viernes, 14 de marzo de 2014

Ella.

Advertencia: la siguiente crítica contiene spoilers. 

 


Crítica y análisis de Ella (Her, S. Jonze - 2013)


Ella. El amor en los tiempos de la tecnología.

Algunos piensan que la tecnología morirá junto con la civilización. Esto podría deberse a la renovación constante de la primera, generada por la segunda, mediante la aplicación del conocimiento y la creatividad en la producción. Es precisamente la creatividad aquello que mantiene vivo el espíritu de la tecnología en las sociedades actuales, lo que refuerza una relación necesaria. Creatividad que convoca al consumidor al gran mercado de las ideas y de las innovaciones. La clave radica en el juego inversamente proporcional que existe entre la eficacia y el espacio físico (tamaño). Cuanto menos espacioso y más eficaz sea un dispositivo, resultará más accesible. Por ello, las mentes creadoras persiguen el sueño de la omnipotencia, pero reducido a un aparato de dimensiones discretas.
Para muchos, el cielo no es el límite. Sí lo es el autómata. Se trata del hombre metálico que alguna vez han presentado las películas interactuando con su amo o programador, desplazándose por los pasillos internos de una casa, realizando los quehaceres domésticos. Es la imagen al frente de la cultura futurista, la máxima aspiración del hombre que pretende ceder sus aburridas responsabilidades a una máquina. Resucita una esclavitud disimulada por el metal. Pero carece de una conciencia que lo acerque al organismo vivo y humano que lo configura. De algún modo, la falta de conciencia verticaliza el vínculo, y propicia el sometimiento. Por supuesto, este sometimiento unidireccional es una fantasía que la humanidad prefiere conservar para no admitir que, en realidad, el autómata somete a su amo al crear en él la necesidad de no realizar esas tareas domésticas. ¿Qué ocurre cuando el dispositivo falla? Es el hombre quien debe encargarse de todo, pero ha perdido la costumbre: es menos útil.

En este momento de la historia, una fase dominada por los nuevos descubrimientos, aparece una película muy oportuna. Se trata de Ella, el más reciente trabajo de uno de los mejores directores vivos, Spike Jonze. Este joven cineasta ha incursionado en el mundo del videoclip con resultados muy satisfactorios, y ha dirigido en el ocaso del pasado milenio una de sus obras magnas, ¿Quieres ser John Malkovich? (Being John Malkovich, 1999), haciendo que más de un espectador anhelara hallar una planta media en un edificio cualquiera. Luego prosiguió trabajando con su guionista habitual, Charlie Kaufman, en Ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002), una reflexión profunda sobre el bloqueo creativo protagonizada por Nicolas Cage, Meryl Streep y Chris Cooper. Sin embargo, luego de que Kaufman ganara el Oscar por su brillante trabajo en el libreto de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Eternal sunshine of the spotless mind, 2004), y de dirigir una de las mejores óperas primas de la historia del cine, Todas las vidas, mi vida (Synecdoche New York, 2008), cesaron las colaboraciones entre ambos. Y el retorno a la gran pantalla de Jonze estuvo marcado por Donde viven los monstruos (Where the wild things are, 2009), una producción infantil con profundas reflexiones sobre la mecánica del poder, que dividió las aguas como nunca en su filmografía, y que no obtuvo un gran reconocimiento pese a ser, posiblemente, su mejor película hasta esa fecha. Así, Ella, su cuarto largometraje, parece haberle dado a Jonze, encargado también del guión y de la producción, algo de satisfacción tras tantos años de inmensas producciones que indudablemente cambiaron el cine. 





La comedia romántica es uno de los géneros más defenestrados (con justicia) por la audiencia, uno de los géneros que más prestigio ha perdido a lo largo de la historia del cine. Tal vez sean pocos los títulos de esta última década que merezcan ser destacados. El primero en el que puedo pensar es La joven vida de Juno (Juno, 2007), sobre una adolescente que queda embarazada de un compañero de curso y debe tomar la decisión de dar a su bebé en adopción. Otro es Amor sin escalas (Up in the air, 2009), curiosamente también del director Jason Reitman. Y seguramente haya ejemplares en el cine europeo, como Sobreviviendo al amor (Zweiohrküken, 2009), pero son incluso más difíciles de recordar. La mayoría está por debajo de la bastante generosa línea de la mediocridad. Y ese es un problema grave que ni siquiera el aporte de Ella soluciona, pero que sí intenta revertir antes que sea demasiado tarde. Se trata de una relación amorosa que establece un escritor bastante introvertido, recién separado y sin ánimos de conocer a nadie, con un sistema operativo con inteligencia artificial que acaba de salir a la venta. Es una premisa que, si se lee sin detenimiento ni atención, puede sonar descabellada, propia de la ciencia ficción. Pero desde una perspectiva alegórica parece reflejar el estado de conexión emocional que establece el individuo con estos artefactos. Y esa situación no podría ser más actual. Hablar de ciencia ficción no es un exceso, pero tampoco define una obra como esta.

Es un romance que Theodore, interpretado magistralmente por Joaquín Phoenix, carga sobre sus espaldas. Todo comienza con una primera fase en que ambos se conocen y visualizan las capacidades del otro. Él es, paradójicamente, un hombre bastante robótico y poco expresivo; ella, contrariamente, aspira a absorber los rasgos de humanidad de los usuarios, principalmente de él. Son dos entidades que continuamente se acomodan a las expectativas del otro, y durante una primera mitad del filme, sintetizan el enamoramiento de cualquier pareja en la vida real. Este proceso también incluye los pequeños conflictos, roces y malentendidos que puedan surgir en el trayecto. Provienen de dos mundos distintos, con un lenguaje simbólico diferente, y los problemas de comunicación trascienden los alcances de la tecnología. Dichas conflictividades, inherentes al mundo físico en que vivimos, son uno de los puntos fuertes de la obra. Uno no puede dejar de tener en cuenta que el protagonista es Theodore, aunque el título pueda darnos a entender lo contrario. Es aquel sujeto en el que muchos podríamos convertirnos, porque reacciona naturalmente como cualquier mortal, ensimismado en sus videojuegos, en su particular trabajo (es contratado para escribir cartas con palabras tiernas, pero que firma con el nombre de quien le paga por hacerlo), en su elegante departamento de vista excepcional. Y además, está rodeado de cuatro mujeres; o sea, cuatro relaciones sentimentales. La ex-novia, Rooney Mara; quien asiste a una cita organizada por terceros, Olivia Wilde; ella, el sistema operativo, al que pone voz Scarlett Johansson; y finalmente su amiga y vecina, Amy Adams. Cuatro vínculos que ponen a prueba a Theodore, atascado en el duelo por el divorcio, algo que le impide avanzar.





El mundo virtual sirve, entonces, como válvula de escape. Pero en el mercado tecnológico, cualquier novedad es efímera. En algún momento, un personaje habla de verse inmerso en el espacio en blanco que existe entre dos palabras de un libro cualquiera. Es decir, es simplemente una transición de una cosa a otra. Un puente que une lo viejo y lo nuevo, que es totalmente minúsculo en el espacio y en el tiempo. Aquí aparece el concepto del amanecer, o más precisamente de todo un campo semántico relativo al mencionado sustantivo. La palabra wake se usa numerosas veces y en contextos diversos. Luego de ver la imagen final, uno puede pensar que el uso de esa palabra no es casualidad. Es que, después de la novedad, amanece otra. Y el hombre aguarda que salga el sol, que asome su luz por el horizonte e ilumine a una ansiosa (o viciosa) humanidad. Los sistemas operativos con inteligencia artificial pueden ser mejorados, porque en algún momento no satisfarán las necesidades de sus usuarios, o porque se va generando una demanda de algo mejor, que fuerza a las grandes empresas a mejorar la oferta y proveer al mundo de una versión deluxe. Un dispositivo dos punto cero con mayor capacidad y/o menor tamaño.


Él. El drama melancólico narcisista.


La película es muy clara en sus objetivos. Mostrar desde una distancia espaciotemporal considerable, aunque tampoco demasiado grande, cómo lo espiritual continúa siendo exactamente igual, mientras lo material va reemplazándose constantemente. Lo que hace Spike Jonze en su estupendo libreto es una proyección de nuestra sociedad, adivinando, o deduciendo, en qué posición nos encontraremos dentro de unos cuantos años. Debatiéndose entre lo contemporáneo y lo futurista (y para esto, no debemos olvidarnos que Ella ha sido rodada en Los Ángeles y Shanghai, dos ciudades luminosas que dan un aspecto lujoso, de avances arquitectónicos y tecnológicos), no dedica sus energías enteramente a lo estético, sino al contenido. Y cada frase, cada pequeña escena, parece alertarnos de algo. ¿Hacia dónde vamos? Es una pregunta que textualmente aparece en los comienzos del filme. Y Jonze se contesta a sí mismo con esta tierna fábula sobre la comunicación, más cercana a Perdidos en Tokio (Lost in translation, 2003) o Babel (2006) que a sus anteriores producciones. 





En primer lugar, parece útil detallar los usos corrientes que se le da a la tecnología. Reproducción de música, búsqueda de información, lectura de correos electrónicos y sexo virtual. A muy pocos les resultará extraño esto, y a los pocos, seguramente no hayan navegado aguas adentro en sitios de videoconferencia aptos para mayores de dieciocho años. Ella tiene una gran escena que incluye a un gato muerto (simbólicamente), y que se corona como una de las más divertidas del año, en la que vemos a Theodore comunicándose con una muchacha con fines sexuales: del mismo modo que el sexo telefónico, pero con auriculares. Sin embargo, todo el placer que experimenta él, es en gran parte producto de su imaginación. De hecho, da la impresión de que no existe una verdadera conexión entre ellos. La mujer parece estar gozando con ella misma y, a juzgar por sus gritos, no necesita la ayuda de un hombre que le ate algo al cuello o que la despierte. En segundo lugar, está la tonta pero significativa escena del personaje del videojuego que interactúa con Theodore, que sólo es capaz de hablar usando malas palabras. Exactamente como la sociedad en nuestros días, que usa vocativos que en otras circunstancias podrían resultar ofensivos, pero que en la práctica cotidiana son simplemente una estrategia comunicativa, una marca de la lengua. En tercer lugar, está la idea de la tecnología como compañía del consumidor durante las veinticuatro horas del día. Samantha (es decir, ella), es la primera voz que Theodore escucha cuando amanece, y también la última voz que escucha al acostarse a dormir. Y es, por cierto, la que lo acompaña durante sus jornadas laborales o sus caminatas por la ciudad. Es más que un simple vínculo amoroso, es una identificación. Como cuarta y última mención, aunque haya más, cabe destacar que prácticamente todos los personajes que aparecen en el filme son separados o divorciados, una tendencia cada vez más fuerte desde mediados del siglo XX. 

Detrás de los tonos cerúleos típicos de las películas melancólicas (si mal no recuerdo, no hay escenas de lluvia durante el filme, cosa que sorprende), se esconde algo más. Porque la película siempre es más compleja de lo que parece a simple vista. Ya hemos visto que no es simplemente una comedia romántica, ni una propuesta de ciencia ficción, ni una (inteligente) reflexión sobre la muy evidente e intensa relación con las redes sociales. Y una de las hipótesis más fuertes tras el visionado, aunque seguro no sea la única ni la definitiva, es la de entender Ella como una metáfora sobre un hombre narcisista. Es una postura bastante arriesgada porque no se hace explícita en ningún momento, pero el curso de los diálogos ofrece en numerosas oportunidades algunos comentarios que podrían permitirle a uno pensar en que, después de todo, Theodore sólo era capaz de amarse a sí mismo. 





La primera prueba está en la presentación del sistema operativo: es una conciencia, dice la publicidad. Es decir, es parte de uno. ¿El alma, quizá? Está diseñado para algo más que entender a quien lo programa. Porque si es una conciencia, entonces forma parte de quien lo programa. Samantha es una versión femenina de la conciencia de Theodore, que se anima a enviar las cartas a un editor cuando su versión masculina, más introvertida e insegura, se habría negado. Un compañero de trabajo lo elogia por la sensibilidad que desprenden esas cartas y alude a que Theodore tiene una parte masculina y una parte femenina. Está escindido internamente, y esa inteligencia artificial parece ser un reflejo de la personalidad que oculta. La segunda prueba está en las escenas de sexo con Samantha. Podría decirse que hay dos durante el filme, una consumada y otra interrumpida. La primera, es puramente virtual, similar a la masturbación. Theodore goza consigo mismo del mismo modo que la anterior compañera de la sala de chat lo hacía. La segunda, recurre (en la escena más original de la obra) a la materialización de un cuerpo femenino que supone una extensión del personaje de Samantha. Pero él no lo soporta, se siente incómodo. Porque, como todo narcisista, se niega al contacto con el otro. También rechaza llevar más allá el romance del tigre y el dragón, es decir, el suyo con la muchacha que asiste a la cita. La tercera prueba está en el fracaso del matrimonio. Ella resume los años de casados recordando que él se chocaba contra su espejo, que la dejaba sola en la relación. Claramente, un rasgo narcisista. Sólo que no se ahoga, pues se trata de un reflejo no tan peligroso, pero sí le basta para quedarse profundamente solo.

De ahí que sea solitario, prefiera las canciones melancólicas, guste de pasar tiempo en su departamento, haga de la pornografía y del videojuego sus hobbies más frecuentes, y demás. Puede decirse que Ella y más puntualmente la relación entre Theodore y Samantha son una alegoría del duelo que hace él mediante una introspección. Es un viaje al interior de su conciencia, para entender qué es lo que ha hecho mal, para hallar respuestas y una fórmula que le permita salir adelante, engañarse a sí mismo con otra mujer. El aprendizaje parece hacerse definitivo cuando, a la manera de la Nanny McPhee (que se irá cuando ya no la necesiten), su versión femenina se marcha para siempre de su vida. En la última conversación que mantienen juntos, Samantha le dice que ahora sí saben cómo amar. O mejor dicho, que Theodore ha aprendido a mirar más allá de su nariz. Y que, en aquella vecina desolada por la inminente separación, a quien ha amado en el pasado (pero con quien no ha funcionado la relación), puede encontrar alguien a quier querer. No necesariamente a la mujer de su vida, pero sí a alguien de quien enamorarse y que le permita abandonar el solipsismo de una buena vez por todas. Alguien que ponga punto final a las penas de un divorcio difícil, y que, paralelamente a este nuevo renacer emocional, concluye en la última carta (que él escribe no para otros, sino para su ex-esposa). 





Entenderla desde este lugar no significa dejar de interpretarla desde otros. La originalidad de este guión de Spike Jonze excede cualquier tipo de demanda por plagio. Su obra es prácticamente definitiva dentro del empobrecido género romántico. Es complejísima, ambiciosa y produce una entera satisfacción al espectador. Cada escena es mejor que la anterior, están plagadas de una belleza impresionante. Y lo mejor de todo, es que el equilibrio entre forma y contenido se produce en lo alto, donde el cine alcanza niveles óptimos y se convierte en experiencia inolvidable. Mención especial para la galería de intérpretes, principalmente para los protagonistas de esta hermosa historia de amor: Joaquín Phoenix, que abandona sus personajes duros y se mete de lleno en el simpático Theodore; y Scarlett Johansson, cuya voz consigue registros de altísima intensidad. También para la musicalización de Arcade Fire, y la canción de Karen O, The moon song, que no podría ser más encantadora. Es, en síntesis, un triunfo del cine contemporáneo, un triunfo del amor, una embriagadora fábula sobre la vida misma, donde la ficción futurista y la realidad de los neuróticos cibernautas de hoy están separada apenas por unos pocos pasos.

Puntuación: 10/10 (Sobresaliente)

Overall rating
 

4 comentarios:

magu dijo...

RODRIGO
Ya la quiero ver, pero, jaja, a cuento de la tecnología, se me rompió la tele, y no tengo internet en casa, estamos en el locutorio, me gusta el actor, RODRIGO, vimos LA GRAN BELLEZA no me gustó te cuento otro día, tu crítica es filosófica y brillante

Veroka dijo...

Coincido y hay creo que tantas interpretaciones como espectadores, es una película que camina por varios caminos paralelos a mi humilde entender, la soledad, la pareja, la tecnología, el aislamiento y no, que provoca su uso inadecuado, los destiempos en las relaciones, y mucho mas.
Me conmovió. La carta que le escribe a su ex esposa me hizo llorar sin parar. Claro que hay algo (mucho) de identificación, o narcisismo?
Me llegó.
Gracias por la recomendación y la crítica.

Gracias.

Anónimo dijo...

Her es una película hermosa, la critica que hiciste no puede ser mas precisa. Hay que verla sin prejuicios, cuando me dijeron de que se trataba: "es una película sobre un tipo que se enamora de un sistema operativo que le habla" uno tiende a pensar que es una gran pavada, pero nada de eso, hay que verla porque es un film que enamora y emociona.

H.

magu dijo...

QUERIDO RODRIGO
Quería compartir esto que me pasó (nos pasó con FER) porque tiene que ver con la película. Hace dos semanas se murió mi tío GUSTAVO, fue uno de mis primero afectos y amores, tenía 22 años más que yo. Al ver la foto de joaquín me acordé de él, Vos sabés que mi tío siempre andaba de traje y camisa, jamás usó ni jean ni remera ni zapatilas, aún en verano. Y hace veinte años se ganó un viaje a BRASIL en hotel de cinco estrellas con el vuelo, con todo, todo, para dos personas. Y nos lo dio a FER y a mi que hacía un año que nos hab{iamos casado, porque me dijo que él se sentiría rídículo en los paisajes brasileños con traje y corbata (como jOAQuín), él no estaba enamorado de una pc pero si de sus libros, fue profesor de filosofía y soltero, vivía solo y me decía: mi familia está compuesta por mi biblioteca y mis ángeles custodios, y yo le decía: la mia, por fer, mi hermana, mis diez gatos y cinco perros, y él se reía. Heredé su pc. Cuando abrí su casa, luego de haberlo enterrado, encontré su PC abierta, sus dos correos abiertos, sus escritos (estaba por publicar un libro, que si sale, te lo comunicaré) en mi blog le hice una rima hace unos días. Fue muy fuerte ver su guiso d epapas en la cacerola (apagado por suerte) y su pc abierta, a teres días de fallecer. Es la pc que uso ahora, y espero que su espíritu esté en ella, o la rodee as{i me inspira y me guía en todo. Andá a saber si los fantasmas pueden comunicarse por pc como en poltergeis, un bacio