viernes, 16 de mayo de 2014

Muerte en Buenos Aires.



 

Crítica.
Muerte en Buenos Aires (N. Meta - 2014)


 En tiempos actuales, es difícil dejar de pensar en cuánto ha crecido el cine latinoamericano durante los últimos años. Más allá de cómo han sido las experiencias particulares de cada país, puede notarse una equidad cualitativa de las diversas industrias a lo largo del continente. Lo que hacia los albores del milenio era prácticamente un oligopolio del buen cine, hoy es una inmensa fuente de variadas ofertas provenientes de países que, en este sentido, apenas figuraban en el mapa del círculo de cinéfilos. El cine chileno, para dar un ejemplo, hoy por hoy cuenta con uno de los mejores cuerpos de directores del continente, con obras estupendas que afortunadamente han cosechado más de un reconocimiento más allá de las fronteras. Y el cine argentino, por su parte, ha demostrado ser capaz de ofrecer a la audiencia productos decentes en varios géneros, difundiendo a grandes artistas, muchos dueños de una personalidad inconfundible detrás de la cámara, como es el caso de Pablo Trapero o Victoria Galardi. De su oferta, cabe resaltar un detalle: en su mayoría, se trata de un conjunto de trabajos contemporáneos que exploran una realidad social o humana con la que cualquier espectador puede identificarse fácilmente. De herencia europea, la industria argentina no es famosa por la reconstrucción de épocas pretéritas, sino más bien por la fotografía de microcosmos urbanos actuales. No obstante, es llamativo que las obras que acaban siendo destacadas por la crítica o la academia son precisamente aquellas pocas que intentan traer al presente un universo pasado. Por mencionar algunos casos claros, El secreto de sus ojos (2009) y su retorno de la década de 1970; Aballay (2010), una suerte de western gauchesco decimonónico; o Wakolda (2013), un gélido thriller psicológico ambientado en la década de 1960. Como propuesta artística, al menos, nadie duda de que estos títulos han tenido mucho más renombre que otros posiblemente superiores, como El estudiante (2011), de Santiago Mitre.

Muerte en Buenos Aires, película que viene siendo anunciada desde hace un largo tiempo, puede sumarse sin dificultades a ese grupo de valientes reproducciones de otras épocas. Está ambientada en el ocaso de la década de 1980, momento que, por cierto, no ha sido demasiado plasmado en la gran pantalla por producciones recientes. Podría decirse, a grandes rasgos, que existe una laguna entre los años 1983 y 1999: exceptuando las películas estrenadas en ese período, los autores prefieren mostrar sucesos anteriores o posteriores, como la Dictatura militar, o la crisis económica del 2001. Y es, al menos en términos culturales, un escenario atractivo. Más de uno se ha dejado llevar por Drive (2011), película de acción dirigida por el danés Nicolas Winding Refn que resucitaba el cine de los años 70 (que pueden ser un equivalente a los años 80 en los territorios sureños). Explotar todos los matices de una época tan divertida como esa parece ser uno de los objetivos de este nuevo filme nacional, la perfecta intersección del policial negro y el thriller queer, o sobre cómo iluminar con luces de neón la nocturna urbe porteña y lanzar a la acera un equino detrás de otro, como una serie inacabable de caballos salvajes en tiempos oscuros.

El filme es muchas cosas pero, ante todo, es un notable ejercicio de estilo, caracterizado por ser una representación innovadora de la década de 1980 y no un filme como se lo hubiera hecho en aquella época. Se nota el pulso firme de una mujer detrás de escena, una atención que se fija en la belleza de todo lo que se muestra en pantalla, una conciencia estilística que reúne todos los elementos a la luz del buen gusto, que no desaprovecha recursos funcionales a la narración, y que se preocupa por revitalizar el espíritu de aquellos tiempos (y ciertamente lo logra). Es también un policial de los ambientes bajos, y no sólo por el tráfico de drogas (que es prácticamente anecdótico), sino por esa sexualidad oculta que se libera en núcleos determinados (como el Club Manila). Tiene los elementos del género: un crimen, posibles sospechosos cuya culpabilidad es mayor o menor en tanto coopere con el suspenso de la historia, un investigador con aires detectivescos, aunque no tan tradicional como el emblemático personaje de Arthur Conan Doyle. Pero el policial negro, que promete ser el alma latente del filme, acaba por subordinarse a otra cuestión: la tensión sexual no resuelta entre los protagonistas, la conformación de un triángulo amoroso disfuncional y engañoso, con máscaras incluidas, dobles discursos y traiciones. Los alcances son mucho mayores en este punto que en el del policial, al que los autores parecen abandonar desde un principio, considerando que el abanico de posibles sospechosos es bastante escueto y, el victimario, en última instancia, altamente predecible.

La construcción de personajes es ambigua y extraña, lo que puede suponer tantas cosas positivas como negativas. En algún momento, hacia el desenlace, los desatados personajes, víctimas de la fiebre Almodóvar (esa que combina el amor y la muerte en partes iguales), actúan de manera totalmente incomprensible. Pero es este carácter incomprensible el que hace de la trama subordinante algo mucho más imprevisible de lo que acaba siendo la trama subordinada. Un elenco de lujo termina por cerrar esta decente propuesta del cine argentino. El protagonista es Demian Bichir, intérprete al que muchos han conocido por su brillante actuación en Una vida mejor (A better life, 2011), que le ha valido grandes distinciones en todo el mundo. Ofrece en Muerte en Buenos Aires un carácter potente y un gran carisma como actor, además de tener una química increíble con la bellísima Mónica Antonópulos, y con el co-protagonista, Chino Darín, quien en su primer rol principal en cine alcanza registros admirables a medida que se entrega de lleno al conflictivo personaje que le ha tocado. Mención especial para Carlos Casella, brillante trabajo que no tipifica al homosexual, pero extrae de un estereotipo ya inserto en la cultura popular algunos rasgos que lo dotan de gran personalidad. El resto está muy bien y, en conjunto, los actores enriquecen la experiencia cinematográfica. En este filme hay emoción, grandes cuotas de humor (véase sino la serie de apagones), calidad técnica, belleza y concisión. Por sus tantas virtudes, está llamada a ser uno de los títulos nacionales del año y, para la audiencia latinoamericana, una cita obligada con la gran pantalla.

Puntuación: 7/10 (Notable)


Overall rating