sábado, 4 de enero de 2014

El lobo de Wall Street.



 

Crítica.
El lobo de Wall Street, M. Scorsese (2013)
 

Martin Scorsese deja las cosas de niños que tanto enternecieron al espectador en su última obra maestra, La invención de Hugo Cabret, y retoma los oscuros senderos de un estilo que tanto lo caracterizó históricamente, con dinero sucio, estafadores y gatos cazando velocísimos ratones. El lobo de Wall Street, su última película, basada en la autobiografía de Jordan Belfort, está llamada a ser la película más accesible sobre la situación financiera en Estados Unidos. En sí, la economía es un tema difícil de representar en la gran pantalla, es poco atractivo y lo suficientemente complejo para causar desinterés en el espectador común. Hay, por supuesto, ejemplos recientes que sugieren lo contrario, como El precio de la codicia, de J. C. Chandor, y son la muestra de una tendencia cinematográfica que toma las nebulosas financieras, tema que podrá considerarse de actualidad a un lustro de la crisis económica más significativa del corriente siglo, y las acerca al público de la forma más disfrazada posible. Del mismo modo que una madre se las ingenia para que su hijo o hija coma algo que no le gusta.

La creatividad de los artistas no basta para que tengan éxito. Es necesario pensar cuál es el idioma universal capaz de traducir un argumento sobre corredores de bolsa, estafas y demás. Y Martin Scorsese no tiene ninguna duda de que la risa es el instrumento ideal para bajarlo a tierra. Eso parece justificar que en El lobo de Wall Street se mezclen dos voces distintas: la del sagaz Oliver Stone en la primera entrega de Wall Street, el clásico de 1987, y la de Judd Apatow, uno de los reyes de la comedia americana reciente, director de obras como Virgen a los 40 o Ligeramente embarazada. Esta unión de voces tan distintas dentro del cine parece ser la clave para que una película sobre Wall Street se extienda a casi tres horas de duración sin causar aburrimiento en ningún momento. El orgiástico festival de los excesos, las escandalosas fiestas dentro de la oficina o en el Naomi, las tentaciones humanas (las drogas, el sexo, el alcohol), sostienen más que nunca el ritmo, pero principalmente resaltan el concepto del carpe diem. La vida, como la economía, es totalmente impredecible. ¿Por qué no disfrutar el presente para divertirse? Después de todo, el cataclismo no golpea a la puerta, simplemente irrumpe. Por eso, la idea de aprovechar el día, de gozar de los bienes materiales para alimentar el espíritu, acompaña el avance de la historia. Incluso asoma el rostro en la repentina muerte de uno de los personajes principales, quien tras un ataque cardíaco deja el mundo de los vivos a la corta edad de treinta y cinco años.

Introducida por la exasperante voz en off de Jordan Belfort, interpretado por Leonardo DiCaprio, en los comienzos parece ser un monólogo rebosante de pedantería. Esta misma voz se repite innumerables veces, en situaciones que no la precisan (la explicación de qué es una IPO podría haberse resuelto de un modo más espontáneo, por ejemplo) y después de que la película ya haya alcanzado una hora de duración. Por fortuna, cuando la historia consigue contarse por sí sola, es decir, cuando los personajes inhalan el olor de dinero y mucha droga, y exhalan los restos de su ambición y su lujuria, deja de ser un simple unipersonal. Aunque, debo aclarar, no suprime la pedantería del protagonista, un ser tan admirable como abominable. Después de todo, esta ambivalencia del personaje, este punto medio en su carácter, es el que lo eleva al Olimpo de los míticos personajes del gran cineasta. No es tan despreciable como para que el espectador no soporte el filme, ni tampoco tan agradable como para girar enteramente alrededor de la gratuidad de su sacralización. Es el punto medio que nace de la conciencia del propio personaje, y sin haber leído la autobiografía, es posible que la adaptación sea fiel, que el mismo Belfort vea en sus espejos esos rasgos negativos que, aun cuando sean muchos, no pretende cambiar. Porque contribuyen a crear un aura de misterio, casi de divinidad. El lobo es el centro de atención, y con él, están los apóstoles, un cúmulo de salvajes con enormes ganas de triunfar a costa de todo, y sobre todo, con ganas de divertirse.

La muchedumbre, ese montón de trabajadores cargados de euforia y excitación, es la unidad que impulsa el despegue de Belfort hacia el estrellato. Una unidad que, con el individualismo y el materialismo reinantes en la época (a saber: finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990), no está destinada a perdurar. Pero en términos cinematográficos, es la unidad que mantiene vivo el espíritu lúdico del filme. Su máximo exponente es Jonah Hill, quien se apropia del 90% de los momentos graciosos de la película. Con sus ridículos anteojos y su cara de imbécil tiene comiendo de la palma de su mano a más de un espectador revuelto en su butaca riéndose a carcajadas. Las escenas que comparte en pantalla con el protagonista absoluto, Leonardo DiCaprio, son tan desopilantes como inolvidables. Las pastillas Lemmon y sus tardíos efectos secundarios son el punto álgido, en el que ya no se puede reír más. Ambos intérpretes se entregan a sus personajes casi con devoción, con un profundo afecto a lo que ellos representan. Le dan el visto bueno a seres de la vida real que han amasado su fortuna a través del engaño, algo que no se atreve a hacer el director, preservando el tono objetivo que seguramente contenga la fuente autobiográfica. Es lícito criticar esto, pero tal vez no excesivamente. Menos, cuando se revisa rápidamente una filmografía anclada en el bajo mundo de los Estados Unidos. Sin embargo, mucho más oportuno es preguntarse cuál es la finalidad de una obra aparatosa como esta, si no es juzgar a sus representantes, criminales en la vida real. ¿No hay justificación en el exceso? ¿O hay una feroz crítica encubierta en cada accionar que ni el mismo Scorsese se atreve a admitir?

El lobo de Wall Street es una comedia irreverente no apta para seres sensibles, pero sí para aquellos interesados en ver nuevamente cuán bajo puede caer el ser humano. Si uno niega el último interrogante del párrafo anterior, puede ir más lejos y afirmar que es una obra menor dentro de la filmografía, sin una utilidad fuera del entretenimiento explosivo, que consiente al espectador en todo momento (siempre que este se atenga a las reglas del juego). Apena recordar todo lo que se recortó para que la obra acabara siendo relativamente decente y más o menos breve, sobre un original que excedía las cuatro horas de filmación y que seguramente habría hecho poner a los ultra-católicos bastante nerviosos. Pero la labor del crítico es juzgar el resultado final: un trabajo preciso, alegre, de dimensiones monumentales, que ofrece más, y más, hasta que al final, como vaticinaba el avance internacional, no parecería ser suficiente. No es hambre lo que experimenta uno cuando llegan los créditos finales: es la viciosa sensación de culpa y satisfacción por estar lleno y querer más. Y más. Y más. 
 
Puntuación: 7/10 (Notable)

2 comentarios:

magu dijo...

RODRIGO:
Mirá, gracias a tu crítica, me dio ganas de verla. Porque vos hacés buenas críticas, es decir: las buenas críticas de un critico no se refiere a que una película tenga buenas críticas, jaja, sino a que las críticas están bien hechas. A veces me dan ganas de ver una pésima película para recordar la visión que el crítico hizo, y decir: pienso lo mismo.
¿Los números musicales te gustaron?, me comentaron que hay partes cantadas. Es impresionante como los espectadores fanáticos pasamos por alto cualquier defecto denso, o hasta el tedio y decepción más gradne con tal de seguir a LEONARDO DI CAPRIO y a SCORSESE. Es como te conté con FELLINI, ETORE SCOLA, LOS TAVIANI, LA BEMBERG y WOODY ALLEN (que hasta pasamos por alto sus acusaciones de pedófilo edípico) con tal de ser partícipes de toda su filmografía.
¿Te gustó la EDAD DE LA INOCENCIA?, tengo que buscar esa crítica. Para mi no se parecía a SCORSECE sino a JAMES IVORY, pero me encantó. su narrativa. El AVIADOR en algunas partes también.
RODRIGO
Yo siento, y siempre le comento a mi amiga SILVIA SÁNCHEZ URITE (de cuarenta años) que losque ya tenemos casi cincuenta para arriba, somos como "espectadores bisagra" porque estamos parados entre dos caballos, con respecto al cine. Recordamos el lenguaje narrativo (propiamente argumental) de los films antiguos (previos a la invención de la tv), como por ejemplo "LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ" (adaptación de la novela), y las series de TV de lso años sesenta, pero escritas por guionistas que nacieron antes de dicha invención. Sus órdenes argumentales son más lógicos, clásicos, todos son esquemas adaptativos más "legibles" para un espectador y menos "visuales". No sé como aclararte esta idea. Tanto en series como EL ZORRO (Y más siendo de media hora) como en films, se notaba el desconocimiento de estos autores por los aún desconocidos VIDEO CLIPS (que para mi son como pensamiento mágico, u onírico). La narración era más clara. Ahora hasta los directores clásicos vivos (ya de sesenta y pi para arriba como SCORSESE), tienen equipos de escritores jóvenes que ya nacieron con el video clip incorporado y su modo de contar es más visual. Los que andamos entre los dos caballos, a los tumbos, podemos tener nostalgia, de la vieja narrativa, y por eso nos apegamos a todo lo que nos prometa una recreación argumental de los films de antaño...pero, son como las imitaciones de las viejas sedas con encajes. Es solo una copia, una imitación, porque ese tiempo de describir las cosas, se murió. Lo último: cuando ví en cinemax algunos capítulos de MAD MEN; me emocionó ver como predominaba el silencio en las escenas, la falta de sonidos, melodías y ruidos, los tiempos más lentos. porque era así, la gente era de ritmo más lento. había más silencio en las calles ¿o es solo mi reconstrucción fantaseosa nostálgica? no lo se.

Mariana Hernández dijo...

Una genial película, no le quito ese mérito aunque la siento algo misógina. Sale el chico de Silicon Valley, Thomas Middleditch, en una pequela escena, es una pena porque me ha encantado su papel en la serie.