martes, 28 de enero de 2014

Escándalo americano.



Crítica.
Escándalo americano [American hustle, David O. Russell – 2013]


Estados Unidos es la gran maquinaria cinematográfica del mundo por excelencia. Eso nadie lo pone en discusión. Es una cuestión que trasciende la calidad de su producción. Se trata de creación, distribución y consumo masivo. Dada la cantidad de obras lanzadas al mercado anualmente, es curioso que sean tan pocos los nombres de artistas que se destaquen por su talento. Y en ese puñado que tiende poco a poco a desaparecer, está la figura del neoyorquino David O. Russell, un director capaz de navegar por diversos géneros con una admirable espontaneidad. Dejando al margen sus primeras obras, entre las que se destaca Tres reyes (Three kings, 1999) una brutal sátira bélica, hace apenas unos años entregó uno de los dramas deportivos más ágiles y conmovedores de los últimos tiempos, El ganador (The fighter, 2010), protagonizada por Mark Wahlberg. Hasta entonces, era un cineasta más o menos respetado pero relativamente poco popular. Recién con la crowd-pleaser del año pasado, El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook, 2012), comedia romántica que le dio algunos grandes reconocimientos a Jennifer Lawrence, ganó en popularidad. En el pequeño mundo de los cinéfilos, un nombre como el de Russell no necesita presentación. Y con el tiempo, es posible que se convierta en uno de los autores más reconocidos del cine americano. Sin embargo, todo lo que se vuelve popular es proclive a ser denostado por la crítica. Su estilo vertiginoso o su tendencia al happy-ending son algunas de las cosas que más suelen reprochársele a este artista. Con todo, intuyo que nadie se toma el tiempo de poner en duda su originalidad, su frescura, su humor exquisito, o la extraordinaria construcción de personajes excéntricos, al límite, en proceso de reinvención. Como guionista es maravilloso y, como director, es uno de los titiriteros con los que los actores en Hollywood ansían trabajar. Sin lugar a dudas, es un sujeto abierto a dejar que la creación cinematográfica tome los caminos que vayan surgiendo naturalmente, dispuesto a aprender de la interacción con sus actores, y sacando de ellos una brillantez que lo vuelve, hoy por hoy, en el director de actores del momento.

Este proceso de reinvención antes aludido sirve como denominador común de sus últimos tres filmes, la radiografía (hecha trilogía, decimos algunos) de una sociedad americana contemporánea que a pesar de todos los golpes pretende levantarse y seguir luchando. Ejemplos hay varios. El personaje de Dicky Eklund en El ganador, que le dio el Oscar a un consumido Christian Bale, era un drogadicto inmaduro que amaba a su hermano más que a cualquier otra cosa, y que veía en él la posibilidad de recuperarse manteniéndose ocupado entrenándolo. Los personajes de Pat y Tiffany, dúo protagonista de El lado luminoso de la vida, creyeron ciegamente y con optimismo que el amor y el baile (es decir, la alegría, la disciplina, la solidaridad) podían atenuar el mal de amores, la inestabilidad mental, y crear un vínculo intenso y real. En cuanto al thriller Escándalo americano (American hustle, 2013), su última obra, la cuestión es algo más compleja. Es cierto que los personajes tienen características similares, pero también es cierto que el mensaje de la película se centra fundamentalmente en el tema de las máscaras, en la necesidad de mentir o fingir para sobrevivir, por lo que la reinvención es constante y nunca definitiva. Se trata del mismo tipo de máscaras que Cate Blanchett usaba en Blue Jasmine para que el mundo no tomara conciencia de su decadencia. De hecho, y para dar un ejemplo tonto, las canciones Blue Moon y Jeep's blues, presentes en uno y otro filme, son melodías desencadenantes, a su manera, de la tensión interna del personaje femenino principal (Jeanette/Jasmine en el primer caso, Sydney/Edith en el segundo); es decir, son motores del conflicto íntimo, el sello distintivo de una relación amorosa de lujos improvisados, de un castillo de naipes en el ojo del huracán.

La inobjetable inteligencia de Russell como genio creador o simplemente como storyteller, se ve reflejada no solo en el mensaje acerca de la ficción en la que caen algunos seres humanos, sino también en cómo adapta a sus personajes a un entorno que, como anticipa en su inicio, contiene episodios que realmente existieron. Sin dar demasiada información acerca de lo que ha sido el Caso Abscam a finales de la década de 1970, ya que la película se encarga de mantener informado al espectador, cabe destacar la prolijidad con que el escritor y director mezcla ambos universos. Pocas veces el contexto mueve la conciencia de los personajes del modo que resalta Escándalo americano, y pocas veces la conciencia del personaje interfiere en el contexto. Cualquier película mediocre solo dejaría que el contexto, la línea de tiempo, las transformaciones socio-históricas, influyeran solamente en el modo de actuar y no en el modo de pensar. Las grandes obras son capaces de alterar el cuerpo y el alma de sus personajes, de ofrecerles una nueva dimensión que los haga huir del libreto y que los convierta en seres de carne y hueso, conquistadores de los cinco sentidos, presentes en la majestuosa pantalla de cine, del mismo modo que los hace individuos de tradición histórica, de bagaje cultural, con peso en el mundo y habilidades para cambiarlo. Para dar un ejemplo: el escándalo en sí es tanto más grande cuanto pretende abarcar la ambición del personaje de Richie (Bradley Cooper). Este agente del FBI representa un lugar común en el cine policial, pero no es una casualidad, ni un desliz, sino una estrategia. Porque es este personaje quien arrastra a la pareja protagónica, Irving (Christian Bale) y Edith (Amy Adams), al mundo de la mafia y la corrupción. Y es, nuevamente, un personaje ficticio que representa a uno o más hombres que han existido y que sí han logrado figurar en la historia americana. Es la conciencia de un personaje incidiendo en la representación (también ficticia) de algo verídico.

Los dos personajes principales, magistralmente interpretados por Bale y Adams, son grandes farsantes. No solamente por dedicarse a los negocios sucios y a la estafa en todos sus niveles (préstamos, venta de arte robado o ilegítimo) sino también por su apariencia. Escándalo americano dedica los primeros minutos mostrando a Irving acomodando su cabello en lo que será no solo una de las diez escenas más divertidas del largometraje, sino su punto débil. Es, en sí, un ser impresentable, algo excedido de peso, pero nada parece importarle más que ocultar su calvicie. Su pareja, Edith, tapa con su acento británico un pasado de clubes nocturnos, al que guiña con su provocativo vestuario. Son hábiles para el engaño: ella es experta en técnicas de seducción, él es un artista prolijo de la estafa atento al más minucioso detalle. La pareja aspira a ser unidimensional, a no usar disfraces. Pero en el audaz oficio de la supervivencia, algo así no es fácil de alcanzar. Y luego están otros dos personajes secundarios de altísima importancia. Por un lado Jennifer Lawrence, mujer posesiva que se niega a divorciarse y disfraza el desamor constantemente, intentando atraer a su esposo con variadas tácticas, que van desde un hijo hasta un esmalte de uñas. Aporta la comicidad y el encanto a una obra que no la necesita, pero que sí la explota al máximo. Es el alma de la comedia, la fragancia que dinamiza un trabajo dinámico de por sí. Por el otro lado Jeremy Renner, quizá el único personaje genuino (o no), la primera de  las tantas fichas de dominó que caen en el transcurso del filme. Muchos discutirán si su personaje se cierra de manera injusta. Personalmente, considero que su destino es resultado de sus acciones y no de su autenticidad, cosa que, insisto, es enteramente discutible.  

Escándalo americano es una película imprescindible, y a la fecha, una de las mejores películas del año. Desde Juegos de placer (Boogie nights, 1997), la obra maestra del genial Paul Thomas Anderson, ninguna otra película reconstruyó la década de 1970 como esta. Inmenso trabajo artístico en una obra que, aun cuando nada puede mejorarlo, guarda todavía más grandes virtudes. Ya sea como entretenimiento, como distracción o como ejercicio intelectual, debido a la complejidad de su trama, a la excelencia de sus personajes o a la profundidad del mensaje, esta es la clase de película que vale más de lo que se abona en la boletería. Y en tiempos aciagos y decadentes en el mundo del cine, donde la originalidad ha perdido fuerza, esto es algo más que destacable. David O. Russell juega en las grandes ligas con un trabajo imperdible en todos los sentidos, donde abundan tantas memorables escenas que ni los dedos de las manos alcanzan para contarlas, con un ritmo velocísimo, que quizá dedica demasiado tiempo en el pasado de sus personajes protagónicos (su juventud, la fiesta de 1974 donde se conocen, etc.), pero que no deja de valer la pena. Divertido, rebuscado y emocionante, Escándalo americano es un thriller de primer nivel, para no dejar de verlo.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

domingo, 12 de enero de 2014

Nominados, predicciones y favoritos a los Golden Globe Awards.

Llega una nueva entrega de los premios Globo de Oro para el mundo de los cinéfilos, la primera realmente importante de la carrera, que continuará con los Critics' choice, los BAFTA, los premios que entregan los distintos sindicatos, y finalmente los Oscar.
Con un puñado de favoritas bastante más grande que lo habitual, grandes títulos barajados y posibles sorpresas, apunto a continuación el listado completo de nominados en el apartado cine, con la opción favorita (*) y la predicción de este sitio. 


MEJOR PELÍCULA (DRAMA)
12 years a slave (12 años de esclavitud)
Captain Phillips (Capitán Phillips)
Gravity (Gravedad) 
Philomena
Rush

Favorita: Rush
Predicción: 12 years a slave (12 años de esclavitud)


MEJOR PELÍCULA (COMEDIA)
American hustle (Escándalo americano) 
Her (Ella)
Inside Llewyn Davis (Balada de un hombre común)
Nebraska
The wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street) 

Favorita: Her (Ella)
Predicción: American hustle (Escándalo americano)


MEJOR PELÍCULA (EXTRANJERA)
Jagten (La cacería) — Dinamarca
Kaze tachinu (Se levanta el viento) — Japón
La grande bellezza (La gran belleza) — Italia
La vie d'Adèle (La vida de Adèle) — Francia
Le passé (El pasado) — Francia

Favorita: La grande bellezza (La gran belleza)
Predicción: La vie d'Adèle (La vida de Adèle)


MEJOR PELÍCULA (ANIMADA)
Frozen
Gru 2 (Mi villano favorito 2)
The Croods (Los Croods)

Favorita: Frozen
Predicción: Frozen


MEJOR DIRECCIÓN
Alfonso Cuarón — Gravity (Gravedad)
Paul Greengrass — Captain Phillips (Capitán Phillips)
Steve McQueen — 12 years a slave (12 años de esclavitud)
Alexander Payne — Nebraska
David O. Russell — American hustle (Escándalo americano)

Favorito: Paul Greengrass — Captain Phillips (Capitán Phillips)
Predicción: Alfonso Cuarón — Gravity (Gravedad)


MEJOR GUIÓN
Steve Coogan, Jeff Pope — Philomena
Spike Jonze — Her (Ella)
Bob Nelson — Nebraska
John Ridley — 12 years a slave (12 años de esclavitud)
David O. Russell, Eric Warren Singer — American hustle (Escándalo americano)

Favorito: Spike Jonze — Her (Ella), y David O. Russell, Eric Warren Singer — American hustle (Escándalo americano)
Predicción: David O. Russell, Eric Warren Singer — American hustle (Escándalo americano)


MEJOR INTERPRETACIÓN PROTAGÓNICA MASCULINA (DRAMA)
Chiwetel Ejiofor — 12 years a slave (12 años de esclavitud)
Idris Elba — Mandela: long walk to freedom
Tom Hanks — Captain Phillips (Capitán Phillips)
Matthew McConaughey — Dallas buyers club
Robert Redford — All is lost (Hasta el final)

Favorito: Tom Hanks — Captain Phillips (Captain Phillips)
Predicción: Chiwetel Ejiofor — 12 years a slave (12 años de esclavitud)


MEJOR INTERPRETACIÓN PROTAGÓNICA MASCULINA (COMEDIA)
Christian Bale — American hustle (Escándalo americano)
Bruce Dern — Nebraska
Leonardo DiCaprio — The wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street)
Oscar Isaac — Inside Llewyn Davis (Balada de un hombre común)
Joaquin Phoenix — Her (Ella)

Favorito: Leonardo DiCaprio — The wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street)
Predicción: Leonardo DiCaprio — The wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street)


MEJOR INTERPRETACIÓN SECUNDARIA MASCULINA
Barkhad Abdi — Captain Phillips (Capitán Phillips)
Daniel Brühl — Rush
Bradley Cooper — American hustle (Escándalo americano)
Michael Fassbender — 12 years a slave (12 años de esclavitud)
Jared Leto — Dallas buyers club.

Favorito: Jared Leto — Dallas buyers club
Predicción: Jared Leto — Dallas buyers club


MEJOR INTERPRETACIÓN PROTAGÓNICA FEMENINA (DRAMA)
Cate Blanchett — Blue Jasmine
Sandra Bullock — Gravity (Gravedad)
Judi Dench — Philomena
Emma Thompson — Saving Mr. Banks (El sueño de Walt Disney)
Kate Winslet — Labor day

Favorita: Cate Blanchett — Blue Jasmine
Predicción: Cate Blanchett — Blue Jasmine


MEJOR INTERPRETACIÓN PROTAGÓNICA FEMENINA (COMEDIA)
Amy Adams — American hustle (Escándalo americano)
Julie Delpy — Before midnight (Antes de medianoche)
Greta Gerwig — Frances Ha
Julia Louis-Dreyfus — Enough said (Una segunda oportunidad)
Meryl Streep — August: Osage county (Agosto: condado de Osage) 

Favorita: Meryl Streep — August: Osage county (Agosto: condado de Osage)
Predicción: Meryl Streep — August: Osage county (Agosto: condado de Osage)


MEJOR INTERPRETACIÓN SECUNDARIA FEMENINA
Sally Hawkins — Blue Jasmine
Jennifer Lawrence — American hustle (Escándalo americano)
Lupita Nyong'o — 12 years a slave (12 años de esclavitud)
Julia Roberts — August: Osage county (Agosto: condado de Osage)
June Squibb — Nebraska

Favorita: Jennifer Lawrence — American hustle (Escándalo americano)
Predicción: Jennifer Lawrence — American hustle (Escándalo americano)


MEJOR BANDA SONORA ORIGINAL
Alex Ebert — All is lost (Hasta el final)
Alex Heffes — Mandela: long walk to freedom.
Steven Price — Gravity (Gravedad)
John Williams — The book thief
Hans Zimmer — 12 years a slave (12 años de esclavitud)

Favorito: Alex Heffes — Mandela: long walk to freedom
Predicción: Hans Zimmer — 12 years a slave (12 años de esclavitud)


MEJOR CANCIÓN ORIGINAL
"Atlas" — Catching fire (En llamas)
"Let it go" — Frozen
"Ordinary love" — Mandela: long walk to freedom
"Please Mr. Kennedy" — Inside Llewyn Davis (Balada de un hombre común)
"Sweeter than fiction" — One chance

Favorita: "Let it go" — Frozen
Predicción: "Let it go" — Frozen









Predicciones por ganadora. 

Con 3 premios:
12 years a slave (12 años de esclavitud), American hustle (Escándalo americano)
Con 2 premios:
Frozen
Con 1 premio:
La vie d'Adèle (La vida de Adèle), Gravity (Gravedad), Blue Jasmine, Dallas buyers club, August: Osage county (Agosto: condado de Osage), The wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street)  


(*) Dentro de los favoritos quedan excluidas, por no haber sido vistas ni estrenadas, las siguientes películas: "Philomena", "Nebraska", "The book thief", "Inside Llewyn Davis", "Labor day", "One chance", "Kaze tachinu".

martes, 7 de enero de 2014

12 years a slave.

 
Crítica.
12 years a slave, S. McQueen – 2013.



De un provocador nato como Steve McQueen no puede esperarse nada ligero. Ya lo demostró con sus anteriores películas, en las que se tomaban de las manos un cuidado estético casi obsesivo y el morbo infernal propio del contenido de las imágenes, sobre temáticas concernientes a dos distintos estados del espíritu: el hambre y la vergüenza. La fórmula, en ese sentido, se repite en su tercer largometraje, que sin explicitarlo en su título parece hablar del dolor. O quizá de la justicia de los hombres (no hay certezas en torno a eso, tan solo especulaciones). Lo que sí es cierto, es que hay una provocación constante, un deseo de perforar el alma del espectador con la bestial representación de la violencia contra la raza negra y contra el género femenino, fundamentalmente. La dignidad de la autobiografía se tiñe de negro cada vez que su director, fiel a su estilo transgresor y más o menos vanguardista, se concentra en un estado hirviente de la violencia, dedicada a esos fanáticos de su cine extremo, atroz, casi insoportable, con fines puramente masturbatorios. El mayor problema radica en que esos aires transgresores son lo más interesante que 12 años de esclavitud tiene para ofrecer. Y en el poder gráfico y amarillista de las imágenes, pocos como McQueen.

12 años de esclavitud cuenta la historia de Solomon, un libre hombre negro de familia que es secuestrado y vendido como esclavo, y sus intentos por retornar a su hogar. El negocio de la venta de hombres libres, pese a tomar lugar a mediados del siglo XIX, no es ajeno a nuestra realidad actual. De hecho, numerosos casos en la Argentina sobre trata de blancas tienen, salvando las distancias, un modus operandi semejante. Su director se dedica a mostrar una versión menos intimista y más grandilocuente del hecho, con la desesperante impotencia del hombre que es arrastrado contra su voluntad, que ha sido envuelto en la mentira original y que ahora paga con sudor cada segundo como propiedad (material) de un siniestro explotador. Para manejar el discurso, se apela a un tono sobrio, algunas pocas veces machacado por frases hechas de cierta heroicidad. Este discurso pretende romper con la generalización racial, es decir, que no todos los blancos son explotadores, ni todos los negros son tan hábiles, capaces, talentosos, inteligentes y libres como Solomon Northup, un personaje cuya altanería, cuyo discutible ideal de justicia lo hace antipático (ideal que atiende en primer lugar a la injusticia de haber sido arrastrado a un estado de esclavitud, y en segundo lugar a la injusticia general que padecen aquellos que desde siempre han sido esclavos). Esto reduce de antemano cualquier efecto catártico relacionado al padecimiento del protagonista que el director pueda esconder bajo su manga.

McQueen ofrece una película que se aferra sin cesar a su belleza natural. Se sitúa mayormente en lugares abiertos, con un estupendo manejo del color y la luz; el contraste que propician los sitios cerrados es efectivo. Hay algunos planos que se ven perjudicados por el reciente estreno de Django sin cadenas, porque son casi iguales, y llevan al espectador a preguntarse si todas las plantaciones en aquella época eran idénticas o si todas tenían exactamente la misma clase de árboles, por ejemplo. Pero hay que admitir que, si fijamos la vista en lo que 12 años de esclavitud tiene para ofrecer técnicamente, es perfecta en todos los sentidos. Está maravillosamente filmada, pone el foco en la herida, tanto física como humana, y llama la atención la contundencia audiovisual (visible desde la primera aparición de Solomon encadenado, casi a oscuras). Un nivel de realismo a la altura de sus anteriores trabajos, que ayudan a engrandecer la experiencia. Con todo, no está destinada a formar parte ni de la historia del cine, ni de los más valiosos archivos de un oscuro período de la historia americana, y posiblemente tampoco parte del corazón de muchos receptores. La tragedia de Solomon se ve como algo lejano, y en casi todo el metraje reina una sensación de indiferencia que no parece cesar.

Es difícil no recomendar al público una película tan bien hecha como 12 años de esclavitud. Hay un manejo excelso de los recursos de la obra. McQueen es consciente de su rol como denunciante de casos que no suelen ser retratados en la gran pantalla (y la transferencia de hombres libres roza lo novedoso), y también dueño de una conciencia artística que ha signado toda su filmografía. También es un gran director de actores, muy a pesar de las ya aludidas limitaciones del guión en cuanto a Solomon (y, evidentemente, de la autobiografía del mismo). Las actuaciones de Chiwetel Ejiofor, Adepero Oduye y Lupita Nyong’o son todo lo buenas que puede esperarse de personajes que sufren, gimen, gritan, lloran, se retuercen y se desangran en todo sentido de la palabra. Los intérpretes están condenados a lucirse porque sus personajes han sido condenados a una vida miserable. Apenas unas cosas pueden cuestionarse, que son mínimas: en términos esclavistas, el director explota con algunos primeros planos al actor principal, a veces con agresividad, como el plano de Solomon cantando en un funeral; el personaje de Eliza, interpretado por Oduye, llora durante tres secuencias consecutivas, y en una de ellas comienza llorando en off; luego está la innecesaria extensión del sufrimiento, como en la escena de la horca, que excede el minuto de duración sin que nada ocurra realmente fuera del jugueteo de los pies de la víctima sobre el fango.  Por otra parte, superlativo Michael Fassbender, una vez más. Grandes apariciones de Paul Dano y del efectivo Brad Pitt, quien como productor de la película se asigna el rol del ángel misericordioso. Un elenco que cumple, que es una base más que inquebrantable sobre la que McQueen consigue crear una visceral obra sobre la fragilidad de la carne y del espíritu. Pudo haber sido mucho mejor, pero el cineasta es tanto presa crónica como principal beneficiario de su propio estilo, ahora de cara al cine académico, mucho más universalizado y menos introspectivo. 

Puntuación: 5/10 (Floja)

sábado, 4 de enero de 2014

El lobo de Wall Street.



 

Crítica.
El lobo de Wall Street, M. Scorsese (2013)
 

Martin Scorsese deja las cosas de niños que tanto enternecieron al espectador en su última obra maestra, La invención de Hugo Cabret, y retoma los oscuros senderos de un estilo que tanto lo caracterizó históricamente, con dinero sucio, estafadores y gatos cazando velocísimos ratones. El lobo de Wall Street, su última película, basada en la autobiografía de Jordan Belfort, está llamada a ser la película más accesible sobre la situación financiera en Estados Unidos. En sí, la economía es un tema difícil de representar en la gran pantalla, es poco atractivo y lo suficientemente complejo para causar desinterés en el espectador común. Hay, por supuesto, ejemplos recientes que sugieren lo contrario, como El precio de la codicia, de J. C. Chandor, y son la muestra de una tendencia cinematográfica que toma las nebulosas financieras, tema que podrá considerarse de actualidad a un lustro de la crisis económica más significativa del corriente siglo, y las acerca al público de la forma más disfrazada posible. Del mismo modo que una madre se las ingenia para que su hijo o hija coma algo que no le gusta.

La creatividad de los artistas no basta para que tengan éxito. Es necesario pensar cuál es el idioma universal capaz de traducir un argumento sobre corredores de bolsa, estafas y demás. Y Martin Scorsese no tiene ninguna duda de que la risa es el instrumento ideal para bajarlo a tierra. Eso parece justificar que en El lobo de Wall Street se mezclen dos voces distintas: la del sagaz Oliver Stone en la primera entrega de Wall Street, el clásico de 1987, y la de Judd Apatow, uno de los reyes de la comedia americana reciente, director de obras como Virgen a los 40 o Ligeramente embarazada. Esta unión de voces tan distintas dentro del cine parece ser la clave para que una película sobre Wall Street se extienda a casi tres horas de duración sin causar aburrimiento en ningún momento. El orgiástico festival de los excesos, las escandalosas fiestas dentro de la oficina o en el Naomi, las tentaciones humanas (las drogas, el sexo, el alcohol), sostienen más que nunca el ritmo, pero principalmente resaltan el concepto del carpe diem. La vida, como la economía, es totalmente impredecible. ¿Por qué no disfrutar el presente para divertirse? Después de todo, el cataclismo no golpea a la puerta, simplemente irrumpe. Por eso, la idea de aprovechar el día, de gozar de los bienes materiales para alimentar el espíritu, acompaña el avance de la historia. Incluso asoma el rostro en la repentina muerte de uno de los personajes principales, quien tras un ataque cardíaco deja el mundo de los vivos a la corta edad de treinta y cinco años.

Introducida por la exasperante voz en off de Jordan Belfort, interpretado por Leonardo DiCaprio, en los comienzos parece ser un monólogo rebosante de pedantería. Esta misma voz se repite innumerables veces, en situaciones que no la precisan (la explicación de qué es una IPO podría haberse resuelto de un modo más espontáneo, por ejemplo) y después de que la película ya haya alcanzado una hora de duración. Por fortuna, cuando la historia consigue contarse por sí sola, es decir, cuando los personajes inhalan el olor de dinero y mucha droga, y exhalan los restos de su ambición y su lujuria, deja de ser un simple unipersonal. Aunque, debo aclarar, no suprime la pedantería del protagonista, un ser tan admirable como abominable. Después de todo, esta ambivalencia del personaje, este punto medio en su carácter, es el que lo eleva al Olimpo de los míticos personajes del gran cineasta. No es tan despreciable como para que el espectador no soporte el filme, ni tampoco tan agradable como para girar enteramente alrededor de la gratuidad de su sacralización. Es el punto medio que nace de la conciencia del propio personaje, y sin haber leído la autobiografía, es posible que la adaptación sea fiel, que el mismo Belfort vea en sus espejos esos rasgos negativos que, aun cuando sean muchos, no pretende cambiar. Porque contribuyen a crear un aura de misterio, casi de divinidad. El lobo es el centro de atención, y con él, están los apóstoles, un cúmulo de salvajes con enormes ganas de triunfar a costa de todo, y sobre todo, con ganas de divertirse.

La muchedumbre, ese montón de trabajadores cargados de euforia y excitación, es la unidad que impulsa el despegue de Belfort hacia el estrellato. Una unidad que, con el individualismo y el materialismo reinantes en la época (a saber: finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990), no está destinada a perdurar. Pero en términos cinematográficos, es la unidad que mantiene vivo el espíritu lúdico del filme. Su máximo exponente es Jonah Hill, quien se apropia del 90% de los momentos graciosos de la película. Con sus ridículos anteojos y su cara de imbécil tiene comiendo de la palma de su mano a más de un espectador revuelto en su butaca riéndose a carcajadas. Las escenas que comparte en pantalla con el protagonista absoluto, Leonardo DiCaprio, son tan desopilantes como inolvidables. Las pastillas Lemmon y sus tardíos efectos secundarios son el punto álgido, en el que ya no se puede reír más. Ambos intérpretes se entregan a sus personajes casi con devoción, con un profundo afecto a lo que ellos representan. Le dan el visto bueno a seres de la vida real que han amasado su fortuna a través del engaño, algo que no se atreve a hacer el director, preservando el tono objetivo que seguramente contenga la fuente autobiográfica. Es lícito criticar esto, pero tal vez no excesivamente. Menos, cuando se revisa rápidamente una filmografía anclada en el bajo mundo de los Estados Unidos. Sin embargo, mucho más oportuno es preguntarse cuál es la finalidad de una obra aparatosa como esta, si no es juzgar a sus representantes, criminales en la vida real. ¿No hay justificación en el exceso? ¿O hay una feroz crítica encubierta en cada accionar que ni el mismo Scorsese se atreve a admitir?

El lobo de Wall Street es una comedia irreverente no apta para seres sensibles, pero sí para aquellos interesados en ver nuevamente cuán bajo puede caer el ser humano. Si uno niega el último interrogante del párrafo anterior, puede ir más lejos y afirmar que es una obra menor dentro de la filmografía, sin una utilidad fuera del entretenimiento explosivo, que consiente al espectador en todo momento (siempre que este se atenga a las reglas del juego). Apena recordar todo lo que se recortó para que la obra acabara siendo relativamente decente y más o menos breve, sobre un original que excedía las cuatro horas de filmación y que seguramente habría hecho poner a los ultra-católicos bastante nerviosos. Pero la labor del crítico es juzgar el resultado final: un trabajo preciso, alegre, de dimensiones monumentales, que ofrece más, y más, hasta que al final, como vaticinaba el avance internacional, no parecería ser suficiente. No es hambre lo que experimenta uno cuando llegan los créditos finales: es la viciosa sensación de culpa y satisfacción por estar lleno y querer más. Y más. Y más. 
 
Puntuación: 7/10 (Notable)