martes, 5 de marzo de 2013

Después de Lucía.



Crítica.

["Después de Lucía", M. Franco - 2012]


El bullying es uno de los temas más conversados y discutidos por la sociedad actual, aunque paralelamente es uno de los menos tratados. Cada vez es mayor el número de casos de abuso escolar, donde un grupo de alumnos (por lo general son muchos, y a veces mayores) atormentan, humillan y degradan a otro grupo (indefenso, menor en cantidad de integrantes, y a veces menores de edad), atormentándolos, traumatizándolos. Imposible se vuelve precisar el número de casos, cuando el único obstáculo es asimismo la carta de los abusivos: el mutismo del abusado. El silencio de las víctimas y su continuo restart (es decir, despojarse de todo rastro de su sufrimiento y volver a empezar de cero) es el nutriente primordial para alimentar la reproducción de estos casos, pero tampoco puede culparse a los niños por callar. Entonces aparece la familia, el apoyo psicológico necesario, el atajo para escaparse. Michel Franco, quien escribe, dirige y produce "Después de Lucía", utiliza esta idea para su drama, pero con la variante de la "familia ausente", lo que hace mucho más difícil el escape de la víctima.
Los marginados adolescentes han sido retratados de distintas maneras en el cine. Por lo general, no son uno, sino algunos, que por sus ideologías, su manera de producirse o de mostrarse al mundo, son condenados por un grupo presuntamente más poderoso. "Klass", o "Elephant", muestran la alianza de dos jóvenes atormentados y su posterior venganza. "Las ventajas de ser invisible" hurga en la psicología de un personaje introvertido que va superando etapas y duras experiencias. Pero en estos ejemplos, al menos, el peso no recae sobre una única persona. Es un peso compartido. Alejandra, la protagonista de "Después de Lucía" e interpretada por Tessa Ia, no puede compartir el peso de su dolor. Primero, porque todavía no ha superado la pérdida de su madre. Segundo, porque aún la confunde la dinámica urbana, e intenta adaptarse poco a poco. Tercero y último, porque la única persona con quien puede llegar a compartir lo que le pasa, es su padre. Un hombre bueno, pero que sufre como ella, porque ambos han atravesado lo mismo. Para evitar hacer la vida del otro más difícil de sobrellevar de lo que es, cada uno va devorando sus secretos. Ella fuma, él no lo sabe. Él se ha violentado con otro sujeto en la vía pública, ella no lo sabe.
Michel Franco describe el vínculo del padre con su hija y lo toma como punto de partida para trabajar con el sufrimiento de ambos. Pero uno nunca llega a conocer a fondo al padre, ni se adapta a su personalidad, a su psicología. En otras palabras, lo que hace el autor es elegir el acoso escolar como el tema principal (porque le conviene: cualquier cineasta quiere hacer una buena película sobre esta temática, considerando que es actual, polémica y trascendente), y dejando de lado todo lo demás. Esto, lo que hace básicamente, es desechar toda hipótesis mencionada anteriormente. El lazo entre padre e hija deja de volverse tan importante, por ejemplo. Toda la introducción, con la escena del automóvil, no tiene demasiada utilidad. Es que optando por el bullying como núcleo del relato, deja de justificar muchas de las (en principio) inútiles y exasperantemente lentas escenas. Lo que puede ser una significativa propuesta para generar conciencia, acaba siendo una vacua y estéril producción que genera más compasión que conciencia social, y que se aferra a todo lo que es intenso en sí mismo (o mejor dicho: todo lo que pasa la niña) para impactar a la fuerza.
El conjunto, en general, no acaba de convencer. Es un contenido lo suficientemente grave como para caber en un gran cortometraje, evitando el roce de otras temáticas secundarias y totalmente relegadas. La resolución recuerda un poco a "En el dormitorio", porque es realista, es resultado de una reacción humana, de un impulso inconsciente. Tal vez sea lo único verdaderamente humano en una película pobre, insatisfactoria y contraproducente. Acaba siendo algo olvidable, la prueba de que la reflexión se despierta con algo más que impacto. Se despierta con el ardor de la profundidad emocional, ese ardor que Tessa Ia intenta captar, y que Michel Franco parece saber desaprovechar. “Después de Lucía”, pese al aval del premio Una cierta mirada del Festival de Cannes, no le hace justicia a un tema tan terrible como éste.
Puntuación: 3/10 (Mala)