cuando la familia noble en decadencia los invitan a todos a caminar por el jardín y su castillo con las velas,
bue, saludos