jueves, 31 de julio de 2014

Divergente.



Crítica.
Divergente (Divergent, 2014).
Dir.: Neil Burger.


Una comunidad angloparlante de un futuro no tan lejano se halla dividida en doce distritos, cada uno de los cuales envía a dos competidores a enfrentarse en una batalla decisiva de la que solamente surgirá un ganador. Se trata de un gobierno autoritario que ejerce su total influencia sobre una ciudadanía oprimida, que solo podrá ser salvada por la osadía de alguna joven muchacha que sepa portar armas, que sea valiente y astuta. Esta es la historia, en realidad, de Los juegos del hambre (The hunger games, 2012), la adaptación cinematográfica de la novela que Suzanne Collins publicó en el 2008. Unos años más tarde, la escritora Veronica Roth traza un argumento medianamente parecido: una comunidad angloparlante de un futuro no tan lejano se halla dividida en cinco distritos, caracterizado cada uno de ellos por una virtud que lo identifica culturalmente. Se trata de un gobierno autoritario que ejerce su total influencia sobre una ciudadanía oprimida, que solo podrá ser salvada por la osadía de alguna joven muchacha que sepa portar armas, que sea valiente y astuta. Cualquier similitud entre las obras es pura coincidencia. O no.

Lejos de criticar el nuevo fenómeno cultural Divergente partiendo de una injusta comparación con la mencionada saga protagonizada por Jennifer Lawrence (injusta, porque esta última es superior en todos los aspectos), es preciso pensarla como un homenaje a esa adolescencia que a los veintidós o veintitrés años todavía no ha acabado. Adolescencia consumida, cuando no por las drogas, por productos televisivos de la MTV. Dicho esto, y considerando el uso bastante repetitivo de la palabra cultura, cabe definir de una buena vez lo divergente como todo aquello que se aleja de las características predeterminadas por la identidad cultural. Es un enfoque sociológico que sirve para analizar un fenómeno geológico que muchos memoriosos jóvenes recordarán de la escuela primaria, a partir del movimiento de las placas tectónicas que, cuando rompía su regularidad, generaba algún accidente geográfico.

La estrella en ascenso Shailene Woodley, sucesora de Lawrence en el desplazamiento del cine indie al cine irremediablemente pochoclero, interpreta a la rebelde Beatrice, mujer en cuyos genes se oculta la clave para desmantelar un sistema político corrupto y manipulador. Es divergente porque comprende cómo funcionan los mecanismos del poder, y porque es capaz de engañarlo. Esto la convierte rápidamente en una amenaza, y para mantenerse viva, debe fingir ser una más del montón, lobotomizada y androide, imperturbable y desapasionada. Por supuesto, en el proceso que derivará, presumo, en la revolución de los oprimidos (posiblemente ocurra hacia el final de la saga, en unos años), Beatrice, auto-rebautizada Tris, conocerá al hombre de sus sueños: un hosco y poco amigable líder de su facción, tan divergente como ella. En este punto no es necesario desarrollar demasiadas ideas, porque todas son lo suficientemente obvias como para que un espectador de coeficiente intelectual medio pueda adivinarlas con diez minutos de película.

Llama la atención que el futurismo que parece representar no esté favorecido por los siempre efectivos placeres estéticos, algo que ha ayudado a más de una producción mediocre a salvarse del hundimiento. Las secuencias de acción y los episodios oníricos acaban siendo un oasis en medio de una rusticidad tan artificial como insípida. Como si Chicago fuera un set de filmación campestre, y la película un paupérrimo telefilme. También llama la atención que la crítica a las etiquetas, como forma de segregación cultural, sea precisamente la fuente de los dos o tres chistes de Divergente (cuando uno de los personajes, el nerd estereotípico, alude a las estadísticas típicas de las ciencias duras para explicar que Tris es pésima disparando al blanco, por ejemplo). Tampoco es necesario reconocer la buena voluntad de una autora de corta edad como Roth, diluida en resultados no tan satisfactorios, porque casi todas las películas del género toman ideas interesantes y las destruyen; mucho menos, la originalidad (¡cada vez menos original!) de darle el protagonismo a una mujer y convertirla en asesina, cuando es común que los héroes o las heroínas no se ensucien las manos de sangre. La inmadurez de Divergente como crítica a los monstruosos modos de producción (ideológicos, económicos, políticos) seguramente pase inadvertida para los fanáticos de la espalda de Theo James, mientras unos pocos lloran ante el deplorable traspié de una de las grandes promesas del cine americano, Shailene Woodley, ahora víctima del cáncer en otro de los grandes tanques de la boletería, Bajo la misma estrella (The fault in our stars, 2014). A Beatrice la salvarán los siempre oportunos dei ex machina, y a Divergente sus cuantiosas recaudaciones. Por lo demás, en lo personal, su secuela Insurgente (Insurgent, fecha prevista para el 2015) no solamente no me quita el sueño, sino que ya me lo produce por anticipado.