martes, 10 de diciembre de 2013

Blue Jasmine.



 
Crítica.
Blue Jasmine, de W. Allen (2013)


Todo está mezclado en la vida de un mentiroso. Las máscaras con que los hombres ocultan sus verdaderas intenciones no quedan adheridas a la piel, requieren un esfuerzo adicional para ser retenidas sin que se caigan al suelo haciéndose pedazos. Como en los bailes de salón europeos del siglo XVII, con la sustancial diferencia de que las mascaradas son un juego que, aun pudiendo volverse delicado (al menos la literatura y el cine han dado suficientes pruebas de cómo puede conducir a pasiones peligrosas y normalmente clandestinas), parece culminar en simultáneo con la música. La vida es mucho más compleja, pero esto es simplemente una idea en términos teóricos. Dicho esto, podrá inferirse (por simple lógica o por asociaciones que surjan de la experiencia personal de los lectores) que existen aquellos cuyo juego de roles se prolonga más allá de una simple noche de copas, y en algunos casos, se extiende a lo largo de la vida. Hay individuos que son mitómanos por naturaleza, otros han construido con el tiempo (por razones de variada índole) una persona alternativa, conforme a sus deseos o expectativas, como el caso de Jasmine, que no es Jasmine sino Jeanette. Ella es un astro que ha caído, una mujer de la alta sociedad cuyo esposo está involucrado en negocios turbios, y que de la noche a la mañana lo pierde todo (la fortuna, el prestigio social, su hijo, su cordura).

El gran Woody Allen obsequió a sus seguidores de siempre un tour a lo largo y ancho de Europa Occidental durante la última década. Primero fue Inglaterra, con su estupenda trilogía londinense de amores y crímenes conformada por Match Point, Scoop y El sueño de Cassandra. Luego le tocó el turno a España y Vicky Cristina Barcelona, que llenó de premios las estanterías de Penélope Cruz. En la ciudad del amor, vino luego Medianoche en París, y concluyó en Italia con la comedia coral A Roma con amor. Es cierto que, entre un viaje y otro, Allen no olvidaba su tierra natal, a la que regresaba para filmar alguna pieza menor como Que la cosa funcione. Sin embargo, a muchos les costaba hablar de un retorno definitivo a Norteamérica: era necesario no sólo un retorno espacial, sino también un retorno a su viejo estilo y con la grandeza de sus producciones más memorables. Los escenarios se Blue Jasmine se reparten entre Nueva York y San Francisco, dos ciudades que no son novedosas dentro de la filmografía del autor. Ambos lugares favorecen la representación dicotómica que da vida a la obra en general. Los momentos aciagos (el fraude, lo ocurrido con su esposo y las lógicas consecuencias económicas, sociales y espirituales) son el hemisferio que ha partido a Jasmine en dos: de la irresistible dama de una improvisada alta sociedad a la desequilibrada y ordinaria mujer que, a sus cuarenta años, habla sola en la vía pública. Dicho de otro modo, este quiebre arrastra a la protagonista a sus orígenes como Jeanette, y su regreso a San Francisco es la primera estación de un declive irreversible. Ella, aun vanidosa a pesar de todo, se niega con todas sus fuerzas a caer, aferrándose a la fantasía, al alcohol y a una máscara, dispositivo de alta complejidad que intenta perfeccionar día a día, aunque con menos éxito cada vez. En el plano temporal, hay un vaivén entre el pasado y el presente que permite percibir la división irreconciliable de sus dos partes: el contraste entre una Jasmine indestructible y otra vulnerable (que, vale aclararlo, no ha sido derrotada por completo, y aspira siempre a otro ascenso en la escala social), se hace más fuerte por medio de un montaje inteligente, que explota convenientemente el talento de la actriz protagónica, Cate Blanchett, capaz de lograr una brillante transformación de su carácter.

La totalidad de la obra gira alrededor del juego de fuerzas entre la hostil gravedad y el latente deseo de elevación. Jasmine reúne todos los elementos que hacen de la obra algo realmente bueno. Es un trabajo de muchísima madurez, que combina la seriedad de la situación con un humor muy sutil (con contados altibajos en las escenas en que los chistes se explican demasiado). Después de todo, la gran broma de Blue Jasmine tiene que ver con la hipocresía. Un gran porcentaje de las risas que genera es producto del comportamiento poco genuino de las dos hermanas, la incompatibilidad de los calificativos que llueven a espaldas de los personajes (como el del cuñado de la protagonista, por ejemplo) y los que lloviznan en sus caras. Es un notable punto de partida, una gran idea que el director explota lo suficiente. Más, habría sido un exceso. Además, todos los matices del drama íntimo del personaje devastado, quien oscila entre su rol de víctima y de victimario, son más que oportunos. Se trata de una comedia agridulce en la medida justa. Una obra prolija y muy generosa con el espectador, sobre esa mezcla (a veces crónica, a veces pícara y esporádica, a veces involuntaria) entre la personalidad a la que aspiramos y la que nos toca en suerte. El título, último elemento de esa mezcla (el ideal: la melodía de los buenos tiempos y la elegancia de un prestigioso nombre), es la marca distintiva de un Woody Allen que busca volver a los tiempos de gloria. Con una armonía de situaciones, elementos y personajes, con la sofisticación del exquisito humor del Maestro, y con una sobresaliente Cate Blanchett, Blue Jasmine es algo más que una buena película: es un espejo de nuestra condición esencial de eternos mentirosos, aunque con el pronunciadísimo acento que amerita el género cómico.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)