viernes, 8 de agosto de 2014

Hannah Arendt.



Crítica.
Hannah Arendt (M. von Trotta, 2012).


Las dificultades que enfrenta el cine político son tantas, que solamente pocas experiencias acaban por resultar satisfactorias. Muchas, por lo general, tienen nacionalidad alemana. La facción del ejército rojo (Der Baader-Meinhof Komplex, 2008), centrada en el terrorismo durante la década de 1970; La vida de los otros (Das Leben der Anderen, 2006), acerca de la vigilancia del gobierno de Alemania del Este a los artistas durante los años finales de la guerra fría; La ola (Die Welle, 2008), sobre la juventud y la ultraderecha; Sophie Scholl (2005), sobre una juventud que rechaza el nazismo durante los turbulentos años 40, entre otros títulos, son evidencia suficiente. Hannah Arendt está pensada para sumarse a este cine político germano, calculado milimétricamente, empecinado en la construcción de criaturas auténticas, que se debaten entre la humanidad y la monstruosidad. Así, terroristas como el dúo Baader-Meinhof eran vistos con otros ojos, el público se enternecía con la humilde y arrepentida mirada de Wiesler, y la juventud responsable de la ola era contemplada de manera misericordiosa como víctima de la ignorancia y el absurdo. 

Arendt, filósofa alemana de origen judío, tuvo a su cargo una tarea extremadamente difícil: hacerse responsable de sus ideas y defenderlas por medio de un instrumento invaluable como la palabra. Su punto de vista, no obstante, generó disconformidad alrededor del mundo: el concepto de la banalidad del mal, que parece atenuar la culpabilidad de los crímenes de lesa humanidad cometidos por Eichmann y su solución final; su crítica a los jerarcas del pueblo judío; su estilo desprovisto de todo sentimentalismo; todo esto, en conjunto, desató la ira de un pueblo que se sintió traicionado por alguien de su propia familia, cuyos pensamientos, al menos en apariencia, no se mostraban tan severos con los ideólogos del Tercer Reich. Dada la delicadeza del tema, todo uso de recursos como la ironía puede volverse un arma de doble filo.

La historia es tan llamativa que uno podría disertar sobre ella durante largas horas y extensos párrafos. De hecho, para rescatar los sentidos originales de sus palabras y conceptualizaciones, no hay nada que se compare con remitirse a las fuentes de la misma autora. Pero detrás de la personalidad y las ideas de Arendt está Barbara Sukowa manejando los piolines, Margarethe von Trotta a cargo de la dirección, y un equipo interminable de personas cuya función es la de representar algo. En este caso, algunos episodios importantes en la vida de la intelectual. Y para valorar la representación propiamente dicha, uno debe apartar los sentidos de lo que significó Arendt para el mundo de las ideas, e impedir que lo interesante de sus dichos acabe cegando al espectador. Si esto sucediera, el cine no tendría sentido como medio de comunicación, fracasaría en la representación que se propone hacer, se desintegraría. El proceso creativo devendría en la simple lectura de una selección acotada de provocadoras sentencias. No tendría siquiera sentido como experiencia colectiva. Sería filosofía pura.

Hay algo que caracteriza este biopic y es su confianza en la palabra. Realza su valor como instrumento de poder, y su uso, incluso cuando es en otros idiomas, es objeto de valor. Rechaza de plano la imposición de las imágenes, de la música, de los vestuarios o cualquier otro detalle técnico. Tal vez ahí resida lo único que pueda sostener, aunque débilmente, la idea de tratamiento intelectual de la intelectualidad: en ofrecer un discurso final, por ejemplo, de defensa del ideal, de guerra verbal e ideológica, sin florituras ni arreglitos. La palabra desnuda y autónoma, la palabra defensiva hecha palabra descarnada, convertida en una nueva ofensiva, aunque no necesariamente en una nueva ofensa. Dudo que juzgar de intelectual lo que von Trotta tiene para ofrecer sea algo acertado. Esto se debe a un factor elemental: una condescendencia imperdonable con el público, al que engaña constantemente, trivializando las discusiones en lengua alemana con las intervenciones presuntamente humorísticas y en inglés de Janet McTeer, el peón móvil, el as bajo la manga (un as de tantos, que incluyen a la asistente del New York Times). El efecto que consigue es la creencia de que la banalidad del mal puede aplicarse como banalidad del filme mismo. Las discusiones intelectuales no tienen fuerza y, en muchos casos, son bastante lineales y simples. Exceptuando a la protagonista, las ideas de los demás personajes (incluyendo a Heidegger) pueden sintetizarse en unas pocas palabras.  

Otra de las cuestiones que siempre son problemáticas cuando se trabaja con una biografía es la elección de qué acontecimientos históricos y qué episodios de la vida serán los que tengan lugar en el filme. Es decir, qué parte del crudo será la destinada al producto en su fase final, qué imágenes invadirán la retina de la audiencia. En este caso son dos: su relación con Heidegger durante los años de juventud de Hannah, y su participación como periodista en el juicio que el pueblo judío le hace a Eichmann en Israel. Hay una separación temporal importante (varias décadas) que el equipo soluciona dándole el papel de la joven Hannah a otra intérprete. Estos dos episodios tienen una conexión sola: el pensamiento, o cómo Arendt logra darle una forma (propia) a lo que su maestro le ha enseñado antes de acostarse con ella, algo que también se le ha condenado. Pero es una conexión tan endeble que no alcanza para justificar su inclusión, menos aun cuando el filósofo, ya de avanzada edad, aparece en la acción contemporáneamente al proceso judicial. Hay una reflexión acerca del pensamiento que no es lo suficientemente sólida como para que expliquen las intermitentes reminiscencias al pasado estudiantil de la intelectual.

Por último, resta el episodio de Eichmann y todo lo que desencadena. La primera mitad del filme confunde la efectividad con el efectismo y recrea un juicio a color con los oyentes asombrándose u horrorizándose ante el testimonio del acusado (incluida Arendt), pero sin mostrar nunca al actor que (hipotéticamente) interpretaría a Eichmann. Contrariamente, la cámara usa videos y audios de archivo en los que se ve y escucha al acusado respondiendo el interrogatorio. Como si las palabras y los gestos de Eichmann solo pudieran ser representados por sí mismo, porque el cine sería insuficiente para focalizar el horror mediante sus sofisticadas cámaras. Ahí es donde uno podría preguntarse si acaso no son las palabras y los gestos de Arendt tan importantes como los del enjaulado Eichmann, y si no merecerían aparecer en pantalla de manera documentada. No hay ninguna hipótesis, fuera del efectismo o el presunto impacto que pueda tener la presencia del condenado en el filme, que fundamente ese desvío documental que se permite von Trotta, y que es totalmente cuestionable. Tal es así, que mientras dura el proceso, todo lo que ocurre es en realidad una serie de comentarios de los personajes acerca del testimonio de Eichmann. Nada más que eso. Como si su resfrío no fuera fácil de percibir en los documentos audiovisuales.


Son muchas las cosas que no terminan de cerrar, y siempre es un ejercicio positivo detenerse un momento y reflexionar al respecto: el cine es cine y la historia es historia. Esta revisión del filme apunta a desentrañar sus fútiles procedimientos para añadir algo de personalidad a la construcción de un debate intelectual todavía persistente, algo que en esta obra queda relegado a planos inferiores, mientras McTeer o la sonrisa complaciente de Sukowa acaparan toda la atención. La banalidad del filme encuentra en el desenlace una válvula de salvación: la de una identidad propia, que toma todo el material, los conceptos, las discusiones, y las mezcla, las analiza y las cuestiona. Hans, presumiblemente el alter-ego de la autora del filme, estaría tomando posición, demostrando que la prepotencia, el cigarro anticipado y el monólogo combativo no son suficientes para explicar algo tan intrincado. Un tardío acto de valentía, una ilusión provocadora, o un llamado a no olvidar el pasado traumático. Quién sabe.