lunes, 19 de mayo de 2014

La cacería.

La siguiente crítica puede contener spoilers.



 

Crítica.
La cacería (Jagten, T. Vinterberg - 2012)


Hoy en día, existen dos realidades que prácticamente no se pueden negar. La primera tiene que ver con la inocencia y la culpabilidad de los hombres que son juzgados por un crimen cualquiera: los medios de comunicación, sus seguidores, el entorno de los involucrados en un acto delictivo, condenan al acusado antes de que la justicia de un veredicto y, por lo general, mucho antes de que se compruebe de forma contundente la inocencia del mismo. Se trata de una obsesión condenatoria, producto de la pérdida de fe en la raza, que lleva al ciudadano a creer que toda persona que pueda suponer una amenaza, por mínima y lejana que sea, debe estar aislada del mundo. Es una caza de brujas de las sociedades contemporáneas, un método de autocontrol que alcanza extremos insospechados y, a los trompicones, va desarmando el ya deteriorado sistema judicial. Argentina, por ejemplo, atraviesa una fase sumamente difícil: los ciudadanos han creado un aparato de corrección no avalado por la ley basado en el linchamiento de aquellos que se hallan bajo la lupa. Si bien no es este el espacio adecuado para emitir un juicio crítico al respecto, no hay que perder de vista que este aparato se activa de manera indiscriminada, radicando en ese punto su carácter más nocivo. La segunda realidad tiene que ver con la jerarquía de los crímenes. El código penal establece una suerte de jerarquía que se traduce en las penas asociadas a cada caso particular. Paralelamente, existe un termómetro social, una especie de moral colectiva que repudia, en general, todo acto que quiebre la armonía. En la actualidad, las organizaciones que defienden a la mujer de los femicidios son un ejemplo de crimen altamente repudiable, mucho más que un homicidio cualquiera en el que la víctima pertenezca al género masculino. Pero de todos, el más aberrante y más movilizador es el de la pedofilia.

También hay una tercera realidad, aunque está sujeta al escepticismo (o a la necedad, en todo caso) de la audiencia. Y es que el cine de Thomas Vinterberg, otro gran danés fundador del Dogma 95 y responsable de obras como La celebración (Festen, 1998), es sumamente intrigante. Digo esto más allá de las valoraciones positivas o negativas que se puedan hacer respecto de su trabajo. Sus premisas, al menos, suelen ser llamativas y abrigar numerosas reflexiones sobre el mundo. Su último trabajo, La cacería, tiene como protagonista a un actor en auge, Mads Mikkelsen, al que muchos conocen por su labor en la serie televisiva Hannibal (2013 - Act), y otros tantos por su rol de villano en Casino Royale (2006), una de las más reconocidas obras sobre James Bond de los últimos tiempos. Y, en su característico y taciturno semblante, se ponen en juego las más violentas emociones humanas que pueden asaltar al espectador. A saber: que en la figura masculina (siempre "más culpable" que una figura femenina para la voz del pueblo) que más de uno tenderá a relacionar con el canibalismo, pueda expresarse una humanidad y una bondad, condenadas por su frivolidad o resaltadas por su autenticidad; que en su rol de pedagogo, y dada su cercanía a las niñas, se comporte de manera intachable a pesar de los impulsos más ingenuos (o malévolos) de parte de los infantes; que la comunidad toda lo arrastre al patíbulo aun cuando la presunta víctima afirme haber dicho una gran mentira (que este sujeto, Lucas, le ha mostrado a esta niña sus genitales). Lo ambiguo está continuamente puesto de relieve, excepto, para muchos de nosotros, la verdad misma. Todo tiene dos caras menos el hecho que funda la espiral de represalias: todo espectador sabe de antemano que Lucas es inocente y que la niña es, como Briony Tallis en Expiación (Atonement, 2007), una pequeña mentirosa. Más allá de que existan críticos del filme empeñados en creer y hacer creer que su inocencia también es ambigua (me permito disentir respetuosamente, consciente de los recursos emocionales que aplica Vinterberg a la película), es prácticamente imposible hacer caso omiso a la impotencia que siembra en la audiencia el haber puesto la cámara en el ángulo de la verdad. Dicho de otro modo, el considerar a Lucas inocente del delito que se le imputa es, automáticamente, aquello que lo convierte en una sufrida víctima del abuso social, de la salvaje exclusión de la vida comunitaria, de la que era parte integrante y bien vista por los otros.

Pero el director tiene un as bajo la manga, o mejor, dos ases. Se trata de un par de estrategias para ir y venir dentro de su lúdica estructura fílmica. La primera, apelar a la caridad cristiana como salvación. Lo hace de un modo curioso. Los personajes se encuentran celebrando la Nochebuena (juleaften), reunidos en una iglesia que a más de uno le recordará el plano final de La cinta blanca (Das weisse Band: eine deutsche Kindergeschichte, 2009) de Haneke. Pero, a diferencia de aquella, la acción sigue. Una confrontación directa entre Lucas y el padre de la presunta víctima de pedofilia, también mejor amigo del victimario, los obliga a mirarse a los ojos. Y estos hablan por sí solos. El acto piadoso que sigue tiene que ver con el reconocimiento del error, tal vez siendo demasiado tardío, y una reconciliación de las almas. Lo que convierte a este hecho en poderoso es el tener en cuenta el nombre del padre: se llama Theo, que cuenta con la misma raíz que palabras como teología, y que significa dios. ¿Se trata del dios que es capaz de, mediante una mirada panóptica, volver el caos en armonía total y perdonar a todos? Por otra parte, la segunda estrategia es un extraño epílogo que representa una cacería. Ha pasado un año, los ánimos están mucho más calmos, se puede dialogar. Todo ha vuelto a la normalidad. Pero, en el curso de la cacería, alguien dispara a la cabeza de Lucas. No acierta a su cráneo, y seguramente sea esa la idea. Aun cuando Dios perdone a los hombres en ese cuestionable tribunal donde funciona la justicia divina, la sociedad no olvida. Nada hace de la pedofilia una huella fácil de borrar.

Para sintetizar estas ideas, Thomas Vinterberg aporta un ángulo distinto a la cuestión de la culpabilidad en la gran pantalla. Son muchos los caminos que toma para abordar la temática. El imaginario religioso, el comportamiento colectivo, las ambigüedades, el cielo otoñal, el afligido rostro de Mikkelsen, entre otros. El conjunto funciona mejor que sus partes aisladas, cuyo modo de expresarse en la totalidad fílmica resulta bastante superfluo. Es muy posible que la audiencia se identifique más con los personajes-colectivos (los distintos grupos sociales que aparecen en escena, como los empleados del supermercado, o la masa de padres preocupados por captar síntomas en sus hijos) que con los personajes-individuos (una versión vulnerable de Lucas que, luego de haber sufrido grandes humillaciones, deja correr las aguas del río y no responde con el mínimo gesto de brutalidad o rencor). La idealización de los protagonistas y de lo que implican convierte a La cacería en una utopía orientada a destacar la virtud de la fe, en contraposición con las tendencias más críticas de la fe religiosa que sostienen parte del cine del este europeo actual.

Puntuación: 6/10 (Buena)


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