domingo, 29 de diciembre de 2013

Le passé.



 


 Crítica.
El pasado, de A. Farhadi - 2013


Asghar Farhadi escribe y dirige El Pasado tras su triunfo a lo largo del mundo con su aclamado filme La separación, producción iraní que ha cosechado numerosos premios internacionales. Conservando el tono, intenta representar lo pasado según su verdadera dimensión. No se trata simplemente de afirmar que es pasado todo aquello que precede al presente. Un planteo así defiende que el pasado es una ilusión, del mismo modo que lo es el tiempo. Y servirá la experiencia propia de cada uno para alegar, llegado el caso, que el pasado es mucho más que un período de tiempo necesariamente vinculado con el presente. Aun cuando nadie pueda establecer una definición que dé cuenta de la verdadera complejidad del asunto, ni siquiera el director de una película que previsiblemente toca este tema, conviene aproximarse a una realidad mediante nuestra percepción humana. El pasado no está separado del presente, no se oculta en las sombras de lo que existe ahora, acecha constantemente, muchas veces se impone e influye inevitablemente en el futuro. Posiblemente sea absurdo hablar del pasado, después de todo.

Sea como sea, este gran artista se anima a desplegar su talento como contador de historias íntimas y cotidianas con nudos difíciles de desatar, y toma como punto de apoyo la cuestión del pasado. La trama gira en torno a una mujer que planea casarse con su novio, para lo cual necesita divorciarse de su esposo, de quien lleva separada mucho tiempo. Él regresa a París tras cuatro años de ausencia y encuentra la casa totalmente convulsionada. La relación entre los miembros de la familia es cada vez más tensa, hay secretos ocultos, grandes malentendidos que han acarreado desgracias, y su llegada genera profundas alteraciones. El pasado toma la famosa figura de la olla a presión para marcar el ritmo de lo inevitable, que es el desentierro de aquello que ha sido deliberadamente escondido, seguido de la fractura definitiva o el perdón absoluto. El sentimiento de culpa adquiere un rol protagónico en una obra que muestra que hasta las más ingenuas acciones pueden desencadenar trágicas consecuencias. La incomunicación humana conlleva a violentas implosiones, cuando los celos y otros vicios devoran el sentido común. La sola convivencia contagia el dolor y el malestar: los niños muchas veces acaban viéndose involucrados en conflictos del mundo adulto, elemento que se repite en la filmografía del director, y que acá se explicita en una de las más grandiosas escenas del filme, cuando la niña le pide al protagonista que le revele el contenido de ciertos correos electrónicos.

Está claro que El pasado juega con la distinción entre aquellos personajes que miran hacia delante y aquellos otros que se aferran a lo conocido. Los últimos veinte minutos son la prueba de cómo esta diferencia de posturas, respecto a algo que podrá considerarse tan banal, enturbia la interacción humana. Diferencias así son irreconciliables y muestran con claridad la complejidad de su título y todo lo que este esconde. Ahora bien, Farhadi pone numerosas secuencias al servicio de una premisa hecha para los espectadores más reflexivos, olvidando por momentos que está contando una historia realista, y que en la vida real los episodios ocurren sin una lógica que los vaya estructurando. Uno tiene la sensación de que los personajes no evolucionan por sí solos, ni tienen alma, son marionetas que arrojan en varias oportunidades frases que auxilian el curso de los acontecimientos, es decir, la ficción en sí. Frases artificiales con el único fin de darle forma a un embrollo que excede las dos horas y, por momentos, hasta la tolerancia de los más grandes fanáticos del cine de autor. Algunos ejemplos pueden ilustrar mejor esto: Lucie, la hija mayor, alude a los tres matrimonios de su madre, algo que es útil para comprender más la situación familiar, pero que en el marco en que está dicho (la conversación con su padrastro, Ahmad) no tiene demasiado sentido, porque es información demasiado específica que no supone ninguna novedad para los personajes involucrados; puede cuestionarse además la escena en que la protagonista le dice a su esposo que está embarazada, pues no es el momento en que un ser humano de la vida real lo diría (o bien correspondía haber sido planteado al inicio, en la conversación dentro del coche, o luego de oficializar los trámites de divorcio, pero claramente ofrece una ventaja, que es la de justificar la posterior desaparición de Lucie); luego existen otros casos menores, como la escena en que el futuro esposo comenta a un desconocido que es alérgico a la pintura, cuya utilidad es la de explicar el por qué se coloca gotas en los ojos en la casa, donde se suponía que no iría durante la estadía del huésped, Ahmad.

Farhadi repite con una composición arquitectónica quizá excesivamente fría, pero no exenta de los dilemas morales que hacen su cine algo tan atractivo. Existen momentos donde el discurso se vuelve excesivamente provocador, como en la charla del niño y su padre en que tocan el tema de la muerte digna, o la cuestión del aborto, en un mejunje explosivo de temas controversiales de actualidad. Es un artista atento al lenguaje cinematográfico, e incluso al lenguaje oral de sus personajes, aunque acá parece abusar de aquello que se le ha elogiado en su anterior trabajo. Si hay algo que hasta hoy se recuerda de La separación es el final, precisamente por cerrar el expediente de forma definitiva, impidiéndonos ser testigos de lo que sucede. Acá, las ventanas tienen la misma función: le otorgan a los personajes una merecida intimidad, que se yuxtapone a la ya aludida necesidad de explicitar a la fuerza algunas cuestiones. ¿Acaso estamos invitados a observar de cerca esa intimidad, o la espiamos de lejos porque no corresponde hacerlo? El abuso de las ventanas, un recurso ingenioso que agota por reiteración, es una marca del fallo más grande de El pasado: carece de la naturalidad que la hubiera hecho una obra estupenda.

Puntuación: 4/10 (Regular)