sábado, 16 de noviembre de 2013

Wakolda.



 
Crítica.
["Wakolda", L. Puenzo - 2013]


Wakolda: el cuerpo y las huellas del nazismo en la Argentina.

Mucho se ha especulado sobre el destino de los principales líderes del Partido Nacionalsocialista Alemán tras la caída del Tercer Reich. Sus muertes han sido cuestionadas por las generaciones posteriores, incluyendo la actual. Tratándose de uno de los períodos más conflictivos y sangrientos de la historia del viejo continente, cualquiera podría permitirse pensar que el encubrimiento, la falsificación, la fuga (monedas corrientes de la época), signaran el futuro de estos pilares del terror y la violencia sistematizada. La niebla de la incertidumbre ha dificultado el intento de los hombres de desentrañar el genocidio y de juzgar, en su totalidad, a los victimarios del crimen. Transcurridas no sólo varias décadas, sino además acontecimientos notables (por ejemplo, el caso Eichmann y la detención del Mossad en la década de 1960, época en que toma lugar la obra de Puenzo) y dichos memorables (los actores Carlos Perciavalle y China Zorrilla sugiriendo que Adolf Hitler, ni más ni menos que el Führer, se ha alojado en un renombrado hotel de la Patagonia argentina), el mundo actual parece condenar a nuestro país: tal vez por su hospitalidad con el nazismo, tal vez por su ingenuidad. El microcosmos cinéfilo seguro recuerde a Seth Rogen conduciendo la anteúltima entrega de los Independent Spirit Awards, en los que, refiriéndose al cineasta danés Lars von Trier (quien dijera que comprendía a Hitler), sugirió que había recibido asilo en Argentina. Pero se han barajado ya varios ases, y lo único que prevalece con cierta consistencia es el par de hipótesis antes referido. ¿Realmente la nación ha abierto la puerta, o ha sido forzada por la inteligencia y la perspicacia arquitectónica germana? Y de este interrogante aparece la figura de Wakolda, una muñeca sin corazón.

"Wakolda" es el tercer largometraje de Lucía Puenzo, hija de Luis Puenzo ("La historia oficial"), y responsable de "XXY" y "El niño pez". En su ópera prima, la tensión entre el cuerpo y el espíritu adquiría una importancia fundamental. El personaje principal es hermafrodita y, habiendo alcanzado la adolescencia, debe determinar qué camino elegir. Su voluntad se enfrenta a su naturaleza humana, una Esfinge indescifrable y voraz. El cuerpo, sobre el que se despliegan las marcas de su identidad (es decir, sus signos), se presenta como un espacio de fuerzas en conflicto, el eje de toda metamorfosis. La materia biológica es un instrumento de poder: no puede ignorarse que, hasta no hace demasiado tiempo, los castigos (con fines reformatorios) se ejercían en público sobre el cuerpo, pues en él parecía residir cierta conciencia moral que regulara la conducta. Sin embargo, ella es víctima de su condición. Está totalmente desprotegida e indefensa. El mundo no la comprende, y ella no interactúa con el mundo: la humanidad es reacia a las ambigüedades. Pero en "Wakolda", esta dicotomía en particular es suprimida. Hay, en cambio, una niña escindida entre lo que es y lo que debe ser. Su cuerpo es más pequeño de lo normal (vulnerabilidad) y aspira a crecer. No obstante, la maduración es simplemente un proyecto, o mejor dicho, un sueño que día a día va tornándose inalcanzable.

La obra difícilmente tuviera sentido si un agente externo no incidiera en la drástica transformación de esta realidad. En ese marco surge un enigmático sujeto, de mirada sombría, buenos modales y una inteligencia arrolladora: es de origen alemán, se dedica a la genética, y su camino se cruza con el de Lilith, la pequeña y frágil muchacha. Los padres de ella han atravesado la Ruta del Desierto para abrir un hotel. Y el errante médico, tan bien interpretado por Alex Brendemühl, opta por permanecer allí durante seis meses, estableciendo un vínculo progresivamente más estrecho con la familia, y ofreciéndole a la joven un tratamiento que pueda acelerar sus procesos hormonales (su pubertad, y su punto máximo; es decir, la menarquia, como se ve claramente en una escena). Pero este ofrecimiento oculta un pacto: enmascara un nexo simbiótico que automáticamente se convierte en un canal vertical y coercitivo, no exento de cinismo. Por supuesto, la máscara también se hace evidente en la falsificación de los documentos de este médico alemán, cuyo pasado justifica no sólo su estadía transatlántica, sino también su reclusión en una zona casi desértica luego de haber hallado en esta familia la excusa perfecta para mantenerse oculto entre los gélidos paisajes rionegrinos. Tan oculto, que ni siquiera el Lago Nahuel Huapi parece espejarlo.

Puenzo escribe y dirige una interesante reflexión sobre una de las dos hipótesis: la Argentina como país tercermundista ingenuo y estafado por las apariencias de una raza aria evidentemente superior. Es, por cierto, una mirada mucho más patriótica, sana, y menos controversial de nuestra posición en esta suerte de epílogo del horror. La institución familiar es un minúsculo reflejo del país tras la llegada de estos hombres disfrazados de santos. Un punto de vista totalmente válido, que convierte a la nación en una víctima más. También muestra el poder de las instituciones educativas en la formación ideológica, evidenciado en el personaje de Natalia Oreiro, quien pasionalmente canta las estrofas del himno alemán y, como puede predecirse, apoya al huésped alemán. Su antítesis, Diego Peretti, hombre que dice no hablar ni saber nada de alemán, está constantemente alerta: es el único hombre incorruptible, al que la sensación de buena vida europea no ha pervertido. Quizá sea injusto decir que encarna al sentido común, pero indudablemente constituye la única puerta que no ha sido violada. La niña, heredera de la tradición germana y alumna del mismo colegio al que concurriera su madre, es víctima por partida doble: en un sentido ético, es maltratada; en un sentido físico, es fácil de manipular. Por supuesto, es el personaje que más capital pone en juego, y el que más pierde.

La resolución de “Wakolda” no sólo se limita a darle un punto final a su hipótesis. También ofrece al espectador un distanciamiento del campo de batalla, como un simple tablero de ajedrez, y muestra el resultado de la estadía del médico alemán, es decir, la huella del nazismo en la Argentina durante la década de 1960. La sensación es preocupante, incluso angustiante. Fiel a la frialdad que ha sabido imprimirle a toda su obra, llama directamente a la reflexión con una obra coherente, intensa y absorbente, sin perder de vista un objetivo claro: humanizar la imagen denostada que el mundo tiene de un país como el nuestro. 

Puntuación: 7/10 (Notable)