martes, 31 de diciembre de 2013

La vie d'Adèle.



 

Crítica.
La vie d’Adèle, de A. Kechiche - 2013.


El azul no es un color que se identifique normalmente con el amor, con lo cálido de las relaciones humanas. Contrariamente, suele vinculárselo a la melancolía, a un sentimiento de ligera tristeza. Pero en el cabello de Emma (Lea Seydoux), una joven homosexual que frecuenta bares y que no tiene dudas respecto de quién es, es un fuego que atrae a primera vista a la confusa Adèle (Adèle Exarchopoulos), adolescente que va a la secundaria y que se siente incompleta al relacionarse con hombres. Algo falta, y llora, porque comienza a desconocerse, ignorando que experimenta un primer paso hacia el conocimiento total de sí misma. Con el tiempo, se encuentran, y las cosas cambian para siempre.

Abdellatif Kechiche, conocido por algunos cinéfilos fanáticos por su obra maestra Cous cous, ganó la Palma de Oro por este filme. La vie d’Adèle es una película romántica como pueden serlo otras, en alguna medida común y corriente, en donde la cuestión de la sexualidad no es más importante que la identidad, y donde en última instancia, la orientación sexual acaba por volverse algo puramente decorativo. Como en Laurence Anyways, otra inolvidable obra de arte de Xavier Dolan, se trata de un romance con altibajos, que puede tener cualquier pareja bajo cualquier circunstancia. La diferencia más grande, es que Kechiche insiste mucho menos en mostrar los prejuicios de una sociedad conservadora o maliciosa. Si hay una escena clave es la que tiene lugar en las afueras de la escuela. Adèle es rodeada por varias compañeras de clase que la fuerzan a confesar que es lesbiana. Sin embargo, ni siquiera ella puede afirmar algo que aún no sabe, y se niega a hacerlo. Como respuesta, recibe una cascada de improperios que, de cualquier modo, no vuelve a repetirse en las casi dos horas y media restantes. La sociedad no parece ser importante en La vie d’Adèle, no hay reiteraciones de este tipo. Extraño, considerando el antagonismo entre los discursos parentales de ambas amantes, que se oponen, sin pertenecer a visiones extremas del conservadurismo o de lo ultra-liberal.

En casi tres horas de metraje, asistimos a las sucesivas fases del enamoramiento. En este punto, hay escenas realmente maravillosas, y la película lleva un ritmo imparable. A saber: el momento en que Adèle conoce a los padres de Emma; la escena en que una de las amantes califica a la otra con un 14/20, tras lo cual la otra responde que intentará dar lo mejor de sí para el sexo; también cuando Adèle posa para la pintura. Todas están dotadas de una belleza gélida, aunque en el fondo infernal. Otras escenas un tanto secundarias no pierden la frescura, como el primer encuentro en el autobús entre la protagonista y un joven muchacho que detesta leer, o los encuentros de las amantes en el parque. No parece haber una conciencia estética, pero sí una espontánea belleza en los rostros de las protagonistas, que hechizan al espectador, lo llevan a perderse en la ilusión cinematográfica, con el realismo que estas estupendas actrices logran generar a través de sus miradas (Exarchopoulos recuerda mucho a Felicity Jones en Like crazy, por su expresividad y ternura). El autor de Cous cous lo arriesga todo en las secuencias donde el cuerpo femenino se expresa, como se ve en la primera escena de sexo lésbico, mucho más extensa de lo habitual, pero que refleja una gran armonía espiritual. Son estas escenas y la entrega de las actrices lo que hace de La vie d’Adèle algo un poco distinto dentro del amplio género romántico.

Durante la segunda mitad del filme, esa frescura se pierde, la obra se vuelve bastante convencional, emula la automatización de la vida de su protagonista, decae, aunque no en medidas preocupantes. No por eso deja de ser una buena película, que se toma su tiempo para indagar en el desamor como fase conclusiva del esplendor. Tampoco desaparecen los grandes momentos: la fiesta que organiza Adèle, la discusión de ambas, el reencuentro en el bar, son un claro ejemplo de talento interpretativo. Y Kechiche la cierra con una imagen estupenda, que representa las expectativas que subyacen en el alma de Adèle y la incompatibilidad con las expectativas de los otros. No es un final catártico como el de Cous cous, pero es el mejor que podría imaginarse para una obra de estas características. La vie d’Adèle se pierde en la línea del tiempo (hay escasas referencias al tiempo real; se recurre al tiempo referencial en pocas oportunidades, no para mostrar cuánto ha pasado, sino que ha pasado un período de tiempo entre escena y escena), y como cualquier biografía, recoge los momentos más importantes de la vida del personaje. Podrá notarse sin esfuerzo que hay mucha data que se omite (la huida del clóset de Adèle en el círculo familiar, la separación de Emma de su anterior pareja, por ejemplo), y que puede ser importante, decisión que tal vez sea un error, pero que claramente es una decisión del autor. Y como diría Sartre, nombrado en el filme, las decisiones no son errores porque son decisiones. No obstante, el autor suprime esta data, porque a fin de cuentas no la considera necesaria para que este romance se hospede en los corazones de los espectadores. Después de todo, es información que algunos pueden exigir con mayor o menor vehemencia, sin dejar de ser accesoria. La vie d’Adèle es lo que es, pura lozanía, belleza y sensualidad. Una película extremadamente sencilla y extremadamente profunda, con momentos que conquistan la retina y con otros tantos que conmueven al corazón.

Puntuación: 7/10 (Notable)

1 comentario:

Veroka dijo...

No me gustó, me pareció muyyyyyyyyyy laaargaaa (al divino botón) no me conmovió, supongo que tenia mayores expectativas.
Le sobra celuloide...
Las escenas entre ellas llegan a un punto en el que dejan de ser sensuales, para pasar a ser cansadoras. Y aclaro que no es homofobia. Y bueno, es mi opinión =)