lunes, 23 de septiembre de 2013

La casa de las dagas voladoras.



 
Crítica.
“La casa de las dagas voladoras” [Shi mian mai fu, Z. Yimou – 2004]


La Dinastía Tang probablemente sea el período histórico chino mejor retratado por el séptimo arte. Y si hay un cineasta capaz de captar la luz, el color y las contradicciones sociales de aquella época, es Zhang Yimou. Algunas de sus obras más famosas, como “Héroe” o “La maldición de la flor dorada”, se remontan a esos tiempos en los que el amor, la guerra y el destino han desencadenado episodios fundamentales en la historia universal. “La casa de las dagas voladoras” sigue el esquema de las tragedias clásicas, en que una fuerza incontrolable dirige los acontecimientos que marcan a los mortales, en que el amor puede abrir una batalla infernal, y narra un conflicto con la sensibilidad de lo contemporáneo. La lucha de poderes es un tema que, doce siglos después, sigue marcando el ritmo de la historiografía moderna. En este caso, el inminente declive dinástico y la proliferación de los ejércitos rebeldes (desde luego, perseguidos por el gobierno de turno) entran en una peligrosa fase que demanda urgentes transformaciones, y de cuya demora dependen las vidas de los individuos involucrados. La casa de las dagas voladoras es el nombre que recibe el grupo revolucionario más influyente, que debe su efectividad a la estrategia de mantenerse a la sombra del imperio y atacar en el momento más preciso. Regido por una figura desconocida, anónima y oculta, parece estar destinado a dar el golpe definitivo a un gobierno cuestionado y decadente.

El planteo inicial puede parecer sencillo, pero debe tenerse en cuenta que las acciones de los seres humanos son proclives, principalmente, a la alteración de lo que se presume inalterable. Así, una lucha entre dos frentes, uno considerablemente más fuerte que el otro, puede tomar rumbos inesperados. En escena, para contrastar con ese bucólico telón de fondo, tres personajes adquieren cuerpo y alma como un relieve que, sobre lo llano, llama la atención de quienes están dispuestos a mirar. Dos hombres que trabajan para el gobierno reciben la misión de capturar a una bailarina ciega perteneciente a la organización clandestina antes mencionada; sin embargo, aspirando a más, uno de ellos opta por hacerse pasar por su salvador, con el fin de recolectar información sobre la dirigencia de la facción. En el camino, ambos se enamoran perdidamente, y automáticamente determinan el curso de las cosas.

La relación entre amor y guerra puede parecer, para los hombres más serios, un cliché del arte. Sin embargo, han sido pocas las veces en que el retrato ha alcanzado un nivel de perfección tal como el de la obra que hoy es juzgada. Este es, sin lugar a dudas, un caso especial. No sólo por su argumento, con la cantidad de giros necesaria para guiar al espectador a través de las inesperadas etapas de la historia, sino por la espectacularidad visual. Ignoro si está científicamente comprobado que el cine asiático sea capaz de producir un efecto hipnótico en los espectadores, pero basta con remitirse a algunas obras populares, reconocidas y monumentales de algunos países para deducirlo, como “Primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera”, de Kim ki-duk (Corea del Sur), “El tigre y el dragón”, de Ang Lee (Taiwán), “Cenizas del tiempo” de Wong Kar Wai (China). Todas las producciones mencionadas tienen una dosis de perfeccionismo estético, quizá obsesivo, pero ¿qué importa? Después de todo, convierte grandes obras del séptimo arte en inolvidables trucos de magia, donde desafiar a la física es una maniobra usual que, quienes son víctimas del esplendor, en ningún momento critican. Las dagas danzan en el aire, penetrando un viento espeso que define su dirección. Su curso es misterioso e inexplicable, algunas vuelven a las manos de quienes las han disparado como un boomerang, otras mueren en el cuello de un adversario, algunas se pierden en el espacio, otras destrozan una caña de bambú. En este contexto, ¿Puede esperarse otra muerte que no sea por un arma cuyo destino no está predeterminado, y que depende ocasionalmente del azar? Las dagas son el símbolo de la incertidumbre, de la misma forma que lo es la historia. Uno puede imaginar el futuro, pero nunca estar totalmente seguro de lo que ocurrirá. Los hombres hacen que un axioma sea una utopía, y que una realidad estática se sumerja en el más profundo de los cambios.

“La casa de las dagas voladoras” es una obra maestra. Las escenas en la Casa de Citas, que incluyen el juego del eco, los enfrentamientos en el trigal o en el bosque, la tormenta de nieve (que inunda una lucha fatal sobre el final), son demasiado inmensas para permitirse valoraciones. Es inútil definirlas con palabras: lo visual guarda la magia, su esencia verdadera, la que nutre al filme de gloria y triunfo. En el camino, una sobresaliente historia, que no se trata de algo tan banal como dos fuerzas políticas buscando acceder o mantenerse en el poder, sino de la colisión entre el amor y el ideal. ¿Cuán lejos puede llegarse siguiendo el norte que imponen uno u otro? La traición y la guerra, puede decirse, y está muy bien. Pero un cineasta como Zhang Yimou, impulsado por el amor al arte y por sus ideales como profesional, es capaz de hacer el bien en lugar del mal, de crear una pieza de orfebre, imperecedera, impresionante e imprescindible.

Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)

1 comentario:

Antolín Martínez dijo...

Gran cineasta Zhang Yimou. Este cine nos permite desencasillarnos de lo occidental, aunque sea por hora y media.