martes, 28 de enero de 2014

Escándalo americano.



Crítica.
Escándalo americano [American hustle, David O. Russell – 2013]


Estados Unidos es la gran maquinaria cinematográfica del mundo por excelencia. Eso nadie lo pone en discusión. Es una cuestión que trasciende la calidad de su producción. Se trata de creación, distribución y consumo masivo. Dada la cantidad de obras lanzadas al mercado anualmente, es curioso que sean tan pocos los nombres de artistas que se destaquen por su talento. Y en ese puñado que tiende poco a poco a desaparecer, está la figura del neoyorquino David O. Russell, un director capaz de navegar por diversos géneros con una admirable espontaneidad. Dejando al margen sus primeras obras, entre las que se destaca Tres reyes (Three kings, 1999) una brutal sátira bélica, hace apenas unos años entregó uno de los dramas deportivos más ágiles y conmovedores de los últimos tiempos, El ganador (The fighter, 2010), protagonizada por Mark Wahlberg. Hasta entonces, era un cineasta más o menos respetado pero relativamente poco popular. Recién con la crowd-pleaser del año pasado, El lado luminoso de la vida (Silver linings playbook, 2012), comedia romántica que le dio algunos grandes reconocimientos a Jennifer Lawrence, ganó en popularidad. En el pequeño mundo de los cinéfilos, un nombre como el de Russell no necesita presentación. Y con el tiempo, es posible que se convierta en uno de los autores más reconocidos del cine americano. Sin embargo, todo lo que se vuelve popular es proclive a ser denostado por la crítica. Su estilo vertiginoso o su tendencia al happy-ending son algunas de las cosas que más suelen reprochársele a este artista. Con todo, intuyo que nadie se toma el tiempo de poner en duda su originalidad, su frescura, su humor exquisito, o la extraordinaria construcción de personajes excéntricos, al límite, en proceso de reinvención. Como guionista es maravilloso y, como director, es uno de los titiriteros con los que los actores en Hollywood ansían trabajar. Sin lugar a dudas, es un sujeto abierto a dejar que la creación cinematográfica tome los caminos que vayan surgiendo naturalmente, dispuesto a aprender de la interacción con sus actores, y sacando de ellos una brillantez que lo vuelve, hoy por hoy, en el director de actores del momento.

Este proceso de reinvención antes aludido sirve como denominador común de sus últimos tres filmes, la radiografía (hecha trilogía, decimos algunos) de una sociedad americana contemporánea que a pesar de todos los golpes pretende levantarse y seguir luchando. Ejemplos hay varios. El personaje de Dicky Eklund en El ganador, que le dio el Oscar a un consumido Christian Bale, era un drogadicto inmaduro que amaba a su hermano más que a cualquier otra cosa, y que veía en él la posibilidad de recuperarse manteniéndose ocupado entrenándolo. Los personajes de Pat y Tiffany, dúo protagonista de El lado luminoso de la vida, creyeron ciegamente y con optimismo que el amor y el baile (es decir, la alegría, la disciplina, la solidaridad) podían atenuar el mal de amores, la inestabilidad mental, y crear un vínculo intenso y real. En cuanto al thriller Escándalo americano (American hustle, 2013), su última obra, la cuestión es algo más compleja. Es cierto que los personajes tienen características similares, pero también es cierto que el mensaje de la película se centra fundamentalmente en el tema de las máscaras, en la necesidad de mentir o fingir para sobrevivir, por lo que la reinvención es constante y nunca definitiva. Se trata del mismo tipo de máscaras que Cate Blanchett usaba en Blue Jasmine para que el mundo no tomara conciencia de su decadencia. De hecho, y para dar un ejemplo tonto, las canciones Blue Moon y Jeep's blues, presentes en uno y otro filme, son melodías desencadenantes, a su manera, de la tensión interna del personaje femenino principal (Jeanette/Jasmine en el primer caso, Sydney/Edith en el segundo); es decir, son motores del conflicto íntimo, el sello distintivo de una relación amorosa de lujos improvisados, de un castillo de naipes en el ojo del huracán.

La inobjetable inteligencia de Russell como genio creador o simplemente como storyteller, se ve reflejada no solo en el mensaje acerca de la ficción en la que caen algunos seres humanos, sino también en cómo adapta a sus personajes a un entorno que, como anticipa en su inicio, contiene episodios que realmente existieron. Sin dar demasiada información acerca de lo que ha sido el Caso Abscam a finales de la década de 1970, ya que la película se encarga de mantener informado al espectador, cabe destacar la prolijidad con que el escritor y director mezcla ambos universos. Pocas veces el contexto mueve la conciencia de los personajes del modo que resalta Escándalo americano, y pocas veces la conciencia del personaje interfiere en el contexto. Cualquier película mediocre solo dejaría que el contexto, la línea de tiempo, las transformaciones socio-históricas, influyeran solamente en el modo de actuar y no en el modo de pensar. Las grandes obras son capaces de alterar el cuerpo y el alma de sus personajes, de ofrecerles una nueva dimensión que los haga huir del libreto y que los convierta en seres de carne y hueso, conquistadores de los cinco sentidos, presentes en la majestuosa pantalla de cine, del mismo modo que los hace individuos de tradición histórica, de bagaje cultural, con peso en el mundo y habilidades para cambiarlo. Para dar un ejemplo: el escándalo en sí es tanto más grande cuanto pretende abarcar la ambición del personaje de Richie (Bradley Cooper). Este agente del FBI representa un lugar común en el cine policial, pero no es una casualidad, ni un desliz, sino una estrategia. Porque es este personaje quien arrastra a la pareja protagónica, Irving (Christian Bale) y Edith (Amy Adams), al mundo de la mafia y la corrupción. Y es, nuevamente, un personaje ficticio que representa a uno o más hombres que han existido y que sí han logrado figurar en la historia americana. Es la conciencia de un personaje incidiendo en la representación (también ficticia) de algo verídico.

Los dos personajes principales, magistralmente interpretados por Bale y Adams, son grandes farsantes. No solamente por dedicarse a los negocios sucios y a la estafa en todos sus niveles (préstamos, venta de arte robado o ilegítimo) sino también por su apariencia. Escándalo americano dedica los primeros minutos mostrando a Irving acomodando su cabello en lo que será no solo una de las diez escenas más divertidas del largometraje, sino su punto débil. Es, en sí, un ser impresentable, algo excedido de peso, pero nada parece importarle más que ocultar su calvicie. Su pareja, Edith, tapa con su acento británico un pasado de clubes nocturnos, al que guiña con su provocativo vestuario. Son hábiles para el engaño: ella es experta en técnicas de seducción, él es un artista prolijo de la estafa atento al más minucioso detalle. La pareja aspira a ser unidimensional, a no usar disfraces. Pero en el audaz oficio de la supervivencia, algo así no es fácil de alcanzar. Y luego están otros dos personajes secundarios de altísima importancia. Por un lado Jennifer Lawrence, mujer posesiva que se niega a divorciarse y disfraza el desamor constantemente, intentando atraer a su esposo con variadas tácticas, que van desde un hijo hasta un esmalte de uñas. Aporta la comicidad y el encanto a una obra que no la necesita, pero que sí la explota al máximo. Es el alma de la comedia, la fragancia que dinamiza un trabajo dinámico de por sí. Por el otro lado Jeremy Renner, quizá el único personaje genuino (o no), la primera de  las tantas fichas de dominó que caen en el transcurso del filme. Muchos discutirán si su personaje se cierra de manera injusta. Personalmente, considero que su destino es resultado de sus acciones y no de su autenticidad, cosa que, insisto, es enteramente discutible.  

Escándalo americano es una película imprescindible, y a la fecha, una de las mejores películas del año. Desde Juegos de placer (Boogie nights, 1997), la obra maestra del genial Paul Thomas Anderson, ninguna otra película reconstruyó la década de 1970 como esta. Inmenso trabajo artístico en una obra que, aun cuando nada puede mejorarlo, guarda todavía más grandes virtudes. Ya sea como entretenimiento, como distracción o como ejercicio intelectual, debido a la complejidad de su trama, a la excelencia de sus personajes o a la profundidad del mensaje, esta es la clase de película que vale más de lo que se abona en la boletería. Y en tiempos aciagos y decadentes en el mundo del cine, donde la originalidad ha perdido fuerza, esto es algo más que destacable. David O. Russell juega en las grandes ligas con un trabajo imperdible en todos los sentidos, donde abundan tantas memorables escenas que ni los dedos de las manos alcanzan para contarlas, con un ritmo velocísimo, que quizá dedica demasiado tiempo en el pasado de sus personajes protagónicos (su juventud, la fiesta de 1974 donde se conocen, etc.), pero que no deja de valer la pena. Divertido, rebuscado y emocionante, Escándalo americano es un thriller de primer nivel, para no dejar de verlo.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

1 comentario:

magu dijo...

RODRIGO
La tengo que ir a ver, pero tendré en cuenta tu crítica. Si, gustó mucho y todos dicen que es magnífica. Te cuento una anécdota cómica con respecto al sábado en el cine General Paz (Cabildo al 2700), había varias filas para ver esa, la de Di Caprio, la de Walt Disney, etc. Y tanto la del SUEÑO DE WALT (SAVING MR BANKS) como ESCÁNDALO AMERICANO, en la función de las 20 hs se llenaron. Pero la gente que fue a ver ESCÁNDALO AMERICANO (poruqe a mi me gusta charlar con las señoras de las filas y las sentadas), no tenían ni idea sobre el argumento, ni de los actores, solo habían leído la puntuación y las críticas, era gente grande. En cambio la gente que fue a ver la del SUEÑO DE WALT, fue porque les gusta mucho TOM HANKS y EMMA THOMPSON (como a mi) y además porque amaban a WALT DISNEY. O sea, que teníamos más motivos de empáticos para ver lo que elegíamos. Quiero verla, porque ahora leeré tu post sobre los premios de ayer, televisados por MGM, y ya se sabe que ganará algunos OSCARS. POr ahora me quedo con tu información, luego te cuento.
Por último, te digo que quiero ver EL MAYORDOMO, me entusiasma más esa que 12 AÑOS DE ESCLAVITUD, poruqe me interesa ver la influencia del mayordomo sobre los presidentes, como me gustó CONDUCIENDO A MISS DAYSY con MORGAN FREEMAN, me entristece ver latigazos, los conozco, no me ayuda, ya tomé conciencia, pero bue, luego te cuento. Gracias RODRIGO Y, sobre la melange que te puse sobre lso espectadores bisagra, es mi apreciación, creo que estamos ávidos de recrear modos de ver que ya no se dan más, por eso recurrimos a las películas homenajes (como las vidad de COLE PORTER, y las de RAY CHARLES o ésta de WALT DISNEY) donde todo parecía más optimista y ordenado, jaja, quizás no era así pero con ellos así lo sentíamos. Bue, baci