sábado, 12 de enero de 2013

Act of valor.

Crítica.
[“Act of valor”, S. Waugh, M. McCoy – 2012]

Hay películas, que inesperadamente, ya sea por su bajo perfil, o por su temática, funcionan como pequeñas sorpresas que marcan al espectador. “Act of valor”, dirigida por Scout Waugh y Mike McCoy, es una de las obras más sorprendentes que nos ha dado este año. La trama se enfoca en el grupo Seals, con misiones para la protección de la nación americana. Está conformado por un numeroso grupo de hombres que día a día ponen su vida a los pies de Cristo, o Christo (literalmente), que dejan a sus familias en sus hogares, muertos de preocupación, y que dedican su vida a proteger a los otros, aunque ellos mismos estén desprotegidos. Este thriller de acción, de alguna manera, funciona como un homenaje para todos aquellos hombres abnegados que sirven al país por medio del ejército, para lo que se necesita mucho más que coraje, valentía: se necesita pasión.
Respeto muchísimo el trabajo de estos hombres, pues su labor es indispensable para evitar cualquier acto que atente contra la armonía colectiva. No así, al homenaje. “Act of valor” cuenta una misión de rescate y, con ella, la búsqueda de un contrabandista buscado internacionalmente, con una extensa red de tráfico a través de los continentes. Apasionadamente, por así decirlo, esta pequeña producción repleta de bochinche y explosiones, desde el primer minuto hasta el último, busca narrar este rescate extendiéndose casi a las dos horas, algo que puede resultar riesgoso. Pero lo que es peor, lo hace apoyándose sobre la fantasía de que no hay ejército como el americano, y por supuesto, ensalzando su actividad. ¿Alguno se quejó de “Argo”, esa gran película de Ben Affleck, por su exceso de patriotismo? Creo que nadie ha visto, evidentemente, el film que hoy les traigo. Es tan empalagosamente patriotista, que algún apasionado contra los Estados Unidos puede llegar a desmayarse. Y no hay momento de este largo drama, donde elija ser otra cosa. En ningún momento se vuelve una trepidante cinta de acción, como tantas que hay, o un profundo drama de reflexión, con voz en off incluida (que la hay, por inútil que sea), sobre el papel que ellos cumplen en el plano nacional e internacional.
Es raro hacer una crítica de una película como “Act of valor”, básicamente porque me ha tenido en suspenso durante dos horas de mi vida, pero pensando en cualquier otra cosa que no sea, por supuesto, el drama de los personajes. Llega un punto, en que la muerte, la sangre, las explosiones y los tours intercontinentales propios de los films de espionaje (con imágenes que anuncian, “Costa Rica”, “Ucrania”), no nos importan un comino. Y si vamos al caso, creo que a ningún argentino tiene por qué importarle. Después de todo, parece una grabación casera de entrecasa, de no ser por los efectos visuales y sonoros, que son demasiados. Creo que es una de esas obras que no tienen razón de ser, ni de ser distribuidas. De última, no está mal que los estadounidenses se emocionen de la romántica visión de los autores sobre el ejército, pues alimentan la ingenuidad del pueblo. Pero no puedo decir que me involucra desde lo personal, porque no lo hace en ningún momento. Sufro deseando que termine, y me arrepiento terriblemente de haber perdido el tiempo. “Act of valor” es sorprendentemente desastrosa, una de las más decadentes producciones del género: debe ir a parar al medio de la fogata.
Puntuación: 1/10 (Pésima)

Anna Karenina.



Crítica.

[“Anna Karenina”, J. Wright – 2012]


Leon Tolstoi ha sido, y sigue siéndolo, uno de los autores más respetados de la literatura universal. “Anna Karenina” es una de sus más famosas creaciones, una extensa obra de pasiones y enredos dentro de la ultraconservadora sociedad de la Rusia imperial. Por otro lado, dentro del mundo del celuloide, Joe Wright es uno de los directores conocidos por representar romances de época en la gran pantalla, adaptados de famosos libros. “Anna Karenina” bien podría ser parte de una trilogía sobre la pasión humana, iniciada en “Orgullo y prejuicio”, sobre la novela homónima de Jane Austen, y continuada con “Expiación”, basado en el libro de Ian McEwan. Las tres, con sus lujosos vestuarios, sus elegantes escenografías y sus peinados ajustados al siglo, tocan en cierto punto la cuestión de la moralidad, y ninguna de manera tan profunda como la adaptación del libro de Tolstoi. La historia, en síntesis, muestra a una galería de personajes que se mueve entre el amor y el deseo, que no siempre es coincidente, y principalmente se enfoca en el personaje protagónico, Anna, mujer casada que descubre el amor a través de la pasión física, siendo capaz de sacrificar su acomodada vida por un amante clandestino, por quien no puede ocultar más sus sentimientos.
Keira Knightley suma otra colaboración con el director, encarnando a esta problemática mujer, que inconscientemente antepone la pasión instintiva a los códigos sociales y es rebajada por la voz del pueblo al nivel de una cualquiera, una prostituta. Y Jude Law, es su esposo, un sujeto de apariencia dubitativa pero de palabra intensa, y que no puede evitar hacer crujir sus nudillos. Ambos están correctos, aunque ella tiene a su favor el tener un papel jugado, víctima de sus propias contradicciones y de una bipolaridad que la posee como un demonio. El elenco, en general, cumple ajustándose a las letras y a los brillantes diálogos del autor.
Quizá la parte mas novedosa tiene que ver con el modo de encarar esta adaptación. Wright, decide narrar su historia desde un escenario, o mejor dicho, desde un teatro. Es extraño explicarlo con palabras, y tal vez sea absurdo: su idea es tan radical, que vale la pena verla solamente por su imaginación. La manera en que encara esa “misión suicida”, por así decirlo, es impresionante. Reconozco que no siempre toma las decisiones correctas, y que por momentos ese estilo se pierde por completo, más todavía en la segunda mitad, donde pocas veces se muestra el teatro. Pero pensar en que puede disfrutarse de una carrera de caballos adentro de un teatro (en una de las, aclaro, mejores escenas del film), es casi imposible, si no se ha visto antes esta ambiciosa representación. La idea, con cambios escenográficos constantes y un montaje bastante acelerado y enardecido, intenta unir a Tolstoi con la creencia de que “el teatro es aquel lugar donde todo cabe, los sueños, los recuerdos, la esencia de la vida”. Todo esto, de la forma más literal que puedan imaginarse. Por momentos guardo la impresión de que esa mezcla es imposible, y efectivamente, nunca se consigue. Siempre suceden en dos planos separados: cuando vemos el escenario, estamos viendo un teatro; cuando vemos acción sin los telones ni los palcos, estamos sumergidos en la historia. Nunca las dos cosas a la vez, algo que falla, desgraciadamente. Y reconozco que no es fácil, más aún cuando tanto énfasis se pone en la escenografía (que es lo más parecido a un niño que juega con una caja, y desplaza peones de una esquina a la otra como jugando al ajedrez), que se olvida de la tridimensionalidad de los personajes, unos secundarios planos y desaprovechados, que solo sirven para destacar más a la estrella de la fiesta, una Keira Knightley en el mejor momento de su carrera. Ya sea por la arriesgada propuesta, por la actriz, por la música de Marianelli, o por lo que sea, “Anna Karenina” es, para fanáticos o no del escritor, una de esas películas que uno desea profundamente que le gusten. Ritmo, sincronía, dinamismo, vértigo, combinados todos en una producción sencillamente sorprendente.
Puntuación: 5/10 (Floja)

Ralph, el demoledor.



Crítica.

“Ralph, el demoledor” [“Wreck-it Ralph”, R. Moore – 2012]


Este año, ha tenido la particularidad de tener desastrosos trabajos de animación. La mayoría de los directores y guionistas, como he mencionado en otras críticas, pensó que la elaboración de largometrajes de tono gótico era una posibilidad de innovar. Yo no creo que tenga que ver con eso. Pero de la nada, aparece “Ralph, el demoledor”, una película capaz de sorprender por su imaginación. El retorno de Disney, pero no tan rosa como en “Valiente”, y mucho más comprometido con el entretenimiento. Dirigida por Rich Moore, esta producción nominada a los Globos de Oro y a los premios Oscar, cuenta la historia de Ralph, un villano de un juego descontento consigo mismo, que decide fugarse de su videojuego e ingresar en otros, para probar que puede ser bueno, ganar medallas, y gozar de los privilegios que otros tienen. En esta odisea, descubrirá el valor de la amistad, y sobre todo, su propio valor humano. Puede parecer algo cursi, pero este largometraje ofrece placeres que van más allá de una simple sinopsis, que no refleja con precisión todo lo que transmite. Y no estoy diciendo que se trata de una obra maestra, simplemente de una idea buena, capaz de homenajear al mundo de los viejos videojuegos, con una animación decente (tal vez no la mejor del año), y sobre todo, con momentos de humor espectaculares.
Uno de los grandes logros de “Ralph, el demoledor”, es el amor que el director le profesa a sus personajes. Después de todo, son pequeños figurines, algunos más pixelados que otros, pero no hay discusión de que el diseño físico y psicológico de ellos es impresionante. Muy difícil no conectar emocionalmente con la niña, quien da un vuelco de ciento ochenta grados desde su primera aparición hasta la última. La historia detrás suyo, sin ser previsible, es perversa y genial, y su relación con el más apestoso de los cerebros, Ralph el bruto, el demoledor, el destructor, es bastante tierna. Los personajes secundarios cumplen, sobre todo Félix, aunque falte explotar alguna historia en particular. De todos modos, creo que la construcción de este universo virtual es única, y se lo debemos a Moore, cuyo trabajo ha logrado introducirnos en lo imposible: También gozamos de algún que otro placer visual, aunque si se quiere, a pesar de lo arriesgado de la idea, puede ser un punto en contra. Las secuencias de mayor nervio o acción pueden no estar a la altura del resto, lo que no necesariamente significa que no son buenas. Pero creo que a estas alturas, uno no puede hacer otra cosa que agradecer una oferta tan interesante como ésta, donde se nos muestra que tal vez haya vida detrás de las maquinitas electrónicas que alguna vez hemos jugado. Una especie de “Toy story”, pero superior, sumamente divertida, profunda, agradable.
Se me ocurre pensar que, de todas las películas animadas este año, “Ralph, el demoledor” es la única que puede dejar satisfechos en partes iguales a los niños y a sus padres. Después de todo, son estos últimos los destinatarios de esta gran postal del entretenimiento. Y los niños, simplemente son los herederos de esta generación, que Moore recuerda con simpatía, ofreciéndoles una llamativa y colorida producción, para que los más apasionados vean y sean capaces de sentir que sin armas, y solo con un edificio que se construye y destruye, uno puede disfrutar. Que equivale a, por supuesto, sentir que con “Ralph, el demoledor”, uno puede no sólo disfrutar, sino creer en los amplios límites de la cinematografía.
Puntuación: 7/10 (Notable) 

Un amor imposible.


Crítica.
“Un amor imposible” [“Salmon fishing in the Yemen”, L. Hallström, 2011]

Existen algunas películas dentro del género romántico que, pese a la simpleza de las historias que nos regalan, cuentan con una frescura y un poder enorme de convicción que atrapa al espectador. Es una categoría muy definida, de obras puramente románticas, pequeñas, de esas que pueden pasar desapercibidas, de no ser por el talento innegable de sus intérpretes. Son obras que, a pesar de ser normales y cotidianas, acaban volviéndose parte de uno. Uno de los ejemplos más claros que se me ocurre, dentro de las producciones más recientes del género, es “Tu última oportunidad”, un romance maduro protagonizado por un graduado bastante grandulón como Dustin Hoffman, y por la exquisita actriz Emma Thompson. Juntos son dinamita, y hacen que un simple viaje a lo largo del día, vaya atándolos no solamente a  ellos, sino a nosotros. Es imposible no dejarse llevar por la elegancia de dos actores de semejante talla, pues no podemos despegar la vista de lo que estamos viendo, por tonto o irrelevante que parezca. Muchas veces, el hecho de que los actores sean demasiado convincentes y sirvan para cubrir los errores del libreto, puede parecer malo. Yo no lo veo así, y será que una de mis prioridades a la hora de ver un film, es la veracidad de lo que se cuenta: si dos actores son capaces de volver posible lo imposible, entonces significa que detrás hay un director talentoso capaz de exprimir a los intérpretes y volverlos el nexo entre una trama delirante o inverosímil y el espectador común.
Existe, también, una segunda categoría, que comprende a todos aquellos romances caracterizados por una simpleza argumental, y momentos algo fantasiosos, o difíciles de creer. En ese punto, la audiencia no puede asimilar lo que está viendo, porque no se siente identificado con lo que ve. En esta categoría, los actores no son el nexo, no funcionan como los encargados de hacer de la historia algo más realista. Entonces, no son la madera que tapa los agujeros, sino un elemento más que solamente sirve para interpretar un guión. El resultado bien puede ser catastrófico, porque los actores son mensajeros, son los canales por los que circulan ideas, y está en ellos darles un tono, una intencionalidad. ¿Qué sucede con “Un amor imposible”? Desgraciadamente, es un romance que forma parte de la segunda categoría, una  historia sencillísima sobre dos sujetos totalmente opuestos que, obviamente, se pelean y se enamoran. Las cosas se complican para ellos, a la medida que buscan llevar adelante un proyecto que impulsa la pesca del salmón en Yemen. Emily Blunt, la protagonista, encarna a una mujer inteligente e imbatible, y su intención de hacer este proyecto realidad la encuentra con un escéptico como Ewan McGregor, cuya ironía lo hace, en un principio, bastante antipático. Sin embargo, el amor y las emociones florecen, y ambos se darán cuenta que ese proyecto es en realidad posible, y que su amor imposible, también puede  llegar a serlo, si se comprometen verdaderamente. El director de “Querido John” regresa a la gran pantalla articulando el palacio de las cursilerías, situado en Yemen, al ritmo de la pesca. Y detrás de todo, está lo mágico, que no podría ser más artificial e inoportuno. La idea del destino me parece tan ridícula como la conexión que hace un personaje entre “la fe en la pesca” y “la creencia religiosa”, o las conversaciones virtuales que interpreta Kristin Scott Thomas, en uno de los peores papeles que jamás ha interpretado. Una comedia romántica miserable, que nos hace conformarnos, cosa que no merecemos, con el no habernos aburrido.
Puntuación: 2/10 (Mala)