martes, 3 de junio de 2014

Las alas del deseo.


Crítica.

Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, W. Wenders - 1987)
 

El artesano y laureado director de la RFA Wim Wenders, ganador de la Palma de Oro en el año 1984 por su París, Texas, centra la acción de Las alas del deseo en una ciudad desencantada como la Berlín de posguerra, acción que gira en torno a dos ángeles que custodian la urbe e intentan, desde su modesto lugar de guardianes y con todas las limitaciones que esto implica, consolar a los seres sufrientes que habitan en ella. Se trata de uno de los más reconocidos artistas europeos dada su extensa trayectoria cinematográfica en ficción y en el terreno documental, al que más de uno recordará sin dificultades por su adaptación de La letra escarlata, por su experimento metacinematográfico Un efecto de luz, o incluso por su alabado documental Buena vista social club. Consciente del poder de las imágenes, juega con ellas como un niño astuto. No ignora en un solo momento la sensibilidad de la audiencia, todavía víctima de los ecos del Holocausto nazi, a la que se dirige con sus películas (particularmente con Las alas del deseo, producción del año 1987, solo unos años antes de la caída del muro).

Al margen de la discusión acerca del carácter naïve con el que se retrata la sociedad en el filme, enfatizada por la fantasía que se gesta conjuntamente con cualquier trabajo que incluya ángeles (es decir, prácticamente todo lo que haya existido entre Qué bello es vivir y Angel-A), difícil resulta aseverar que se trate de una obra totalmente inocente, o al menos, no atenta siempre a sus verdaderas intenciones. ¿Acaso no basta detenerse unos minutos en la dedicatoria que cierra el filme, acentuando los efectos sanadores de la magia del cine sobre los horrores de un conflicto absurdo? Hay ángeles porque el pueblo los necesita, porque atraviesa una severa enfermedad que lo ha deprimido, que lo ha arrastrado a la deriva. No hay auténtica felicidad sino apenas en algunos pocos momentos, acompañados, en algunos casos, con una fotografía a color que irrumpe en ese dolor al que la misma cámara de Wenders ya nos acostumbra desde las primeras secuencias. Color que, por otra parte, tiene otro fundamento mucho más hondo centrado en el protagonista, un ángel que anhela mezclarse con los mortales, tal como lo exterioriza al principio en un hermoso diálogo que entabla con su compañero, guardián de las almas en pena como él. 

Muy acertado, además, el empleo del fluir de conciencia de los personajes terrenales como recurso discursivo. Si fijamos el oído (o la vista, quienes no entienden una sola palabra de alemán), nos daremos cuenta que no es una película con demasiado diálogo. Estas instancias de intercambio se reducen casi exclusivamente a las conversaciones entre los dos ángeles que protagonizan esta película, al menos durante su primera mitad. El resto es una exposición de los pesares y deseos que arrinconan al alma humana, a la que escuchan muy atentamente estos peculiares seres superiores (¡tan discutible este calificativo!). El método es ese: un fluir de conciencia, en off, interrumpido solo cuando estos seres se alejan (como si la conciencia se expresara mediante ondas sonoras imperceptibles para el oído humano, pero perceptibles para estos guardianes). Es un uso bastante radical, ya que puede volverse insoportable en los inicios y generar un rechazo del espectador medio (ante la ininteligibilidad del argumento, el murmullo de varias conciencias entremezclándose en la antena mental de la impaciente audiencia, y ese tono blanco y negro, medio que siempre constituye un motivo en sí mismo para alejar a las masas). Pero sin lugar a dudas funciona, y cuando ya ha envuelto enteramente al espectador, termina por hipnotizarlo.

El tono romántico, muy aproximado al registro cinematográfico de París, Texas (inolvidable resolución en la cabina), se expresa a través de la consonancia de voces y poderosas imágenes. Marion, la trapecista, es un personaje exquisito. Añade Wenders el número en el trapecio, que es sencillamente maravilloso. Y desde ese punto, en adelante, un encadenamiento de episodios dotados de incontrolable belleza acaba por acorralar al espectador. Es entendible que el protagonista, magnífico Bruno Ganz (sí, el Führer en La caída de Hirschbiegel), se haya enamorado de una fémina como Marion, con todos los atributos estéticos que Wenders le ofrece a su personaje. Funciona como último recurso, desde luego, y como una desviación del cine de autor hacia otro campo indudablemente más accesible en cuanto a público. Pero el conjunto no se desgaja por el peso de tantas estrategias juntas; por el contrario, acaba por resultar más que positivo. Las escenas finales son el testimonio más fiel de una emoción que arrasa. Una película imperdible.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)


Overall rating